domingo, 20 de diciembre de 2009

"Amor en Rosa" cap 3


oola..!!
graxx por los comentarios
i si kieren maraton mañana
minimo 8 comentarios!!
okok
jejeje
se les keree!!

xoxo♥

CAPITULO 3


Miley salió del salón de actos a toda velocidad, cruzó el pasillo tragándose un sollozo y pulsó el bo¬tón del ascensor con urgencia. Tenía que encontrar un rincón tranquilo donde serenarse. Se decidió por la planta de marketing y luego se desmoronó contra una de las paredes mientras las puertas se cerraban. Pero daba igual. No podía quitarse de la cabeza el ridículo que había hecho.
Al ver la zona de recepción de marketing oscura, le re¬sultó tétrica y probó con otro piso. Las lágrimas le esco¬cían en los ojos. Nick Jonas tenía que haberse muerto de la risa al enterarse de quién le había mandado la tarjeta. ¡Todos se estarían riendo de ella! Al fin y al cabo, ella no era más que una ayudante de marketing y su físico no podía compararse con el de las mujeres especta¬culares de que solía rodearse Nick. Rompió a llorar.
En el vestíbulo de abajo, Nick miraba las luces que indicaban la planta en la que estaba el ascensor. Los nú¬meros se iban iluminando a medida que el ascensor des¬cendía. Luego volvió a subir. Cuando llegó a la planta su¬perior, esperó con suspense por si volvía a moverse.
Miley pestañeó cuando se abrieron las puertas. No ha¬bía mucha luz en la planta, pero tampoco estaba tan os¬cura como las otras. Se dirigió hacia el cuarto de baño. Necesitaba arreglarse un poco y lavarse la cara antes de marcharse a casa.
Todavía no conseguía reaccionar. Había vuelto a me¬ter la pata. No debía haber dado importancia a las insi¬nuaciones de Cody. Pero había caído en su trampa y ha¬bía confirmado sus sospechas. Cody no tenía pruebas, pero ella se había descubierto al abandonar la mesa de ese modo.
No conseguía tranquilizarse. Había dejado la fiesta con la delicadeza de una manada de elefantes en una cris¬talería. Vio la sonrisa burlona de Cody, las risas de Nick, las miradas de reproche de las demás mujeres. Miley apoyó las manos en el lavabo y bajó la cabeza, in¬capaz de mirarse en el espejo de tanto como se odiaba. Tenía los ojos arrasados de lágrimas.
Nick nunca había ido tan rápido al baño en su vida. Pero esos sollozos descorazonadores habían dado a sus pa¬sos velocidad supersónica. Aunque normalmente se habría alejado de una mujer que estuviese llorando, en esa ocasión se vio impulsado a entrar en el baño para abrazar a Miley.
Esta, creyendo que estaba sola, se asustó al sentir aquel par de brazos masculinos a su alrededor, dio un grito. Luego levantó la cabeza y se quedó perpleja al ver a Nick.
-Tranquila -murmuró él-. No pasa nada.
-¿De verdad? -susurró Miley sin salir de su asombro. La situación debería haberle parecido irreal, pero el calor de los brazos de Nick era demasiado real para du¬dar de su presencia. Además, hacía tanto que soñaba con ese momento que por nada del mundo se habría retirado.
-Claro que sí, no pasa nada -repitió él sin saber en re¬alidad de qué estaba hablando. Levantó una mano hacia la nuca de Miley y la invitó a que apoyara la cara sobre su hombro.
Miley notó cómo se iba disolviendo la tensión mien¬tras reposaba sobre Nick como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. El aroma de su loción de afeitar, exótico y masculino, invadió sus sentidos. Res¬piró profundo. Era un hombre realmente amable. ¿Cómo se había podido olvidar de la diligencia con que la había llevado al hospital al pillarse el dedo? Un poco más cal¬mada, comprendió que no era probable que Nick hu¬biese estado riéndose a costa de ella con su amiga. Él no era así.
-¿Salimos? -sugirió Nick y Miley se apartó al ins¬tante.
Tenía las mejillas encendidas y debía estar espantosa después de tanto llorar. Con la nariz roja, los ojos hincha¬dos y el maquillaje corrido. Sabía que a Nick le daría igual, pero no quería que la viese hecha una bruja. Enton¬ces notó su mano en el talle y la dirigió con suavidad afuera del lavabo y hacia el que debía de ser su propio despacho a continuación.
Tras dejarla sola en medio de la habitación, Nick fue a la mesa de trabajo y encendió una lámpara.
-Puedes refrescarte ahí si quieres -le indicó, apun¬tando hacia una puerta situada a la izquierda.
Se le agrandaron los ojos al contemplar el lujoso des¬pacho de Nick, pero en seguida devolvió la atención a aquel hombre tan alto, a perlado y magnético. ¿Cómo lo hacía para estar más atractivo cada vez que lo miraba? Al encontrarse frente a sus ojos ambarinos, el corazón se le subió a la garganta. Se puso roja. Y, definitivamente, abrió la puerta que Nick le había indicado.
Este soltó un suspiro contenido. Charlaría con ella un rato para terminar de serenarla y le llamaría un taxi que la llevara a casa. ¿Atenciones de un jefe amable? Nick puso una mueca mientras se la imaginaba con aquel ves¬tido verde ceñido a sus mullidas curvas, con aquel cabe¬llo esplendoroso cayéndole sobre la cara y esos ojos azu¬les intensos. Quería volver a ver su habitual sonrisa luminosa en vez de aquella expresión atormentada. Le caía bien, nada más. No había nada de malo.
Miley se mordió el labio inferior al ver el reflejo en¬marañado de su pelo en el espejo del espacioso baño de Nick. Se retocó el maquillaje de los ojos, pero no se molestó en sacar la barra de labios, no fuera a pensar que quería coquetear con él. Ante todo, no debía pensar en la tarjeta de San Valentín, se dijo con firmeza. A lo hecho, pecho, y aunque supiera que había sido ella quien se la había enviado, era improbable que llegara a decírselo.
-Siéntate -le dijo Nick cuando salió del baño.
-¿No tienes que volver a la fiesta?
-No, no suelo quedarme hasta el final. Mi presencia suele inhibir a la gente -contestó esbozando una sonrisa devastadora-. ¿Te apetece una copa?
-¿Qué tienes?
-De todo. Ven, echa un vistazo...
Atenta a cada uno de sus movimientos, pero nerviosa ante la novedad de estar a solas con él, Miley se acercó, miró la variedad de bebidas del mueble bar y eligió la op¬ción más sofisticada. Luego retrocedió con la copa en la mano hasta que sus piernas rozaron el brazo de un sofá situado en una esquina. Se sentó en el brazo para no ha¬cerlo de la manera normal.
Lo miró mientras se servía un coñac y se fijó en la li¬gera sombra del vello que empezaba a asomar en sus me¬jillas. Nunca lo había visto necesitado de un afeitado y le daba un aire muy atractivo y varonil.
-Bueno, ¿dónde trabajabas antes de venir aquí? -pre¬guntó entonces Nick por darle un poco de conversac¬ión.
-Era niñera... Fue para lo que estudié al terminar el colegio -explicó Miley, más tensa de lo que parecía estar su jefe.
-Así que niñera -Nick se sorprendió al principio, pero luego se la imaginó rodeada de un puñado de niños y fue como si encajara la última pieza de un puzzle. Los niños la adorarían. Seguro que participaría en todos sus juegos, sin importarle si se ensuciaba y abrazándolos si se hacían daño. A diferencia de la niñera distante y estricta que él había tenido de pequeño-. ¿Cómo acabaste en Sis¬temas Jonas?
-Mi primer trabajo fue de interna con una familia de diplomáticos y estuve con ellos dos años...
-¿Te hacían trabajar como a una esclava a cambio de techo y comida?
-No, eran una familia maravillosa -Miley sonrió al recordarla-. Me trataban muy bien. El problema fue que les tomé mucho cariño a los niños y cuando se fueron de Inglaterra y dejaron de necesitarme, me quedé destro¬zada. Así que comprendí que no podría seguir en ese tra¬bajo y me inscribí en un curso de secretariado.
Nick estuvo a punto de decirle que la consideraba una decisión equivocada, pero se dio cuenta de que no era capaz de imaginarse el departamento de marketing sin ella.
-Lo malo es que el cambio de trabajo no me ha ido muy bien -continuó Miley.
-Todo el mundo se equivoca de vez en cuando -co¬mentó él.
-Llevo dos avisos en seis meses -dijo Miley y la¬mentó aquel exceso de sinceridad, con el que no había hecho sino llamar la atención de Nick sobre sus defec¬tos.
Este tuvo que contener las ganas de decirle que su jefe de departamento había tenido una reacción exagerada con el accidente del café derramado. Había sido mala suerte. Justin Gaston acababa de asumir el cargo, quería de¬mostrar su autoridad y había elegido un incidente trivial para hacerlo. De hecho, aunque Miley no lo supiera, la junta directiva no le había dado importancia.
-De niñera no me equivocaba -comentó ella.
-La gente te echaría de menos si no estuvieras aquí -dijo Nick. Miley miró sus ojos dorados con incredu¬lidad. ¿Le estaba diciendo que él la echaría de menos? Pero no, era imposible. ¿Qué más le daría a Nick si cambiaba de trabajo? Ella sólo era una empleada más-.¬ ¿Tienes familia en Londres? -añadió cambiando de con-versación.
-Ya no. Mis padres se fueron a Australia hace año y medio -Miley suspiró-. Mi hermano, Peter, y su mujer, Karrie, viven en Sidney.
-¿Qué los ha llevado a marcharse al otro extremo del mundo? -preguntó Nick, recostado contra el borde de la mesa.
-Peter. Está casado con una australiana y le ofrecieron un puesto de profesor en una universidad muy prestigiosa. Es un matemático eminente -Miley resopló-. No como yo, que nunca aprobaba el cálculo en el colegio.
-Hay cosas más importantes -Nick decidió pasar por alto su propio dominio en dicha materia-. ¿Y cómo es que no te has ido tú también a Australia con tu familia?
-Porque... no me lo han planteado -confesó ella-. Mis padres adoran a Peter. Se han comprado una casa cerca de la de Peter. Mamá se ocupa de tenerles la casa limpia a él y a Karrie y mi padre se encarga de la jardinería.
-Mano de obra gratis... No está mal. ¿A tu cuñada no le importa?
-Para nada. Karrie es médico y trabaja muchas horas. Ahora está esperando su primer bebé. Les viene de mara¬villa a todos.
-¿Tienes algún otro pariente en Inglaterra? -se inte¬resó Nick entonces.
-Tengo una tía abuela muy mayor en Gales, a la que visito de mucho en mucho. ¿Y tú? -se atrevió a preguntar Miley, animada por la fluidez con la que discurría la con¬versación.
-¿Yo?
-Supongo que si te queda algún familiar, estará en Ita¬lia -comentó ella-. ¿Cuándo murió tu madre?
-No está muerta. Mis padres se divorciaron -dijo Nick con tensión. Miley asintió desconcertada. La mayo¬ría de los compañeros de trabajo pensaban que Maximo había sido viudo-. No la veo desde los quince años.
-¡Qué horror! -exclamó ella, conmovida por el ado¬lescente al que imaginó abandonado por una mujer desal¬mada.
-Fui yo quien decidió echarla de mi vida -comentó él. Luego trató de desviar la conversación y le ofreció otra copa, pero Miley rehusó la invitación.
-¿Se portaba mal contigo? -preguntó intrigada.
-En absoluto. Me quería mucho. Pero no era tan buena esposa de mi padre -respondió con un tono de ad¬vertencia con el que le daba a entender que debía zanjar la conversación.
-Ah... entiendo. Te pusiste del lado de tu padre cuando se divorciaron -dijo sin darse cuenta de que es¬taba hablando en alto. ¡Como si fuera tan sencillo!, pensó irritado Nick. Sobrevino un silencio violento. Enton¬ces, dándose cuenta de que se había entrometido dema¬siado, Miley se puso roja y se disculpó-. Perdón... Es que... como decías que te quería mucho y has sido tan cruel con ella... Ya he vuelto a meter la pata. Será mejor que cierre la bocaza y me marche -murmuró mortificada al tomar conciencia de lo que acababa de decir.
-No, antes deja que me defienda -replicó con autori¬dad Nick-. Deja que te explique por qué odio el día de los enamorados.
-¿Lo... odias? -Miley lo miró confundida.
-Yo adoraba a mi madre -arrancó él-. Y mi padre también. Un día de San Valentín compró dos billetes de avión y la llevó a su hotel favorito de París. ¿Y sabes lo que hizo ella? ¡Decidió que era la noche perfecta para contarle que estaba viendo a otro hombre y que lo dejaba por su amante! -bramó disgustado.
-Se sentiría tan culpable que no pudo evitar confesar lo que estaba haciendo -comentó Miley-. Estoy segura de que no eligió esa noche adrede.
-Pero mi padre se quedó destrozado -sentenció Nick.
-¿Él siempre... siempre le fue fiel?- se atrevió a preguntarle Miley, a pesar de la indiscreción.
Nick nunca había hablado de ese tema y Miley lo estaba abordando desde una perspectiva que nunca había considerado. La miró con incomodidad y se preguntó por qué diablos sentía la necesidad de justificar una decisión de la que no había dudado desde que tenía quince años. Había sido la palabra «cruel» lo que lo había conmovido como no había creído posible.
-No estás seguro... ¿verdad? -susurró ella-. Y, sin em¬bargo, juzgaste a tu madre y a tu padre no. Aunque tengo entendido que a los chicos les cuesta más perdonar los... deslices de su madre.
-Ahora resulta que Campanilla es psicóloga -la atacó Nick-. Esta sí que es buena.
Fue como si le hubieran dado una bofetada que la dejó pálida. Él nunca le había hablado con tanta agresividad, nunca la había mirado con tanta animadversión. Y lo peor de todo era que tenía razón. Al fin y al cabo, ¿qué sabía ella de esa clase de situaciones? Algunas de sus amigas habían sufrido el divorcio de sus padres, pero no podía hablar por experiencia. No tenía el menor fundamento para llamarlo cruel.
-Tienes razón -dijo con la voz quebrada, como si es¬tuviera a punto de volver a llorar, al tiempo que se levan¬taba del sofá-. No sé solucionar mis problemas, mucho menos los de los demás. Además... tú no has dicho que... para ti sea un problema.
-Perdón -se disculpó entonces Nick.
-No importa. No puede decirse que sea la persona más diplomática del mundo... sobre todo, después de un par de copas -murmuró mientras, en sus prisas por mar¬charse, esquivaba en el último instante una escultura si¬tuada sobre un pedestal-. Quizá hasta estaba un poco ce¬losa.
-¿Celosa? -repitió confundido Nick mientras la seguía hacia la puerta.
-Sí -Miley se obligó a darse la vuelta-. Dices que tu madre te quería mucho. Si la mía me quisiera así, quizá contestara las cartas que le escribo más a menudo.
Nick gruñó algo en italiano y le agarró una mano para impedirle que llegara a la puerta.
-Ven aquí... -susurró con voz rugosa.

sábado, 19 de diciembre de 2009

"Amor en Rosa" cap 2

oola aki dejando cap...
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byebye

xoxo♥


CAPITULO 2


¡NO!, ¡NO!, ¡NO! -repitió desesperado Justin-. Deja el café ahí. Prefiero estirar el brazo.
Aunque Miley obedeció sin dejar de sonreír un solo instante, le parecía excesivo. ¿No había pagado ya por el incidente del café derramado? El director de recur¬sos humanos le había dado una charla sobre las medidas de seguridad que debía tomar para no dañar los sistemas informáticos con líquidos y le había recordado que ya te¬nía un aviso en su expediente por no cumplir los horarios durante el primer mes en Sistemas Justin. La habían amenazado con despedirla si volvía a equivocarse y es¬taba decidida a no meter la pena ni una vez más.
-¿Qué vas a ponerte esta noche?
Miley levantó la vista del gráfico que estaba anali¬zando en el monitor y sonrió a Demi, una morena es¬belta del equipo de investigación de marketing.
-Nada especial. Un vestido.
Escuchó a Demi mientras esta le contaba lo que ella llevaría. Sabía que escogería una indumentaria que real¬zaría cada una de las envidiables curvas de la mujer.
-Tengo entendido que han mandado una tarjeta de San Valentín a Nick -comentó Demi mientras Miley im¬primía el gráfico que le había pedido Justin para una reunión-. Lo raro es que no haya recibido una saca en¬tera. No sé, supongo que será de su ex, que querrá volver con él.
-¿Su ex? -preguntó intrigada Miley.
-¿Es que no te enteras de los cotilleos? Nick dejó a Jordán Puitt hace un mes -la informó Demi-. Es una chica muy fiestera y supongo que se aburrió de ella.
-Apuesto a que no estará mucho tiempo solo -co¬mentó Miley mientras se levantaba a entregarle el gráfico impreso a Justin.
¿Había cambiado el color de fondo a rosa porque le apetecía? Sí, lo cierto era que recordaba haberlo retocado. Por suerte, su jefe guardó el gráfico en una carpeta sin mayores críticas. Pero nunca, jamás volvería a cambiar los colores de los gráficos, se juró mientras se acercaba al baño para refrescarse a la hora de la comida. Se miró un segundo al espejo. Al menos ya no tenía espinillas. Pero los rizos del cabello eran tan rebeldes que era imposible tenerlo bien peinado como las demás mujeres. Y si se lo cortaba, le costaría todavía más desenredarlos, así que ha¬bía optado por dejárselo crecer y llevarlo recogido por la nuca.
Aunque el mayor desafío eran las curvas que tenía. Necesitaba una nueva dieta. El régimen de plátanos le ha¬bía arruinado el gusto por ellos de por vida y el de coli¬flor había conseguido que le entraran mareos con sólo pa¬sar frente a una verdulería. Era hora de volver a los yogures, que tenían su efecto, aunque la hacían pasarse el día hambrienta y fantaseando con comida.
Al volver a su mesa, advirtió que el icono del correo electrónico estaba parpadeando y pinchó en el mensaje, con la esperanza de recibir alguna noticia agradable de un amigo.
-Los gráficos rosas son inapropiados en un ambiente de trabajo -leyó en voz baja.
Miley miró la pantalla sorprendida y luego se giró para ver si alguien la estaba mirando. ¿Quién la había visto retocar el gráfico?, ¿quién le estaba tomando el pelo? El mensaje no estaba firmado y en la casilla del re¬mitente sólo aparecía un número anónimo.
-¿Quién lo dice? -Miley tecleó la respuesta y envió el mensaje de contestación.
-Prefiero los gráficos oscuros.
-Los colores oscuros son aburridos -le dijo Miley a su corresponsal.
-Racionales. El rosa es una distracción.
-El rosa es vivo y levanta el ánimo -protestó ella.
-El rosa es irritante, cursi, femenino... inadecuado -contestó el desconocido. Porque era evidente que era un hombre, decidió Miley.
-¿Cómo has visto el gráfico?
-No cambies de tema... Si recibes un aviso más, te echarán del trabajo. Ten cuidado -el desconocido escribió el segundo mensaje deprisa, sin darle tiempo a responder.
-¿Cómo sabes eso? -preguntó Miley, desvanecida la sonrisa de sus labios.
Pero en esa ocasión no obtuvo respuesta de su miste¬rioso corresponsal. Miley pensó que había unas cuantas personas al corriente de aquellos avisos. Con el primero se había enfadado tanto que lo había contado ella misma, y Justin se había enfadado tanto con el café que se ha¬bía enterado el departamento entero de los gritos que ha¬bía pegado.
Intrigada, Miley envió varios mensajes más a lo largo de la tarde a la misma dirección, pero no volvió a obtener respuesta alguna. Luego empezó a pensar en la fiesta de esa noche y en la ropa que se pondría, dado que el rosa resultaba tan conflictivo.


-No entiendo por qué emborrachas a tus empleados –dijo Selena Gomez con tono de desaprobación-. Papá también los atiborraba a alcohol, pero no había pasado desde que yo entré en la compañía. Conmigo no hay mú¬sica, bebida ni baile y todo el mundo se comporta como es debido.
-Me gusta que la gente se divierta. Sólo es una noche al año -Nick optó por la diplomacia en vez de respon¬derle a la latina que era un incordio de mujer. Al fin y al cabo, se alegraba de que lo hubiera acompañado al fune¬ral por la tarde y luego había disfrutado cenando con ella y su padre en casa de este.
-Supongo que esto forma parte de tu lado italiano. En Oxford también te gustaba organizar fiestas -comentó Selena en tono coqueto, para recordarle acto seguido que se conocían desde la universidad.
-Espera un momento, que te traigo una copa -dijo al tiempo que repasaba mentalmente la lista de ejecutivos solteros presentes en la fiesta. Con un poco de suerte, se la encasquetaría a alguno de ellos.
-Tengo una confesión que hacerte -dijo Selena cuando Nick regresó con la copa-. Cuando íbamos a la univer¬sidad, estaba enamorada de ti.
-¿En serio?
-Y nunca te diste cuenta -le reprochó Selena-. En cuatro largos años ni te enteraste de que lo que sentía por ti era algo más que simple amistad.
Nick dio un trago largo de coñac. Se sentía atra¬pado. No se le ocurría una forma amable de decirle que, a pesar de que era bonita e inteligente, pues tenía un cere¬bro prodigioso, nunca había sentido la menor atracción hacia ella.
-Es curioso, siempre andabas acompañada de algún chico -comentó con prudencia.
-Cuando comprendí que le tenías alergia a los com¬promisos, me acostumbré a verte como un amigo.
-Selena, teníamos dieciocho años. A esa edad todos los chicos son alérgicos a los compromisos -se justificó Nick-. Además, tampoco te perdiste nada. No era mejor ni peor que el resto...
-No seas modesto -atajó ella-. ¡Todas las chicas esta¬ban coladas por ti! Pero sólo elegías a las que estaban in¬teresadas en relaciones pasajeras. Te protegías contra cualquier posible relación estable y sigues haciéndolo.
Cuando Nick fue por otro coñac, Selna estaba tan acalorada con su discurso que lo acompañó. Nick tenía el vaso de la paciencia a punto de desbordarse y se bebió el coñac tan rápido como el anterior. Lamentaba horrores los buenos modales que lo habían hecho sentirse obligado a invitarla a la fiesta. Habría disfrutado mucho más mez¬clándose con su plantilla. Entonces miró hacia la sala y vio una figura que le hizo olvidarse por completo de las palabras de Selena.
Esta, al ver que no le prestaba atención, siguió la mi¬rada de Nick hasta reposar la vista sobre una joven castaña de melena rizada. Era baja, bonita, pero no del es¬tilo de Nick. Y, sin embargo, la chica había conseguido dejarla en segundo plano.
Miley buscó con la mirada entre el gentío hasta que localizó a Demi con un vestido plateado. Echó a andar hacia ella con una sonrisa de disculpa en los labios por el ligero retraso con que llegaba a la fiesta.
-Un vestido precioso -comentó la amiga mientras ha¬cía hueco para que Miley se sentara-. ¿Dónde lo has comprado?
-No es nuevo. Lo compré para la boda de mi hermano -reconoció Miley-. Para ser sincera, es el vestido de dama de honor.
-Te sienta genial -Demi admiró el vestido verde, de tirantes finos, que realzaba la silueta de Miley. Luego apuntó hacia las bebidas y le recordó que todos los demás le llevaban ventaja-. Debió de ser una boda no típica.
-Mi cuñada, Karrie, también llevó un vestido corto -comentó Miley.
La atención de Miley, que había estado vagando por la sala en busca de cierto hombre alto y moreno, se centró por fin en Nick, sentado junto a la barra con una latina espectacular colgada del brazo. Agarró la copa que Demi le había servido y dio un sorbo para refrescarse la gar¬ganta, pero contuvo el impulso de preguntarle a su amiga si sabía quién era la acompañante de Nick.
De hecho, en realidad no debía estar mirando a Nick, pues no hacía sino alimentar su obsesión. Tras con¬siderar los comentarios burlones de Cody con calma, ha¬bía llegado a la desagradable conclusión de que este sospechaba que se sentía especialmente unida al jefe de ambos. De modo que tendría que mostrarse más circuns¬pecta en adelante si no quería que Cody empezara a gas¬tar bromas y terminara ridiculizándola ante todos los compañeros. Sería más inteligente tratar de averiguar al misterioso corresponsal que se había puesto en contacto con ella por correo electrónico para aconsejarla que tu¬viera cuidado no fueran a darle el tercer aviso.
-¿Quién es? -le preguntó Selena a Nick.
-¿Quién es quién? -contestó él sin fijarse en la direc¬ción hacia la que apuntaba su mirada.
-La castaña que llevas mirando desde hace tres mi¬nutos -murmuró ella.
-No la estoy mirando.
-Pues para no estar mirándola, sabes perfectamente a quién me refiero, a pesar de haber cientos de mujeres en la empresa -replicó con sagacidad Selena.
-¿Te has levantado con el pie izquierdo? -gruñó Nick.
-En absoluto, pero si quieres te doy diez razones ex¬celentes para no salir con una empleada -respondió Selena esbozando una sonrisa cínica.
-No las necesito -Nick volvió a apurar la copa de coñac-. Las tengo todas en la cabeza en estos momentos.
Después de charlar con algunos amigos, Miley regresó a su mesa y se sentó de nuevo. Demi y otras dos mujeres estaban hablando de la compañera de Nick, que, eviden¬temente, era la hija del dueño de Industrias Gómez.
-¿Y a ti qué te parece Miley? -le preguntó de pronto Cody Linley.
-¿Qué me va a parecer? -Miley reaccionó con una sonrisa luminosa-. Todas las novias del jefe son auténti¬cas bellezas.
-Fíjate, pensaba que no te habrías dado cuenta de ese detalle -la desafió Cody.
-Es imposible no darse cuenta -intervino Demi-. Venga, nos tienes en vilo desde que salimos de trabajar. ¿Quién le ha enviado la tarjeta de San Valentín a Nick?
Miley se quedó helada y se bebió de un trago la copa al tiempo que se ruborizaba.
-¿Os había dicho que fue alguien de la empresa? -murmuró Cody con una lentitud insoportable.
-¡Y no nos lo habías dicho! -exclamó otra de las mu¬jeres-. Pero, ¿a quién se le ha podido ocurrir mandarle una tarjeta para jurarle su amor eterno? O sea, estar está como un tren, pero Nick nunca respondería a una invi¬tación tan descarada de alguien de la plantilla.
-Pero, ¿no decías que no habían firmado la tarjeta? -le recordó Demi-. ¿Cómo sabes que la ha mandado al¬guien de dentro? Porque no la enviaría por correo interno, ¿no?
-Digamos que se trata de una persona poco inteligente -se burló Cody y Miley no tuvo más remedio que mor¬derse la lengua-. Alguien que piensa que sólo el nombre podría delatar su identidad.
-¡La has reconocido por la letra! -exclamó alguien.
-No sé, la verdad es que esta conversación no termina de agradarme –comentó Demi de pronto-. Las tarjetas de San Valentín son para dar una alegría.
-No ha sido por la letra. La clave ha sido el perfume -continuó Cody-. ¿A quién conocemos todos que le gusta oler a jazmín?
-Yo a nadie -dijo Demi y las otras dos mujeres res¬pondieron lo mismo. Por su parte, Miley tuvo que apretar los dientes para no agarrar una copa y tirársela encima de su torturador.
Entre tanto, Selena seguía abriéndole el corazón a Nick, pero este no quitaba ojo de la expresión sarcástica de su ayudante personal y la cara pálida de Miley.
-Espero que me perdones por haberte dado la lata esta noche -murmuró Selena con voz aterciopelada-, pero me prometí que algún día te contaría la verdad para hacerte sudar unos minutos. ¿Vendrás a mi fiesta de pedida de to¬dos modos?
-¿Fiesta de despedida? -Nick frunció el ceño.
-No imaginas cuánto me alegro de no seguir enamo¬rada de ti -Selena suspiró-. ¿Es que no me has oído que te he dicho que voy a prometerme con David Henrie y que viene a recogerme en cinco minutos?
Hacía mucho tiempo que no oía una noticia tan buena.
Se alegraba sinceramente por Selena y era un alivio para él. Al comprender que la latina sólo había querido ven¬garse un poco por la indiferencia con que la había tratado durante la universidad, se giró hacia su amiga y rió de co¬razón.
Ver a Nick tronchándose de risa con Selena le pro¬vocó un ataque de paranoia. Miley interpretó que Nick estaba hablando de la tarjeta que había recibido y que Craig le habría contado que era ella quien la había man¬dado. Aunque tenía el corazón desgarrado, Miley se le¬vantó con tanta dignidad como pudo, incapaz de aguantar los comentarios hirientes de Cody un segundo más.
-Eres un gran detective, Cody -le dijo antes de irse¬-.Hasta Sherlock Holmes se quedaría impresionado.
-Tú ríete -le dijo Demi a Cody, que estaba disfru¬tando de lo lindo por la estrepitosa salida de Miley - Puede que sus amigas no hayamos ido a ayudarla, pero mira a Nick y aprende.
-¿Qué?
-Ridiculizando a Nick no conseguirás subir mucho en Sistemas Jonas. Si fueras mujer y estuvieras al tanto de los cotilleos de verdad, sabrías que Nick tam-bién está detrás de Miley.
-¡Tonterías! -contestó Cody-. ¡Tiró la tarjeta a la pa¬pelera!
-¿Comprobaste si seguía ahí al terminar la jornada? -le preguntó otra mujer.
-Nick todavía no es consciente de lo que siente por ella -dijo la tercera.
-Pero cuando un hombre tan formal como Nick empieza a decirle al pobre Justin que los gráficos ro¬sas son creativos es que está muy pillado -completó Demi.
Después, las tres mujeres miraron en silencio hacia Nick, que acababa de pedirle a Selena Gómez que lo ex¬cusara y avanzaba en dirección a Miley.

viernes, 18 de diciembre de 2009

"Amor en Rosa" cap1


oola...
aki la nva novee..
ia saben 5 comentarios para segirla...
los kerooo

xoxo♥

CAPITULO 1
Había sido un día horrible en el trabajo. De vuelta a casa, Miley pasó por la tienda de la esquina y lo primero en lo que se fijó fue que el tarjetón para el día de los enamorados que llevaba viendo hacía un mes seguía sin venderse. No entendía cómo era posible que nadie lo comprara, pues le encantaba el dibujo de las rosas y el verso tan romántico que escrito. Llevada por un impulso, Miley agarró la tarjeta y decidió comprarla. ¿Por qué no iba a mandar una tarjeta de San Valentín? Cierto que nadie le había enviado una a ella, pero no por eso iba a dejar de utilizar la tarjeta para dar a otro una alegría. En cuanto a la identidad del afortunado, no le cabía la menor duda de quién sería el destinatario. Miley se había enamorado de Nick Jonas nada más entrar a trabajar en Sistemas Jonas. Pero era consciente de que estaba tan lejos de su alcance como la luna. Nick era un empresario rico, moreno, con un cuerpo espectacular y una lista de mujeres despampanantes interesadas en él. Además, podía ser un hombre muy amable en caso de emergencia. En su primer día de trabajo, Miley se había pillado un dedo con la puerta y el propio Nick la había trasladado al hospital. Al desmayarse al ver una aguja, Miley había sentido la certeza de que era el hombre de su vida... Le había parecido tan dulce. Ensimismada con la sonrisa que le arrancaría aquel pequeño regalo anónimo, no volvió a acordarse del día tan espantoso que había tenido hasta abrir la puerta de su estudio. Justin, el nuevo director de marketing, le había preguntado si era tonta de nacimiento o lo había conse¬guido después de muchos esfuerzos. Miley le había de¬rramado el café sobre el teclado y, al ir a limpiarlo, se las había arreglado para borrarle todo el trabajo de la ma¬ñana. A pesar de que se había disculpado de todas las for¬mas posibles, Justin había dirigido una queja al de¬partamento de recursos humanos y la habían anotado en su expediente. De naturaleza tranquila, sus compañeros se habrían sorprendido de haber sabido que estaba más enfadada consigo misma de lo que lo había estado el propio Justin. Si no se hubiera distraído hablando, no se le habría caído el café. Una y otra vez, esa clase de faltas de con¬centración la hacían cometer errores parecidos. A veces se preguntaba si el problema habría empezado cuando iba al colegio y sus padres, sin pretenderlo siquiera, termina¬ban menospreciando cualquier pequeño éxito que tuviera. -Estoy segura de que has hecho todo lo que has po¬dido -le decía su madre cuando le presentaba las notas¬-. Es normal que saques las notas de Trace. Su hermano mayor, Trace, había nacido con una inteli¬gencia extraordinaria y le había puesto el listón dema¬siado alto para competir con él. Y, orgullosos del rendi¬miento académico de su hijo, sus padres siempre habían volcado todas sus energías en Trace. De modo que, aun¬que a Miley también le habría gustado ir a la universidad, al cumplir los quince años sus padres le habían dicho que estudiar era muy caro, tenían que reservar el dinero para el doctorado de su hermano y que empezara a trabajar. Con el tiempo, a pesar de no tener una base académica sólida, había conseguido encontrar trabajo como ayu¬dante en el departamento de marketing. Era trabajadora, alegre y se llevaba bien con sus compañeros, pero en Sis¬temas Jonas no había mucho margen para los emplea¬dos que cometían errores tontos. Además, el aviso que habían anotado en su expediente era el segundo en seis meses, lo que significaba que si recibía uno más la despedirían. Lo curioso era que no le daba tanto miedo el he¬cho de quedarse sin trabajo como saber que, en tal caso, no volvería a ver a Nick Jonas. -¿Qué broma es esta? -gruñó Nick Jonas cuando abrió el sobre gigante dos días después y se en¬contró con la tarjeta de San Valentín más cursi que jamás había visto. -Estoy tan sorprendido como tú –Cody Linley, su ayudante personal, pensó que no podían haber elegido peor forma de intentar impresionar a su jefe. Ni un peor día, e incluso año, para realizar tal declaración. La fiesta de Navidad de la empresa se había aplazado por la muerte repentina del padre de Nick, Kevin, y se había pospuesto justo para esa tarde del día de los ena¬morados. Con tal mala suerte de que Nick iba a tener que asistir a otra misa por el funeral de un antiguo amigo del colegio esa misma tarde. Por si fuera poco, Nick odiaba el día de San Valentín como Scrooge las navida¬des. Nick abrió la tarjeta y le llegó un perfume familiar que le hizo fruncir el ceño. ¿Jazmín quizá? Pero el men¬saje de la tarjeta era tan cándido que se olvidó de la fra¬gancia. -Como siempre, hoy también pienso en ti y te quiero -leyó en voz alta. ¿Se habría convertido en el amor platónico de alguna colegiala?, se preguntó mientras repasaba mentalmente el círculo de chicas adolescentes de su entorno. -Campanilla -murmuró sorprendido Cody. -¿Cómo dices? -La pelirroja de marketing. La llamamos Campanilla porque siempre está revoloteando de aquí para allá -ex¬plicó el ayudante-. Estoy seguro de que es quien ha en¬viado la tarjeta. Es su perfume. Lo lleva siempre. La pelirroja de marketing. Miley Cyrus. Había en¬trado en el departamento hacía seis meses, contratada por su difunto padre en contra del candidato de recursos hu¬manos. ¿Y por qué la había elegido? Kevin se había apiadado de ella cuando le había confesado que era la pri¬mera entrevista de trabajo para la que la llamaban des¬pués de enviar más de cincuenta currículos. Miley, la chica de sonrisa tímida y luminosa, rizos explosivos y dietas insanas. Aunque la empresa tenía una plantilla am¬plia, no era difícil fijarse en Miley y sus constantes cala¬midades. -Algunas mujeres sólo viven para ponerse en ridículo comentó Cody-. Hay que tener morro... ¡una don nadie como ella insinuándose al jefe! Nick trató de recordar el comportamiento de Miley cuando estaba cerca de él y concluyó que, en efecto, era probable que fuese la culpable. Sabía que la ponía ner¬viosa. Cuando estaban juntos, se le trababa la lengua hasta parecer idiota y se ruborizaba en cuanto la miraba. No era la única mujer que coqueteaba con él, pero al me¬nos las demás lo hacían adrede. En el caso de Miley, sen¬cillamente, no podía disimularlo. Era un alivio que la tar¬jeta no estuviera firmada. De repente, lamentó que Cody la hubiese reconocido por el perfume. -No creo que la haya enviado ella -murmuró Nick al tiempo que tiraba la tarjeta a la papelera-. No le pega. La habrá mandado la hija de algún amigo. Y ya está bien de hacer el tonto. Ponme con Industrias Densel. Más tarde, esa misma mañana, Nick devolvió la atención a la tarjeta que había tirado a la papelera. ¿Cómo se le había ocurrido enviársela? Su ayudante personal odiaba a Miley y lo usaría en su contra si se le presentaba la ocasión. ¿Por qué? Cody tenía fama de enrollarse con las empleadas jóvenes de la empresa para dejarlas tiradas después de una noche. Pero cuando su ayudante personal había intentado se¬ducir a Miley, esta lo había rechazado, lo cual había su¬puesto un duro golpe para el ego de Cody. Pero se habría sentido más humillado todavía de haber sabido que había sido el propio Miley quien la había avisado de las artes donjuanescas de su ayudante. Quizá se debiera al cariño con que su padre la había acogido en la empresa; quizá a la inocencia con la que brillaban sus ojos grises. A las diez de esa misma mañana, Miley bajó en busca de folios y bolígrafos para su planta. Se alegraba de tener algo con lo que distraerse. Cualquier cosa con tal de olvi-darse de la tarjeta de Navidad que había enviado. Había sido un impulso y no se había parado a pensar lo que estaba haciendo. Se había olvidado de la muerte de su padre las pasadas navidades y de que no le apetecería celebrar la fiesta de empresa aplazada. Además, tenía la sensación de que no le habría gustado recibir un enorme sobre rosa en el despacho. Seguro que alguno de sus em-pleados lo había visto y se había echado a reír. ¿Cómo había podido escribirle esa estúpida declaración de amor?, ¿no podía haberse limitado a enviarle la tarjeta con un simple signo de interrogación? De ese modo, po¬drían haber interpretado el regalo de mil formas distintas, hasta tomarlo por una broma. Pero confesar sus sentimien¬tos no haría sino despertar la curiosidad de Nick. Agarró un paquete de folios y varias bolsas de bolí¬grafos y, de regreso al ascensor, acortó el paso al ver a Nick charlando con otros hombres en la zona de recep¬ción. El corazón se le aceleró, la boca se le secó, síntomas habituales cuando Nick Jonas estaba a la vista. Es¬taba enamorada hasta de esa voz profunda, capaz de ha¬cer sonar poética la lectura del informe más prosaico de estadística. Miley lo miró de reojo. Llevaba un traje negro como su pelo, formal, de diseño, elegante como un felino. Lo quería tanto que le dolía no poder expresarle sus senti¬mientos. De pronto, se le resbaló una de las bolsas de bo¬lígrafos y, al caer al suelo, Nick se giró hacia ella y sus ojos se enlazaron. Luego, en vez de desviar la mirada como había esperado Miley, la observó como si fuera la primera vez que la veía. Fue como si el tiempo se detuviera. El corazón le latía como si hubiese estado corriendo. Oía un pitido y el cuerpo entero le vibraba, pletórico de energía. Pero al¬guien se interpuso, agachándose a recoger la bolsa de bo¬lígrafos, y se rompió el hechizo. Un segundo después re¬conoció la expresión burlona de Cody. -La táctica de dejar caer un pañuelo al suelo -mur¬muró con desdén-. Qué truco más viejo. -¿Qué? -preguntó desconcertada Miley. Nick echó a andar hacia el ascensor y pulsó el bo¬tón de cerrar puertas. El pelo de Miley Cyrus era de un castaño dorado muy atípico. Por un instante, bajo la luz, le había resultado deslumbrante. Y tenía bonitos ojos. Pero no se sentía atraído hacia ella. En absoluto. Miley era una empleada, se recordó aliviado. Aunque la mismísima Cleopatra se incorporara a la plantilla, no se permitiría iniciar una relación ilícita. Lo que pasaba era que no conseguía sacarse de la cabeza aquella estú¬pida tarjeta. Nick empezó a repasar la lista de defectos de Miley: apenas llegaba al metro sesenta y él las prefe¬ría rubias. Tenía veintiún años y a él le gustaban mujeres de una edad más próxima a la suya. Tenía un gusto espan¬toso vistiendo, hablaba demasiado, se le caían las cosas y armaba unos líos tremendos con el ordenador cada dos por tres. Él era perfeccionista y ella un desastre en cons¬tante ebullición. Era la clase de mujer que se casaba y él se moriría soltero. Estaba tenso por el funeral de esa tarde, nada más. Necesitaba echar un trago. Miley volvió al departamento de marketing para pre¬pararle el café a Justin. Estaba hecha un lío. ¿Por qué la había mirado Nick de ese modo?, ¿por qué tenía la terrible sospecha de que sabía quién le había enviado la tarjeta? Pero no era posible. No podía leer el pensamiento de las personas, ¿no? ¿Y por qué la había provocado Cody cuando solía tra¬tarla con total indiferencia?, ¿a qué había venido aquel comentario? Cody Linley no había vuelto a dignarse en dirigirle la palabra desde que lo había rechazado a los pocos días de entrar a trabajar. ¿Qué truco más viejo?, ¿acaso sospechaba lo que sentía por Nick? ¿Cómo era posible? Se estaba volviendo loca. Salvo que hubiesen hecho examinar la tarjeta en busca de huellas dactilares, no ha¬bía forma de rastrear al remitente. En cuanto a Cody, en fin, nunca había tenido muchos amigos en Sistemas Jonas. Podía ser que fuese inteligente, pero era antipático y tenía la costumbre de reírse de las desgracias ajenas. Así que no tenía sentido darle más importancia a aquellos comentarios burlones... ¿O sí?

lunes, 14 de diciembre de 2009

cap 10.. ultimo!!




oola..
cap dedicado a Novelas Niley
y a todos los lectores...
se les agradece...
5 comentarios para iniciar
la nva nove...

"AMOR EN ROSA"

jejeje
bnoo el ultimo capp...


Capítulo Diez
Miley creyó que la jugarreta del pastel le desanimaría. Pero se equivocaba.
A la mañana siguiente, salió muy temprano de su casa para correr un poco y empezar bien el día. De pronto, oyó el motor de un coche que parecía seguirla de cerca. Miró hacia atrás.
Allí estaba el llamativo Rolls blanco de Nick, con Josito al volante y su flamante dueño con la cabeza asomada por la ventanilla trasera.
-Buenos días -dijo Nick.
-Buenos días -contestó Miley sin hacerle ni caso.
-Qué día tan bonito hace hoy, ¿verdad? Parece mentira que todavía no hayamos entrado plenamente en el verano. Miley continuó corriendo sin mirarle.
-Sí. Hace un día precioso.
-¿Por qué no descansas un poquito y te vienes con nosotros a dar un paseo en coche?
-¿No te parecería mejor que tú salieras del coche y corrieras un rato conmigo? ¿No decías que los ejecutivos están tan gordos por culpa de la vida sedentaria que llevan?
Josito detuvo el coche y un momento después, Nick corría a su lado.
-Miley, muchas gracias por el pastel. El otro día no tuve ocasión de dártelas. Lo
poco que probé era delicioso. Miley no se pudo contener más y soltó la carcajada.
-No hay de qué. De verdad, Nick, lo siento, pero fue un impulso de esos que me dan. No pude contenerme.
-¿El plato de espaguetis también fue un impulso?
-¡Yo creía que te gustaban los espaguetis!
-Antes, sí. Oye, Miley, estás muy pálida. ¿Te encuentras bien?
-Sí.
La verdad era que se sentía fatal, pero no pensaba demostrarlo. Continuaron corriendo un rato en silencio, acompañados siempre por el Rolls. No serían más de las cinco y media de la mañana. De pronto, el suelo se volvió blando bajo los pies de Miley, y una sensación de angustia le inundó la garganta.
-Nick, me parece que me voy a desmayar -consiguió decir con voz entrecortada.
Nick la cogió en vilo justo cuando empezaban a doblárseles las piernas, y la levantó en brazos.
-¡Miley! ¿Qué te pasa? -preguntó alarmado.
Ella no dijo nada. Se limitó a apoyar la cabeza en su pecho y a cerrar los ojos, aliviada al sentirse en aquel refugio seguro. Nick se metió enseguida en el coche con ella. La colocó sobre sus piernas y le dijo a Josito que condujera sin rumbo fijo.
-Miley, tú me contaste que el médico te dijo que no tenías nada. ¿A qué viene esto entonces?
-Nick, no me des la lata -gimió Miley-. Estoy mareadísima.
Nick la apretó con ternura entre sus brazos.
-¿Quieres beber algo frío entonces? ¿Una limonada, un granizado?
Miley se acurrucó contra su pecho.
-Me apetece algo helado.
-Dicho y hecho, nena. Josito, llévanos a esa heladería nueva que han abierto por aquí.
-Sí señor. ¿Se encuentra mejor la señorita?
-Eso creo.
Miley ya iba recuperando los colores. Nick la miró muy serio.
-Nena, ¿por qué no te casas conmigo? ¿Es que ni siquiera vas a pensártelo?
Ella le miró a los ojos.
-Está bien, Nick. Lo pensaré. Pero, por favor, no sigas persiguiéndome. Se trata de una decisión muy importante que necesito tomar yo sola. No quiero que me presiones. Me hace falta un poco de tiempo, nada más.
-Lo que tú digas, Smiley -murmuró Nick abrazándola-. Lo que tú digas.
Pero de nada servían las promesas, porque las rosas seguían llegando puntualmente. Miley no se lo reprochaba, ya que conocía por experiencia la forma de ser de Nick y sabía muy bien que no iba a cambiar de la noche a la mañana. Lo que más la impacientaba era encontrárselo en todas partes, como si la estuviera vigilando continuamente.
Una mañana, volvía del supermercado a casa cuando, en mitad de la carretera, tuvo un pinchazo. Tratando de conservar la calma a pesar de su desesperación, salió del coche y buscó en el maletero las herramientas necesarias para arreglarlo. Cuándo se disponía a meter el gato debajo de la rueda, sintió un crujido de ramas muy cerca.
Antes de volverse, supo que se trataba de Nick. Efectivamente, acababa de dejar el Ferrari aparcado al otro lado de la carretera y se acercaba hacia ella.
-¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? -preguntó de mala manera.
-Pues creo que está bastante claro. Estoy cambiando una rueda.

Nick se quitó la chaqueta y se remangó la camisa hasta los codos.
-Quítate de ahí, anda. Eso es trabajo de hombres.
-¡Cómo te atreves! -exclamó Miley interponiéndose entre el gato y él-. ¡Te recuerdo que no estamos en la edad de piedra. Además, tú puedes tener una compañía de petróleo si quieres pero no eres dueño de este coche ni de mí. ¿Entendido?
-He dicho que voy a cambiar la rueda. Quítate de ahí.
-¡No!
-Tú y yo nos vamos a casar, Miley -anunció Nick-. Y pronto. Ya no puedo esperar más; estoy cansado de cuidar de ti mientras espero a que te decidas de una vez.
-¿Qué quieres decir con eso?
Al otro lado de la calle empezaba a congregarse un grupo de personas que contemplaban la escena, entre divertidos y curiosos.
-¡Quiero decir que me estás volviendo loco! ¿Comprendes?
-¿Quién? ¿Yo? -gritó Miley indignada.
-¡Tú! Por tu culpa no puedo comer, no puedo dormir, ni siquiera puedo trabajar como es debido. ¡Dedico todo mi tiempo a vigilarte para que no te pase nada!
-¡Pero bueno! ¿Es que acaso es tan peligroso correr un poco por las mañanas o cambiar una rueda?
-¡En tu estado, sí!
Miley palideció instantáneamente.
-¿Cómo dices? ¿En mi estado?
Nick exhaló un gran suspiro; empezó a decir algo, pero luego cambió de opinión.
-Lo que quiero decir, querida, es que últimamente has estado enferma y todavía no te has recuperado del todo. ¡Ponerte a cambiar una rueda con este calor no puede hacerte ningún bien!
Miley inclinó la cabeza y le observó con cuidado, sin moverse.
-¿Quiere apartarse de ahí su señoría, o prefiere que la quite yo de en medio? -le preguntó Nick, que parecía haber llegado al colmo de su paciencia.
-¡Tú intenta quitarme a la fuerza y verás!
Un segundo después, Nick la había levantado del suelo y la llevaba en brazos hasta el otro lado de la calle, donde tenía aparcado su coche.
-¡Nicholas Jerry Jonas! -empezó a decir Miley. Nick se detuvo junto al deportivo negro y la hizo callar con un largo y apasionado beso en los labios, haciendo caso omiso de los numerosos mirones.
Ella ni siquiera se resistió. Los labios de Nick la hacían perder la razón con sus movimientos lentos y suaves.
Nick tomó aire.
-¿Quieres seguir discutiendo conmigo? -susurró.
-Sí, si tu castigo va a ser como el que me acabas de dar, quiero discutir.
Nick se echó a reír suavemente.
-Espera a que lleguemos a casa, nena -dijo dejándola en el suelo-. Anda, entra. Ya enviaré a alguien para que venga a recoger tu coche.
-Ah, ¿es que lo vas a dejar ahí?
-No creo que se escape, ¿verdad? Miley esbozó una mueca.
-Pues lo mínimo que puedes hacer es traerme mi bolso. Nick elevó los ojos al cielo como invocando paciencia.
-De acuerdo -dijo.
«Conque trabajo de hombres, ¿eh?», se dijo Miley, pasándose al asiento del conductor. Al tiempo que arrancaba, sacó medio cuerpo por la ventanilla y gritó:
-¡Dejaré tu coche enfrente de mi casa! ¡Cuando me traigas el Volkswagen puedes llevártelo!
Y después de derrapar se alejó a toda velocidad, entre las risas de los curiosos y la manifiesta desesperación de Nick Jonas.
Nick lo sabía todo. Estaba segura. Así se explicaba su extraña actitud, los regalos, los encuentros inesperados. Sabía lo del niño, y por eso insistía en casarse con ella. Quería a su hijo y también a Miley, aunque sólo fuese físicamente. Seguramente lo que le impulsaba a pedirle el matrimonio era su abrumador sentido de la responsabilidad. Nick nunca consentiría que un hijo suyo fuera ilegítimo.
Cuando llegó a casa ya se había echado a llorar desconsoladamente. Dejó el Ferrari fuera, con las llaves puestas, y corrió a encerrarse.
Pasó horas y horas llorando. Cuando empezaba a calmarse, se oyeron unos golpes furiosos en la puerta.
-¡Vete! -gritó entre sollozos.
-O me abres o echo la puerta abajo. Tú decides. Pensando en lo caras que estaban las puertas, Miley se decidió a abrir. Antes se limpió las lágrimas apresuradamente con el reverso de la mano.
La expresión terrible de Nick se dulcificó un tanto cuando la miró a la cara.
-Te he traído tu coche -le dijo tendiéndole las llaves-. ¿Te encuentras bien?
-Gracias -contestó Miley intentando aparentar una calma que estaba muy lejos de sentir.
Nick esbozó un gesto vago, como si quisiera decirle algo.
-Hasta luego -dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
Miley contempló su espalda con los ojos llenos de lágrimas. Pensó que era una ingrata, Nick se tomaba todas aquellas molestias porque estaba preocupado, mientras ella le pagaba tirándole pasteles a la cara y obligándole a cambiar una rueda a pleno sol.
-¡Nick!
Nick se detuvo en seco, sin volverse.
-Si quieres... venir a cenar esta noche a las siete, te invito a espaguetis.
Hubo un largo silencio.
-Sí, aquí estaré -dijo por fin, en voz muy baja. Luego se marchó sin dignarse a mirarla.
La tarde pasó lentamente, en un torbellino de atormentados pensamientos. Miley se repetía una y otra vez que Nick no la quería, que quería casarse con ella porque se sentía culpable y responsable de su hijo... Y un matrimonio sin amor estaba destinado de antemano a fracasar. De nada serviría que ella le amase con todo su corazón... Además, amar y no ser amada, sería para ella una tortura semejante a la muerte.
No necesitaba más tiempo para pensarlo. La única solución que había era que Nick y ella dejasen de verse. Debía marcharse de Houston cuanto antes. Y debía decírselo a Nick esa misma noche.
A las siete en punto, Miley abrió la puerta. Nick estaba en el umbral, con un ramo de margaritas en la mano. Miley se echó a reír.
-¿Qué pasa? ¿Se han acabado las rosas en la floristería?
-Me dijiste que estabas harta de rosas, ¿o no?
Con cierto cansancio, Miley sacó un tarro de cristal de un armario y colocó las margaritas. Nick la miraba desde la puerta.
-Me has dicho que ibas a preparar espaguetis, ¿verdad?' ¿Son para comer ó para tirármelos encima otra vez?
-No te quejes y da gracias, porque no te he preparado merengue de postre.
Comieron en la mesa de madera de la cocina, frente a frente, en silencio. Aquella velada no se parecía en nada a las de los viejos tiempos, cuando Nick le contaba cómo fueron sus comienzos en la compañía de petróleo y le describía los sitios que había conocido en alguno de sus viajes de negocios. Entonces ella solía hablarle de los protagonistas que tenía entre manos, o de las historias de misterio que bullían en su imaginación. Pero aquella noche, aparentemente, no tenían nada que decirse el uno al otro; los dos parecían sumidos en los mismos nostálgicos recuerdos.
Cuando terminaron, se instalaron juntos en el salón con una taza de café.
-Ahora me dirás que quieres marcharte de Houston, ¿verdad? -preguntó Nick con toda naturalidad.
Miley se quedó boquiabierta.
-¿Sabes por qué me lo he imaginado? Hacía mucho tiempo que no me preparabas una cena tan buena, incluyendo mi postre preferido... ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Es que no te atrevías?
-Nick, sabes que a mí me sobra valor. ¿Por qué iba a tener miedo de ti?
-Pues quiero que sepas una cosa, Miley. Si te marchas de Houston, yo me voy contigo.
Miley sintió deseos de zarandearle.
-¡Sé un poco razonable! -estalló-. Tengo veintisiete años, y sé cuidarme muy bien yo solita.
-Ni siquiera comes como es debido. Miley... si quieres, tú puedes vivir en el rancho y yo en el apartamento de Houston. Josito te cuidaría, y podrías contratar una criada, si quisieras.
Nick respiró hondo, y la contempló con una tristeza indefinible.
-¿Por qué no te casas conmigo? -exclamó casi en un lamento-. ¿Qué te he hecho para que ya no sientas nada por mí? A Miley le dolía mucho verle sufrir así. Se le llenaron los ojos de lágrimas y corrió a ponerse de pie junto a él.
-Lo sabes, ¿verdad? -susurró ansiosamente.
Muy despacio, Nick se quitó el cigarro de los labios y lo aplastó en el cenicero. Después la cogió por la cintura y la apretó contra sí.
-Aunque soy un hombre -empezó a decir mirándola a los ojos-, sé mucho sobre esas cosas. Los mareos, las náuseas... el aumento de peso.
Diciendo esto la acarició el vientre, que se adivinaba ligeramente abultado.
-¿Y qué pensaste al darte cuenta?
-Creí volverme loco. Me fui a una tienda de juguetes, compré la mitad de las existencias y luego lo escondí en un armario. Después me compré uno de esos libros de información sobre los hijos y me lo leí entero en una noche. Entonces me puse a pensar cómo iba a decirte que lo sabía, cuando tú estabas tan empeñada en que no me enterase.
Miley, que jugueteaba con un botón de su camisa, cerró los ojos un momento.
-No quería que te enterases porque temía que hicieras precisamente lo que has hecho... insistir en casarte conmigo.
-Pero si nosotros siempre nos hemos llevado muy bien... hasta hace poco. Además, yo querría mucho al niño, sería un buen padre.
De pronto, con un movimiento brusco, la cogió por la cara y la miró a los ojos.
-Dime que quieres tener al niño, por favor. ¡Aunque sea mentira, dímelo!
Miley rompió a llorar. Levantó una mano vacilante y le acarició la cabeza con una ternura que hacía mucho, muchísimo tiempo que no sentía.
-Pero si le deseo con todo mi corazón... -susurró con voz trémula-. Es tu hijo. Nuestro hijo. Con lo que yo te amo, ¿cómo no lo voy a querer?
-¿Que tú me amas?
Nick se estremeció. Después la apretó contra sí hasta hacerle daño, recorriéndola. obsesivamente con la mirada.
-Oh, Dios mío, si esto es un sueño, no quisiera despertar nunca... ¡Amor mío, mi amor! ¡Un hijo! Nuestro hijo. ¿Y querías marcharte? ¿Cómo es posible?
Miley apoyó la cabeza en su hombro y ahogó un sollozo.
-No quería que te casaras conmigo sólo por el niño, ¿comprendes?
-¡Dios mío, tú no me conoces en absoluto! Deberías saber que yo soy incapaz de hacer cualquier cosa que me desagrade. ¡Casarme contigo me parece maravilloso! Fuiste tonta al pensar que era sólo por el niño. ¡Si el niño es un regalo!
Miley sentía que el corazón le estallaba de gozo.
-Deberíamos haberlo sabido desde el principio, ¿verdad? -añadió Nick-. Aquella noche fue tan maravillosa... Es natural que haya dado fruto.
Miley sonreía, radiante de dicha.
-Me encanta que lo digas así.
Un poco turbada, escondió después la cabeza en su pecho.
-Ahora prométeme -añadió Nick-, que no vas a volverme a tirar los espaguetis encima, ni a aplastarme un merengue en la cara, ni cosas así...
Miley se empinó para besarle en los labios.
-Te lo prometo si tú dejas de seguirme a todas partes y de enterrarme viva en rosas. Nick... ¿me quieres?
Nick cerró los ojos un momento.
-Yo nunca le he dicho eso a nadie. Ni a Ellen, ni a mi padre. Debe ser por las condiciones en que crecí, supongo. Pero te juro que cuando te miro a ti lo siento; lo siento cuando te toco. No puedo decírtelo -susurró con la voz velada por la pasión-... todavía no. Pero puedo demostrártelo.
Nick la cogió en brazos y la depositó con cuidado en el sofá. Después, se inclinó sobre ella, la desabrochó la blusa y capturó entre sus labios sus senos rosados y suaves.
-Nick... -gimió ella estremeciéndose.
Se abrazaron con una ternura nueva, desconocida. Lo que en aquel momento se expresaban mediante los besos y las caricias iba mucho más lejos que la pasión sexual. Miley le quitó la camisa a Nick con manos temblorosas, y le acarició el pecho, arrancándole gemidos de placer. Deseaba con una fuerza casi sobrehumana besar sus labios llenos y sensuales. De pronto, sacudida por una duda, se detuvo y le miró a los ojos.- Nick, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Dime.
-¿Llegaste a hacer el amor con Melody?
-No -dijo simplemente Nick-. ¿Es que no sabes que sólo te quiero a ti? ¿No te diste cuenta la noche que nos amamos de que hacía mucho tiempo que no hacía el amor?
-Si te digo la verdad, lo pensé, pero como no tenía apenas experiencia...
-Desde aquella noche que te encontré vagando bajo la lluvia, no volví a tocar a otra mujer. Desde el principio tú has sido una obsesión para mí. Tú no te dabas cuenta... Al principio estabas tan débil... Después depositaste en mí toda tu confianza, y yo tenía las manos atadas, hasta aquel día en la fiesta de Elise. Me mirabas como si te murieras de sed por un beso mío...
-No me di cuenta -musitó ella.
-Miley, ¿por qué te sentías tan avergonzada de la noche que pasamos juntos? ¿Tenías miedo quizás de que te considerase una conquista fácil?
-Sí -admitió Miley-. Pensé que al haberme abandonado a ti, había pasado a formar parte de tu lista de aventuras.
-Boba -murmuró Nick acariciándole un mechón de su melena-. Ya te he dicho que no hubo otras conquistas...
-Pero tú me hiciste creer lo contrario, ¿recuerdas? Y te portaste muy duramente conmigo cuando me fui a casa de Kevin. Nick suspiró con cierta tristeza.
-Me dio por pensar que tú te arrepentías de lo ocurrido y que te estabas vengando en cierto modo. Verás, es que siempre que Ellen y yo teníamos algún problema, ella acudía a Kevin. No es que sospechara que me engañasen, no me malinterpretes. Pero siempre que ella necesitaba consuelo, allí estaba Kevin. Y a mí eso me dolía como no te puedes imaginar. Con el paso del tiempo, llegue a odiarles a los dos. Cuando Ellen murió y vi a Kevin desmoronarse, lo comprendí todo. Yo nunca debí casarme con ella. Era la novia de Kevin, supongo que lo sabes. Debí haber sabido que lo que yo sentía por ella no era sólido; se trataba de pura y simple atracción. Pero cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde. Ella se había enamorado de mí, y yo me sentía responsable. Pero ella necesitaba más de lo que yo podía darle, y yo no me di cuenta. Ese fue mi error. Miley le acarició la mejilla.
-Kevin nunca me ha tocado, ¿sabes? Después de ti, no quería que nadie más me tocase.
-Debería haberme dado cuenta, pero no sé por que me dio por pensar que tú preferías a Kevin... ¡qué tonto fui!
La apartó el pelo de la cara y la miró largamente, recreándose en su desnudez.
-Dios mío, eres bellísima -murmuró.
Miley se sonrojó intensamente y bajó la cabeza. Él recorrió su piel con sus labios, poniendo en ello una ternura infinita.
-Te amo -susurró Miley con voz trémula-. Eres mi mejor amigo, Nick Jonas.
Él levantó la cabeza y observó sus ojos verdes.
-Necesitas que te lo diga, ¿verdad? Las mujeres necesitáis palabras bonitas.
Miley esbozó una sonrisa.
-No hace falta que me lo digas. Lo veo en ti.
Nick le acarició los labios, y pronunció las palabras muy despacio.
-Yo... te amo. Y siempre te amare. Nunca habrá otra mujer para mí -añadió, apoyando su frente en la de ella.
-Ni otro hombre para mí. Me he sentido tan sola sin ti... -dijo acariciándole con la mirada.
Nick le besó los ojos cerrados, aún húmedos por las lágrimas. Después la besó en la boca con mucha suavidad.
-Amor mío -susurró Miley cuando pudo recobrar el aliento.
Entonces Nick se recostó sobre su cuerpo, fundiéndose con ella en un beso de pasión. Miley le sintió temblar y le miró a los ojos, que le parecieron dos llamaradas grises.
-Entonces, ¿vas a casarte conmigo? -preguntó él.
-Me parece que sí -murmuró Miley con un hilo de voz-. Pero con una condición.
-¿Cuál?
-Que no quiero dormir en un barracón con serpientes de tres metros -susurró recorriéndole las sienes con una caricia mimosa.
Nick rió muy bajito.
-No, no te preocupes. Tú dormirás conmigo. Y te protegeré entre mis brazos toda la noche, todas las noches... Mientras vivamos.
Miley le abrazó con todas sus fuerzas.
-Nosotros viviremos para siempre, porque yo pienso amarte siempre.
En la casa de al lado, la señorita Rose vio que las luces se apagaban en el hogar de Miley y distinguió en el jardín la sombra de un Ferrari negro. Después de cerrar las cortinas, con una sonrisa enternecida en los labios, pensó que al día siguiente tendría que salir a comprar un regalo de bodas.




fin

domingo, 13 de diciembre de 2009

IMPORTANTE!!




oola..!!
ya mañana es el ultimo capitulo
pero piensosubir otra
novela corta
de 10 capitulos!!
akii les dejo 3 epilogos..
diganme cual kieren y esa les subo


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La inocente novia del jeque

El príncipe Jonas tenía tres reglas:
-No acostarse nunca con una mujer virgen.
-No acostarse nunca con una empleada.
-No casarse jamás.
Miley Cyrus no era más que una limpiadora, pero el sexy jeque no pudo resistirse a sus encantos y no tardaron en acabar en la cama juntos. Miley era inocente, pobre…, y ahora se había quedado embarazada de un príncipe.
Su honor lo obligaba a convertirla en su esposa…

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Amor en Rosa

CUANDO MILEY LE MANDO AQUELLA TARJETA DE SAN VALENTIN A NICK JONAS CON EL FIN DE ANIMARLO UN POCO, NO ESPERABA QUE EL FUERA A RESPONDER ACOSTANDOSE CON ELLA.
¿Quién le iba a decir a ella que acabaría embarazada de su jefe?

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Sin salida

Nick Jonas había decidido solucionar el problema de su más antiguo y leal empleado, a quien una joven debía mucho dinero. Él atraería a esa mujer hasta Guatemala y allí se quedaría hasta que pagase su deuda.
Lo curioso es que, al principio, Miley le pareció una elegante buscavidas, pero pronto se dio cuenta de que en el fondo era una inocente. El orgullo de Nick había desatado consecuencias impredecibles, y su odio por ella rivalizaba con su deseo.




diganme cual kieren...



xoxo



cap 9


Capítulo Nueve


Miley se le quedó mirando como si fuera una aparición. Iba vestido con su elegancia de siempre, impecable con su traje azul marino.
-Acabo de mantener una larga conversación con mi primo -dijo mirándola fijamente-. Ahora veo que tenía razón. Te encuentro desmejorada.
Miley sintió ganas de llorar. Iba a reconciliarse, cuando ya no había remedio. Todo estaba perdido... La angustia se le agolpó en la garganta, formando un nudo difícil de tragar.
-Me alegro de verte por aquí, Nick, pero la fiesta de reinauguración de la casa será dentro de diez años. Yo me ocuparé personalmente de que te llegue una invitación -añadió intentando cerrar la puerta.
Nick la detuvo con el pie.
-¿No vas a dejarme pasar aunque sea en nombre de los viejos tiempos? -le preguntó mirándola con ansiedad.
-No vas a pasar -fue la respuesta-. Y ahora, por favor, quita el pie de ahí.
Nick esbozó una mueca de desesperación.
-Lo que le mandé a Josito que te dijera por teléfono no era verdad.
-Ah, ¿no? -preguntó Miley mirándole con los ojos cargados de tristeza.
Nick apretó la mano con que tenía cogidas las rosas.
-Pero, Dios mío, ¿qué esperabas? ¿Querías que me pusiera de rodillas cuando acababas de decirme que mi primo te estaba esperando para acostarse contigo?
-Deberías haberme creído, Nick, pero desde el principio. ¡En cuanto me viste en el estudio de tu primo te pensaste lo peor! Y eso no te lo perdono, Nick. No te lo perdono porque lo que más me puede doler es que no confíes en mí.
-Tú no sabes cómo están las cosas entre mi primo y yo. Nuestra rivalidad no viene de ahora, sino de años atrás, sobre todo desde la muerte de Ellen. Él me odia por ciertas cosas que yo no podía evitar, que se escapaban a mi voluntad. Y ninguno de los dos hemos dado jamás ningún paso para reconciliarnos, hasta esta mañana. Mi primo... le ha dicho a Josito que quería hablar conmigo. Le dije que viniera a mi oficina y hemos charlado... sobre el pasado y sobre ti. Estaba muy preocupado por tu salud -concluyó con un suspiro-. Y es verdad. Estás pálida...
Miley se echó hacia atrás la larga melena, perfectamente consciente de cómo Nick seguía su movimiento con la mirada.
-Lo que pasa es que estoy trabajando muy deprisa, porque me han puesto una fecha límite y duermo muy poco. Ayer fui al médico y me dijo que me encuentra perfectamente.
«Para estar embarazada», añadió para sus adentros.
-¿Estás segura de que el medico te examinó bien? -preguntó Nick frunciendo el ceño.
-Sí, Nick, y ahora, si no te importa, márchate. Estoy muy ocupada...
-Y yo también, ¡maldita sea! Ahora mismo tenía que estar reunido con un jeque árabe, y le he dejado plantado.
-Entonces no te entretengo más -contestó Miley intentando cerrar la puerta de nuevo.
-¿Quieres hacer el favor de escucharme? -gritó Nick furioso.
-Sí, ¡voy a escucharte igual que me escuchaste tú cuando intenté contarte lo de Kevin!
-Eso ya me lo ha contado él, todo lo que dijo y por qué, y también la mentira que me hiciste creer en el baile de Caridad.
Miley se sonrojó vivamente, desviando la mirada.
-Eso ya no tiene ninguna importancia. Pasó a la historia. Se acabó.
-Miley, yo no puedo aceptarlo. ¿No lo comprendes?
Miley le miró con los ojos centelleantes.
-¿Qué te ha dicho Kevin?
Nick adoptó entonces una actitud de fría dignidad.
-¿Aceptas las rosas por lo menos? Las malditas flores me dan alergia.
-¡Encantada!
Miley le arrancó las rosas de la mano y se las estampó en la pechera de su camisa de seda blanca.
A la mañana siguiente, Miley se levantó, se tomó la pastilla contra las náuseas que el médico le había recetado y se vis¬tió para marcharse de compras a la ciudad. Estaba engordando a pasos agigantados y necesitaba ropa amplia.
Sin embargo, no tenía intención todavía de comprarse modelos premamá. Antes de manifestar públicamente su embarazo debía decidir su futuro. Una de las posibilidades era marcharse con una vieja tía suya que vivía muy lejos, pero para ello debería inventarse la historia de un marido trágicamente muerto en un accidente.
Miley quería unos cuantos pares de pantalones de cintura elástica, pero no los encontró por ninguna parte, así que no le quedó otro remedio que ir al gran complejo comercial de la parte administrativa de Houston, desgraciadamente donde Nick tenía su oficina.
Por fin, en una pequeña tienda, encontró lo que quería. Compró tres pares de pantalones, tres tallas más grandes de lo que ella solía usar y dos blusas amplias a juego. Cuando hubo terminado, salió a la calle y se sentó en un banco a descansar un poco.
Empezaba a sentir un calor insoportable, apenas podía respirar del sofoco. Se encontraba cada vez peor. Agachó la cabeza, pero el mareo y las náuseas se hicieron más intensos, hasta el punto de que se sentía incapaz de llegar al coche.
Después de unos minutos agobiantes, decidió que tenía que andar como fuera, porque o hacía el esfuerzo, o se quedaba allí sentada todo el día.
Con el bolso en una mano y el paquete en la otra, Miley echó a andar con paso vacilante, mientras las paredes iniciaban una absurda danza circular a su alrededor y las figuras se desdibujaban. Lo último que acertó a ver fue un hombre alto, vestido con un traje oscuro, de rostro borroso. Después, su visión quedó reducida a una nube de puntos blancos y negros...
Despertó tumbada en un sofá, mirando a un techo que le resultaba completamente desconocido. Volvió a cerrar los ojos, respirando profundamente. Gracias a Dios, ya no tenía ganas de vomitar. Se encontraba tranquila y relajada. El mareo había remitido. Muy cerca de su rostro, los ojos atormentados de Nick Jonas la vigilaban.
-¿Te encuentras mejor?
Miley miró a su alrededor. Había en la habitación tres hombres desconocidos, que estaban de pie, cerca de la puerta, y Nick, que se encontraba sentado a su lado en el sofá.
-Sí, gracias -contestó con un hilo de voz.
-¿Te importa decirme entonces qué demonios hacías paseando por el centro comercial con este maldito calor? Miley sacó fuerzas de su indignación para incorporarse y sentarse.
-Estaba de compras. ¿O es que no lo ves? -dijo señalando a los paquetes-. Además. ¿A ti qué te importa dónde me desmaye yo? ¿Es que eres el dueño de las tiendas?
Los otros tres personajes se retiraron discretamente, dejando la puerta cerrada.
-¿Te apetece beber algo frío?
-Bueno, una limonada no me vendría mal.
-Ahora mismo te la traigo -dicho esto, salió del despacho. Miley se entretuvo contemplando el despacho, que estaba decorado con notable buen gusto. Cuando llegó, bebió un largo sorbo de refresco. Estaba helado.
-Eres como un mago -murmuró.
-Eso es exactamente lo que soy -respondió Nick con una extraña sonrisa y un brillo malicioso en los ojos-. ¿No quieres nada de comer? -añadió-. ¿Qué has desayunado hoy?
-Una taza de té.
-¡Cómo es posible! Anda, ven conmigo. Te invito a comer.
-Todavía no es la hora de comer -protestó Miley.
-Entonces te invito a desayunar.
-Es ya un poco tarde para eso.
-Mira, nena, si a mí me apetece desayunar a las doce de la noche, pues desayuno sin más. ¿Qué te apuestas?
Miley sonrió. Hacía siglos que no le sonreía así a Nick. La reacción de él la dejó atónita; se quedó mirándola tanto rato que ella no fue capaz de sostenerle la mirada y bajó los ojos tímidamente.
-¿Vamos, Smiley?
Miley se alegró enormemente al oír de nuevo aquel diminutivo; eso significaba que Nick ya no estaba enfadado con ella... había por lo tanto esperanza de que volvieran a ser amigos, por lo menos hasta que ella se fuese a vivir fuera con su hijo.
Tomaron huevos fritos con jamón en un pequeño restaurante. Nick se encontraba pletórico.
-Los huevos son muy buenos para evitar los mareos -decía-, porque contienen muchas proteínas. La carne asada tampoco viene mal. Si quieres, podemos cenar juntos esta noche. Miley le miró con cierto temor.
-No lo sé...
Nick se inclinó sobre la mesa y pasó su mano sobre la de ella.
-Nena, no voy a intentar llevarte a la cama otra vez, lo prometo. Si tú no quieres, ni siquiera te tocaré.
-Nick, ¿tú crees que podemos volver atrás, como si nada hubiera pasado?
-No, lo único que podemos hacer es avanzar día a día, paso a paso. Sin compromisos, sin tensiones, sin mirar atrás. Miley le miró despacio, pensando que no debería aceptar. Su sentido común le decía que lo que tenía que hacer era huir lo antes posible.
Pero le amaba demasiado como para rechazar aquella mano de consuelo que le tendía. Unos cuantos días más en su compañía no tenían por qué hacerle ningún daño. Después, en cuanto su estado empezase a hacerse manifiestamente evidente, se marcharía de Houston.
-Me parece muy bien -contestó después de un momento-. Podemos cenar juntos esta noche.
La expresión de Nick se iluminó.
-Mandaré a Josito a buscarte a las seis. O mejor todavía iré yo con él.
-¡Pero Nick! No necesito una escolta completa.
-Es que no quiero que conduzcas sola por la noche, ¿vale?
-Pero si siempre he conducido sola y nunca me ha pasado nada.
Nick la miró como si estuviera muriéndose por decirle algo y no se atreviera.
-Esta semana ha habido dos atracos. Y ha sido siempre por la noche. Hazlo por mí, por favor.
Miley se echó a reír.
-Muy bien. La gasolina es tuya.
-Exactamente, la gasolina es mía. Y además, ¿de qué sirve tener una compañía de petróleo si no puedes disfrutar consumiendo tu propio producto?
Miley no pudo discutirle eso.
A las seis en punto el Rolls se paró en su puerta. Dentro la esperaban un Josito sonriente y un Nick radiante y guapísimo.
-¿Dónde vamos? -preguntó Miley. ((Miley hiba vestida como en la imagen))
-Vamos al sitio donde preparan la mejor carne asada de Houston -replicó Nick con una sonrisa.
-¿Y dónde es eso?
-En mi casa.
Miley palideció sin querer, pero rápidamente Nick le cogió la mano con gesto tranquilizador.
-No tienes nada que temer -le dijo en voz baja-. Recuerda lo que te he dicho antes. Además, Josito va a quedarse en casa toda la noche.
Miley se tranquilizó un tanto, aunque no del todo, porque sabía que en cuanto cruzase aquel umbral los recuerdos de aquella noche única iban a agolparse en su memoria.
Por un momento se preguntó qué pasaría si de pronto le dijera a Nick que estaba embarazada. Probablemente se desmayaría..pero, ¿y después?
Eso era una incógnita para ella.
La carne estaba deliciosa, así como los bollitos de pan, las patatas asadas y la salsa. Miley lo devoró todo como si aquella fuese la última comida de su vida, siempre bajo la mirada atenta y divertida de Nick.
-Estaba buenísimo -comentó ella al terminar, quizás un poco a la defensiva.
-Me alegro de que te haya gustado.
Se levantaron de la mesa y fueron a sentarse al salón.
-¿Quieres una copita de coñac?
Miley lo rechazó, pensando que no le haría bien al niño que estaba por venir.
Nick se sirvió un vaso de whisky y, apoyado en el bar, la contempló con mirada ardiente.
-¿Te gusta la tela de mi vestido? -preguntó ella con fingida inocencia.
-Prefiero la percha. Además, has engordado un poco, me he dado cuenta.
Miley sonrió y le hizo un sitio a Nick, que se sentó junto a ella en el sofá. Mirándole, se le vino a la memoria cómo terminó la velada el último día que estuvieron así.
-No me mires con tanto pavor. He prometido no tocarte, ¿verdad?
-Pero es que a veces también se puede tocar con la mirada, Nick Jonas, y tú lo sabes hacer especialmente bien. Miley le sentía cerca, turbadora mente cerca... Su calor, su olor característico. Cada vez más nerviosa, cruzó las piernas en una postura rígida.
Nick se recostó en el respaldo con un profundo suspiro. Parecía muy fatigado.
-¿Estás cansado?
-Estoy muerto. Últimamente llevo un ritmo de trabajo que mataría a cualquiera. Por no mencionar lo mucho que me ha afectado enfadarme contigo -añadió mirándola con el rabillo del ojo.
Miley se ruborizó.
-No me eches a mí la culpa de todo, por favor. Todo empezó por culpa de tus exageradas sospechas.
-No, nena. Todo se desencadenó en el momento en que te llevé a la cama. Dime una cosa, Miley, ¿te ha resultado tan difícil como a mí dejar de vernos?
Ella asintió.
-Hasta ahora no me había dado cuenta de la cantidad de tiempo que pasábamos juntos normalmente. Me sentía... sola -añadió con una sonrisa tímida.
-Yo también -dijo Nick. Entonces la cogió la mano y, entrelazando sus dedos con los de ella, añadió-: Miley, imagínate que pasáramos mucho más tiempo juntos.
-¿Qué quieres decir?
Él respiró hondo y la miró directamente a los ojos.
-Quiero decir que... ¿por qué no nos casamos?
Miley se quedó muda de la impresión, incapaz de hacer otra cosa más que mirarle.
-¡Vaya por Dios! -exclamó Nick chasqueando la lengua-. No debería habértelo dicho tan de sopetón. Yo quería ir sugiriéndotelo poco a poco... Pero, bueno, ya está hecho. ¿Te quieres casar conmigo?
-Pero nosotros... Tú siempre dices que no quieres volver a casarte.
-He cambiado de idea.
Nick, muy nervioso, se puso un cigarrillo en los labios y lo encendió. Miley seguía contemplándole, atónita. En ningún momento Nick le había dicho que la amaba. También estaba el niño... ¿cómo convencerle de que era verdaderamente suyo y no de Kevin? ¿Y si volvía a abandonarla? El embarazo empezaría a ser patente un mes más tarde; la situación era imposible.
-No puedo casarme contigo -dijo al fin.
Por la sonrisa que le dirigió Nick, el miedo y la indecisión de Miley debían leerse claramente en su rostro.
-Yo creo que sí te vas a casar conmigo, nena. Lo único que necesitas es hacerte a la idea. Ya sabes que yo siempre me salgo con la mía... precisamente a ti te deseo muchísimo. Y ahora mismo más que nunca -añadió con un insinuante susurro.
-¿Por qué? -preguntó Miley turbada.
-Te sorprenderías si te lo dijera, nena. Mejor ven aquí y te lo demostraré sobre la marcha.
Sin dar lugar a más, Miley cogió su bolso y se dirigió hacia la puerta con paso enérgico.
-Adiós, Nick. Gracias por la cena.
-¿Cómo pretendes marcharte a casa? -preguntó él sin alterarse lo más mínimo.
-Buscaré un taxi.
-Espera un momento. Voy a llamar a Josito para que te lleve a casa en coche. Yo no iré esta vez, tranquila. Lo prefieres, ¿verdad?
-Si quieres que te sea sincera, sí.
Entonces Nick se levantó y la acompañó afuera con una sonrisa. Por el camino iba diciendo:
-No te olvides de lo que te he dicho, Smiley. Me saldré con la mía más tarde o más temprano.
La casa de Miley iba cobrando gradualmente el aspecto de una floristería. Cada día llegaba una variedad de rosas distintas; rojas, rosas, blancas, amarillas. Todas de Nick.
También mandaba a Josito por las mañanas, a la hora del desayuno, con un plato de huevos fritos con jamón.
Pero Miley no cedía un ápice de todas aquellas atenciones, y se negaba a hablar con el, aunque la llamase seis veces al día, cada cuatro horas exactamente. Y se negaba por miedo a que la convenciera. Conocía a Nick tan bien como para saber que cuando algo se le ponía en la cabeza solía llegar hasta el final, sin reparar en obstáculos. No obstante, su decisión era firme.
Ella le demostraría a Nick Jonas que las cosas no siempre se pueden conseguir a base de voluntad.
El viernes por la tarde, como tenía por costumbre, Miley fue al supermercado para hacer la compra de la semana. En la puerta se encontraba Nick, esperándola con gesto impaciente.
-¿Se puede saber por qué te niegas a hablar conmigo? -gruñó nada más verla-. ¿Es que no te gustan las condenadas rosas que te mando?
-Me tienen que gustar, no me queda otro remedio -replicó Miley impacientemente-. Tengo dos habitaciones llenas hasta arriba. Ya he hecho con ellas almohadillas perfumadas, jabones, adornos para pasteles... ¡hasta puedo bañarme en agua de rosas si quiero!
-Pues yo creía que te gustaban las rosas.
-Fíjate qué curioso, yo también. ¡Lo que no me gusta es morir enterrada por kilos de rosas! Me estoy quedando sin cacharros de cocina, porque todos los estoy utilizando como jarrones. ¡Si sigo así voy a morirme de hambre!
-Ah, entonces le diré a Josito que te lleve también la comida y la cena, preparadas de mi casa.
La gente de su alrededor les dirigía miradas de asombro.
-¡No! -exclamó Miley horrorizada-. Con el desayuno tengo suficiente, gracias. Además, a propósito, tú sabes perfectamente que odio desayunar.
-Has estado enferma, Miley. Necesitas recuperar fuerzas. Si te casaras conmigo, no habría problema, porque yo mismo me encargaría de darte de comer personalmente.
-¡Mira, Nick, te repito por última vez que no pienso casarme contigo! Por favor, déjame en paz.
-No pienso marcharme hasta que me digas que sí. Tengo todo el día libre, te acompañaré a donde vayas.
Miley le dirigió una mirada furibunda, y después fue hacia la sección de pastelería.
-Te encanta el merengue, ¿verdad Nick? Él asintió.
-Sí me gusta mucho. Qué, ¿me vas a comprar un pastelito? Miley cogió un pastel y lo miró con una sonrisa beatífica.
-Sí, cariño. Aquí tienes, que lo disfrutes.
Dicho y hecho, se lo aplastó en mitad de la cara.


hasta mañana....

xoxo♥