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viernes, 15 de enero de 2010

"Nicholas" cap 11


aki el ultimoo capp...
para empezar con la otra
dejen 10 comments...
okk
los kieroo
speroo k les gustee...

xoxo♥


Capítulo 11
Miley no pudo dejar de pensar en aquella respuesta de Nick durante las semanas siguientes. ¿Qué habría querido decir? ¿Que se convertirían en amantes, o... o sería lo que ella pensaba? Después de aquel beso apasionado la había llevado de regreso a la casa de huéspedes sin hacer ningún otro comentario al respecto.
Además, cumpliendo lo que le había dicho, no la llamó por teléfono ni fue a visitarla. Le estaba resultando verdaderamente duro no verlo.
La noche de la fiesta, Miley estaba deseosa por volver a ver a Nick.
Se había puesto un vestido azul que resaltaba el azul grisáceo de sus ojos y marcaba su exquisita figura. Se había arreglado el cabello trenzándolo y recogiéndolo sobre la cabeza, y se había puesto unos pendientes largos de plata. Parecía muy madura y sofisticada. Tal vez no fuera una belleza, pero se sentía como si lo fuera.
Fue María quien le abrió la puerta y la abrazó efusivamente.
—¡Niña, qué bonita estás! Está todo casi dispuesto: la banda llegará dentro de un instante, y algunos invitados ya están aquí —le dijo—. Los Tisdale fueron los primeros. Están en el salón con Kevin —ante la cara de horror de Miley, la mujer se rio y la tranquilizó—. No, no... Va todo bien. El señorito Kevin y el señorito Joe están hablando de ganado, y la señorita Ashley... —la mujer sonrió con tristeza—. Sus ojitos no hacen más que mirar a Kevin como flores secas agradeciendo la lluvia. Me parte el corazón verla.
—Entremos —dijo Miley—. Tengo muchas ganas de saludarla.
Pasaron al salón. Ashley se había puesto una falda larga de terciopelo verde con una sencilla blusa camisera blanca, pero estaba preciosa, como siempre. Kevin y Joe, con trajes oscuros, se pusieron en pie al verla entrar, mirándola admirados.
—Feliz cumpleaños, cariño —le deseó Kevin con un fraternal abrazo y un beso en la mejilla—. Y que te veamos cumplir al menos cien más.
—Y yo lo secundo —sonrió Joe adelantándose para besarla también—. Estás espectacular, Miley.
Ashley se levantó también para felicitarla.
—Espero que esté siendo un día muy especial para ti. Mi veintiún cumpleaños lo fue —le dijo. Miró a Kevin, quien la miró también con la emoción escrita en los ojos.
En el salón estaban también ya algunos compañeros del colegio y el instituto, y estuvo un buen rato siendo saludada y felicitada. Sin embargo, había alguien que seguía faltándole. Se excusó con una vieja amiga y regresó donde estaban Kevin y los hermanos Tisdale.
—Kevin, ¿dónde está Nick? —le preguntó.
—No sé si podrá venir, cariño —murmuró Kevin. Ni él mismo tenía idea de dónde diablos estaba. La pobre Miley parecía desolada, así que improvisó—. Me dijo que te dijera feliz cumpleaños y... Oh, no, Miley. no—
La joven no pudo evitarlo. Las lágrimas comenzaron a rodar solas por sus mejillas, y temblaba por la tremenda decepción.
—Lo siento... perdonad... —sollozó.
—Ashley, ¿te importaría llevarla al estudio? —inquirió Kevin.
—Claro que no —murmuró ella rodeándola con el brazo—. No llores, Miley, estoy segura de que Nick estaría aquí si hubiera podido...
Cuando llegaron al estudio, Miley se dejó caer en el sillón de cuero rojo.
—¡Lo odio! —gimió hundiendo el rostro entre sus manos—. ¡Lo odio, lo odio, lo odio!
—Shhh... Lo sé, lo sé —la tranquilizó Ashley sonriendo débilmente. Le dio una copa de brandy a la joven, quien tomó un sorbo y contrajo el rostro ante el agrio sabor.
—Hace semanas que no lo veo. No me ha llamado ni una sola vez, y tampoco ha venido a verme. Yo no sabía por qué, pero ahora ya lo sé... Me estaba dejando, Ashley... Sabe cómo lo quiero, y no quiere hacerme daño, y por eso...
—Si sirve de algo —la interrumpió Ashley mirándola compasiva con sus grandes ojos tristes—, sé cómo te sientes, Miley.
—Perdóname, tú debes estar pasándolo mucho peor que yo —murmuró la joven secándose las lágrimas. La tomó de la mano—. Kevin no ha vuelto a salir con nadie, Ashley. María dice que morirá amándote.
—Y odiándome también —suspiró Ashley con una sonrisa amarga—. Kevin cree que me acosté con alguien —le confesó—, creyó lo que le dijeron mi padre y uno de sus amigotes, y nunca he conseguido que escuche mi versión. Es muy doloroso que piense que yo sería capaz de hacerle algo así, Miley, cuando no puedo pensar en nadie más que en él.
—Oh, Ashley... —murmuró Miley, olvidándose por un momento de su propia desgracia.
—Es un hombre tan orgulloso, tan terco, tan cabezota... —masculló Ashley rabiosa. Pero al instante alzó la vista hacia ella, y la mirada en sus ojos era la misma mirada triste que Miley conocía—. Y, sin embargo, moriría por él.
—Espero que algún día podáis arreglarlo.
—Bueno, a veces puede darse un milagro... supongo —suspiró Ashley. Miró a la joven a los ojos—. ¿Estás mejor?
Miley asintió con la cabeza.
—No me importa que Nick se pierda mi fiesta. Puedo pasarlo bien sin él. Después de todo, solo era mi tutor, y ya no lo es, es únicamente un hombre más —se levantó echándose el cabello hacia atrás.
Regresaron al salón. La banda había llegado ya y estaba tocando. Era bastante buena. Tocaron una sucesión de valses de ensueño. Seguidos de viejas canciones country. Miley, decidida a no dejarse llevar por la tristeza en el día de su cumpleaños, bailó todas y cada una de las piezas.
De pronto, ya avanzada la velada, y en medio de una canción lenta que estaba bailando con Joe, escuchó un murmullo de voces profundas, proveniente del rincón cercano a la puerta del salón. Paró, separándose de Joe, y miró en aquella dirección. Nick, con la cara y las ropas manchadas de grasa y barro, había llegado, y Kevin, sin levantar la voz, aunque visiblemente frustrado, parecía estar echándole en cara su tardanza.
En cuanto Miley se acercó a ellos, Kevin se hizo a un lado.
—No me lo digas a mí, cuéntaselo a ella, ha pasado un rato horrible al encontrarse con que no habías venido —le espetó a su hermano. Y se alejó hacia el otro extremo de la sala.
—Miley, te juro que lo siento —murmuró Nick—, iba conduciendo demasiado rápido, y las ruedas resbalaron sobre una mancha de gasolina que había en la carretera. A pesar de que frené, el coche salió disparado hacia el arcén, y se quedó atascado en un barrizal. Creí que no podría salir...
Miley se había puesto pálida. La idea de que podría haber resultado herido o muerto borró en un instante todas sus ridículas sospechas. Se abrazó a él con todas sus fuerzas.
—Estás temblando —dijo Nick conmovido. La rodeó con sus brazos y le acarició la espalda suavemente—. Estoy bien, cariño, estoy bien.
Pero la joven lo abrazó aún con más fuerza, conteniendo a duras penas las lágrimas, así que Nick la llevó al estudio, cerrando la puerta tras de sí.
—No me hubiera perdido por nada tu fiesta de cumpleaños, Miley —le dijo tomándola por la barbilla.
—Lo siento —balbució ella—, siento haber dudado de ti, Nick. Yo... es solo que ha sido una semana muy larga y te he echado tanto, tanto de menos...
Pero no pudo seguir hablando, porque Nick la silenció con un delicado beso en los labios, al tiempo que deslizaba algo frío y metálico en su dedo. Cuando se separaron, la joven bajó la vista hacia su mano. ¡Un anillo! Alzó los ojos hacia él, y este vio reflejado en ellos todo el amor que sentía por él.
—Te quiero, Miley. Perdóname tú a mí por haber tardado tanto en darme cuenta. Estas últimas semanas también han sido un verdadero infierno para mí. No tienes idea de cuántas veces estuve a punto de ir a tu oficina para raptarte y llevarte conmigo. Pero prometí darte tiempo y he cumplido mi palabra. ¿Querrás casarte conmigo?
—Claro que quiero, Nick —balbució ella lanzándose de nuevo a sus brazos... y a sus labios.
El beso se fue haciendo cada vez más apasionado, y las manos de Nick apartaron los tirantes de sus hombros, y fueron bajando el corpiño hasta dejar los senos al descubierto. Se inclinó sobre ella y tomó uno en su boca.
Miley se estremeció al sentirlo, y le acunó la cabeza besándole el cabello y murmurándole que lo amaba.
Nick deslizó un brazo por detrás de la joven para alcanzar la cremallera del vestido, y tiró de ella hacia abajo hasta que la prenda cayó, y pronto tuvo a la joven sobre la alfombra, desnuda a excepción de las medias y las braguitas, con él colocado sobre ella.
—Miley... ¿y si hiciéramos el amor aquí mismo?, ¿ahora? —murmuró acariciándola.
—¿Y si entra alguien? —repuso ella sin aliento.
—Cerré con pestillo al entrar —confesó él con una sonrisa pícara—. Pero si quieres también podríamos subir a mi habitación. Ni siquiera Kevin nos molestaría allí...
—¿Y los invitados?
—No nos echarán de menos, lo están pasando muy bien. Oh, Dios, Miley... Quiero pasar a tu lado el resto de mi vida —alzó la cabeza un momento para mirarla—. Nunca había imaginado lo maravilloso que podía llegar a ser pertenecer a alguien, poder formar mi propia familia... —le acarició delicadamente los senos—. Tú me completas.
—Oh, Nick, yo siento lo mismo por ti... —murmuró ella besándolo con ternura—. ¿No se enfadará Kevin si subimos arriba y...?
—¿Dónde está tu sentido de la aventura? Mañana tendremos un papel que dirá que somos marido y mujer, pero yo no necesito eso para sentirme más unido a ti de lo que ya me siento, Miley, y te deseo tanto...
—Yo también a ti, Nick... —murmuró ella besándolo de nuevo.
Tras ponerse otra vez el vestido, salieron por la puerta trasera del estudio, pasaron por la habitación de invitados, y subieron sigilosamente las escaleras. Sin embargo, justo cuando torcían la esquina del pasillo que llevaba al dormitorio de Nick, se encontraron a Kevin bloqueando la puerta.
—¿Ya os retiráis? —inquirió frunciendo los labios con malicia—. La noche aún es joven, y la fiesta está en todo su apogeo.
Nick carraspeó.
—Íbamos a...
—... charlar —improvisó Miley. Kevin enarcó una ceja.
—A... «¿charlar?» ¿Así lo llaman ahora?
—Está bien —murmuró Nick impaciente—, estoy enamorado de Miley, y vamos a casarnos mañana mismo. Tengo la licencia de matrimonio en el bolsillo.
—Y me ha comprado un anillo —dijo Miley mostrándoselo para corroborar sus palabras.
—Vaya, pues felicidades —contestó Kevin con una sonrisa—. No podía sentirme más feliz por vosotros. Y debo decir que ya era hora, me estabais volviendo loco con vuestras discusiones.
—Gracias, hermano —dijo Nick.
—Vas a ser un cuñado estupendo —intervino de nuevo Miley.
—El mejor —añadió Nick. Kevin sonrió burlón.
—No les servirá de nada adularme —les dijo—. No los voy a dejar entrar.
—¡Oh, venga, Kevin! —le espetó Nick con fastidio.
—Si se van a casar mañana, ¿qué son veinticuatro horas? —continuó Kevin divertido—. Mañana pueden tener su luna de miel, como Dios manda, en tu apartamento de Houston.
Nick miró a Miley y, al ver a la joven encogerse de hombros, se rindió, dejándola en el suelo con un suspiro.
—En fin, supongo que no nos queda más remedio que esperar a mañana. Kevin es capaz de quedarse aquí de pie hasta echar raíces...
—Puedes jurarlo —aseguró su hermano entre las risas de Miley.
—Bajemos —le dijo Nick ofreciéndole su brazo—. Bailaremos hasta el amanecer y luego cantaremos juntos esa horrible canción de taberna que te enseñó Kevin.

La noche siguiente, estaban en el ático de Nick, acurrucados juntos en la enorme cama, satisfecho al fin su deseo.
—Pobre Kevin —murmuró Nick pensativo mientras acariciaba distraídamente la nuca de Miley—. Amar de ese modo a alguien y no tener ni un recuerdo al que aferrarse.
—¿Qué quieres decir? —inquirió la joven apoyándose en el codo y enredando los dedos en el vello de su pecho.
—Kevin no llegó a hacer el amor con Ashley —le explicó él—. Y desde que rompiera su compromiso no ha tenido ningún romance, así que desde que conoció a Ashley no ha vuelto a hacerlo con nadie —añadió. Al ver la extrañeza en el rostro de ella apuntó—: no es tan increíble, Miley. Yo tampoco he podido volver a tocar a ninguna otra mujer desde la primera vez que te besé.
—Eso es muy romántico —susurró ella, temblando al sentir cómo su mano le acariciaba los senos y se deslizaba hacia el estómago para detenerse en los muslos.
—Miley —murmuró Nick besándola—, ¿te he hecho mucho daño; te molestaría si hiciéramos el amor de nuevo?
Ella se sonrojó al recordar esa primera vez. Nick la había tratado con exquisita delicadeza, poniendo freno a su propia e imperiosa necesidad para excitarla una y otra vez hasta lograr que el apetito feroz que despertó en ella minimizara el dolor.
—Estoy perfectamente, Nick —le dijo mirándolo con adoración—. No podías haberlo hecho con más cuidado.
Comenzaron a besarse de nuevo, y tras un breve pero ardoroso intercambio de caricias, Miley sintió a Nick acomodarse otra vez dentro de ella. Aquella vez, sin embargo, Nick no tuvo piedad, y la incitó hasta que la tuvo gimiendo entre sus brazos de irrefrenable deseo, rogándole que le diera lo que ansiaba. Y así lo hizo Nick, estableciendo un ritmo enloquecedor que los llevó a los dos a una nueva dimensión de placer, más allá incluso de la experiencia de él.
Al cabo de unos minutos, Nick la acunaba contra su cuerpo sudoroso, temblando aún por la excitación mientras la acariciaba. Miley hacía una aventura del sexo, una expresión exquisita del amor que se tenían. Nunca antes había sentido nada parecido con otra mujer, y así se lo dijo en un susurro.
—Yo no tengo con quien compararte —dijo ella sonriendo—, pero en una escala del uno al diez, te daría un veinte.
Nick se rio suavemente y cerró los ojos, suspirando satisfecho al sentir cómo ella se acurrucaba contra él.
—Miley, ¿qué te parecería la idea de irnos a vivir a Dempsey?
—¿Quieres decir en esa enorme casa victoriana que compraste el año pasado? Pensé que ibas a utilizarla para oficinas.
—Sí, la verdad es que en principio esa era la idea, pero... ¿no te gustaría que fuera nuestro hogar? Para Kevin sería un infierno que le restregáramos cada día nuestra felicidad por la cara.
—Me encantará vivir en Dempsey, Nick. Mi hogar está donde estés tú.
Nick la miró amorosamente y tiró de la sábana para taparlos a ambos.
—Te quiero, Miley —le dijo con voz soñolienta. —Y yo a ti, Nick —contestó ella.
Le pasó un brazo por el tórax y suspiró feliz. Estaban en primavera, y pronto los pastos se alfombrarían de flores silvestres. Cerró los ojos y se imaginó sentada en la hierba, apoyada en el hombro de Nicholas, y a varios niños correteando y riendo a su alrededor.


FIN♥

miércoles, 13 de enero de 2010

"Nicholas" cap 10


oola...
ia soloo falta un cap..
pff...bnoo 10 commentarios para
el capitulo final....

xoxo♥

Capítulo 10
El apartamento de Nick era un ático con ascensor privado, y una vista impresionante de Houston. Estaba amueblado en tonos canela y castaños, y decorado con estatuillas y tapices africanos, pinturas del oeste y alfombras indias. El efecto general, aunque masculino, era acogedor.
—¿Te gusta? —inquirió Nick.
—Muchísimo —asintió ella sonriendo—. Me encanta la vista que tienes desde aquí.
—Sí, no está mal. Detesto los hoteles, y como tengo que venir muchas veces aquí por negocios, se me ocurrió buscar un apartamento.
Miley lo escuchó acercarse por detrás. Se detuvo a unos centímetros de ella. Aún a esa distancia podía sentir su calor, y el pulso se le disparó cuando las grandes manos de Nick le rodearon la cintura, tirando hacia atrás para apretarla contra su cuerpo.
Nick inspiró el olor dulce del champú de Miley, y la acunó suavemente mientras observaban la ciudad a sus pies. Inclinó la cabeza y le rozó el cuello con los labios a través del sedoso cabello.
—Te he echado tanto de menos... —murmuró—. Me tienes embrujado.
—Pronto te acostumbrarás a que no esté en casa —le dijo ella con tristeza—. Después de todo, Kevin y tú vivían sin mí hasta hace cinco años y medio...
—La vida está llena de cambios. Recuerdo que cuando te viniste a vivir con nosotros, de pronto la casa se llenó con tus risas, tus carreras escaleras arriba y abajo, la música a todo volumen en tu dormitorio, tus amigas adolescentes entrando y saliendo, chicos impertinentes queriendo llevarte al cine o a bailar...
Miley se rio ligeramente.
—La verdad es que, a pesar de lo mucho que me he quejado, habéis sido realmente tolerantes conmigo. Puse vuestra vida patas arriba.
Nick se quedó callado. Al recordar ese pasado, no tan lejano, recordó también a sus muchas amantes, sus flirteos, y se sintió mal al pensar que había deseado a otras mujeres cuando había tenido a su lado a la más maravillosa.
—En la oscuridad, una mujer no es más que un cuerpo, Miley —le dijo quedamente—. Nunca le he entregado mi corazón a ninguna de las mujeres con las que he salido.
—Yo pensaba que no tenías corazón —repuso ella en un tono extraño.
Nick la hizo girarse, tomó su mano y la puso sobre su torso.
—Claro que tengo, ¿acaso no lo sientes latir? — susurró.
Bajó la vista a la mano de la joven, sintiendo que se excitaba ante el leve contacto, y la movió hacia uno de los pezones para que ella lo notara también. Miley abrió mucho los ojos, sorprendida.
—Creía que eso solo le sucedía a las mujeres — murmuró. Nick se rio suavemente.
—Desabróchame la camisa. Voy a enseñarte cómo tienes que tocarme.
Nerviosa, pero llena de curiosidad, desabrochó uno por uno los botones, sacó la camisa de la cinturilla del pantalón y la abrió, dejando al descubierto el bronceado y vasto tórax cubierto de vello. Nick sonrió al ver cómo se sonrojaba.
—Dame tus manos... Así —le explicó haciendo que lo acariciara en largas y sensuales pasadas. Las llevó hacia abajo, pero cuando alcanzaron las caderas, Miley se detuvo. El la miró a los ojos, intuyendo su nerviosismo—. Un hombre necesita algo más que unos pocos besos, Miley.
La joven se sonrojó con más intensidad, y de pronto Nick la tomó en volandas y la llevó hasta el final del pasillo, para entrar con ella en el dormitorio, donde había una enorme cama de matrimonio.
—Nick, no... —susurró ella asustada.
—Tranquila, ni siquiera voy a desvestirte —la calmó él rozando sus labios—. Solo vamos a acariciarnos y besarnos un poco, y luego te llevaré a casa. Te lo prometo.
Nick la tendió en la cama y se colocó junto a ella, tan cerca, que la joven podía notar lo excitado que estaba.
—Pero tú me deseas... —replicó ella.
—Claro que te deseo —respondió él sonriendo y acariciándole el cabello—. Pero no pasará nada si tú no me haces perder el control.
—¿Cómo podría yo hacer eso? —inquirió ella alzando el rostro amorosamente hacia el de él.
—Haciendo algo que yo no te indique —murmuró él—. No me acaricies, ni me beses, ni te frotes contra mí a menos que yo te diga cómo, ¿de acuerdo? —y comenzó a besarla suavemente en los labios—. Eso es, relájate.
Nick le estaba haciendo las cosas más sensuales a su boca. Era increíble cómo lograba excitarla con tan poco esfuerzo. La respiración de Miley ya se había tornado entrecortada, y sintió que su cuerpo se tensaba al empezar a extenderse a cada nervio esa sensación de placer.
Nick la hizo rodar con él hasta que él quedó debajo y ella encima. Escudriñó su rostro en la penumbra con ojos brillantes.
—Eso está mejor —murmuró—. ¿Te sientes menos amenazada así, encima de mí?
Miley se sonrojó de nuevo, haciéndole reír otra vez. Comenzó a besarla de nuevo, y de pronto, antes de que ella se diera cuenta de lo que ocurría, Nick le alzó las caderas para colocarla a horcajadas sobre las de él. Cuando la notó tensarse, le susurró:
—No pasa nada. Túmbate otra vez sobre mí y siénteme.
Miley hizo lo que le decía, pero no podía evitar sentirse temblorosa.
—Estás... estás ya muy excitado, Nick...
—Pues voy a excitarte a ti del mismo modo.
Volvió a hacerla rodar sobre la cama para colocar se encima de ella, e introdujo una de sus fuertes piernas entre las de ella. Miley se puso rígida al notar el peso de su masculino cuerpo aplastarla contra el colchón. Resultaba raro estar tan pegados, y las sensaciones que le provocaba la asustaban un poco.
—No voy a hacerte ningún daño —le dijo Nick intuyendo su miedo, y acariciándole de nuevo el cabello—. Quédate muy quieta, Miley. Voy a enseñarte lo que es la pasión.
—Pero si ya sé lo que... ¡oh!
La joven apretó los dientes y hundió las uñas en la tela de la chaqueta de Nick, al sentir cómo se frotaba contra ella. El sentirlo de un modo tan íntimo la hizo ponerse roja como una amapola, y un gemido ahogado escapó de su garganta.
Nick cubrió los labios de Miley con los suyos, y comenzó un incitante juego, introduciéndole la lengua, enredándola con la de ella y explorando cada rincón de su boca. Poco a poco, Miley se fue atreviendo a intervenir también mordiéndole suavemente el labio inferior y respondiendo con su lengua hasta que la excitación empezó a hacerla estremecer. Nick se incorporó un poco y volvió a hacerla rodar otra vez sobre el colchón, abrazándola tiernamente.
—Está bien —le susurró—. Te haré soportable esta tortura.
Le quitó la chaqueta y el suéter, deslizó una mano por detrás de la espalda de Miley para soltar el enganche del sostén, y lo apartó también. La reacción natural de la joven fue la de taparse con las manos, pero Nick las tomó en las suyas y empezó a hacerle cosas tan dulces y adictivas a sus senos, que pronto se olvidó de su inhibición. Se arqueó hacia él, dejándose llevar por su ardor. Parecía que Nick sabía exactamente lo que tenía que hacer para volverla loca, y poco a poco fue como si su cuerpo se estuviese derritiendo. Nick se incorporó un instante para sacarse la camisa y la chaqueta, y volvió a colocarse sobre ella, los ojos brillantes de deseo mientras la acariciaba.
—¿No te parece que esto es maravilloso, Miley? —murmuró frotando su torso contra los senos de ella—. Piel contra piel... Tu pecho contra el mío... Nuestro labios buscándose en la oscuridad... Bésame, cariño, abre la boca y bésame hasta que no puedas soportar el deseo...
La joven hizo lo que le decía, y rodaron sobre el colchón ignorando el quejido de sus muebles.
—Dios, no estoy seguro de poder parar... —murmuró Nick de pronto con voz ronca.
—Pero yo no quiero que pares —gimió Miley—. Oh, Nick, por favor, por favor, por favor...
La boca de Nick fue descendiendo con húmedos besos hasta engullir ansiosa uno de los senos de la joven. Su mano se movió hacia el cierre de la falda, lo abrió, e introdujo los dedos para acariciarle el vientre.
—Nick... ¿y qué hay del riesgo de...?
—¿Un embarazo? —adivinó él frotando la mejilla contra los senos de la joven. Dejó que sus manos se deslizaran hasta sus caderas y tomó posesión de ellas, alzándolas—. Por primera vez en mi vida, no me preocupan las consecuencias...
Miley no estaba segura de haber escuchado bien lo que había dicho. Su mente estaba aturdida por el creciente deseo. Se arqueó hacia él de un modo intuitivo. Lo deseaba, lo necesitaba. Se sentía salvaje. Quería que la poseyera, quería unirse a él, ser parte de aquel cuerpo musculoso. Alzó los brazos para enredar los dedos en su cabello chino, y sacudió sus caderas sensualmente contra las de él.
—¡Miley...! —gimió de pronto Nick, estremeciéndose.
La besó y empezó a quitarle la falda. Iba a suceder, allí, en ese mismo momento, iba a conocerlo del modo más íntimo posible... Sin embargo, en medio de sus enfebrecidos ruegos de que no se detuviera, sonó el timbre de la puerta.
—Oh, Dios mío —murmuró él deteniéndose, y con la voz entrecortada por las emociones que lo sacudían.
—No vayas a abrir —le pidió ella desesperada.
Pero el timbre seguía sonando insistente, y finalmente Nick se apartó de ella de mala gana, bajó de la cama, encendió la luz y se giró para mirarla antes de salir de la habitación. Los senos de Miley, tirantes por la excitación, eran sedosos y bien formados, y a través de la falda entreabierta asomaban unos muslos preciosos.
—Dios, me quedaría horas mirándote —murmuró Nick con voz ronca—. Nunca había visto a una mujer tan perfecta como tú.
La joven se sonrojó, entre pudorosa y halagada.
—Ahora me perteneces —le dijo Nick. Había en sus ojos una mirada hambrienta y posesiva—. No habría parado si no... A partir de esta noche no habrá nadie más para mí. No tocaré a otra mujer.
Y con esa vehemente afirmación, salió del dormitorio. Miley quería pellizcarse para asegurarse de que no estaba soñando. Se levantó y volvió a ponerse el sostén y el suéter, temblando por la emoción. Quería llorar y reír al mismo tiempo, gritar y bailar.
Entonces escuchó la voz de Nick. Estaba hablando con alguien, y su tono era seco, casi enfadado. Miley frunció el entrecejo y salió al pasillo con los labios hinchados por los apasionados besos, el cabello revuelto y la falda de seda arrugada. Al llegar a la puerta del salón reconoció al instante a la mujer que estaba allí de pie con Nick. Era la rubia con la que lo había visto en el restaurante aquella noche que Kevin la había llevado a cenar con los Trevor.
—Así que ella es la razón por la que no has tenido tiempo para mí en estos días —masculló la modelo en cuanto vio a Miley—. ¡Por Dios, si es casi una chiquilla!
—Miley, vuelve al dormitorio —le ordenó Nick.
—Sí, Miley, ve y escóndete —le dijo la rubia en un tono venenoso. Sin embargo, había lágrimas en sus grandes ojos.
Miley fue despacio al lado de Nick y entrelazó su mano con la de él.
—Lo amo con todo mi corazón —le dijo a la mujer—. Imagino que probablemente tú también, y lo siento, pero preferiría morir antes que perderlo.
La rubia se quedó mirándola un momento antes de girarse hacia Nick.
—Te merecerías que ella te odiara, por todos los corazones que has roto —balbució sin poder contener ya el llanto. El labio inferior le temblaba—, pero eso no sucederá, porque las mujeres somos tan estúpidas que somos incapaces de dejar de amar, incluso a un hombre como tú, con un corazón de piedra —se volvió hacia Miley—. No lo tendrás nunca —le espetó riéndose amargamente—. Lo único que puede ofrecerte es su cuerpo, y pronto se cansará de ti y saldrá en busca de una nueva conquista. Entérate ya de que los hombres como él no quieren atarse, cariño, así que si eres de las que esperan un final feliz, yo que tú saldría corriendo —le lanzó a Nick una mirada de odio y se marchó.
Nick cerró la puerta despacio y se volvió hacia Miley.
—Siento que hayas tenido que oír eso —murmuró.
—Yo también —asintió ella buscando sus ojos, preguntándose si la otra mujer había dicho la verdad. De ser así, tal vez debería alejarse de él, pero, ¿cómo hacerlo, amándolo como lo amaba?
Nick entornó los ojos al ver la indecisión y el temor en los de ella.
—No confías en mí, ¿verdad, Miley? Piensas que ella podría tener razón, que no puedes tener un futuro conmigo.
—Bueno, tú mismo me dijiste que no querías atarte —contestó la joven—. Y lo entiendo —murmuró bajando la vista—. Quizá incluso sea cierto que sea demasiado joven para el matrimonio. Acabo de independizarme, y no he tenido ninguna relación. Tal vez lo que siento por ti sea solo un enamoramiento adolescente, mi primer contacto con el deseo.
En realidad no era eso lo que pensaba, pero era su manera de ofrecerle a Nick una salida. No quería que se sintiera obligado hacia ella.
Nick, sin embargo, no comprendió su intención, sino que se tomó sus palabras al pie de la letra, y fue como si le clavaran una daga en el corazón.
Él nunca antes había amado, y la idea de que ella estuviera pasando simplemente por una fase de su desarrollo hacia la madurez, de que si le entregaba su corazón ella terminara despreciándolo tiempo después, lo aterraba.
Aquella amarga conclusión oscureció su mirada. Había caído en la trampa en la que se había jurado a sí mismo que jamás caería. Allí estaban, a un paso de convertirse en amantes, y ella le decía que todo había sido un error.
—¿Podrías llevarme a casa... por favor? —le rogó Miley sin mirarlo a los ojos.
Nick asintió quedamente. Fue al dormitorio a vestirse, y la joven se sentó en el sofá a esperarlo. Agarró el bolso y lo retorció nerviosa entre las manos mientras escuchaba los bruscos ruidos de Nick poniéndose la ropa. Cerró los ojos avergonzada por las libertades que le había permitido que se tomara con ella, y lo cerca que habían estado de llegar al final. Si aquella mujer no los hubiese interrumpido, ella no habría tenido la suficiente cordura para detenerlo, ni él para detenerse. Se notó el rostro ardiente al recordar como él le había quitado la ropa. No, Nick no se habría detenido, ni siquiera había tenido intención de hacerlo. ¿Y qué habría ocurrido después? Ella se habría visto devorada por el dolor y la culpabilidad, y él se habría sentido obligado a casarse con ella porque le había robado la virginidad. Sí, se habría sentido atrapado.
No podía tomar en serio lo que él le había dicho en la oscuridad del dormitorio. Los hombres no eran coherentes cuando se dejaban llevar por la pasión. Hasta ella, ingenua e inexperta, sabía eso. Él hacía mucho que la deseaba, se lo había dicho, y seguramente habría pensado que aquella noche era su oportunidad para llevársela a la cama. ¡Dios!, casi había conseguido lo que quería. Sabía que ella lo amaba, y se había aprovechado de eso.
Nick regresó al cabo de unos minutos, pálido y con aspecto cansado. Ni siquiera se había peinado el cabello. La joven apartó la vista y se puso de pie.
—Miley, yo... Lo siento, no sé que decir —murmuró nick.
—No hace falta que digas nada. Después de todo era de imaginar que en algún momento aparecería una de tus muchas amantes desechadas.
—¿Es eso en lo que piensas que te habrías convertido si no nos hubiera interrumpido? —le preguntó él dolido.
—Tú desde luego no tenías intención de parar —le espetó ella.
—No podía —corrigió Nick—. Y sé que tú tampoco querías que parara. Debes saber que es la primera vez que me ocurre. Nunca antes había estado a punto de perder el control.
—¿Debería sentirme halagada? —inquirió ella con una risa temblorosa de incredulidad.
—Te habría hecho el amor toda la noche, Miley — le dijo Nick—, y al amanecer no te quedaría ninguna duda de lo que hay entre nosotros.
Pero la joven no estaba escuchándolo.
—No habría sido más que otra conquista para ti.
Nick la tomó entre sus brazos y la apretó contra sí, acariciándole el cabello mientras sentía su joven cuerpo temblar por los sollozos que escapaban de su garganta.
—Te sientes frustrada nada más, Miley, tú me deseabas tanto como yo a ti, y ninguno de los dos hemos satisfecho esa necesidad, no es más que eso. Se te pasará.
Los puños de Miley golpearon su tórax con furia.
—Te odio —gimió mientras las lágrimas caían a raudales por sus mejillas.
Nick se limitó a sonreír, porque comprendía lo que le ocurría. Le besó el cabello dulcemente. Era tan joven aún... Demasiado joven, seguramente. Dejó escapar un suspiro, y se preguntó cómo podría vivir sin ella.
—María me dijo que la llamaras cuando pudieras —le dijo cuando Miley se hubo calmado un poco—, para ultimar los detalles de tu fiesta de cumpleaños. Creo que quiere contratar un servicio de catering. Y también puedes darnos la lista de invitados. Haré que una de las secretarias de la nave imprima las invitaciones y las mande.
Miley se apartó un poco de él, sorbiendo por la nariz. Nick sacó su pañuelo del bolsillo y le secó el rostro.
—No tenéis por qué hacer eso por mí —murmuró la joven.
—«Queremos» hacerlo —le aseguró él—. No volveré a verte hasta ese día, Miley —añadió para sorpresa de ella—. Y tampoco te llamaré. Es lo mejor.
—¿Por lo de esta noche? —inquirió ella con la dignidad que aún le quedaba.
—En parte sí —contestó él guardando el pañuelo y mirándola a los ojos—. ¿Por qué tienes miedo a entregarte a mí?
—Porque no quiero que te sientas obligado a casarte conmigo —confesó ella, mordiéndose el labio.
Nick rozó sus labios contra los de ella, y le frotó la nariz con la suya.
—Miley, ya te dije que mis días de playboy se han terminado —le dijo suavemente—. Es cierto que estos últimos años no he llevado la vida de un monje, pero sí he ido sentando la cabeza, y si quieres saber la verdad —añadió descansando la frente contra la de ella—, no he vuelto a desear a ninguna otra mujer desde aquella noche en que te descubrí medio desnuda en la cama. Desde ese día no he podido apartarte de mis pensamientos. Tu recuerdo me persigue desde el alba hasta el anochecer.
El corazón de la joven comenzó a latir más deprisa.
—¿Yo? —susurró incrédula.
—Tú —contestó él con una sonrisa afectuosa. Volvió a rozar los labios de ella con los suyos—. Y si te hubieras entregado a mí hace unos momentos, en el dormitorio, por la mañana habríamos ido a solicitar una licencia matrimonial.
—¿Por tu mala conciencia? —inquirió ella. Nick se rio suavemente.
—No, porque hacer el amor contigo es como una adicción, y nunca tendré bastante, y te deseo tanto que te dejaría embarazada a la primera semana.
Ella se sonrojó profusamente y ocultó el rostro contra el pecho de Nick, sintiendo como subía y bajaba por las risas.
—¿No oíste lo que te dije cuando me advertiste acerca del riesgo de dejarte embarazada? —ella alzó la cabeza y asintió, sin saber a dónde quería llegar con aquello—. ¿Y no te pareció una respuesta extraña viniendo de un playboy desalmado?
—Pensé que no te importaba porque me deseabas... —replicó ella confusa.
—Dios, y aún te deseo, pero un hombre cuyo interés es únicamente pasar un buen rato, se cuidaría mucho de no dejar embarazada a una mujer, Miley, y a mí no me importaba el riesgo porque me encantaría tener hijos contigo.
Ella comprendió al fin, pero no pudo evitar volver a sonrojarse ante la idea. Nick sonrió, divertido y conmovido por esa inocencia. Sus preocupaciones se habían esfumado. Acababa de darse cuenta de que ella había dicho que no estaba segura de sus sentimientos para ofrecerle una salida. No quería ninguna, la quería a ella, y quería pasar junto a ella el resto de su vida.
—Vamos, te llevaré a casa —le dijo con suavidad—. Y tendrás hasta el día de tu cumpleaños para pensar en mí, y echarme de menos, y ese mismo día, cuando sientas que ya no puedas seguir lejos de mí, obtendrás un regalo que jamás olvidarás.
—¿Qué? —murmuró ella sin aliento.
—A mí —contestó él besándola con pasión.

martes, 12 de enero de 2010

"Nicholas" cap 9


oola...
ia faltan 2 caps mass...
jeje
los kieroo
dejen sus comentarios..

Capítulo 9
Miley se sintió aliviada de que los negocios mantuvieran a Nick ocupado los dos días siguientes, y se las arregló para evitarlo el jueves y el viernes gracias a que estaba poniendo al corriente de todo a la mujer que la sustituiría, y a Nick no le parecería lo más indicado discutir de cosas privadas delante de una nueva empleada. Era unos años mayor que ella y, por desgracia para Miley, inmediatamente se prendó de Nick. Cada vez que pasaba no hacía más que suspirar y pestañear con coquetería, y Miley no podía evitar estar feliz de que ese fuese su último día. Tener que ver a Nick con una potencial nueva conquista la volvería loca.
Esa tarde, sin embargo, Keivn, el señor Ayker y las otras secretarias, la sorprendieron con una pequeña fiesta de despedida. Le regalaron una pluma con su nombre grabado, habían llevado una tarta, y el señor Ayker incluso hizo un emotivo discurso sobre lo valiosa que había sido para ellos, y lo mucho que sentían perderla. Nick no asistió a la celebración, así que la joven se marchó con una mezcla de alivio y decepción. Según parecía, ni siquiera se merecía una despedida. ¡Pues le daba igual!
A pesar de todo, sí le importaba, y lloró todo el camino de regreso a la casa de huéspedes.
Joe llegó puntual para recogerla. Se había puesto muy elegante, y sus ojos verdes bailaron al ver a Miley bajar las escaleras con un vestido gris perla de falda larga, y corpiño sin mangas. Se había arreglado el cabello a la última moda, y le daba un aire muy sexy.
—Estás preciosa —la elogió Joe con una sonrisa.
La joven, divertida, hizo una pequeña reverencia.
—Tú también estás muy guapo —se volvió hacia la casera—. Buenas noches, señora Simpson, volveré antes de medianoche.
La mujer los acompañó hasta la puerta con una amplia sonrisa.
—Buenas noches, Miely. Pasadlo bien.
Minutos después, cuando iban en el coche, Joe hizo un comentario acerca de lo agradable que parecía la casera y le preguntó si echaba de menos su casa.
—Echo de menos a Kevin y a Nick —contestó Miley—. Se me hace raro estar sola.
—¿Puedo preguntarte por qué te marchaste tan apresuradamente? —inquirió él mirándola.
—Umm... No —contestó ella con una sonrisa divertida.
Joe arqueó las cejas malicioso.
—Déjame adivinar...Nick no pudo resistir tus encantos por más tiempo y trató de propasarse contigo.
Las mejillas de la joven se pusieron de color escarlata.
—No digas bobadas.
Joe se rio ligeramente.
—No es una bobada... teniendo en cuenta el modo en que te miraba el otro día mientras bailabas conmigo.
—Tonterías. Estaba demasiado embelesado mirando a tu hermana como para fijarse en nosotros —murmuró Miley—. Y Kevin se fue a casa y bebió hasta emborracharse —añadió prefiriendo omitir el hecho de que ella también se había emborrachado.
—Ashley lloró toda la noche —suspiró Joe—. Han pasado seis años desde que rompieron y aún siguen igual de enamorados.
—Debe ser un infierno para los dos —asintió ella. No pudo evitar comparar mentalmente su situación con la de ellos, y deseó no terminar como Ashley, penando por un hombre al que jamás podría tener. Se obligó a esbozar una sonrisa—. Bueno, ¿adónde vamos?
—A un restaurante griego. Me han dicho que es estupendo.

Entretanto, Nick andaba arriba y abajo por el salón, como un león enjaulado, las manos a la espalda y el ceño fruncido.
—¿Quieres parar? —le pidió Kevin mientras trataba de completar unos cálculos en el libro de cuentas—. Miley ya no es responsabilidad nuestra. Ya es mayor de edad, y se ha independizado.
—No puedo evitarlo, y menos sabiendo que está con Joe. No es un muchacho.
—Mientras ella no esté interesada en él, no tienes por qué preocuparte.
Nick se detuvo frente a él, lanzándole una mirada furibunda.
—Pero, ¿y si lo está? —exclamó—. ¿Y si se lanza a sus brazos por venganza?
Kevin dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Venganza? ¿Y de quién se supone que se va a vengar? —inquirió encendiendo un cigarrillo.
Nick hundió las manos en los bolsillos y se asomó a la ventana. Fuera reinaba la oscuridad de la noche.
—De mí. Está enamorada de mí —contestó quedamente.
—Lo sé —murmuró Kevin.
Nick se volvió hacia él sorprendido.
—¿Te lo dijo ella?
Kevin asintió con la cabeza y dio una calada a su cigarrillo.
—Miley es muy joven, pero eso también podría ser una ventaja: no es una cínica, ni una promiscua, como la mayoría de las mujeres con las que sueles salir. Y no es una mercenaria.
—Sí, pero querría que me casara con ella —replicó Nick con tirantez—. Seguro que se cree todo ese rollo de «y vivieron felices para siempre». No sé, no creo que pudiera hacerme al matrimonio.
—¿Y sí serías capaz de hacerte a la idea de una vida sin ella? —le espetó Kevin.
Nick se quedó paralizado, con una mirada de terror en sus ojos.
—¿Pero y si no dura? —contestó ásperamente—. ¿Y si todo lo nuestro se va al diablo?
—El verdadero amor no muere nunca —le dijo Kevin soltando el humo—. Y si lo que te preocupa es no poder serle fiel, tal vez te des cuenta de que la fidelidad no es algo imposible.
Nick entornó los ojos.
—A otro perro con ese hueso. Tu perfecta relación se hizo pedazos hace seis años. ¿En cuántas mujeres has buscado consuelo desde entonces?
Kevin se quedó mirándolo con dureza un momento.
—No ha habido ninguna otra.
Nick no sabía qué decir. No se había esperado esa respuesta, y se sentía avergonzado de haberlo acusado injustamente de ser como él.
—Soy un hombre chapado a la antigua, de los que piensan que el sexo viene después del matrimonio, de unirte a la mujer a la que amas —le explicó en un tono suave—. Cuando rompí con Ashley.., sencillamente no podía mirar a nadie más —ignoró la expresión atónita de Nick—. Mi único refugio es el trabajo. No he vuelto a desear a otra mujer desde que conocí a Ashley.
Nick tenía la impresión de que lo hubieran golpeado con un mazo de dos toneladas, dejándolo clavado en el sitio. Lo cierto era que él tampoco había vuelto a sentir deseo por ninguna otra mujer desde que había empezado a sentirse atraído por Miley... ¿Terminaría sus días como su hermano, atrapado por el recuerdo de una mujer a la que no podía tener?
—Yo... Lo siento, Kevin, no tenía ni idea. Su hermano mayor se encogió de hombros.
—No importa que no creas en el matrimonio, Nick. Hay sentimientos que te pueden unir más íntimamente a una persona que un anillo o un certificado.

Miley pasó un rato muy agradable cenando con Joe, y la comida estaba realmente deliciosa, pero mientras lo escuchaba hablar de su nuevo trabajo no podía evitar pensar en Nick, y en lo vacío que el futuro se le antojaba sin él. Se había acostumbrado a quedar se despierta hasta que lo oía llegar de madrugada, a ver la televisión con él, a tenerlo todo el día cerca en el trabajo...
—El único inconveniente es que va a mandarme a Arizona —estaba explicándole Joe mientras tomaban café después del postre—. El viejo Regan tiene una hija allí que lleva un rancho para turistas —contrajo el rostro—. Odio los ranchos para turistas. Además, parece que la hija de Regan trató de convencer al viejo de que no necesitaba ayuda, de que podía arreglárselas sola.
—¿Sabes qué clase de persona es? —inquirió Miley.
—Ni idea. Seguro que es una de esas feministas que piensan que son los hombres quienes deberían tener los hijos y ellas llevar el dinero a casa. ¡Pero que me aspen si dejo que me diga como tengo que hacer mi trabajo!
Miley sonrió divertida. Joe era tan anticuado como Kevin y Nick en lo referente a las mujeres. Iba a ser interesante ver cómo se desenvolvería frente a una mujer moderna...

De vuelta en casa de la señora Simpson, Miley subió a su habitación tratando de hacer el menor ruido posible, pero justo cuando abrió la puerta empezó a sonar el teléfono de la mesilla de noche. Cada habitación tenía una extensión, así que indudablemente la llamada era para ella. ¿A quién se le habría ocurrido telefonearla a esas horas? Seguramente sería Selena, que quería cotillear sobre su cita. Cerró la puerta y fue a contestar antes de que despertara a los demás huéspedes o a la casera.
—¿Diga? —dijo soltando el bolso sobre el pequeño silloncito de la esquina y sentándose en la cama.
La voz masculina que contestó hizo que el pulso se le disparara al instante:
—Hola, Miley.
—¿Nick? —inquirió ella en un hilo de voz.
—Sí. Perdona, pero es que estaba inquieto y quería saber si habías llegado y...
—Estoy bien, Nick —contestó ella entre conmovida y molesta porque siguiera preocupándose por ella como si fuera una adolescente—. Acabo de llegar ahora mismo —le dijo recostándose sobre la almohada.
—¿Dónde te llevó Joe?
—A un restaurant griego.
Nick se quedó callado un momento, como dudando si preguntarle lo que le iba a preguntar.
—¿Y luego te llevó directamente de vuelta a la casa de huéspedes?
Miley no pudo reprimir una sonrisa ante sus ridículos celos.
—Sí, me llevó directamente de vuelta; y no, no ha intentado seducirme.
—Yo no he sugerido nada parecido.
Miley sonrió de nuevo y enrolló distraídamente el cable del teléfono entre sus dedos.
—¿Cómo va todo por ahí?
—Bien —respondió Nick. Hubo una pausa—. Pero nos sentimos muy solos sin ti.
—Yo también me siento sola aquí —murmuró ella. Hubo otra pausa.
—Esa tarde en la oficina, yo... —comenzó Nick—. No quería decir lo que tú creíste que quería decir, y me duele que pensaras, siquiera por un momento, que, después de todos estos años, te seduciría como a una cualquiera para luego olvidarme de ti.
A la joven se le encogió el corazón. Agarró el auricular con ambas manos.
—Pero es que tú dijiste...
—Lo que yo quería decir era que podríamos satisfacer al menos esta ansia que tenemos el uno del otro, tejer algunos recuerdos, pero sería algo especial, no algo sórdido.
Miley no sabía qué decir.
—¿Sigues enfadada conmigo? —inquirió él suavemente.
—No estoy enfadada contigo, Nick. Yo... lo intento, pero... me es imposible —admitió Miley con un suspiro.
—Entonces, ¿querrías cenar conmigo mañana por la noche... solo cenar?
—Nick, no creo que sea una buena idea...
—Escucha, Miley, hace cinco años no podría haber imaginado que pudiera surgir entre nosotros lo que ha surgido, pero sencillamente ha sucedido, y no podemos dar marcha atrás en el tiempo y hacer que nuestra relación sea como era antes. Yo... sé que tú no puedes comprender que no quiera un compromiso, pero tampoco soportaría la idea de perderte sin remedio. Debe haber algún modo para que no tenga que ser así. Odio pasar por tu dormitorio sabiendo que ya no estás en él; odio ver la televisión yo solo; odio sentarme solo a la mesa cuando Kevin está en alguna cena de negocios; y odio la nave porque ahora hay otra mujer en tu escritorio... —hubo un largo silencio—.Ven a cenar conmigo mañana, Miley. Por favor.
La joven suspiró indecisa.
—No debería, Nick...
—Pero vendrás, ¿verdad?
—De acuerdo, iré —se rindió Miley riéndose.
—¿Te parece bien que pase a recogerte a las cinco? Quiero llevarte a un restaurante de Houston.
—Nick...
—¿Qué? Solo cenar y bailar, lo prometo... Si es lo que quieres.
Miley se quedó dudando un momento.
—Está bien. Mañana a las cinco.

Miley se pasó toda la mañana del sábado de compras, buscando algo bonito para su cita con Nick. Finalmente compró un conjunto de falda roja de seda con dibujos, y un suéter a juego. Resaltaba su cabello y le daba un aire sofisticado. Después, de vuelta en la casa de huéspedes, estuvo casi una hora probando distintos peinados, para al final dejárselo sencillamente suelto.
A las cuatro y media ya estaba lista. Trató de entretenerse leyendo un libro, pero aquellos treinta minutos de espera se le antojaron la más lenta agonía que había conocido. Sin embargo, de la media hora no tuvo que esperar más que veinte minutos, ya que Nick apareció a las cinco menos diez. Según parecía, él también estaba impaciente por verla de nuevo.
Llevaba un traje gris oscuro, y botas y sombrero texano gris perla. Estaba tan guapo que Miley sintió que estaba viviendo un sueño.
—¿No me habrás invitado a cenar por lástima, verdad? —le dijo insegura.
—Por supuesto que no —replicó él con una sonrisa de reproche—. ¿Estás nerviosa?
—La verdad es que sí.
—Yo también.
La joven lo miró sorprendida, y él se rio ligeramente.
—Lo sé, sé que suena increíble, pero es verdad.
Nick la llevó a un restaurante muy exclusivo, de música suave, interpretada por una pequeña orquesta. A medida que la velada avanzaba, Miley se sentía cada vez más azorada por la intensa mirada de Nick, y un cosquilleo parecía estar apoderándose de todo su cuerpo.
No era la única afectada por la magia del momento. El corazón de Nick parecía estar bailando un tango, y se notaba nervioso y un poco inseguro, como en su primera cita, pero le gustaba esa sensación.
Mientras tomaban el postre, sin embargo, no pudo soportar más el no tenerla cerca de sí.
—Vamos a bailar —dijo de improviso.
El tenedor de Miley se quedó a unos centímetros de la porción de tarta de manzana que estaba tomando, y alzó la vista tímidamente hacia él, pero Nick ya se había puesto de pie y le estaba tendiendo la mano.
La condujo a la pista de baile, donde unas pocas parejas se movían al compás de los suaves acordes de la orquesta, y le rodeó la cintura, atrayéndola hacia sí.
—¿Te has dado cuenta de lo bien que encajan nuestros cuerpos? —murmuró en su oído—, como si fuéramos dos piezas de un mismo puzzle —la apretó más contra él—. Me encanta sentirte tan cerca...
Miley cerró los ojos y trató de dejarse envolver por la música, pero pronto la fricción de sus cuerpos comenzó a enloquecerla, y a juzgar por el modo que estaba reaccionando cierta parte de la anatomía de Nick, y por la apenas perceptible tensión de sus músculos, él debía estar también bastante excitado.
—Dios, Miley... —gimió contra su cuello—. Vayamos a mi apartamento, salgamos de aquí... Dime que sí, por favor.
Los ojos de la joven buscaron los de él. Ansiaba más que nada yacer con él y dejar que le hiciera el amor. Sí, ella también quería que la llevara a algún lugar donde pudieran estar a solas, pero aun así se sentía tan inexperta, tan ingenua...
—Nick, yo... No sé cómo... Nunca he...
Él se inclinó sobre ella para hacerla callar con un suave pero firme beso.
—¿Estás asustada?
—Sí.
Nick rozó su nariz con la de ella.
—Pero aun así quieres entregarte a mí.
—Sí —la respuesta fue involuntaria, abandonó sus labios antes de que pudiera evitarlo.
—¿Y después me odiarías el resto de tu vida?
—No, eso jamás —contestó ella temblorosa.
—¿Tanto me amas? —inquirió Nick conmovido.
Azorada, la joven bajó la vista, pero él la tomó de la barbilla para que lo mirara a la cara.
—¿Tanto me amas? —susurró de nuevo.
Miley cerró los ojos, incapaz de negarlo.
—¡Sí! —admitió sin aliento.
La mano de Nick subió hasta la nuca de la joven y la atrajo hacia sí para depositar un tierno beso en su frente.
—Eres maravillosa —le dijo con voz ronca por la emoción. Miley apenas podía escucharlo ya, con el corazón golpeando salvajemente contra su caja torácica—. No te haré ningún daño. Ven conmigo.
Miley dejó que la sacara de la pista como sonámbula. Nunca antes se había sentido tan vulnerable. Lo único que podía hacer era seguirlo, con las mejillas encendidas, embriagada de deseo.

domingo, 10 de enero de 2010

"Nicholas" cap 7


oola
aki ell cap 7...
8 comments para el sigiente...
xoxo♥

mi msn... bonita_250293@hotmail.com

Capítulo 7
Miley vio la puerta del salón entreabierta y se asomó. Kevin estaba despatarrado en el sofá con un vaso de whisky ya vacío en la mano, el cabello despeinado, la camisa a medio sacar del pantalón, una de las botazas sobre el cuero del asiento, y cantando, o más bien aullando, con todas sus fuerzas. En la mesita frente al sofá había un cenicero lleno, un paquete de tabaco vacío y hecho un gurruño, otro paquete recién abierto, y media botella de whisky.
—Oh, Kevin... —gimió Miley.
—Hola, Miley, ¿quieres un trago? —le ofreció levantando el vaso.
—Emborracharte no te va a ayudar, y lo sabes.
—Salió llorando —murmuró Kevin—. Maldita sea, Miley, se echó a llorar, y él la llevó a casa. Quiero matarlo —masculló con los ojos en llamas y la voz dura y áspera—. ¡Mi propio hermano!
Miley se mordió el labio inferior. No sabía que decir a eso, ni tampoco qué hacer. Kevin casi nunca bebía, y nunca se quejaba, pero parecía como si estuviera muriéndose por dentro, y no podía evitar compadecerse de él. Ella también se había sentido así cuando Nick se había marchado con Ashley.
—Los vi marcharse —gruñó Kevin. Se frotó pesadamente la cara con una mano y suspiró frustrado—. Ella es parte de mí, todavía es parte de mí... a pesar de todos estos años, a pesar del dolor... Nick lo sabía, Miley, y lo hizo intencionadamente...
—No, Nick es tu hermano —lo defendió la joven—, él no te haría daño a propósito.
—Cualquier hombre se enamoraría de ella —continuó Kevin—, porque Ashley es tan preciosa, es como un sueño hecho realidad.
Aquello era lo que Miley menos quería oír en ese momento, y volvió a sentir una punzada de celos.
—Pero emborracharte no es la solución —repuso suavemente poniendo una mano en su brazo—. Kevin, vete a dormir.
—¿Cómo puedo dormir cuando él está con ella? —exclamó Kevin angustiado, tapándose el rostro con las manos.
—No tardará. Joe acaba de irse a casa.
—Yo no sé mucho de mujeres, Miley —dijo Kevin—, y no tengo el encanto de Nick, ni su experiencia, ni su atractivo.
—Yo tampoco tengo el atractivo de Ashley —dijo en voz queda, sentándose junto a él—. Me temo que si nos presentáramos a un concurso de belleza perderíamos los dos. Oh, Kevin, ojalá fuera rubia...
—Y ojalá yo fuera un tenorio —suspiró Kevin. Miley le dirigió una sonrisa y él se la devolvió.
—Ten —le dijo inclinándose peligrosamente sobre la mesa para verter más whisky en el vaso—. Al infierno con los dos. Esto ahoga las penas.
Miley bebió un trago. Sabía horrible y le quemaba la garganta.
—¡Dios! ¿Cómo puedes seguir vivo después de beber esto? Huele a gasolina.
—Es un whisky escocés magnífico —repuso él ofendido. Le arrancó el vaso de la mano y apuró el resto del contenido—. Miley, si quieres ahogar las penas de verdad, tienes que cantar también. Voy a enseñarte una canción de taberna mexicana.

Cuando Nick llegó, una media hora más tarde, escuchó un dúo de voces totalmente desentonadas, provenientes del salón. Se acercó, y se quedó mirando el espectáculo incrédulo. Kevin estaba repantigado en el sofá, con una botella de whisky en la mano, y Miley estaba recostada contra su pierna flexionada, los pies descalzos sobre la mesa, y un vaso casi vacío en su mano. Estaban borrachos como cubas.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber con los brazos en jarras.
—Lo que pasa es que te odiamos —lo informó Miley, levantando su vaso para brindar por eso.
—Amén —dijo Kevin con una sonrisa burlona.
—Y cuando hayamos acabado de beber y de cantar, vamos a ir a la nave, y vamos a abrir todas las verjas, para que tengas que pasarte el resto de la noche persiguiendo vacas —añadió Miley entre risas e hipos—. Hemos acordado que es lo que mejor se te da: perseguir hembras. Supongo que la especie es lo de menos, ¿verdad, compañero? —le dijo a Kevin girando la cabeza hacia él.
—Cierto —asintió este. Y se llevó la botella a la boca para tomar otro trago.
—Íbamos a cerrar la puerta con llave por dentro y a echar la cadena para que no pudieras entrar —le dijo Miley a Nick—, pero no podemos levantarnos — confesó echándose a reír.
—Dios del cielo... —murmuró Nick meneando la cabeza ante el cuadro—. Ojalá tuviera una cámara.
—¿Para qué? —inquirió Kevin.
—Olvídalo —contestó Nick desabrochándose los puños de la camisa y remangándose—. Haré un poco de café bien cargado.
Cuando regresó estaban los dos roncando, y la botella de whisky pendía de la mano de Kevin que apenas la tenía agarrada por el cuello. Nick se la quitó y la puso en la mesa, junto al vaso vacío de Miley. La situación era tan sorprendente como cómica. Se preguntó si los habría empujado a ella el hecho de que hubiera acompañado a Ashley a casa. En el caso de Kevin sería comprensible, pero no en el de Miley, no por el modo en que lo había tratado desde que la besara. A menos que... Frunció el ceño, y observó curioso el pacífico rostro de la joven. A menos que finalmente hubiera comprendido por qué no la había tratado con delicadeza, y se hubiera arrepentido de las cosas que le había dicho. ¿Podría ser así? Lo cierto era que había dado muestras de estar celosa de Ashley en el baile, y allí estaba en ese momento, totalmente borracha. «Bueno, bueno...», se dijo con una sonrisa maliciosa, «de vez en cuando ocurren milagros».
Nick tomó a la joven durmiente en brazos y la puso en una mecedora, mientras acomodaba a su hermano, cuan largo era, en el sofá, y lo tapaba con una manta. Volvió a tomar en sus brazos a Miley, y apagó la luz del salón con el codo.
Miley se despertó mientras subía las escaleras con ella en brazos, y lo miró, guiñando los ojos.
—Estás liado con Ashley —murmuró trabándosele la lengua—. Lo sabemos. Y sabemos lo que has estado haciendo... —le dijo prorrumpiendo en una risa amarga. Después suspiró y empezó a cantar la canción que Kevin le había enseñado.
—Para ya, ¿quieres? —la riñó Nick—. Una señorita no debe usar ese lenguaje.
—¿Qué lenguaje?
—Esa canción, que supongo te ha enseñado mi hermano, es tremendamente vulgar —murmuró Nick.
En ese momento llegó al piso superior, y Miley cerró los ojos mientras él la llevaba a su dormitorio. Nick abrió la puerta y la cerró tras de sí. Había recuerdos demasiado frescos en aquella habitación, pensó irritado al sentir que se excitaba. Recuerdos de Miley medio desnuda sobre la cama, de Miley acorralada contra la pared. La dejó sobre la cama y observó como se acurrucaba.
—Ah, no... —murmuró él—, no puedes acostarte así.
—Ya lo creo que puedo —repuso ella bostezando.
Nick le quitó los zapatos y, tras un momento de duda, le desabrochó la falda. Se la quitó, y después las medias y la blusa. Debajo de la ropa, Miley llevaba unas braguitas rosas de encaje, y un sujetador a juego que apenas cubría sus generosos y firmes senos.
Aquello era un tremendo error, se dijo sin poder evitar quedarse embobado admirándola. ¡Pero es que era la cosa más deliciosa que había visto en su vida!
En ese momento la joven suspiró y abrió los ojos. Se quedó mirándolo confusa.
—Me has desvestido.
—No podías dormir vestida.
—Supongo que no —contestó ella con pereza.
La joven sabía que debería mostrarse turbada por que él la estuviera viendo de esa guisa, tapada apenas con aquella lencería rosa tan atrevida que había comprado en la ciudad ante la insistencia de Selena pero, a juzgar por el modo en que Nick la estaba mirando, tal vez no había sido un dinero malgastado después de todo...
—¿Dónde tienes un pijama, o un camisón? —le preguntó Nick obligándose a apartar la vista.
—Tengo un camisón debajo de la almohada.
Nick obligó a sus piernas a moverse y levantó la almohada para sacar un salto de cama que apenas la cubriría más que aquella lencería.
—Te vas a congelar con esto —murmuró.
—Selena me dijo que lo comprara porque era muy sexy... —contestó ella soñolienta—. Pensaba seducir a Joe. Le gusto mucho, ¿sabes?
Los rasgos de Nick se endurecieron.
—Por encima de mi cadáver.
—¿Y qué has hecho tú con Ashley, eh? —lo acusó ella incorporándose trabajosamente hasta quedarse sentada—. Debería darte vergüenza, cuando sabes que Kevin está loco por ella.
—No le he puesto un dedo encima a Ashley —repuso él—, la dejé frente a la puerta de su casa y regresé a la sala de fiestas para buscarte.
—Pues ya no estaba —murmuró ella.
—Sí, de eso ya me di cuenta al llegar allí —contestó Nick.
Lo que no mencionó, fue el enorme esfuerzo que había tenido que hacer para no ir a buscar el coche de Joe, ya que los celos le habían hecho imaginar que podía habérsela llevado a algún sitio oscuro y apartado.
—Cuando pueda ponerse en pie, Kevin va a darte una paliza —le dijo Miley alegremente.
—Supongo que está en su derecho —suspiró Nick—. La verdad es que esta noche no he hecho más que complicar las cosas.
Se sentó a su lado en la cama, apartando de mala gana la vista de las largas piernas de la joven, la curva de sus caderas y los senos.
—¿Tienes idea de lo perfecta que eres? —murmuró distraídamente.
De pronto, Miley se puso tensa, y abrió mucho los ojos, como sorprendida.
—¿Yo?
—Sí, tú —susurró él con voz ronca—. Desde las piernas a las caderas, pasando por esos deliciosos senos que... —se quedó callado al darse cuenta, enfadado, de que otra vez había vuelto a dejarse embrujar por sus encantos—. Ven aquí —dijo tomándola por la cintura y colocando el salto de cama sobre sus muslos. De repente observó como los pezones de Miley se ponían de punta, y se le cortó la respiración. .
—¿Qué pasa? —ella alzó la vista hacia él, curiosa
—Esto... —musitó él rozando delicadamente sus pezones con los nudillos.
Miley se apartó ante aquel inesperado contacto. Nick buscó sus ojos, y pudo leer en ellos el deseo que había estado tratando de ocultarle. El alcohol lo había sacado a la superficie. La joven le acarició el dorso de la mano y entrelazó sus dedos con los de él, haciendo que la tocara de nuevo.
—Miley... —gimió él.
—Lo siento... Siento lo que te dije esa mañana, y cómo... cómo reaccioné —susurró ella. Tragó saliva, buscando el coraje suficiente en su interior para abrir la mano de Nick y colocarla bajo uno de sus senos, para que él pudiera sentir su contorno.
—Miley, por Dios, no... —gimió Nick.
Pero ella hizo que frotara su mano suavemente por la exquisita cumbre, y se dejó llevar por las maravillosas sensaciones que le producía, arqueándose hacia él.
—Nick... —murmuró extasiada.
—No estás lo bastante sobria para esto, Miley... — susurró él.
A pesar de que su conciencia le decía que debía detener aquello, el tacto de la joven amenazaba con hacerle perder el control por completo, y se dejó llevar cuando ella se echó hacia atrás.
—Gracias al alcohol he perdido el miedo —murmuró Miley buscando sus ojos—. Enséñame.
—No puedo...
—¿Por qué? ¿Porque soy fea, porque no soy sofisticada... porque no soy rubia? —casi sollozó Miley.
Y entonces el control de Nick cedió, como una cuerda demasiado tensada. Se inclinó sobre la joven, y su aliento se entremezcló con el de ella mientras rodeaba su seno por completo con la mano.
—Porque eres virgen —murmuró tomando posesión de sus labios.
Miley gimió encantada. Aquel era un beso dulce, muy dulce, nada que ver con el de esa otra ocasión, cuando él se había mostrado impaciente y brusco.
Permitió la incursión de la lengua de Nick dentro de su boca, y no protestó cuando él hizo el beso más profundo, ni cuando notó que su mano se deslizaba por detrás para desabrochar el sostén.
Cuando Nick hubo retirado la molesta prenda, Miley sintió el aire fresco, y las caricias de sus manos fueron como un bálsamo para su ardiente piel.
—Miley... —gimió Nick contra sus labios. Quería hacerle el amor hasta llegar al final.
La joven abrió los ojos, y dejó que su mirada vagara hasta el tórax de Nick y que sus manos la siguieran. Notó que él se tensaba cuando empezó a desabrocharle los botones de la camisa, pero no la detuvo, así que la abrió por completo, acariciando la espesa mata de vello que lo recorría hasta alcanzar la hebilla del cinturón.
—Seguro que te encanta que las mujeres te acaricien el torso —dijo masajeándolo.
—Nunca me había gustado... hasta ahora —repuso él con voz ronca.
Miley se removió inquieta sobre el edredón, hambrienta de más caricias y sus ojos buscaron los de él. Su cuerpo le gritaba, pidiendo algo.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó él—. Solo dímelo. Haré lo que quieras que haga.
La joven tragó saliva y entreabrió los labios, insegura. Agarró la cabeza de Nick entre sus manos, y tiró de ella, arqueando su cuerpo hacia él. Y Nick comprendió, sin necesidad de palabras.
—¿Quieres que te beses aquí? —susurró con ternura. Y tomó con la boca abierta la cumbre de uno de sus senos.
Miley gemía sin cesar. Aquello superaba con creces todas sus fantasías sobre lo que debía ser la pasión. Enredó los dedos en los chinos mientras Nick seguía con sus caricias, animado por sus eróticos gemidos y la sensación de que su cuerpo le respondía. De pronto volvió a besarla en los labios, y Miley abrió la boca para darle libre acceso, al tiempo que el cuerpo de Nick la cubría.
Ella abrió los ojos al notar que los labios de él se despegaban un momento de los suyos, y mientras sus cuerpos se acomodaban con increíble perfección el uno al otro. Apenas podía respirar, y comprendió, al sentir íntimamente su excitación, lo mucho que la deseaba.
—¿Tienes miedo esta vez, Miley? —murmuró Nick con voz queda.
—Debería tenerlo —contestó ella.
Alzó las manos para tocar su rostro mientras Nick frotaba suavemente su torso contra los senos de ella. Contuvo el aliento, temblorosa, pero sus dedos trazaron con adoración las cejas, las mejillas, los labios...
Nick deslizó las manos por detrás de su espalda para atraerla hacia sí.
—Te deseo Miley —le susurró inclinándose sobre su boca—. Te deseo tanto...
La joven le rodeó el cuello con los brazos y lo besó suavemente.
—Yo también te deseo, Nick...
Entonces Nick estuvo a punto de perder el control por completo. La besó hasta que tuvo que parar para tomar aliento, con la rodilla entre sus largas y suaves piernas, y una mano en su cadera. La sintió estremecerse y emitir algo que sonó como un sollozo, y aquello, fue lo que le devolvió la cordura.
Despacio, muy despacio, rodó sobre el costado, llevándola consigo y acunándola contra su cuerpo sudoroso. Tomó la cabeza de Miley entre sus manos y la apretó contra su corazón.
—Quédate quieta, cariño —le dijo entre susurros entrecortados al sentir que se removía en sus brazos. Le agarró las caderas—. Quédate quieta aquí a mi lado y respira. En un momento todo estará bien. No te muevas, cariño.
Miley tenía las palmas abiertas sobre su tórax, enredadas en la mata de vello que subía y bajaba. Si estaba tan agitado como ella, ¿por qué se detenía en ese momento? No comprendía nada.
—Mi vida... —murmuró Nick al cabo de un rato—. Dios del cielo, si hubiera seguido un par de segundos más no habría podido parar, ¿lo sabes?
Miley se acurrucó contra él.
—¿Por qué has parado?
Nick se apartó un poco para mirarla.
—¿Acaso no lo sabes?
—Supongo que porque no soy rubia... —suspiró la joven, a punto de romper a llorar por la decepción y frustración que sentía.
—No, porque no estás lúcida —la corrigió él. Apartó el cabello de su rostro con ternura—. Mírate, Miley, estás borracha.
—Pero te deseo... —gimió la joven.
—Lo sé, puedo verlo... y notarlo —la abrazó con fuerza un instante, volvió a apartarse, y le metió el salto de cama por la cabeza en un hábil movimiento. A continuación, la tomó en sus brazos, apartó la ropa de la cama y la depositó de nuevo sobre el colchón, tapándola amorosamente.
—Nick, quédate conmigo... —susurró Miley. Él sonrió, pero meneó la cabeza.
—No, si Kevin nos encontrara juntos en la cama, me haría casarme contigo.
—Y supongo que eso sería el fin del mundo para ti.
La expresión en el rostro de Nick se endureció. Inspiró y le acarició la mejilla pensativo.
—Llevó solo mucho tiempo, Miley. Me gusta ser mi propio jefe y no tener que rendir cuentas a nadie. Soy un lobo estepario, el matrimonio no es para mí.
—Imagino que una sola mujer no te satisfaría — murmuró apartando la vista. Sus sueños se habían hecho añicos. Nick la deseaba, pero no la amaba.
Él se encogió de hombros confundido y sintiéndose en cierto modo abrumado.
—No, nunca me ha bastado con una mujer —le dijo ásperamente—. No quiero ataduras.
—Dios me libre de atarte —murmuró Miley forzando una sonrisa cínica—. No te preocupes, Nick, solo estaba... experimentando. Me preguntaba por qué habías sido tan brusco conmigo la otra mañana, y quería saber si la pasión hace a la gente brusca, y ahora puedo decir que así es, porque es lo que me ha sucedido a mí esta noche. Gracias por la... lección.
Nick frunció el ceño y buscó sus ojos.
—¿Es eso lo que te ha parecido?, ¿un experimento?, ¿una lección sobre cómo hacer el amor?
—Joe me dijo que alguien tenía que enseñarme —le dijo ella con un bostezo.—. Pero ya no —cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza en la almohada—. Um, qué sueño tengo...
Los ojos de él relampagueaban. ¡Lo había utilizado! Era lo único que había querido de él, solo había estado experimentando, averiguando lo que se sentía al hacer el amor. ¡Condenada... chiquilla!
Se levantó y se quedó mirando furioso el sostén que le había quitado unos momentos antes de que le dejara tocarla. ¿De que le dejara? ¡Pero si lo había instado a hacerlo! ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo? Le hervía la sangre al recordar lo desinhibida que se había mostrado. ¿Tal vez sí lo amara pero estaba intentando ocultárselo? ¿Y qué sentía él realmente hacia ella? ¿Solo la deseaba físicamente... o era algo más? ¿Podría soportar perder su libertad por una mujer? Porque en eso era en lo que acababa todo, en el matrimonio, la trampa.
Arrojó el sostén sobre la silla que había junto a la cama y se quedó mirando un buen rato el plácido rostro de Miley. Era deliciosa: virginal e increíblemente hermosa. Se preguntó si alguna vez lograría borrar de su memoria el recuerdo de esa noche, o si siempre se interpondría cuando estuviera con otra mujer.
Abrió la puerta y salió, cerrándola tras de sí muy despacio. No debería haberla tocado.
Tenía que alejarse de allí por unos días, necesitaba pensar, aclararse las ideas. De lo contrario, se convertiría en un infierno el tratar de no ponerle las manos encima a Miley. Además, sabía que si volvía a tenerla entre sus brazos, no se conformaría con unos cuantos besos. La deseaba demasiado, y ella le respondía con demasiado ardor. ¡Dios!, lo excitaba como nunca otra mujer lo había excitado. ¿Y si no podía controlarse, y si la tomaba a pesar de sus firmes intenciones?
No quería casarse, no quería ataduras, y eso, Miley no lo comprendería nunca. Para ella, seguramente, hacer el amor significaba que había que casarse. No, no le gustaba aquella idea en absoluto, pero le atormentaba el pensamiento de no volver a sentirla. Era maravillosa. Su boca era tierna y dulce, y dispuesta a aprender, y su cuerpo era como néctar. El solo recuerdo de su cuerpo desnudo lo hacía estremecer, por no mencionar el exquisito tacto de su piel...
Gimió para sus adentros y se dirigió a su habitación. No podía tenerla, pero tampoco quería renunciar a ella. No sabía qué diablos iba a hacer. Tal vez cuando regresara de donde quiera que se fuese, tendría la mente lo suficientemente clara como para tomar una decisión.
Entró en su cuarto, se sentó frente al escritorio, y le garabateó una nota a Kevin diciéndole que se iba unos días a Montana, a ver a unos accionistas. A su hermano le parecería raro, ya que normalmente era él quien se encargaba de esas cosas, pero seguramente a Miley no. Se preguntó cómo se sentiría la joven cuando se enterara de que se había marchado. Con un poco de suerte a la mañana siguiente ni siquiera recordaría que habían estado a punto de hacer el amor.

sábado, 9 de enero de 2010

"Nicholas" cap 4,, MM 1/3


Capítulo 4
Miley consiguió meterse el camisón de satén plateado, pero mareada como estaba por los efectos del alcohol, no acertaba a meter los botones del delantero en los ojales. Frustrada, alzó la vista hacia el espejo, y la sorprendió el aire tan sexy y sofisticado que le otorgaba el camisón abierto, dejan¬do parte de sus senos sonrosados al descubierto. Pare¬cía mucho más madura así. Se rio ante su ridícula fas¬cinación, y se dejó caer sobre la colcha rosa pálido de la cama con dosel, dejando uno de sus senos totalmen¬te al descubierto. La joven cerró los ojos despreocupa¬da. ¿Qué importaba?, se dijo dejándose arrastrar por el sueño, no iba a entrar nadie a verla.
Nadie... excepto Nick, que abrió la puerta muy despacio y entró con sigilo para casi caerse de espal¬das ante lo que vio. Se quedó sin aliento.
Miley respiraba tranquila, se había quedado dormi¬da, Nick suspiró aliviado. Mejor así. No habría sido capaz de decir nada coherente. Nunca había pen¬sado en Miley como una mujer, pero, en ese momento, viéndola allí echada, con ese camisón plateado, y un delicioso seno totalmente expuesto a la vista, lo excitó tremendamente.
Se había quedado paralizado junto a la puerta, asi¬milando por primera vez el hecho de que Miley ya no era una chiquilla. Lo que tenía frente a sí lo declaraba a gritos. Y entonces comprendió cuál era el motivo por el cual se había sentido tan raro últimamente, por qué había estado sobreprotegiéndola, por qué andaba todo el día haciéndola enfurecer deliberadamente... Porque la deseaba.
Cerró sin hacer ruido la puerta tras de sí, y se acercó a la cama. ¡Dios, era tan preciosa! Los músculos de su rostro se contrajeron. Se daba asco a sí mismo por estar devorándola con la mirada, pero no podía evitarlo.
Se preguntó si habría permitido que alguno de los chicos con los que había salido le viese los senos. El solo pensamiento lo puso furioso, y todo su cuerpo se tensó. La idea de imaginar a otro hombre mirándola, acariciándola, abriendo la boca sobre aquellos suaves montículos y estimulando sus cumbres para endure¬cerlas... Sacudió la cabeza para apartar esos horribles pensamientos.
—Miley —la llamó con voz ronca.
La joven se revolvió en sueños, haciendo que el frontal del camisón se abriera por completo. Nick se estremeció ante la increíble visión que se le ofrecía de los dos senos perfectos, maravillosos.
Masculló una palabrota entre dientes y se obligó a inclinarse sobre ella para abrocharle el camisón. No podía creerse lo nervioso que estaba. ¡Si hasta le tem-blaban las manos! Gracias a Dios que Miley no estaba despierta para verlo tan vulnerable.
La joven gimió sensualmente cuando los duros nudillos de Nick rozaron su piel, y se arqueó hacia él aún dormida, como un gatito mimoso.
Nick contuvo la respiración. El tacto de la piel de Miley tenía la suavidad de la seda, y era además tremendamente cálido. Apretó los dientes y abrochó cada botón, hasta el último. A continuación, la tomó en brazos y la levantó, para retirar la colcha y meterla de nuevo en la cama.
En ese instante, los ojos de la joven se abrieron pe¬rezosos. Observó los duros rasgos de él en la oscuri¬dad y sonrió suavemente.
—Estoy dormida, Nick —murmuró acurrucán¬dose contra su cuello. El dulce aroma que emanaba de ella y la presión del frágil cuerpo femenino estuvieron a punto de hacerle perder el control.
—¿De veras? —murmuró, de nuevo con voz ronca por la excitación. La colocó sobre el colchón, acunán¬dole la mejilla contra su mano antes de depositarla en la almohada, sus labios a unos centímetros de los de ella.
Miley le echó los brazos al cuello, pero él los reti¬ró metiéndolos bajo la colcha y la sábana.
—Nunca me habías arropado antes —murmuró la joven soñolienta.
—Pues no esperes que te cuente una historia — contesto él con sentido del humor—, eres demasiado joven para oír las que me sé.
—Supongo que sí. Soy demasiado joven para todo... Demasiado joven —murmuró Miley bostezan¬do y cerrando los ojos de nuevo—. Oh, Nick, ojalá fuera rubia…
—¿A qué viene eso ahora? —inquirió él perplejo. Pero la joven se había vuelto a quedar dormida, Nick se quedó observándola pensativo un buen rato y volvió a salir tan sigilosamente como ha¬bía entrado.
Kevin salía del salón cuando Nick llegaba al pie de las escaleras.
—¿La has traído a casa? —le preguntó.
—Sí, está en la cama, borracha como una cuba —añadió con una media sonrisa.
Kevin lo miró con los ojos entornados y el ceño fruncido.
—¿Qué te ha pasado? Te sangra el labio. Nick se llevó la mano a la boca.
—Un pequeño altercado en ese local nuevo —con¬testó Nick con ironía. Fue junto al mueble bar y se sirvió un buen lingotazo de brandy—. ¿Quieres uno?
Kevin meneó la cabeza y encendió un cigarrillo bajo la mirada desaprobadora de Nick. Les había prometido a él y a Miley que iba a dejarlo, pero siem¬pre recaía.
—¿Cuál fue el motivo de la pelea? Nick tomó un sorbo de su vaso.
—Miley.
—¿Miley? —repitió Kevin enarcando las cejas.
—Selena Gómez, la había llevado a ese sitio y la es¬taba dejando emborracharse. Cuando la encontré la había dejado sola y un tipo estaba intentando propa¬sarse con ella.
—El otro día fue al striptease, y hoy se va a un club nocturno a emborracharse... —murmuró Kevin pensativo—. Algo le pasa a nuestra chica.
—Lo sé —asintió Nick—. Solo que no tengo ni idea de cuál pueda ser el problema. En cualquier caso no me gusta nada lo que esa Selena está tratando de hacer, pero tampoco puedo explicárselo a Miley.
—Está tratando vengarse de ti a través de Miley, ¿no es cierto? —adivinó Kevin.
—Bingo —asintió Nick levantando el vaso como para brindar por él y apurando la bebida—. Estaba obsesionada conmigo, y la rechacé. ¿Qué espera¬ba? Es amiga de Miley. No puedo salir con una amiga de Miley.
—¿Y Miley?, ¿está bien?
—Sí, sí, no le ha pasado nada —lo tranquilizó Nick. Sin embargo, prefirió omitir que la había metido en la cama, y que estaba bebiendo porque estaba preo-cupado por ella, cosa que raramente hacía —. Ese per¬vertido solo la asustó un poco.
—¿Y qué hiciste?
—Le di su merecido, claro está.
—Bien hecho. En fin, lo único evidente en todo este asunto es que Miley sigue necesitando de alguien que la vigile de cerca.
—Amén. ¿Quieres que la echemos a cara o cruz?
—¿Por qué iba a querer interferir cuando tú lo ha¬ces tan bien? —repaso Kevin con una sonrisa burlona. Sin embargo, la sonrisa se desvaneció de sus labios al observar la seriedad en los ajos de su hermano— . Nick... Recuerdas que Miley cumple los veintiuno dentro de tres meses, ¿verdad? Y creo que ya está bus¬cando un apartamento con Selena.
El rostro de Nick se endureció.
—Esa «amiga» suya la corromperá, y no quiero que Miley terminé pasando de mano en mano entre los ex novios de Selena como si fuera unas entremeses.
Kevin enarcó las cejas. La voz de Nick sonaba agitada. Bien pensado, lo cierto era que estaba bastan¬te rara...
—Solo somos los tutores legales de Miley —le recor¬dó—, no tenemos derecho a tomar decisiones por ella. Nick le lanzó una mirada furiosa.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede cruza¬do de brazos, esperando a que aparezca un vaquero borracho y la desflore? ¡Y una mierda!
Se giró sobre los talones y salió como un torbelli¬no de la habitación. Kevin apretó los labios y esbozó una sonrisa divertida.
Miley se despertó a la mañana siguiente con dolor de cabeza y la sensación de que le esperaba un día di¬fícil. Se incorporó hasta quedarse sentada, agarrándo¬se las sienes. Eran las siete de la mañana, y tenía que estar en la oficina a las ocho y media. Seguramente Kevin y Nick estarían desayunando ya. Al pensar en la comida le sobrevino una náusea.
Se bajó de la cama tambaleándose y fue al cuarto de baño para lavarse un poco. Cuando fue a quitarse el camisón, la extrañó encontrarse con que lo tenía abro¬chado. ¡Qué curioso!, hubiera jurado que la noche an¬terior no había sido capaz de hacerlo... Seguramente se habría despertado en un momento dado, abrochado, metido bajo la ropa de la cama, y vuelto a dormir.
Era sábado, pero aún en fin de semana se trabajaba en la nave, porque no se podía descuidar al ganado, y también había que hacer el papeleo. Miley se había he-cho ya a la idea, y se había convertido en rutina el tra¬bajar también en sábado. Podía tomarse la tarde libre si quería, pero en los últimos meses no lo había hecho, porque así podía ver a Nick más tiempo.
Se puso un traje de falda y chaqueta gris claro con una camisa de seda azul y se recogió el cabello con una pinza. Se maquilló un poco, y se calzó unos zapa¬tos de tacón. No era una gran belleza, se dijo mirándo¬se en el espejo, pero no iba a presentarse ante Nick, que seguramente estaría furioso, pálida como un fantasma y hecha un adefesio.
Cuando bajó, encontró a los dos hermanos desayu¬nando. Nick la miró muy serio cuando se sentó.
—Ya era hora —le dijo con aspereza—, tienes un aspecto horrible, y lo tienes bien merecido. ¡No quiero volver a verte en un bar con esa Selena Gómez!.
—Por favor, Nick... Ahora no —murmuró Miley—, tengo la cabeza como un bombo.
—No me extraña —repuso él.
—¿No puede uno desayunar siquiera en paz? —in¬tervino Kevin.
—Cállate —le espetó Nick.
—Estupendo —masculló Kevin tomando una de las galletas de María.
Miley se sirvió un café bien cargado.
—Será mejor que te tomes unas aspirinas antes de irte, Miley —le dijo Kevin amablemente.
—Lo haré —respondió la joven esbozando una sonrisa agradecida—. En fin, está visto que la ginebra no me sienta bien.
—Ninguna bebida alcohólica es buena —la alec¬cionó Nick.
—¿Y entonces por qué te tomaste casi entera mi botella de brandy anoche? —preguntó Kevin enarcan¬do una ceja. Pero Nick no le contestó; se puso de pie y arrojó la servilleta sobre la mesa.
— Me marcho.
—¿Por qué no te llevas a Miley en tu coche? —su¬girió Kevin con una expresión extraña—. El suyo si¬gue en Tisdaleville.
—No voy a ir directamente a la nave —repuso Nick. No quería estar a solas con Miely, no des¬pués de cómo la había visto la noche anterior. Apenas podía mirarla sin recordar...
—No he acabado de desayunar —contestó Miley, molesta de que Nick no quisiera su compañía—. ¿Puedo tomar prestada otra vez tu camioneta? —le dijo a Kevin—. Puedo conducir. Tampoco bebí tanto.
—Claro, por eso anoche caíste en la cama nada más acostarte —contestó Nick con ironía. Miley se había quedado sin respiración. Por fortuna Kevin estaba sirviéndose una taza de café y no los miró, pero Miley alzó los ojos hacia Nick, y supo al instante por el modo en que sus facciones se tensa¬ron, que la había visto con el camisón desabrochado. Se puso roja como un tomate, y sintió que las piernas le temblaban.
De pronto, Nick la agarró por el brazo y la hizo levantarse.
—Olvídate del desayuno, ya tomarás algo en la ca¬fetería. Te llevaré. No estás en condiciones de condu¬cir.
Kevin sí estaba mirándolos en ese momento, y sus ojos pasaron perplejos de las mejillas encendidas de Miley a la expresión tirante de Nick.
La joven comprendió que irse con Nick era lo mejor. La azoraba la idea de estar a solas con él tras lo ocurrido, pero mucho menos quería quedarse con Kevin, porque estaba segura de que le haría contárselo. Nick debía haber pensado lo mismo.
La arrastró fuera sin que pudiera darle tiempo si¬quiera a decirle adiós a Kevin.
—¿Te importaría aminorar el paso? —le pidió ja¬deante mientras se dirigían al coche—. Mis piernas no son tan largas como las tuyas, y siento como si la ca¬beza me fuera a estallar.
—Tal vez el dolor de cabeza te venga bien después de todo —le dijo Nick—, te quitará las ganas de volver a irte a la aventura.
Miley lo miró airada, pero no dijo una palabra. En¬traron en el Jaguar de Nick y este arrancó, pero no se dirigió a la nave, sino que tomó una pista asfaltada, deteniéndose en medio del campo.
Se quedó callado, observando pensativo sus manas sobre el volante, mientras Miley recobraba el aliento y reunía el valor necesario para reclamarle:
—¿Cómo te atreviste a entrar en mi habitación sin llamar?
—Sí que llamé, lo que pasa es que no me oíste.
La joven se mordió el labio inferior y giró la cabe¬za hacia los pastos.
—Miley, por amor de Dios, no hagas un drama de esta —le dijo él—. ¿Preferirías que te hubiera dejado como estabas? ¿Y si esta mañana hubieran entrado Kevin o López a despertarte?
Miley tragó saliva. Tras un minuto largo, con las mejillas encendidas, se volvió hacia él insegura.
—Nick... No tenía todo el pecho al aire... ¿ver¬dad?
Él la miró a los ojos, y de pronto sintió que no po¬día apartar la vista. Estaba tan bonita... Sin darse cuenta de lo que hacía, extendió el brazo y le acarició el cuello.
—No —mintió. Al ver la expresión de alivio en el rostro de ella, supo que había hecho lo correcto—. Solo te abroché los botones y te tapé con la colcha y la sábana,
—Gracias —musitó Miley.
Las dedos de Nick subieron hacia la mejilla de la joven.
—Miley, ¿has dejado alguna vez a un hombre ver tus senos? —le preguntó de improvisa.
La pobre Miley balbuceó algo incomprensible y bajó la vista nerviosa.
—Déjalo, no importa —replicó él suavemente—. Imagino que no...
—No vuelvas a hacerme esa clase de preguntas.
—¿Por qué no? —murmuró él alzándole la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Si quieres que te trate como a una persona adulta...
Miley se removió inquieta en su asiento. La hacía sentir tan ingenua que quería llorar.
—Déjame, Nick, por favor —le rogó cerrando los ojos con fuerza.
—¿Tan asustada estás de mí? —le preguntó él con voz acariciadora.
Le acarició los labios con el índice, y Miley se es¬tremeció, abriendo los ojos al instante, todo el deseo y el temor reflejado en ellos. Fue entonces cuando Nick perdió el control. ¡Ella también lo deseaba! ¡Tanto como él a ella! ¿Era esa la razón por la que ha¬bía estado tan inquieta últimamente, porque estaba sintiéndose atraída por él y quería ocultárselo por to¬dos los medios? Tenía que saberlo.
Miley no acertaba a pronunciar palabra. Se sentía como si él estuviese tratando de leer en su mente. —No estoy asustada. ¿Podemos irnos ya? —¿Estás tratando de negar lo que sientes, Miley?, ¿vas a decirme que no quieres que te bese?
El pulso de la joven se aceleró ante aquellas pre¬guntas. ¡La había descubierto! Si no paraba pronto aquello, tendría que hacerlo ella. Tal vez le pareciese muy divertido, pero no quería que la hiriese. Trató de apartarlo, empujándolo por el hombro, pero sus ojos volvieron a encontrarse, y se notó estremecer de arriba abajo.
Aquel contacto visual fue distinto de cualquier otro que hubiera experimentado antes. Era muy adul¬to, muy revelador. Los dedos de Nick subían y bajaban por su garganta, y la boca entreabierta descen¬dió hacia la de ella, deteniéndose a unos centímetros, entremezclándose el aliento de los dos.
—Ni... ck —susurró Miley ansiosa.
Lo escuchó contener el aliento, y tomarla por la nuca para hacer que inclinara la cabeza.
—Hace mucho tiempo que quiero hacer esto —¬murmuró Nick mientras se acercaba más—. Lo deseo tanto como tú...
Sin embargo, justo antes de que su boca llegara a fundirse con la de ella, el sonido de un vehículo que se aproximaba lo; hizo separarse.
Nick se sentía desorientado. Miró en el espejo retrovisor, para comprobar que un pequeño camión se acercaba por detrás. Le costaba respirar, y se notaba los músculos tensos.
Giró la cabeza hacia la joven. Se había apartado, quedándose al borde del asiento, junto a la puerta, como un animalillo asustado, y estaba temblando. Al verla así. Nick se avergonzó de lo que había estado a punto de hacer, Demonios, nunca había querido complicaciones, y Miley era la mayor de todas las que había tenido que afrontar hasta entonces.
—Será mejor que nos vayamos. Hay mucho traba¬jo por hacer —le dijo arrancando el Jaguar. Siguió ha¬cia delante para poder dar la vuelta en una curva y unos minutos más tarde estaban en la nave—. Ve a la oficina —le indicó a la joven—. Yo tengo que ir a Tisdaleville para tratar unos asuntos con nuestro abogado —añadió en un tono desprovisto de emoción. En reali¬dad no era cierto, pero necesitaba pasar unos momen¬tos a solas para tranquilizarse. Aquello era absurdo. Se sentía tan tenso como un chico joven la primera vez, y estaba perdiendo su sentido del humor. No que¬ría que Kevin lo viera así y empezara a hacerle pre¬guntas embarazosas.
—Está bien —respondió Miley con la voz quebra¬da.
Nick la miró inseguro. Parecía tan agitada, que si los empleados la veían así querrían saber qué le ha¬bía sucedido.
—No ha pasado nada —le dijo—, y no pasará si dejas de mirarme como un ternero enamorado.
Miley dejó escapar un gemido de indignación. Le lanzó una mirada dolida, se bajó del coche, y se enca¬minó a la oficina sin volverse.
Nick estuvo a punto de ir tras ella. No había querido decirle eso, pero estaba perdiendo el control sobre sí mismo, y le aterraba pensar lo que podía lle¬gar a hacer si seguía mirándolo con ojitos tiernos. No podía hacerle el amor, era solo una adolescente, y él era su tutor. Sin embargo, por mucho que se repitió eso una y otra vez en su mente, la imagen de Miley medio desnuda en la cama volvía a asaltarlo. Gimió con enorme frustración y pisó el acelerador para ale¬jarse de allí.
Miley no creía que pudiera sobrevivir a la jornada, pero, increíblemente, lo logró. En un principio le ha¬bía parecido imposible actuar como si nada hubiese pasado, pero por suerte, como Kevin sabía que tenía resaca, debió atribuir a ello su palidez y su comporta¬miento taciturno. Además, Nick no apareció en todo el día, y así al menos no tendría que soportar la humillación de tener que dirigirle la palabra después de lo que había dicho,
—Creo que necesitas desconectar un poco, Miley —le dijo Kevin acercándose cuando estaba recogiendo sus cosas después del almuerzo—. ¿Te apetece venir a cenar conmigo a Houston? Tengo una cena de nego¬cios con un hombre y su esposa, y no me apetece nada ir solo.
Kevin estaba sonriendo, y su amabilidad y dulce preocupación le llegó al alma a la joven. No era el hombre frío y sin sentimientos que la gente creía. Solo era un hombre triste y solitario, que debería haberse casado hacía tiempo y haber tenido un montón de, ni¬ños a los que malcriar.
—Me encantaría —le dijo. Sí, sería un cambio agradable cenar fuera, sobre todo porque así no ten¬dría que ver a Nick. Claro que era sábado por la noche, y los sábados Nick casi siempre salía.
—Estupendo. Iremos a casa a cambiarnos y saldre¬mos a las seis.
Miley se puso para la ocasión un vestido de tercio¬pelo color borgoña. Le llegaba hasta la rodilla, y tenía tirantes y el escote en forma de uve. No era muy sexy, pero sí elegante.
—Muy guapa, sí, señor —aprobó Kevin cuando se encontraron al pie de la escalera. Miley sonrió, pero miró inquieta hacia el pasillo, temiéndose que apareciera Nick—. Me dijo que no vendría hasta tarde —la tranquilizó adivinándole el pensamiento—. ¿Ha¬béis vuelto a tener un encontronazo?
—El peor que puedo recordar —asintió ella sin querer entrar en detalles—. Nick actúa últimamen¬te como si me odiara.
Alzó la vista hacia Kevin y vio que tenía una ex¬presión extraña en el rostro.
—Y tú no sabes por qué... —murmuró este—. Bueno, dale tiempo, Miley, Roma no se hizo en un día.
—No te comprendo —replicó ella parpadeando perpleja.
Kevin se rio suavemente y la tomó por el brazo.
—No importa. Anda, vamos.
Kevin aparcó frente a un discreto restaurante, don¬de los esperaban ya los Trevor, el matrimonio con el que se había citado. Clara y Henry Trevor poseían un pequeño rancho en Montana, y se dedicaban a la cría de ganado vacuno. Rondarían casi los cincuenta, pero eran muy joviales y agradables, y Miley hizo migas in-mediatamente con la mujer, mientras el marido y Kevin hablaban de negocios.
La joven lo estaba pasando francamente bien... hasta que alzó la mirada hacia la pista y vio un rostro Familiar. Nick estaba allí, bailando con una rubia despampanante. Tenía las manos en torno a su cintura, y se sonreían el uno al otro como si fueran amantes.
Miley se estaba sintiendo enferma, y se notó de pronto las manos frías y sudosas. Después del hiriente comentario de aquella mañana, esa visión era como la estocada final. Aquella era la clase de mujer que le gustaba: esbelta, hermosa, sofisticada… Aquella debía ser una de sus amantes, una de esas mujeres a las que no llevaba a casa.
—¿Te ocurre algo, Miley? —inquirió Kevin de re¬pente. Sin embargo, al momento siguió su mirada en dirección a la pista y comprendió.
—¿No es ese Nick? —inquirió el señor Trrevor sonriendo—. ¡Qué casualidad! Le diremos que se acer¬que para ver qué opina de mi propuesta —y antes de que los otros pudieran detenerlo, se dirigió a la pista.
—Señora Trevor, ¿le importaría acompañarme al aseo un momento? —le pidió Miley a la mujer con una sonrisa débil pero convincente.
—¿Cómo no, querida? Discúlpanos, Kevin —dijo Clara poniéndose de pie y yendo delante.
Cuando Miley pasó, junto a la silla de Kevin, este la retuvo un momento por el brazo.
—Tranquila —le susurró— te sacaré de aquí en cuanto pueda. ¿Quieres algo de beber?
Miley bajó la vista hacia él, al borde de las lágri¬mas ante la inesperada comprensión de Kevin.
—¿Podría tomar piña colada con un poco de ron? —inquirió.
—Por supuesto, creo que lo necesitas. Anima esa cara y mantén la cabeza bien alta.
—Gracias, «hermano mayor» —dijo Miley son¬riéndole con cariño.
—No hay de qué —respondió él sonriendo tam¬bién—. Vamos, vete.
Justo en ese momento se aproximaba Nick con el señor Trevor, Miley inspiró profundamente, lo saludó con un gesto de la cabeza, y se marchó hacia los lava¬bos sin prisa aparente.
Diez minutos después, la señora Trevor y ella regre¬saban a la mesa. Nick se levantaba en ese instante con la rubia colgada de su brazo. Miley hizo un esfuer¬zo enorme por no mostrar sus celos. ¡Cara de ternero enamorado, había dicho! ¡Se iba a enterar!
—¡Hola, Nick! —lo saludó sonriendo y sentán¬dose junto a Kevin—. Que restaurante tan estupendo, ¿verdad? Kevin me invitó porque le pareció que me vendría bien salir un poco. ¿No te parece que ha sido muy considerado? —tomó su vaso de piña colada y bebió un buen sorbo, aliviada al notar que no sabía de¬masiado a ron, y de ver que su mano no había tembla¬do.
—Claro, ya es una chica mayor —le dijo Kevin a su hermano. Se recostó contra el respaldo del asiento, como desafiándolo a decir algo.
A Nick no parecía hacerle mucha gracia la idea de que su propio hermano quisiera fastidiarlo, y cuan¬do Kevin le pasó un brazo por los hombros a Miley, lo miró de un modo que dio la impresión de que fuera a saltarle a la yugular como un león.
—Estoy cansada, Nick —suspiró la rubia acurru¬cando la cabeza en el hueco del cuello de él—. Nece¬sito dormir... después de otras cosas —le dijo sugeren¬te con una mirada pícara.
Miley alzó la barbilla, mirando a Nick directa¬mente a los ojos.
—Pásalo bien, «hermanito» —le dijo con fingida despreocupación. Incluso logró esbozar una sonrisa. Levantó su vaso, tomó un sorbo y le hizo un guiño a la rubia, quien le devolvió la sonrisa.
Nick parecía estar tratando de encontrar su voz. Ver a Miley can su hermano lo estaba volviendo loco. Nunca había considerada esa posibilidad. Kevin no era un playboy, pero era un hombre maduro, muy masculino, y después de todo había atraído a una be¬lleza como Ashley Tisdale.
Nick no había tenido intención de salir aquella noche, pero la cita había surgido a pesar de todo, y ha¬bía pensado que sería un buen modo de quitarse a Miley de la cabeza unas horas. Lo cierto era que ni si¬quiera le gustaba demasiado, pero era alguien con quien pasar el rato sin que supusiera una amenaza para sus emociones. Lo que no esperaba en ningún caso era que se encontraran con Miley. Se había senti¬do realmente avergonzado, como si le estuviera siendo infiel a una esposa.
Y sin embargo... ¿Estaba Miley molesta con él? Por mucho que escudriñara sus facciones, no lograba ver el más mínimo rastro de celos. Iba más maquillada que de costumbre y aquel vestido le sentaba como un guante. Estaba preciosa. ¿Se habría dado cuenta Kevin?
—Nick...—lo instó de nuevo la rubia—. Estoy can¬sada. He tenido un día muy largo, el desfile de esta tarde ha sido agotador, y los pies están matándome. ¿Nos vamos ya?
—Enseguida —asintió Nick quedamente—. Os veré después —le dijo a Kevin.
—Bien —contestó Kevin entre divertido e incrédu¬lo por lo acartonado que parecía su hermano—. Por cierto, tal vez volvamos a casa un poco tarde, así que no te preocupes si llegas y no nos encuentras allí. He pensado en llevar a Miley a bailar —añadió con la sonrisa arrogante que Nick detestaba.
—¿De veras? —dijo Miley tratando de mostrarse lo más emocionada posible.
El rostro de Nick se contrajo, y esbozó a duras penas una sonrisa.
—Buenas noches entonces —dijo con tirantez. Y casi no escuchó lo que le decían los otros mientras sa¬lía del restaurante con su acompañante.
—Lo has hecho muy bien —le susurró Kevin a Miley mientras se alejaban.
—¡Oh, Henry, mira la hora que es! —exclamó de pronto la señora Trevor—. Deberíamos irnos nosotros también. Mimi ya estará echándome de menos.
—Es nuestra perrita —aclaró su marido—. Clara la mima de un modo terrible —dijo meneando la cabeza. Se pusieron en pie, y tras despedirse de Kevin y Miley se marcharon también, dejándolos solos.
Las lágrimas que la joven había estado contenien¬do rodaron por sus mejillas.
—Lo sabes, ¿verdad, Kevin? —inquirió sin atre¬verse a mirarlo.
—¿Te refieres a cómo te sientes? —le preguntó él con suavidad. Ella asintió con la cabeza—. Tienes que procurar que él no se dé cuenta. Es muy cabezota y aunque sienta lo mismo por ti se negará a aceptarlo una y otra vez. Dale tiempo y no lo agobies.
—Vaya, sabes mucho de hombres —murmuró Miley hipando entre risas.
—Bueno, tal vez sea porque yo soy un hombre — contestó él con una sonrisa—. Anda, sécate las lágri¬mas y vámonos a casa —le dijo ofreciéndole su pa¬ñuelo—. Creo que ya hemos mortificado a Nick bastante. La idea de que salgamos juntos debe haberlo puesto furioso.
—¿Tú crees?
—Pues claro —asintió él con una sonrisa—. Va¬mos, Miley, no es el fin del mundo. Eres joven y tienes mucho tiempo por delante.
—Sí, pero, ¿qué voy, a hacer hasta que llegue el fu¬turo? Me está volviendo loca.
—Tal vez deberías ponerte a buscar en seria un apartamento —le aconsejó Kevin—. La casa estará muy vacía sin ti, pero me temo que es la única solu¬ción posible... por el momento.
—Ya lo había pensado yo también —le confesó Miley—, pero es que Nick no me dejará jamás irme a vivir con Selena.
—Miley... —¿cómo decírselo sin contarle que su amiga estaba despechada con Nick?—. A mí esa chica también me parece bastante alocada. Creo que lo mejor sería que alquilases una habitación en una casa de huéspedes, pero eso es decisión tuya —añadió con voz queda—. No voy a decirte lo que tienes que hacer. Ya eres mayor para decidir por tu cuenta y riesgo.
—Gracias, Kevin —dijo ella suavemente—. La mujer que se case contigo será muy afortunada.
De pronto la expresión de Kevin se endureció, y el humor que había brillado antes en sus ojos se esfumó.
—Ese es un error que no cometeré —le contestó—. Ya hice el idiota una vez.
—Pero Nick dice que no dejaste a Ashley ex¬plicarte su versión de la historia ——repuso Miley—. que no la escuchaste.
—El hecho de que me devolviera el anillo lo decía todo —respondió él secamente—. Y no quiero hablar más de eso, Miley —advirtió con una mirada peligrosa.
—Lo siento —se disculpó ella—. No hurgaré más en la herida.
—Vámonos —le dijo Kevin extendiendo la mano para alcanzar la nota y pagar en la barra—. Tardaremos unas dos horas en llegar a casa. Seguro que para enton-ces Nick estará esperándonos y echando chispas.
—Lo dudo —murmuró Miley pesimista—. La mu¬jer con la que estaba era muy guapa.
—A la hora de la verdad a los hombres no nos im¬porta tanto el aspecto como se suele decir —le confió Kevin—. Además, ¿no te fijaste en lo avergonzado que estaba de que los encontráramos aquí?
—Me da igual, voy a olvidarme de él —repuso la joven, queriendo sonar resuelta—. Gracias por llevar¬me contigo, Kevin, la cena ha sido maravillosa.
—No me des las gracias —replicó él enarcando una ceja—. Debería dártelas yo a ti. Lo he pasado muy bien, y es mucho mejor que quedarse en casa viendo una película —añadió riéndose.
Miley querría haberle preguntado por qué no había vuelto a quedar con nadie, y si todavía, después de seis años, seguía enamorado de Ashley. Nick ase¬guraba que sí, pero a Kevin era imposible sacarle una palabra al respecto, y Miley no quería molestarlo abriendo viejas heridas.