sábado, 12 de diciembre de 2009

cap 6...

oola..
pues otro cap
por k comentaron muxxo
pero asta mañana maraton ok..

xoxo♥


Capítulo Seis
Todavía llovía a cántaros cuando el taxi dobló la esquina de la calle de Miley.
-¡Menuda nochecita llevamos! -comentó el taxista-. En mi vida había visto unos relámpagos tan fuertes. ¡Fíjese lo que ha hecho un rayo en esa casa!
Y era precisamente la casa de Miley. El viejo roble, arrancado de cuajo, se había venido abajo aplastando en su caída el pequeño Volkswagen y el techo del salón.
-¡Dios mío! Por favor, pare. Ésa es mi casa. ¡Qué desgracia! El hombre la miró con gesto compasivo y la dejó allí mismo. Inmóvil, Miley sentía mezclarse la lluvia con sus lágrimas mientras contemplaba aquel desastre. El coche estaba destrozado, y en cuanto a la casa...
Ella no era un mujer débil; por lo general sabía salir airosa de las situaciones difíciles. Pero en aquel momento todo lo veía negro y le hubiese gustado que Nick no se hubiese marchado a Denver para poder llamarle.
¡Cuántas veces le había dicho Nick que cortase el dichoso árbol!
-¡Miley!
Kevin Jonas acababa de salir por la puerta de la vecina. Miley corrió a refugiarse en sus brazos.
-¡Gracias a Dios! -exclamó él-. Me estaba volviendo loco buscándote. ¿Se puede saber dónde estabas?
-Eso es lo de menos -gimió Miley, que no quería contestar-. Mira mi casa. ¡Mira mi pobrecito coche! ¡Oh, Kevin! Se secó las lágrimas con el reverso de la mano.
-Iba a entrar ahora mismo a preparar un café... -murmuró llorando desconsoladamente.
-Anda, vente a casa conmigo. Puedes quedarte en mi estudio, si quieres, porque ahora voy a pasarme una temporada sin pintar. Te lo dejo hasta que te arreglen el tejado. Ya verás como no es tan terrible.
-¡Mi coche! -sollozó Miley, que no salía de su aturdimiento.
-De todas formas, necesitabas uno nuevo. El motor del Volkswagen estaba hecho una porquería.
-Pero si estaba bien. Todavía podía aguantar una temporada más.
-Todo se pega menos la hermosura, dice el refrán. Se nota que frecuentas la compañía de Nick. Ese coche estaba ya para tirarlo a la chatarra, querida.
Miley se miró el vestido, que estaba empapado.
-¡No tengo ropa!
-Quédate aquí. Voy a ver si puedo entrar y te traigo algo. Parece que el árbol sólo ha alcanzado el techo del salón. Lo demás está bien.
-Pero a lo mejor es peligroso que entres, Kevin.
-No te preocupes.
-La señorita Rose... -exclamó Miley alarmada.
-Está perfectamente -la tranquilizó Kevin-. Cuando vi este desastre fui corriendo a su casa. Después te estuve llamando como un loco toda la noche. La señorita Rose me dijo que ayer pasó a recogerte un hombre con un Ferrari y que todavía no habías vuelto. Es una mujer muy observadora, y una romántica terrible. Estaba convencida de que Nick y tú os habíais fugado con la intención de casaros.
Miley se había puesto colorada hasta las orejas.
-Pues se equivocaba, la pobre.
-Bueno, bueno, no me des explicaciones, porque no es asunto mío -dijo Kevin, aunque su mirada curiosa le desmentía— Voy a ver qué se puede rescatar de ahí dentro.
Miley se quedó allí, bajo la fría lluvia.
A su mente acudieron los momentos vividos con Nick aquella noche. Podía sentir aún el roce de sus labios en cada pliegue de su piel.
Por la mañana, al despertar, su actitud había sido distinta. Él se había mostrado reticente, y ella, tímida y turbada. Nick le dijo que hablarían con tranquilidad cuando él volviera de Denver. Después la había dejado en el taxi y había vuelto a entrar en la casa sin mirarla siquiera...
-Te he dicho que si quieres que nos marchemos ya -le gritó Kevin al oído-. He cerrado las habitaciones que no han sido dañadas para que no entre agua. El árbol sólo ha causado desperfectos en el salón, y creo que tampoco son demasiado graves. Lo peor va a ser retirar el árbol.
-Bueno, ya llamaré a alguien. Ahora me gustaría cambiarme; me estoy quedando helada.
-Vamos entonces. Tengo aparcado el coche en casa de la señorita Rose.
En cuanto se pusieron en camino, el joven le hizo la fatídica pregunta.
-Bueno, ¿me quieres decir dónde has estado en realidad? Ya sé que no has pasado toda la noche con Nick; te conozco demasiado bien para pensar eso.
Miley se rió para sus adentros. A él le miró con una sonrisa apenas esbozada, y se encogió de hombros.
-Te mueres de curiosidad, ¿eh? Puede ser que haya cometido algún asesinato, como trabajo de investigación para mi próximo libro.
Kevin suspiró tristemente.
-Claro, y ahora a mí me acusarán de complicidad.
Miley se echó a reír, recostándose en el asiento.
-Kevin, te agradezco mucho que me dejes tu estudio. ¿No lo necesitarás para recibir a... algún amigo? -dijo con un ritintín burlón.
-Pues eso eres tú precisamente, una amiga.
-Lo que no sé es lo que va a pasar cuando Nick Jonas se entere de dónde estoy.
-La señorita Rose te ha ofrecido una habitación en su casa -señaló Kevin.
-La señorita Rose es miembro de la Asociación Histórica de Viudas de Guerra, por si no lo sabías.
-¿Y?
-Pues que de vez en cuando les gusta recordar la Primera Guerra Mundial. Se reúnen unas cuantas ancianitas y recitan poesías, cantan canciones militares, y todo eso.
-Conociendo a la señorita Rose, no me sorprende nada. Además, pensó Miley para sí, ella prefería la tranquilidad de la casa de Kevin. No le importaba la posible reacción de Nick porque, por muy maravillosa que hubiese sido aquella noche, ella no estaba dispuesta a ser tratada como una propiedad más.
El estudio de Kevin era una gran habitación adosada a la parte trasera de su casa.
Constaba de un amplio salón con una cama, un cuarto de baño completo y una cocina. La sala estaba un poco desordenada, con cuadros a medio terminar por doquier, pero a Miley no le importaba, porque ella lo único que necesitaba para escribir era una mesa con buena luz.
Cuando desempaquetó la maleta que Kevin había sacado de su casa, echó en falta la ropa interior y la máquina de escribir. En cuanto pudiera disponer de un coche, tendría que volver allí para buscar esas cosas tan necesarias.
Después de ducharse y de vestirse, fue a la casa a buscar a Kevin.
-Oye, ¿te importa que coja uno de tus coches? -preguntó sin más preámbulos-. Tengo que empezar a buscar un sustituto de mi Volkswagen.
-No tengas prisa. Puedes usar mi Lincoln cuando lo necesites.
-El Lincoln es demasiado grande -dijo Miley, aunque era una excusa porque no le gustaba depender de nadie-. Verás, es que yo sin coche no hago nada. ¿Por qué no me acompañas a una tienda de venta de coches? ¿Tienes tiempo?
-Ya sabes que por ti hago cualquier cosa.
Salieron en el enorme Lincoln.
-Bueno, ¿y qué tipo de coche quieres? ¿Un Fiat, un Ferrari...?
-No, un Volkswagen -dijo ella con firmeza.
-Pero si tú no eres una escritorcilla muerta de hambre, ni muchísimo menos.
-Es que me gustan los Volkswagen. Consumen poca gasolina, corren mucho y son muy listos.
-Dios me asista. Vámonos anda, antes de que te pongas a hablar con el coche.
Cuando hubieron terminado con la compra, que finalmente resultó ser un pequeño Volkswagen amarillo, prácticamente exacto a su malogrado coche, Miley fue a su casa. Cuando llegó, ya estaban los albañiles allí, acabando de retirar el enorme tronco derrumbado. Al ver su cochecito aplastado se le encogió el corazón como si se tratase de un viejo amigo. Después entró en la casa cogió las pocas cosas que necesitaba, y volvió al estudio de Kevin.
Transcurrieron dos días sin que recibiera noticia alguna de Nick; dos días que pasó sentada ante la máquina de escribir, trabajando arduamente en la caracterización de los personajes y los escenarios de la segunda parte de La torre de los ruidos.
En muchos aspectos prefería el método de trabajo que solía seguir cuando escribía por las noches, después de volver de la revista donde trabajaba.
Entonces aprovechaba mejor el tiempo, porque cuando dejó la revista y se dedicó por entero a sus novelas, adquirió algunas malas costumbres, tales como acudir a la oficina de correos todas las mañanas a recoger la correspondencia. Eso significaba que no se ponía a trabajar hasta bien entrada la mañana; además, añadiendo a eso la interrupción de la comida, su inspiración se veía bastante perjudicada.
Los recuerdos también le impedían concentrarse. Recuerdos de la larga y turbulenta noche pasada con Nick Jonas. Nick había sido extremadamente paciente y tierno; supo refrenar sus deseos el tiempo necesario para que Miley sintiera plenamente el momento final. Pero la segunda vez fue diferente; Nick la amó sin contemplaciones, apasionadamente, llegando a perder el control. Después se había disculpado por ello, cosa que a Miley le extrañó.
Miley había opuesto cierta resistencia al principio, recordando con cierto miedo el dolor pasado. Pero Nick supo calmarla con sus suaves palabras y con sus manos llenas de ternura.
Después la había acariciado y besado hasta que ella tuvo que suplicarle que acabase de una vez aquel exquisito tormento. Y así habían pasado toda la noche de lluvia, rayos y truenos, el uno en brazos del otro, hasta que el amanecer se hizo visible tras las cortinas.
Nick sólo pudo dormir una hora, porque tenía que marcharse en viaje de negocios a Denver. Después de oír el despertador, Miley le miró vestirse sin atreverse a salir de la cama por pudor. Él, dándose cuenta, sin duda, no dijo nada y salió de la habitación cuando ella se fue a vestir.
Apenas hablaron. La acompañó al taxi, y Miley advirtió en sus ojos grises una mirada culpable, llena de angustia, arrepentida.
Miley sacudió la cabeza releyendo el único párrafo que llevaba escrito en toda la mañana.
¿Por qué se había despertado así Nick si por la noche fue tan cariñoso, tan tierno?
-Si te hago daño, dímelo -le había susurrado en el último momento-. No quiero hacerte daño, quiero que sea perfecto. Perfecto...
-Es maravilloso.
Y entonces se había sentido sumergida en un mar de sensaciones nuevas; un placer que rayaba en la locura.
Miley cerró los ojos, abrumada por el recuerdo.
Se levantó y tapó la máquina de escribir. Se daba por vencida; si seguía pensando en Nick no iba a poder trabajar, así que se preparó un sándwich de queso y una taza de café. Con un poco de suerte, más tarde recuperaría la inspiración.
Pero a las nueve, en vista de que no había adelantado ni una línea, decidió abandonar por completo, ducharse y marcharse temprano a la cama.
La sensación cálida y tonificante del agua sobre su piel volvió a traerle recuerdos sensuales de caricias. Cerró los ojos, exasperada. No, no quería recordar.
Se había entregado a Nick una vez, y de ahí a convertirse en su amante sólo había un paso. ¡Pero ella no estaba dispuesta! No quería ser la amiguita de Nick, un cero a la izquierda. En el fondo le parecía inmoral mantener una relación de esa índole, a la vista de todo Houston.
Salió de la ducha, se secó y se cepilló cuidadosamente el pelo.

Sumida en sus cavilaciones, salió a la salita completamente desnuda.
De pronto oyó un fuerte portazo y unos pasos. Antes de que pudiera darse cuenta de que alguien se acercaba por el jardín, la puerta del apartamento se abrió de golpe y apareció la figura furiosa de Nick Jonas.


Hasta mañana....

cap 6... mayores de 16




oola...
aki cap...
paro los k kieren maraton se los pondria..
pero la nove es demaciado corta..
pero si kieren mañana les subo doble cap..
sii ai 10 comentarios...
los kiero..

xoxo♥


Capítulo Cinco
Esa noche, El lago de los cisnes le pareció más hermoso que nunca.
Las bailarinas flotaban en el escenario como seres fantásticos. Por supuesto, el hecho de que Nick la tuviese cogida de la mano durante toda la representación no tenía nada que ver con el entusiasmo de Miley.
Durante el descanso, en el vestíbulo, Nick se fumó un cigarro sin apartar los ojos un momento de ella. Con aquel vestido de noche naranja ((el de la foto)), Miley era el centro de atención de muchos de los hombres del teatro.
-Me gusta cómo te sienta ese color. Te resalta los ojos. Miley sonrió.
-A ti tampoco te queda nada mal tu traje. Hay una morena en nuestra misma fila que no ha dejado de mirarte ni un momento.
Nick esbozó una sonrisa maliciosa.
-¿Ah, sí? Luego me tienes que decir quién es.
-De eso nada -dijo Miley en un arranque de celos. Anda, vamos a entrar ya.
Nick se acercó a ella, la cogió por la barbilla y la miró a los ojos.
-Me gusta que seas así de posesiva.
-Yo no quiero agobiarte, Nick. Cierta vez me dijiste que no te gusta que nadie se te aproxime demasiado, no sé si te acuerdas.
-Dije nadie, no tú -contestó él-. Puedes acercarte cuanto quieras; ten por seguro que yo no te voy a rechazar.
-Pues en los últimos días no has hecho otra cosa-dijo Miley escudriñándole los ojos.
Nick se puso súbitamente serio.
-¿No sabes todavía por qué era? ¿No te lo imaginas?
Recordando sus besos, su manera de mirarla y acariciarla, Miley empezaba a comprender cada vez más el motivo de su reciente comportamiento.
-Así, mírame -dijo entonces Nick con voz ronca.
-Claro... me gusta mirarte -dijo Miley, como hipnotizada.
-No es eso lo que quiero decirte. ¿Te das cuenta de que estás empezando a mirarme como a un hombre?
Aquella conversación estaba amenazando con hacer todavía más intrincado el cúmulo de confusas ideas que tenía. Miley bajó los ojos y dijo:
-Siempre te he mirado así.
-Así no, y tú lo sabes. Desde hace unas semanas todos ha sido diferente. Dime, Miley, ¿qué se esconde detrás de esos repentinos impulsos por tocarme?
-Soy una persona de carne y hueso.
-De eso nada -replicó él-. Tú nunca tocas a nadie, nena, sea hombre o mujer. Fue una de las cosas que me llamó la atención cuando te conocí. En ese aspecto resultabas un tanto fastidiosa.
-Ya sabes que no he conocido a mi madre. Y mi padre, aunque estábamos muy unidos, nunca fue muy afectuoso.
-Yo no te he pedido que te justifiques, simplemente te estaba preguntando que por qué te gusta tocarme.
Miley tuvo que reprimir el impulso de echar a correr. Para no hacerlo, se aferró al bolso con todas sus fuerzas.
-Oh, Dios mío, ¿por qué empezaré yo estas conversaciones? -exclamó Nick mirando al techo-. ¿Qué prefieres, seguir viendo el ballet o ir a casa a ver si Josito tiene ya lista la cena? Lo único que he tomado en todo el día ha sido tu cerveza. Miley le miró indignada.
-¡Nick! ¡No me digas que no has desayunado!
-No he tenido tiempo. La dichosa máquina se rompió y amenazaba lluvia. Y cuando por fin terminamos, tuve que ir corriendo a casa a ducharme y afeitarme a toda prisa para llegar a tiempo al teatro.
-¿Y por qué no me lo dijiste? A mí no me hubiera importado perderme el ballet, de verdad. Vámonos, no vaya a ser que te dé un mareo y tengas que salir de aquí en camilla.
-¡Qué se pensaría la gente! ¿Te imaginas?
Salieron y tuvieron que correr hasta el Ferrari, porque ya empezaba a caer los primeros goterones del anunciado chaparrón.
-De todas maneras, no sé cómo no te compras una máquina nueva -dijo Miley cuando ya estaban dentro del coche.
-Es muy difícil arrancarse las viejas costumbres, nena. Cuando me fui a vivir con mi padre y empezamos a sacar petróleo, empleábamos aparejos provisionales por falta de recursos. Éramos capaces de arrancar un coche de la chatarra y ponerlo a funcionar con cartones de embalar y horquillas.
-Ahora puedes permitirte tener un Ferrari y un Rolls. Y, aún así, estoy convencida de que de vez en cuando añoras los viejos tiempos.
Nick se encendió un cigarro sin soltar el volante.
-Es verdad. ¿Sabes? Antes yo tenía tiempo para montar a caballo todas las mañanas, como hicimos el otro día. Miley contemplaba a través de la ventanilla las luces nocturnas de Houston. Llovía.
-¿También te dedicabas a indicar a los turistas perdidos el camino de los barracones llenos de serpientes?
Nick se echó a reír.
-No me negarás que conseguí engañar a la señora...
-Sí, hasta que dijiste lo de las serpientes de tres metros y lo de los hijos ilegítimos.
Nick guardó silencio un momento.
-Antes de casarme con Ellen, en mi casa entraban y salían muchas mujeres.
Miley se removió intranquila en el asiento.
-¿Y después?
-Voy a cumplir cuarenta años en Septiembre, Miley -dijo Nick con cierta solemnidad-. Los negocios me absorben todas las horas del día, y por las noches tengo que dormir. A eso me refiero cuando digo que añoro viejos tiempos. No tenía mucho dinero, pero disponía de mucho más tiempo.
-Lo dices como si fueras Matusalén. ¡Pero si tú les das cien vueltas a todos tus vicepresidentes! -añadió Miley mirándole significativamente.
-Te equivocas. La mayoría de ellos tienen hijos y se mantienen en forma jugando con ellos
A Miley no le pasó desapercibido su tono amargo.
-¿Es que te gustaría tener hijos? -preguntó un tanto sorprendida.
-¿A quién voy a dejarle Big Sabine y Petróleos Durango cuando me muera? ¿A mi primo? -añadió mirándola con el rabillo del ojo.
Acababan de aparcar frente a los apartamentos de Nick.
-Entonces lo que tienes que hacer es casarte.
A pesar de lo que acababa de decir, Miley no podía soportar la idea de ver a Nick casado y con hijos.
-¡Qué idea tan original! Puedo arreglarlo con un contrato: doy tantos dólares por una mujer que me dé un hijo varón.
-¡No digas eso! Lo dices con una sangre fría increíble.
-Es que, tal y como me lo has planteado, sería así. Soy cínico porque la vida me ha hecho así. Cierta vez te dije que no me importaba pagar por lo que quería, y así es; pero dentro de ciertos límites. Por ejemplo, no estoy dispuesto a pagar a una mujer por tener un hijo. Los hijos son fruto del amor, no de los intereses.
-Eres un romántico empedernido -comentó Miley con una sonrisa.
-¿Es que tú no deseas tener hijos?
-A mí ya se me ha pasado la edad de tener hijos.
-¿A los veintisiete años? ¡Pero si las mujeres tienen niños hasta los cuarenta! Lo que a ti te asusta es comprometerte, ¿verdad? Tú te las podrías arreglar para tener una relación poco seria con un hombre, pero un hijo son ya palabras mayores para ti ...
Miley sonrió tímidamente.
-Me conoces bastante bien.
-No tanto como quisiera. Ni de la manera que quisiera.
-¿A qué te refieres? -preguntó Miley sin pensar. Nick abrió la portezuela del coche y salió sin contestarle. Cuando llegaron al ascensor, hizo su pregunta:
-¿De verdad le tienes miedo al sexo?
Aquello no se lo esperaba Miley. Se quedó petrificada un momento, pero luego acertó a decir:
-¿Que si tengo miedo? No lo sé. Ya sabes que sólo he hecho el amor una vez, y fue una primera experiencia bastante brutal.
-Él debió hacerte mucho daño.
Miley se arrebujó en su chal, dolorida por el recuerdo.
-Justin no sabía que yo era virgen, y no se enteró hasta que ya era demasiado tarde, cuando lo había hecho todo sin ningún cuidado. Yo estaba locamente enamorada por primera vez en mi vida, o eso creía. Lo único que tengo que agradecerle a Justin es que me enseñó a no volver a cometer nunca aquel mismo error.
-No tienes nada que agradecerle -afirmó Nick tremenda¬mente serio-. ¿Piensas seguir viviendo toda la vida como ahora?
-¿Cómo?
Miley abrió mucho sus ojos verdes.
-Sola.
-Tú también estás solo.
-Pero no siempre voy a estarlo -dijo él con evidente segunda intención.
Miley le lanzó una mirada feroz.
-A mí no me gustan las aventuras pasajeras; además, nunca me entregaría a un hombre sólo por satisfacer mis instintos sexuales.
-¿Y si ese hombre te quisiera y tú le quisieras a él? Sus miradas se encontraron.
-Entonces no lo sé.
-¿Y si fuera yo? -preguntó él con voz dulce.
Miley se le quedó mirando como si acabase de pronunciar el mayor disparate del mundo. Nick, al verla tan confusa, apenas pudo disimular una sonrisa.
-¿Qué... vamos a cenar? -preguntó entonces Miley, roja como una amapola.
Nick rió por lo bajo.
-Espera y verás.
Josito les sirvió una cena deliciosa, consistente en carne asada, ensalada italiana, vino y flan de queso. Nick comió con bastante apetito, mientras que Miley se limitó a escarbar en su plato contemplando distraída las ráfagas de luz de los relámpagos que recortaban en el horizonte los rascacielos de Houston. La asaltaba la idea de tener a Nick por amante y le parecía imposible; aún así, se lo imaginaba sin esfuerzo compartiendo su cama...
-¿No tenías hambre? -preguntó Nick mientras se servía una segunda taza de café.
-No, la verdad es que no -dijo ella un tanto violenta.
-Te noto un poco incómoda.
Nick inclinó la cabeza, mirándola inquisitivamente a los ojos y añadió:
-¿Es por lo que te he dicho de que si nunca habías pensado hacer el amor conmigo?
A Miley se le cayó la taza de las manos y el café se derramó por todo el mantel manchándolo todo y amenazando con escurrirse fuera de la mesa. Afortunadamente, Miley se levantó a tiempo de salvar su vestido.
-Bueno, eso contesta a mi pregunta. ¡Josito!
El muchacho acudió corriendo y tranquilizó a Miley diciéndole que la mancha del mantel desaparecería. Mientras él recogía todo, ellos se marcharon al salón. Nick, todavía riendo, se quitó la corbata y la chaqueta.
-¡Dios mío! ¡Qué reacción la tuya!
-Se me ha resbalado de las manos -dijo Miley muy digna, mientras se quitaba los zapatos.
Después, acurrucándose en el sofá, dirigió a Nick una mirada centelleante.
-Sí, claro.
Miley se miró las manos.
-Muy bien, tengo que reconocer que no me esperaba una proposición de ese tipo.
Nick arqueó las cejas.
-¡Ah! Pues yo no me había dado cuenta de que te estaba haciendo una proposición.
-Entonces, si no es una proposición, ¿qué es?
-¡Vaya! Eso es lo que se llama una pregunta directa. Lo único que yo quiero saber es si alguna vez has pensado en la posibilidad de hacer el amor conmigo.
-¿Por qué?
Nick se inclinó hacia delante y estrujó en el cenicero el cigarrillo que se acababa de encender momentos antes.
-Porque ya no nos podemos echar atrás. Te lo dije antes y te lo repito ahora. Ahora que te he tenido un poco por primera vez, no puedo resistirme, quiero más. La naturaleza humana es la naturaleza humana, nena, y tú no eres menos débil que yo.
-No te precipites...
-¿Que yo me precipito? -rugió Nick en el colmo de su paciencia-. ¡Has tenido dos años para hacerte a la idea!
-¡Es que no quiero ser una propiedad más, como el Ferrari, el rancho y la compañía de petróleo!
Nick exhaló un suspiro de irritación.
-¿Se puede saber por qué crees eso?
-Es que... Nick, tú eres un hombre tan poderoso... Tus cosas las posees.
-Sí, me gustaría poseerte a ti. ¡Toda tú, de la cabeza a los pies!
-¡No grites! -susurró ella-. Josito nos va a oír.
-Con la tormenta que está cayendo Josito no va a oír nada. Pero si tanto te preocupa...
Nick se levantó y se dirigió a la cocina, y al cabo de un momento volvió con el muchacho.
-Buenas noches, señorita -dijo Josito a Miley con una maliciosa sonrisa-. Hasta mañana, señor Jonas.
En cuanto salió, Miley desató su indignación.
-¡Ves lo que has hecho! ¡Seguro que se piensa que seducirme!
-Pues es la verdad -contestó Nick tranquilamente.
Miley se puso a buscar frenéticamente sus zapatos.
-¡Eso es lo que tú te crees! ¡Yo me voy a casa ahora mismo! Cuando se levantó para marcharse, Nick se acercó a ella y la cogió por los hombros.
-Perdona, Miley -dijo mirándola a los ojos-. Me estoy precipitando.
Ella se quedó confusa, sin saber qué decir, sólo acertó a soltar una carcajada nerviosa. Sentía la presión cálida y extrañamente reconfortante de las manos de Nick sobre sus hombros desnudos.
-Me siento como una colegiala con su primer amor. Y es que debe ser que me estoy comportando de esa forma. Pero comprende que hacía mucho tiempo que no tenía un hombre tan cerca.
-Lo que nos está ocurriendo a nosotros últimamente es bastante inesperado y nuevo -dijo Nick esbozando una leve sonrisa.
-Bueno... Supongo que nunca te habrás encontrado en una situación semejante.
-¿Qué situación?
-Que una mujer, a la que prácticamente ya tienes conquistada, salga en el último momento huyendo despavorida. Diciendo esto, Miley deslizó sus manos por la suave camisa entreabierta de Nick.
-Supongo que la mayoría de las veces eres tú el que tienes que librarte de ellas.
-Sí, más de una vez me he encontrado alguna escondida debajo de la cama. Pero tú no eres ni una conquista ni la aventura de una noche.
Miley le buscó los ojos con la mirada.
-¿Y entonces qué soy?
Nick dejó escapar un profundo suspiro y la abrazó.
-Eres especial, por decirlo de alguna manera. Confío plenamente en ti.
Miley se echó a reír.
-Yo antes confiaba en ti.
-Te gustó que te besara. Por eso te pusiste tan nerviosa y saliste huyendo. Pero no fuiste capaz de mantenerte alejada mucho tiempo, ¿verdad?
-Sí -admitió Miley apoyando la frente en su pecho-. No podía soportar la situación en la que nos encontrábamos. No hacíamos más que discutir, nos estábamos alejando el uno del otro. Llegué incluso a pensar en lo que sería perderte para siempre, y no podía soportar la idea. Tenía que saber si estabas en¬fadado conmigo.
-¿Por eso viniste corriendo a verme con una caja de cervezas?
-Más o menos.
Suspiró y luego le miró con una sonrisa.
-Cuando vi que te dirigías hacia mi coche, no sabía si darte la cerveza o tirártela a la cabeza. Parecía que ibas a pegarme.
-Estaba de muy mal humor. Pregúntale a Josito qué tal me he portado la semana pasada.
-Sí, ya me ha contado algo.
-¿Así que ese chismoso...?
-No te enfades con él. Es un buen chico.
-Yo también lo soy si tú estás conmigo.
-No siempre -murmuró Miley intentando descifrar los secretos escondidos en su mirada.
Nick trazó la línea de sus labios con un dedo.
-Los hombres no suelen ser muy agradables cuando están excitados.
-Vamos a dejar ese tema -contestó Miley-. Bueno, ¿me vas a dar otra taza de café, o vas a llevarme a tu caverna arrastrándome del pelo?
Nick levantó las manos y las hundió en sus suaves cabellos. Su respiración era cada vez más agitada.
Miley, por su parte, empezaba a sentir los efectos de la cercanía del cuerpo de Nick. Después de besarla en la boca, Nick deslizó sus labios por el rostro de Miley, como si quisiera aprenderse cada centímetro de su piel. Lo siguiente que ella supo fue que la levantaba en sus brazos y la llevaba hasta el sofá. La depositó sobre su regazo y la abrazó como a una niña. Miley murmuró:
-¿Sabes, Nick? Confío completamente en ti. Eres mi mejor amigo y haría por ti cualquier cosa.
Miley sentía el ritmo acelerado del corazón de Nick. Su mirada se había oscurecido, y sus manos habían cobrado una fuerza inesperada al apretarla contra sí. Afuera, la lluvia y el viento arreciaban.
Miley experimentaba una sensación nueva en su cuerpo. Bajo la mirada de Nick, se desperezó voluptuosamente, arqueando la espalda, y sus pezones cobraron una rigidez que la finísima tela de su vestido no pudo ocultar. Nick, entonces, la besó con pasión e impaciencia, como si quisiera devorarla. Miley protestó con un débil gemido, pero le echó los brazos al cuello y le abrazó con toda la fuerza de que era capaz. Al apartarse tenía los ojos llenos de lágrimas.
Entonces Nick volvió a capturar sus labios, esta vez sin prisa, aunque con el mismo ardor. Miley se puso tensa al notar su mano grande y cálida en el borde del escote de su vestido, sin pasar de ahí, tocándola con una suavidad insinuante que resultaba un tormento. Cuando no pudo más, Miley arqueó la es¬palda y murmuró con voz trémula:
-¡Por favor, Nick...!
-¿Es esto lo que quieres, Smiley? -preguntó Nick, recorriendo con exquisita suavidad las formas redondas de sus pechos. Miley se estremeció de placer. Hundió las uñas en los brazos de él, arrastrada por la pasión que encendían en ella aquellas caricias.
Nick cogió una de sus manos y la llevó hasta su camisa.
-Acaríciame, Miley. Quiero que te des cuenta de lo que me haces sentir.
Miley le desabrochó los botones de la camisa con cierta torpeza.
Cuando estuvo abierta, contempló a placer su piel morena cubierta de vello oscuro. Después deslizó las manos por sus hom¬bros, por su estómago, sintiendo bajo sus dedos la fuerza y la solidez de sus músculos. Era la primera vez que acariciaba a un hombre con tanto deseo, la primera vez que veía tanto placer en el rostro de un hombre.
-Nick, eres maravilloso. No sabes lo mucho que me importas. Me importas... muchísimo.
-Tú... tú también a mí -contestó él con cierta torpeza, como si no estuviera acostumbrado a decir cosas así. Miley rió suavemente.
-Por lo que veo, ha llegado el momento de las confesiones, ¿no?
-Eso parece.
Miley apoyó la cabeza en su brazo y le miró con una sonrisa insinuante.
-¿Por qué no me besas un poco más?
Nick la estudió con los ojos entornados y deslizó insinuantemente un dedo por su cuello y por encima de sus senos.
-Porque no me gusta dejar las cosas a medias. Algún día tú y yo haremos el amor -dijo mientras trazaba en el asombrado cuerpo de Miley una caricia nueva que la hizo temblar bajo su mirada atenta-. Haremos el amor, ¿comprendes? Pero hasta entonces no podemos excitarnos demasiado el uno al otro para acabar en nada.
-Todavía no... Es mejor -dijo Miley en tono que tenía algo de súplica.
-Todavía no, nena -dijo él con ternura-. De todas formas, hoy es un mal día, porque estoy muerto de cansancio y mañana tengo que estar en el aeropuerto para coger un avión a las siete de la mañana. Pero tenemos que hacer el amor, te lo aseguro.
El silencio creció entre ellos, al compás de sus miradas.
-¿Y luego, qué? -preguntó finalmente Miley.
-Eso lo dirá el tiempo.
-Pero es que yo no quiero perderte -murmuró Miley acurrucándose contra él.
-No te preocupes, Miley. Yo siempre estaré contigo. La respiración de Miley se volvió dificultosa y entrecortada de repente, como si hubiera sufrido una fuerte impresión.-Nick, tú nunca me llamas Miley.
-Smiley te va mejor -contestó él.
Mientras tanto, había llevado las manos a su espalda y, muy lentamente, empezaba a bajarle la cremallera del vestido.
La voz de Miley protestó sin energía.
-Nick... -dijo sujetándole la mano-, no llevo ropa interior debajo.
-Lo sé -contestó él con una sonrisa malévola.
-Acabas de decir que no te gusta dejar las cosas a medias.
-Puede ser que haya cambiado de opinión. Déjalo.
Y diciendo esto, se libró de la mano de Miley y le bajó el vestido hasta la cintura. Contempló su desnudez largo rato, sin pestañear.
-Eres preciosa -dijo con ternura.
Nick la hizo recostarse en su brazo y le acarició la piel suave de sus senos con movimientos leves y lentos. Miley se estremeció en un gemido.
-No tengas miedo.
Entonces se inclinó y recorrió la suavidad de su seno con los labios. Miley, aturdida por aquella sensación cálida y húmeda, le cogió por la cabeza, no sabiendo si apartarle o apretarle más contra sí.
Mientras tanto, Nick había deslizado los brazos por debajo de ella para acercarla más a sus labios.
Miley sintió la dureza de sus dientes en su piel, y se estremeció como si la hubieran pinchado con cien agujas. Entonces Nick la besó trazando un camino ascendente, en busca de su boca. Cuando la tuvo, se apoderó de ella con voracidad. En ese momento, sintió la respiración pesada de Nick en su oído y un estremecimiento que la sacudió con violencia.
-¿Nick? -susurró.
Nick se extendió en el sofá llevándola a ella bajo su cuerpo, sin dejar de besarla un momento.
Su excitación se hacía ya evidente, y Miley le devolvió las caricias con la misma ternura que él ponía en ellas, con la misma delicadeza llena de deseo.
-Me deseas... mucho, ¿verdad? -susurró en un momento en que consiguió hablar.
-Sí, pero puedo controlarme.
Pero su voz trémula y la tensión de sus brazos, decían lo contrario.
Miley respiró profundamente. Tantas emociones nuevas la desbordaban; se sentía a punto de estallar. Lo único que de¬seaba en ese momento, con todas sus fuerzas, era darle a Nick lo que tanto necesitaba.
-¿De verdad... estás tan cansado?
-Sí, estoy cansado. Pero vamos a hacer algo maravilloso, porque quiero ir muy despacio contigo. Déjame tomarte, nena. Déjame amarte. Quiero enseñarte lo maravilloso que es hacer el amor cuando las dos personas... se importan mutuamente -susurró con voz ronca.
Miley sintió un escalofrío.
-Yo lo único que deseo es complacerte. Quiero dártelo todo.
-Yo también voy a dártelo todo. Y no quiero sexo. Quiero hacer el amor contigo. Quiero poseerte y ser poseído por ti. Quiero dar y recibir. Quiero unir nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras almas... Quiero unirme completamente contigo, sólo contigo.
Y entonces se apoderó de su boca como si estuviera muerto de sed y sólo pudiera saciarla en los labios de ella. Miley le abrazó con ternura, y en aquel mismo momento se dio cuenta de que no tenía nada que temer porque le amaba, le amaba de verdad.
-Sólo contigo -repitió entonces.
Y se dejó llevar en sus brazos por el oscuro pasillo hasta la calidez remota de sus sábanas.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Nimey Cap 4 "Amigos y Amantes"

graxx por los comentarios...
aki el cap..
recuerden 3 cap como minimo


Capítulo Cuatro
Miley pasó el resto de la mañana pensando en lo ocurri¬do. Ella, que se creía inmune después de lo de Justin...
Justin... Llevaba mucho tiempo alejada de sus recuerdos; pero esa tarde, cuando se sentó ante la máquina de escribir, resurgieron con inesperada fuerza, al compás del monótono gol¬pear de la lluvia en las ventanas.
Hacía más de dos años... le había conocido en una reu¬nión, en la asociación de escritores. Él era arquitecto, y sona¬ba con escribir una novela algún día. Miley, que acababa de publicar su primer libro, se ofreció a echarle una mano. No consiguieron nada; a Justin le faltaba talento. Pero Miley se enamoró de él.
Se entregó a él una noche que le dejó mal sabor de boca. A la mañana siguiente, cuando aún no se había recuperado de la desagradable experiencia, él dejó caer la noticia. Justin le suplicó su perdón después de hablarle de su matrimonio y de su hijo, y de lo atrapado que se encontraba. También se disculpaba por su comportamiento aquella noche. La deseaba tanto... y no sa¬bía que era virgen.
Miley se levantó y vagó por la habitación. Aquél había sido el peor día de su vida. Le faltó muy poco para derrumbar¬se. Despidió a Justin fríamente, sin gritos ni escenas. Después, se sentó ante la máquina y trabajó horas y horas como una posesa. Cuando se hizo de noche, se tomó unas cuantas copas y salió a pasear bajo la lluvia. Cuando se quiso dar cuenta, se encontra¬ba en la carretera, en medio de un raudal de coches que pasa¬ban rozándola. Entonces apareció él, salió de su Rolls Royce blanco, furioso, y empezó a gritarle.
Así había conocido a Nick Jonas. A mitad de su furio¬sa perorata se detuvo en seco, la cogió en brazos y la metió con delicadeza en el coche. La llevó a su apartamento de la ciu¬dad y, una vez allí, le dio ropa limpia, le preparó un café bien cargado y la obligó a andar de arriba a abajo hasta que le do¬lieron las piernas. Finalmente, la acostó en la habitación de huéspedes.
Aquél fue el principio de una extraña y maravillosa amis¬tad, que no había cambiado con el tiempo. Enseguida descubrie¬ron que tenían un montón de cosas en común.
El timbre del teléfono interrumpió sus pensamientos. Acu¬dió corriendo a cogerlo, con la vaga esperanza de que fuese Nick.
-¿Diga? -preguntó con el corazón palpitante.
-¡Hola! Hija mía, ¿quién esperabas que fuese? –dijo Kevin Jonas con una risita-. Voy a tener que decirle al primo Nick que tiene algún competidor por ahí.
-Ah, Kevin, eres tú. ¿Qué tal?
-Bien. Anoche te marchaste tan repentinamente de la fies¬ta, que no tuve tiempo de transmitirte mi invitación para cenar esta noche. ¿Aceptas? He preparado carne asada a la pimienta y postre de melocotón.
Miley echó una mirada a la ventana.
-No sé. Hace un tiempo malísimo. Y han dicho por la ra¬dio que se esperan tormentas fuertes...
-¿Y por eso no quieres venir? ¿No será más bien por miedo a la posible reacción del gran Nick si se entera de que estás ce¬nando conmigo?
-No seas tonto. A Nick no tengo por qué temerle y, ade¬más, él no sé dedica a decirme con quién tengo que salir.
-Nick tiene debilidad por ti. Y eso que no sabe apreciar como yo tu inteligencia y tu encanto, aunque creo que, en parte, es culpa mía. Si yo no hubiera pasado tanto tiempo con Ellen... Nick no es el mismo desde que ella murió. En fin, ¿qué me dices de la cena?
-¿La cena? -repitió Miley distraídamente-. Está bien, iré.
-De acuerdo. Pasaré a buscarte sobre las cinco y media.
-Bien. Hasta luego.
Miley colgó el receptor y se quedó mirándolo pensativa. A Nick no iba a hacerle ninguna gracia que se viera con su pri¬mo; pero, como él, ella llevaba su propia vida.
Cuando Kevin acudió a buscarla, el cielo estaba negro y llovía a todo llover. Iba al volante de un enorme Lincoln negro.
-Es curioso -comentó Madeline por decir algo-. Tú con tu Lincoln, y Nick con su Ferrari. Cada uno de vosotros ha ele¬gido el coche que mejor le va a su personalidad.
-Lo que pasa, nena -dijo Kevin con una risita travie¬sa-, es que Nick sólo parece conservador, y yo lo soy. Nuestros respectivos coches nos van como anillo al dedo. Verás, tú no co¬noces al primo Nick tan bien como crees.
-No estoy muy de acuerdo contigo -murmuró Miley, recordando vívidamente su beso de aquella mañana.
-Tu problema, querida, es que estás reprimida. Lo que tú necesitas es un hombre.
Miley le obsequió con una mirada asesina, que dejó a Kevin petrificado, sin ánimos de decir ninguna otra im¬pertinencia.
Un momento después, ella preguntó:
-¿Qué estás haciendo últimamente?
-Estoy preparando una exposición, como siempre. Por eso te he invitado a cenar; tú tienes muy buen gusto y podrás ayúdame a escoger los veinte mejores lienzos. He traído todo el ma¬terial que tenía en el estudio donde trabajo y lo he repartido por el salón de mi casa, para que le eches un vistazo.
-Me siento muy halagada.
-Tienes razones para ello, porque yo suelo ser muy reacio a que la gente vea mis trabajos antes de la exposición. Miley sonrió.
-No acierto a comprender por qué trabajas tantísimo pin¬tando. Tienes talento, eso ya se sabe, pero , ¿para qué quieres más dinero si ya eres inmensamente rico?
-Pues porque me gusta incordiar. Sabes lo mucho que se enfada Nick cada vez que expongo en un banco en el que él es el principal accionista.
Miley se echó a reír a su pesar. Sabía perfectamente lo mucho que sufría Nick en aquellas ocasiones en que no tenía más remedio que ser amable con su odiado primo.
-Comparadas con las vuestras, las rencillas familiares de Falcon Crest son juegos de niños.
Kevin la miró con el rabillo del ojo, con cara de niño bueno.
En aquel momento, un relámpago rasgó las nubes.
-¡Vaya! -exclamó Miley amedrentada-. Se prepara una buena tormenta eléctrica. Acuérdate, la última vez vino con tornado.
-No te preocupes, Miley. No es más que un relámpago de nada. Tranquilízate.
Después de aparcar el coche frente a la casa de Kevin, se metieron corriendo a la casa.
Después de cenar, Kevin fue mostrando a Miley sus di¬versos cuadros de paisajes. Por su técnica a base de delicados to¬nos pastel, siempre difuminados y nebulosos, evocaban cuentos de hadas y gozaban de una originalidad única. Miley tenía una pintura de Kevin en su casa y, siempre que se encontraba deprimida, la miraba hasta sentirse dentro del marco.
-Es extraño -comentó ella-. Tus pinturas respiran tran¬quilidad, cuando tú eres tan poco tranquilo...
-Todo el mundo necesita un poco de paz de vez en cuando. De pronto, un relámpago iluminó el cielo y la casa retumbó desde los cimientos al tejado. Un segundo después, la oscuridad era absoluta.
-¿Qué ha pasado? -susurró Miley muerta de miedo.
-Nada, nena. Ha debido caer un rayo por aquí cerca y se ha ido la luz. Pero, ¡no hay que alarmarse! Creo que tengo una linterna por aquí. ¡Aja! La he encontrado. Y ahora... ¡caramba! No tiene pilas.
-¿No tendrás una vela?
-Sí, hay una aquí mismo.
-¡Pues entonces enciéndela! -¿Con qué?
-¡Con una cerilla, tonto!
-¡No tengo cerillas porque no fumo!
-Pues entonces arranca dos astillas de tu caballete y fróta¬las hasta que salgan chispas. ¡Sé un poco imaginativo!
Kevin lanzó una risotada terrible, y exclamó con voz teatral:
-¡Ven aquí y bésame, y te aseguro que incendiaremos la casa con nuestro ardor!
Miley suspiró dándose por vencida. En aquel preciso mo¬mento, volvió la luz.
-¡Menos mal! -exclamó-. Odio la primavera en Hous¬ton con tanta humedad, lluvia y tormentas.
-Estoy de acuerdo contigo, Miley, pero ahora olvídate de eso y vamos a ponernos manos a la obra con los cuadros.
Pasó una semana triste y lenta, durante la cual Miley dio los primeros pasos en el trabajo de investigación para su nue¬va novela. Llamó a un amigo suyo que trabajaba en el departa¬mento de policía y quedó con él para que le proporcionase in¬formación acerca de asesinatos y tráfico de drogas.
Pero, por muy ocupada que estuviese, no podía quitarse de la cabeza el recuerdo de Nick besándola y abrazándola. ¿Qué ha¬bría ocurrido si ella, cediendo a sus impulsos, le hubiera abierto la camisa y le hubiera acariciado y besado a su vez? Miley no sabía lo que le estaba pasando; sólo notaba que, fuese lo que fuese, iba minando poco a poco su fuerza, su orgullo y su voluntad.
El viernes Miley se pasó todo el día pendiente del telé¬fono, y cada vez más enfadada porque éste no sonaba. Quizás Nick había salido de viaje. O, poniéndose en lo peor, no tenía intención de llamarla. Teniendo en cuenta que ella le había di¬cho que no quería verle nunca más, tampoco era una idea muy disparatada.
Sin poder soportar más la espera ni el silencio, Miley des¬colgó el auricular y marcó muy deprisa, odiándose a sí misma por su debilidad. Josito contestó a la llamada.
-¡Hola, señorita! -dijo sorprendido.
-Hola, Josito. ¿Está Nick por ahí?
-Sí -contestó el chico en tono vacilante.
-O sea, que no ha salido de Houston.
-No, señorita. Está aquí, en el rancho. ¿No la ha llamado a usted?
-No, no me ha llamado. ¿Dónde está ahora?
-Si se lo digo no me va a creer.
-Ah, ¿no? ¿Dónde está? Venga, Josito, si me lo dices, te diré quién va a ser la víctima de la segunda parte de La torre de los ruidos.
-¿Me lo dirá? -preguntó el muchacho entusiasmado-. Entonces se lo cuento. Nick está ayudando a sus hombres a ha¬cer las gavillas de heno.

-¿Nick? Pero si él odia ese trabajo. Además, con la máqui¬na empaquetadora sólo hacen falta un par de hombres.
-La máquina no funciona.
-¿Otra vez? Vaya. ¿Y cómo lo está haciendo? ¿En forma de pelotas?
Josito suspiró.
-No, lo está haciendo como siempre.
-Pues yo no me lo pierdo. Ahora mismo voy para haya
-Sí, señorita. Pero ahora dígame quién va a morir.
-Raggins. El viejo diablo se lo merece, ¿no crees?
-¡Oh, sí! ¡Desde luego!
-Yo también le tengo cierta manía a ese hombre. Es poco tonto. Pero creo que alegrarse de un asesinato no está muy bien que digamos, ¿no? Un mundo que se divierte con las tra¬gedias ajenas debe estar falto de juicio. ¿A ti que te parece, Josito?
-Eso déjeselo a los filósofos, señorita -dijo Josito con una risotada-. Yo no entiendo.
-Bueno, pues yo voy para allá a ver a Nick. Oye, ¿no estará de mal humor?
-Ha dado en el clavo. Está que echa chispas, señorita. Yo espero que algún día se le mejore el humor. Es horrible pasarse horas muertas preparando un maravilloso bizcocho, para que él se lo eche luego en la sopa para que se ablande «porque está muy duro».
-¡No me digas que te ha hecho eso!
-Sí. Y luego vació su taza de café en una maceta porque estaba demasiado flojo.
-¡Pobre planta!
-No, pobre planta, no. Pobre de mí. Señorita, no necesita¬rá una víctima para su próxima novela, ¿verdad? -aventuró Josito.
-No querrás que me cargue a mi mejor amigo, ¿eh, Josito?
-Con el humor que tiene, no puede ser amigo de nadie. No sé qué le pasa. Muy mal le tienen que ir los negocios para que esté así.
-Bueno, pues voy a ver si puedo alegrarle un poco. Gra¬cias Josito.
En el camino, Miley paró a comprar una caja de cerve¬zas. El sol estaba alto en el cielo, y apretaba el calor; Nick y sus hombres iban a agradecer una bebida fría.
Cuando Miley llegó a la explanada; cerca del río, había dos hombres inclinados sobre el motor de la máquina estropea¬da, sudorosos y rojos por el esfuerzo. Nick y más de la mitad de sus hombres estaban cargando las gavillas sobre dos enormes re¬molques. En el horizonte se perfilaban nubes de tormenta; la ta¬rea debía ser terminada antes de que empezara a llover.
Antes de salir del coche, Miley contó las cabezas. Sí, ha¬bía cerveza para todos. En cuanto la vio, después de un momen¬to, Nick dejó de trabajar y fue derecho hacia ella. Tenía el torso desnudo, quemado por el sol y sudoroso. Mientras avanzaba, iba quitándose los guantes. Su expresión era tan sombría como las nubes que se habían formado en el horizonte.
Sin decir nada, abrió la puerta del coche y se sentó junto a ella. La miró fijamente.
-Hola -dijo Miley, atacada por un extraño acceso de timidez.
-Hola -respondió él secamente-. ¿Qué haces aquí?
Ella le miró, recordando vívidamente la sensación de aque¬lla boca sobre la suya, y el brillo de deseo que se había encen¬dido en sus ojos al besarla.
-Pues verás, estoy investigando para mi novela. Traigo cer¬veza envenenada, porque estoy buscando un voluntario para es¬tudiar los espasmos de la muerte por intoxicación.
Nick sonrió involuntariamente y, también involuntariamente, Miley se le quedó mirando como si no le hubiera visto des¬de hacía muchos años.
-Creo que podré conseguirte un par de voluntarios mur¬muró al fin con un suspiro.
Diciendo esto, se quitó el sombrero y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
-Puf, qué calor hace.
-¿Quieres una cerveza?
Miley le alargó una lata de cerveza, pero Nick la cogió por la muñeca y la miró a los ojos.
-No quiero cerveza -dijo con voz suave-. Todavía no. A ti no te gusta la cerveza, ¿verdad?
Miley negó con la cabeza, extrañamente turbada por su mirada insinuante.
Nick arrojó el sombrero hacia atrás y se inclinó hacia ella, los ojos fijos en sus labios.
-Voy a besarte antes -susurró-. ¡Hace días que no pue¬do pensar en otra cosa!
Miley alargó las manos y le acarició la nuca.
-Tenía miedo de que... estuvieras enfadado conmigo -su¬surró con voz trémula.
-No digas nada. Bésame.
Miley sintió aquel beso como una descarga de electrici¬dad, como una sacudida que la hizo temblar de pies a cabeza.
-Dios mío, lo estabas deseando tanto como yo, tienes que reconocerlo -dijo él en un murmullo apenas audible.
Volvió a apoderarse de su boca y de su cuerpo con fuerza posesiva, hundiéndola más en el asiento. Sus manos, grandes y ásperas, se deslizaron por su cuello y trazaron el pronunciado es¬cote de su vestido, tocando apenas sus pechos. Fuera de sí, Miley arqueó la espalda y lanzó un quejido que fue ahogado por la presión insistente de los labios de Nick.
-No puedo acariciarte así delante de mis vaqueros. ¿Es eso lo que quieres, Smiley, que meta las manos bajo tu vestido y te toque la piel desnuda?
-¡Nick!
Miley escondió la cabeza en su pecho y deslizó las ma¬nos bajo su camisa, sintiendo la fuerza de sus músculos.
Los brazos de Nick parecían devorarla. Él también lucha¬ba por mantener sus impulsos bajo control. Miley sentía un dolor agudo que le procedía del alma, un dolor que no comprendía.
-No debería haber hecho esto -le susurró Nick al oído-. Estábamos demasiado hambrientos.
Miley se echó un poco hacia atrás, y le contempló con los ojos llenos de lágrimas.
-Me siento extraña.
-Yo también. No había sentido una cosa así desde que te¬nía quince años. No te has encendido tú sola.
-Te he echado de menos -susurró ella sin dejar de mirar¬le a los ojos.
-Lo sé. Yo también te he echado de menos -dijo apartán¬dole el pelo de la cara con ternura-. Creía que te había perdi¬do para siempre, y no sabía qué hacer para remediarlo.
Miley le acarició los labios. Resultaba maravilloso poder tocarle sin miedo a ser rechazada.
-Si tú quieres, me afeito el bigote. Miley sonrió.
-No, a mí me gusta. Me gusta tanto, que estoy pensando en dejármelo yo también.
-Ni se te ocurra, Smiley. Ya sabes que ni siquiera me hace gracia que te pongas pantalones.
-Eres un asqueroso machista -dijo Miley en tono burlón.
-Tienes unas piernas increíbles -dijo él buscándoselas con la mirada.
-Tú también.

-Ah, lo sabes porque ayudaste a Josito a bañarme cuando tenía tanta fiebre, ¿verdad?
-Sí, tienes unas piernas llenas de pelos pero preciosas. La mayoría de los hombres tienen las piernas feas, llenas de pelos y blancuchas. Las tuyas son largas y morenas, muy masculinas. Nick sonrió.
-Menudo comentario -murmuró con un guiño-. Yo creía que nunca te habías dado cuenta de que yo tengo un cuerpo.
-Es difícil dejar de darse cuenta.
Nick cogió un mechón de su melena rojiza y lo retorció en¬tre sus dedos. Miley tenía los ojos muy abiertos, y los labios húmedos.
-Bésame -murmuró Nick acercándose.
Ella le echó los brazos al cuello y se besaron dulcemente, sin prisa. Cuando se separaron, Nick sonreía.
-¿Te apetece ver un ballet esta noche? Tengo dos entradas para El lago de los cisnes.
-¡Me encantaría! -contestó Miley con entusiasmo. -Pasaré a buscarte a las seis. Luego podemos cenar en mi apartamento. Le encargaré a Josito que se ponga a cocinar un poco antes para que esté lista la cena en cuanto lleguemos.
-Estás distinto, Nick.
Se miraron largamente a los ojos.
-Tú también, cariño. Eres tan dulce... Miley bajó los ojos.
-Anda, bébete la cerveza envenenada y vete a hacer gavi¬llas. Y si tienes un poco de sentido común, tira esa porquería de máquina a la chatarra y cómprate una nueva.
-No -contestó Nick-. La tiraré cuando ya no pueda dar más de sí. Yo nunca he sustituido una máquina que todavía funciona.
-¡Pero si tiene ya diez años!
-Yo tengo un caballo de diez años, y ahora corre mejor que nunca.
-Seguramente tiene miedo de que les encargues a tus ma¬ravillosos mecánicos que lo arreglen si marcha mal.
Nick se inclinó a besarla.
-Me voy. Hasta luego.
Salió con la caja de cervezas. Miley le vio alejarse y puso en marcha el coche. Se alegraba de haberlo llevado, porque le temblaban tanto las piernas que no hubiera podido andar.

Niley cap3 "Amigos y Amantes"


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Capítulo Tres
El rancho de Nick era pequeño en comparación con los de Texas, cosa que a él no le preocupaba pues, al fin y al cabo, no representaba su principal medio de vida.
Él vivía del petróleo, y el rancho, más que un negocio, era una distracción. Se dedicaba a la cría de ganado pura sangre de Santa Gertrudis; sus toros campeones se cotizaban muy bien en el mercado. Por algunos ejemplares, sobre todo los más viejos, habían llegado a pagarle medio millón de dólares.
Miley no podía apartar los ojos de Nick mientras cabal¬gaba junto a él. A lo lejos, las tierras de pastos se perdían en el horizonte.
Nick se retiró el habitual cigarrillo de los labios con sus lar¬gos dedos.
-¿Por qué me miras así?
-Estaba pensando en lo diferente que estás cuando paseas por tu rancho.
Nick también la contempló. Miley llevaba unos panta¬lones de montar y una camisa de manga corta.
-Me gusta cómo te sienta el verde -comentó Nick. Miley se echó hacia atrás la larga melena con un movi¬miento de la cabeza.
-Dicen que es un color relajante.
-Sí, precisamente lo que yo necesito, relajarme. Esta noche he dormido fatal.
Ella se puso pálida. Espoleó a la yegua que montaba, y se lanzó al galope. ¡Cómo se atrevía Nick a restregarle de esa ma¬nera su aventura con la rubia!
Poco después, Nick la alcanzó, no sin bastante esfuerzo.
-¿Se puede saber qué te pasa ahora? -gruñó.
-Nada. Oye, dime, ¿esas vacas son nuevas?
-No, no son nuevas. Contéstame.
La respuesta de Miley fue lanzarse a un galope desen¬frenado contra el viento, que le azotaba la cara y le revolvía el pelo. Estaba tan nerviosa, que necesitaba una impresión así de fuerte.
Corrió a toda velocidad por el ancho camino de tierra que separaba los pastizales. Sus cabellos se desplegaban al viento como una larga estela rojiza.
Pero, cuando quiso darse cuenta, Nick ya la había alcanza¬do y clavaba su mirada terrible en sus ojos. En un santiamén, se inclinó sobre ella, agarró sus riendas y tiró hasta que la yegua se detuvo. Se encontraban más allá del camino, en una alameda cercana a la autopista.
Miley le fulminó con la mirada.
-¿Por qué has tenido que pararme? ¡Me lo estaba pasando muy bien!
-¡No te has roto el cuello de milagro! -dijo Nick con voz entrecortada-. ¿Qué bicho te ha picado para lanzarte así, loca?
-¡No me grites!
-¡Yo no estoy gritando! ¡Y no me gusta que cometas esas locuras!
Nick desmontó, y después la obligó a ella a bajar del caba¬llo. Cuando los dos estuvieron frente a frente la cogió por los hombros como si quisiera zarandearla.
-¡Nick! Si sólo estaba montando. Lo he hecho miles de veces...
Él no la hizo caso. Se limitó a mirarla a los ojos intensamen¬te como si quisiera fulminarlos con la mirada. Miley sintió que, de pronto, todo se resumía en aquellos turbadores ojos du¬ros y grises como el acero. Sin darse cuenta, extendió las manos y le tocó el pecho.
Nick se encendió violentamente y le apretó los hombros has¬ta hacerle daño. Era la primera vez que Nick perdía el control en presencia de Miley. Parecía que iba a estallar de un mo¬mento a otro.
Miley se acercó más, con los labios húmedos y entrea¬biertos, los dedos aventurándose cada vez con más insistencia, las manos que se apretaban más contra su piel...
Entonces Nick cerró los puños alrededor de sus muñecas y la echó a un lado.
-Ya está bien -dijo con voz dura-. ¿Qué diablos te pasa?
Cuando ella intentaba buscar la manera de explicárselo, el ruido de un coche que se acercaba distrajo su atención.
-¡Oh, no, turistas! -murmuró Nick con desagrado. Efectivamente, una furgoneta se detuvo junto a ellos. En la parte delantera iban dos mujeres de cierta edad. La conductora bajó el cristal y se asomó por la ventanilla.
-¡Hola! -gritó.
-¡Hola! -respondió Nick.
-¿Vamos bien por aquí para Houston?
-Si quiere ir por los atajos, va bien. Pero le advierto que este es el rancho de Nick Jonas:
-¿Ah, sí?
La mujer abrió de par en par sus ojos azules y le dijo algo al oído a su acompañante.
-¿Es cierto que este es el rancho del gran Nick Jonas?
-Ah, ¿es que ha oído hablar de él? -preguntó Nick con una insinuación de sonrisa.
-¡Por supuesto! Llevo casi un año retirada de los negocios, pero sigo leyendo las revistas financieras. Nick Jonas acapara siempre las primeras páginas. Un magnate, y además guapí¬simo... ¡cosas así no se dan todos los días!
Nick se retiró el sombrero hacia atrás.
-¿A qué negocios se dedicaba usted, señora? -preguntó con su acostumbrada curiosidad.
-Derecho corporativo.
-¡Vaya! Esa es una profesión difícil.
-No tanto. Lo único que se necesita es un poco de estudio y una buena dosis de práctica.
La mujer que, cómo no, era rubia, miraba a Nick con espe¬cial insistencia.
-¿Usted cree que tendríamos la posibilidad de ver al señor Jonas en carne y hueso antes de salir del rancho?
-Qué quiere que le diga, señora. Ese hombre nunca está quieto. No sé si me entiende. Lo más seguro es que ahora mis¬mo esté en la piscina, divirtiéndose con sus amiguitas, como siempre. A mí me deja todo el trabajo mientras él se entrega a sus tareas de seductor.
Miley se tapó la boca con la mano para no echarse a reír. Nick, por su parte, estaba completamente serio.
-¿Trabaja usted aquí? -preguntó la rubia.
-Sí, señora, y además como una mula. Encima, todavía es¬toy esperando a que me pague el salario atrasado.
-Pues no permita que se quede con su dinero. Denúnciele.
-Sí, yo le denunciaría... pero es que también yo le debo dinero.
-¿Que le debe dinero? -exclamó la turista asombrada-. ¿Y cómo es eso?
-Cosas que me fía. Como por ejemplo el alquiler de este ca¬ballo que estoy montando.
La mujer le miró escandalizada, para regocijo de Miley.
-Pero, ¿es que obliga a sus hombres a pagar alquiler por montar los caballos con los que cuidan sus caballos?
-Bueno, es natural teniendo en cuenta que con el ganado no gana mucho dinero, así que de algún sitio lo tiene que sacar -dijo Nick encogiéndose de hombros-. Si usted se pone a su¬mar todo lo que sus hombres le deben en concepto de deudas de juego, comprenderá por qué es tan rico.
-Ah, ¿es que ustedes tienen pendientes con él deudas de juego?
-Así es, señora. Verá, todos los viernes por la noche el se¬ñor Jonas bebe más de la cuenta y nos obliga a todos a jugar unas partidas de póker con él. Yo no puedo quejarme, le debo bastante menos que el resto de mis compañeros. Ya sólo me fal¬tan por pagarle veinte mil dólares.
-¡Dios mío! -gimió la mujer.
Nick sacudió la cabeza con una sonrisa resignada.
-Créame, podría ser peor.
-¿Peor?
Nick adoptó una actitud interesante y prosiguió con su fan¬tástico relato.
-Al fin y al cabo, yo no tengo que dormir en los barraco¬nes, con los muchachos. ¿Sabe? En esos barracones aparecen de vez en cuando serpientes de cascabel de tres metros, del grosor de mi pierna. Como no hay forma de matarlas, la única solución es domesticarlas. Y como yo no tengo mano para las serpientes, el gran Nick me deja dormir en la casa grande.
La mujer rubia empezaba a mirarle con cierto escepticismo.
-¿Serpientes de tres metros? Me parece que me está toman¬do el pelo.
-Oh, no, señora -le aseguró Nick muy serio-. Yo sólo miento cuando el gran Nick me lo ordena, como aquella vez que vinieron los inspectores de hacienda para investigar sobre sus viajes a Europa y la cuestión de las treinta personas que él pro-
teje y se asegura que son hijos ilegítimos suyos... aunque el más joven tiene veinte años, ¿sabe usted?
La mujer rompió a reír. Las carcajadas eran tan fuertes que terminó llorando, así como su acompañante, en vista de lo cual, Miley ya no se pudo contener más y también estalló en so¬noras carcajadas.
-Gracias, señor Jonas -consiguió decir la turista con voz entrecortada-. La próxima vez que lea un artículo sobre us¬ted en alguna revista, me contaré entre los pocos privilegiados que saben que es usted todo un sinvergüenza. ¡Mira alquiler a sus empleados por los caballos! Nick emitió un chasquido.
-De vez en cuando pienso en ello, me preocupa.
Diciendo esto, sacó la cartera del bolsillo y le tendió a la se¬ñora una tarjeta.
-Tome. Siempre puedo necesitar una buena abogada. Si la jubilación se le hace cuesta arriba, no dude en llamarme. Eres demasiado buena para retirarte, nena -añadió con un guiño.
Al ver la expresión radiante de la mujer, Miley, encan¬tada, estuvo a punto de arrojarse a los brazos de Nick y besarle.
-Gracias -dijo la mujer de todo corazón-. ¿Y ahora me puede decir por dónde se va a Houston?
Después de aquel divertido incidente, Nick y Miley vol¬vieron a montar y se dirigieron hacia los establos, que más pa¬recían una residencia de lujo para los toros campeones. Allí los animales contaban con calefacción en invierno y aire acondicio¬nado en verano.
-Eres un sinvergüenza -bromeó ción de alegrarle.
Nick ni siquiera se dignó a mirarla, enfadado.

-Nick, ¿cómo era tu padre? -preguntó Miley en¬tonces.
Nick tiró de las riendas de su caballo y la miró perplejo.
-¿Y eso a qué viene?
-No sé. Es que como nunca me has hablado de él... Tengo curiosidad.
Nick exhaló una gran bocanada de humo y fijó la mirada en el horizonte.
-Era un hombre rígido. Duro. Muy disciplinado y tenaz. Siendo niño pasó muchas penalidades, por eso se propuso de¬mostrar al mundo entero que él era capaz, por sí mismo, de lle¬gar a ser rico. Hizo la carrera militar en la marina antes de com¬prar Big Sabina y dedicarse a buscar petróleo. Al principio no tuvo mucha suerte, pero con el tiempo, hicimos algunas inver¬siones acertadas, compramos más terreno y el negocio empezó a marchar viento en popa.
-¿Y tu madre?
-Murió al nacer yo.
-Lo siento.
-Al principio mi padre no me tenía mucha estima. Se pasó los primeros veinte días de mi vida recordándome que yo tenía la culpa de la muerte de mi madre. Me odiaba tanto, que me llevó a vivir con mi tío para no verme.
Llegaron frente a los establos. Nick desmontó y se dirigió al vallado desde donde contempló los inmensos pastizales. A su lado, Miley se quedó completamente absorta mirándole.
Al cabo de un rato, Nick le preguntó en tono sarcástico:
-¿Por qué me miras así? ¿Es que tienes intención de pin¬tarme un retrato?
Miley apartó los ojos.
-No, es que estaba pensando y me habré quedado mirán¬dote sin darme cuenta.
-¿En qué pensabas? ¿En tu próximo asesinato?
Al notar que se dulcificaba un tanto, Miley se atrevió a mirarle con una tímida sonrisa.
-No, el asesinato en sí, no. Pensaba más bien en el arma del crimen y demás detalles macabros.
Nick, que se estaba encendiendo un cigarro, esbozó una son¬risa irónica.
-¿Quién va a empuñar el hacha en esta ocasión? Miley se quedó pensativa.
-No sé. Había pensado en cargarme al detective pro¬tagonista.
-No lo hagas. Tus lectores te lincharían.
Le miró un momento en silencio, con los ojos entornados. Miley estaba sofocada por la carrera, y el cabello revuelto le caía sobre el pecho.
-No, la verdad es que no tienes pinta de asesina -mani¬festó Nick.
-Pues ya ves. A mí siempre me han gustado las historias policíacas. Me encanta resolver crímenes. Si no hubiera estado metida en el periodismo, me habría gustado ser policía.
-Dime, ¿añoras tu época de periodista?
Miley reflexionó un momento. Los días en que era la úni¬ca reportera y fotógrafo del periódico de su pequeña ciudad pa¬recían perdidos en el tiempo.
-No sé. No estoy segura. De vez en cuando pienso que da¬ría lo que fuera por volver a ello. Comparado con lo que hago ahora, era un trabajo infinitamente sencillo. No tenía que inven¬tarme las noticias; sólo reproducirlas.
-Yo creía que no era tan difícil encontrar nuevas maneras de matar a la gente -observó Nick con una sonrisa.
-Pues te sorprendería comprobar lo complicado que puede llegar a ser. La competencia es muy fuerte, ¿sabes? Si no doy lo mejor de mí, corro el peligro de dejar de gustar a la gente.
-A mí me gustó mucho La torre de los ruidos.
-Gracias.
-Algunas cosas del protagonista... me resultaban fami¬liares.
Miley se sonrojó vivamente. El detective era un hombre alto, ancho de hombros, con bigote, debilidad por el whiskey es¬cocés y la costumbre de forzar la máquina al máximo con tal de conseguir sus objetivos. Sí, efectivamente había creado el personaje pensando en Nick.
-¿Vas a demandarme?
-No, no, todo lo contrario. Si me siento muy halagado... la protagonista también se parecía bastante a ti, ¿sabes? -añadió recorriéndola con una intensa mirada.
Miley le miró a los ojos con el corazón palpitante. -¿Ah, sí?
Nick tendió entonces la mano hacia ella y la agarró por el escote de la blusa, atrayéndola hacia él. Una vez que la tuvo cer¬ca deslizó la mano por encima de sus senos. En aquel momento, Miley se dio cuenta de que no llevaba nada debajo, y se sin¬tió turbadísima.
Nick tenía los ardientes ojos grises fijos en sus redondos se¬nos, que se adivinaban bajo la tela. Cuando sus miradas se en¬contraron, Miley no pudo resistir más la tensión contenida e intentó apartarse, pero él se lo impidió rodeándola con sus brazos.
-No te asustes, nena -murmuró.
La atrajo hacia él y le acarició los senos con la mano abierta.
-Nick, ¿se puede saber qué haces? -exclamó Miley, consiguiendo separarle.
-¿Tú qué crees? Me he propasado contigo. A propósito, ¿qué has sentido?
Miley levantó hacia él sus ojos trémulos. Temblaba de pies a cabeza, como si Nick la hubiera desnudado.
-Nunca me habías tocado.
-Porque tú no querías. Pero anoche...
Nick la tomó de nuevo entre sus brazos y presionó su cin¬tura contra la suya.
-¿Anoche?
-No lo niegues, Miley. Estabas ciega de celos por Melody. ¡Como si tuvieras algún motivo para estar celosa! Ven aquí...
Entonces Miley sintió por vez primera la caricia cálida y áspera de la boca de Nick sobre la suya. Con el movimiento insistente de sus labios, la obligó a recibir su lengua, mientras deslizaba las manos bajo su blusa y le acariciaba la espalda. Miley emitió un gemido y hundió las uñas en los brazos de él sin darse cuenta. Resultaba increíble; besarse con tanta pa¬sión a plena luz del día, bajo un sol de fuego, y que él fuese... Nick.
-¡Bésame! -exclamó él entonces-. ¿No querías tocarme antes? ¡Pues no me rechaces ahora!
Aquellas rudas palabras fueron para Miley como un jarro de agua fría.
-No quiero -dijo-. Tú y yo somos amigos, y nada más. Nick, mirándola con ojos ardientes, le cogió una mano y se la llevó al pecho, para que ella pudiera sentir los violentos lati¬dos de su corazón.
-Mira cómo me pones. Así ha sido siempre, desde que te conozco. ¿Y me dices que sólo somos amigos? De eso nada.
-¡No!
Miley se apartó de él bruscamente.
-¡No quiero que ocurra nada entre nosotros!
-Pero si ya ha ocurrido...
Nick le pasó revista con la mirada. Sí, Miley estaba ten¬sa, la rigidez de sus senos se destacaba vívidamente bajo la blu¬sa y su respiración era dificultosa y entrecortada. Todo aquello resultaba demasiado inesperado para ella, más aún cuando con¬fiaba plenamente en Nick.
-¡Miley!
Miley ya había ensillado a la yegua.
-Es demasiado tarde para salir huyendo -murmuró Nick con expresión sombría.
-No lo es. No volveremos a vernos, Nick.
-Te equivocas. ¿Sabes por qué? Porque lo que acaba de pa¬sar nos ha sabido a poco a los dos.
Miley se alejó al galope, sin mirar atrás. Las palabras de Nick resonaban en sus oídos...

jueves, 10 de diciembre de 2009

IMPORTANTE

en cada capitulo
si dejan por lo menos 3 comentarios
y les subo cap..!!

okk.. graxx a qienes la sigen
sigan leyendola..
jeje cuidensee



xoxo


atto.:: Beree♥

Niley cap 2 "amigos y amantes"


Capítulo Dos
Llegaron al Ferrari negro de Nick, y él la depositó en el asiento delantero.
-¿Y qué? -dijo con los ojos brillantes de malicia-. Todo el mundo sabe que los escritores suelen llevar una vida bohemia.
Miley, furiosa, esperó a que Nick se sentara al volante. Cuando estuvo a su lado, estalló.
-¿Y con quién salgo yo normalmente? ¡Dime! ¿Con quién estoy siempre? ¡Van a pensar que el niño es tuyo!
-Si quieres, puedes ponerle mi nombre. A mí no me importa.
El resto del camino lo hicieron en silencio; Miley sumi¬da en cavilaciones y Nick fumando y sin apartar la vista de la carretera.
Por fin llegaron a Montrose, donde Miley tenía una ca¬sita de estilo victoriano. Se encontraba en uno de los barrios más antiguos de la ciudad, y la había heredado de una tía abuela suya.
Llegaron frente a ella, y Nick detuvo el coche.
-¿Qué tal va tu nueva novela? -preguntó.
-Despacio -contestó ella-. Ahora que me acuerdo, no sé si te he dicho que, en vista del éxito de La casa de los ruidos, es posible que firme un contrato para llevarla al cine. Cuando me lo dijeron, me puse tan contenta que casi no me lo podía creer.
Estaba deseando llamarte, para contártelo, pero como no nos hablábamos...
Nick la miró con expresión contrita.
-Perdóname, Miley. Perdí los estribos; yo no quería ser tan desagradable contigo.
Miley se quedó maravillada al oírle hablar así.
Aquello era algo inusitado. Nick era un hombre que nunca se disculpaba ante nadie. Le miró con una tímida sonrisa y se encogió de hombros.
-Tú sabes perfectamente que yo no le estaba provocando -murmuró-. Tú sabes que, desde lo mío con Justin, los hom¬bres ...
Miley se había sonrojado, y Nick la miró algo molesto.
-Tampoco puedes pasarte la vida recordando eso. Sobre todo si llevas un vestido como éste...
-¿Esta cosa? ¡Bah! Me costó menos de un capítulo.
Nick se rió suavemente, sin quitarse el cigarrillo de los labios.
-Tú todo lo mides con tus libros -comentó-. Un coche es un libro, un vestido un capítulo...
-Mi coche no vale un libro, ni muchísimo menos -objetó Miley-. Me lo compré de segunda mano, pero consume muy poca gasolina, y me encanta.
-No, si yo no tengo nada en contra de aprovechar la cha¬tarra vieja.
-Sí, ya...
El pequeño Volkswagen amarillo ocupaba poco sitio. Solía aparcarlo en el jardín, junto al enorme roble.
-Tienes que cortar ese árbol -le dijo Nick. Ya lo había hecho otras veces. Hacía meses que no dejaba de insistir al res¬pecto-. Es un peligro. Como venga un día un viento fuerte, va a aplastar el tejado. Estamos en la temporada de tormentas, y ya sabes que en los últimos años ha habido fuertes ciclones.
-Mira, Nick, te he dicho mil veces que no tengo ninguna intención de cortar el viejo roble de la tía Jessie. Lo plantó el abuelo -añadió con impaciencia.
-Al diablo con tu abuelo. ¡Además! ¿Qué abuelo? Tu tía era huérfana.
Miley, exasperada, se pasó la mano por el pelo, ponien¬do en grave peligro su elaborado moño.
-¡Mentira! Yo sé de buena tinta que tía Jessy era hija ile¬gítima de un capitán yanqui. Mi bisabuela tuvo relaciones con él durante la Guerra de Secesión.
-¡Escandaloso! Pues entonces por tus venas corre sangre ca¬liente, mi querida Miley, ¿no?
-Más escandalosa es esa pregunta. Para que lo sepas, mi vecina, la señorita Rose, me lo contó tal y como se lo había di¬cho mi tía abuela.
Nick cambió de tema, dando por terminada aquella absur¬da conversación.
-Mañana por la mañana mandaré a Josito para que te trai¬ga el coche a casa. O, si prefieres, que pase a recogerte y nos damos antes una vuelta a caballo por el rancho.
-Si no me equivoco, eso es una invitación, ¿no? Él asintió, y Miley miró para otro lado.
-Pues no sé si ir, porque, después de lo del otro día, parece que estás convencido de que soy una mujer perversa que lo úni¬co que quiere es ir seduciendo a tus hombres uno a uno.
Nick la cogió por la barbilla y la obligó a mirarle. Sus ojos la escrutaban con una insistencia turbadora.
-¡No digas eso! Lo que pasa es que no soporto que ningún hombre se propase contigo. ¡Y menos si ese hombre trabaja para mí y encima está borracho!
Nick la miró de arriba a abajo.
-No quiero que ningún hombre te... toque -susurró. Sus miradas se encontraron.
La de Miley era tímida, indecisa. Sentía en su rostro la respiración cálida y entrecortada de Nick, al tiempo que un hor¬migueo extraño se le despertaba por dentro.
Casi sin querer, sin darse cuenta, alargó la mano y deslizó un dedo bajo su bigote, trazando la línea de sus labios en¬treabiertos.
Nick la apartó de sí, agarrándola por la muñeca con su puño de hierro.
-No vuelvas a hacer eso -dijo ásperamente-. ¿Es que no te das cuenta de que no quiero que me toques?
Miley descargó una risa nerviosa.
-Entendido, señor Jonas. Y ahora, si quieres devolver¬me mi brazo, saldré del coche y quedarás libre para volver a la fiesta con tu rubia despampanante.
Pero Nick no estaba dispuesto a soltarle el brazo.
-Te has pasado la noche flirteando conmigo, Smiley. ¿Por qué? ¿Por darle celos a mi primo?
Miley se quedó boquiabierta.
-Yo no tengo nada que ver con Kevin en el sentido que estás insinuando. No es más que un amigo, igual que tú.
-Tú y yo... ¿somos eso? ¿amigos? -preguntó Nick con voz extraña.
Miley se sentía nerviosa, excitada. Algo estaba pasando, y aquella mano que la asía le transmitía un calor extraño... -Sí, somos amigos.
-Entonces no te importa lo más mínimo que me lleve a Me¬lody a la cama, ¿verdad? -preguntó él, mirándola fijamente. Miley se puso pálida, y se apartó de él sin despegar los labios.
-Tú no tendrás una vida sexual, pero yo sí, ¿sabes? No te creas que soy una especie de eunuco sólo porque nunca te he tocado.
Miley no se atrevía a mirarle a los ojos.
-Yo nunca he pensado que tú fueras un eunuco, ni nada parecido.
Hubo un silencio.
En la oscuridad Miley escuchó el chasquido del encen¬dedor. Nick se había encendido un cigarrillo.
-Fumas demasiado.
-Hago demasiadas cosas demasiado.
Sus ojos parecieron reflejar odio por un instante.
-¿Seducir rubias, por ejemplo?
-Es que, si quisiera seducirte a ti, lo llevaría claro. Miley le dirigió una mirada centelleante.
-¡Justin me hizo mucho daño! Tú eres un hombre, y no tie¬nes ni idea de lo que una mujer puede sentir cuando...
-Justin te hizo daño porque eras virgen y porque lo único que él quería de ti era tu cuerpo, sin importarle lo que tú sin¬tieses y pensases como persona.
Soltó un suspiro y añadió:
-Si te hubiera querido, no te habría hecho tanto daño. Fí¬jate, han pasado dos años y aún no ha cicatrizado la herida. Te ha dejado traumatizada. ¡Tendría que haberle matado!
-¡Pero si tú no le conocías! -balbució Miley.
Estaba realmente sorprendida ante aquel repentino ataque de violencia.
-¿Que no? Hice averiguaciones. Fue muy fácil, sólo tuve que llamar al club de escritores donde os conocisteis.
-¿Qué estás diciendo? ¿Es que has hablado con él? Nick asintió.
-¿Y qué?
Nick permaneció en silencio.
-¡Nick!
-Si te caes de un caballo -empezó a decir él con voz au¬sente-, lo mejor que puedes hacer para perderle el miedo es vol¬ver a montarlo.
Miley ya había oído bastante, así que cogió su bolso y abrió la puerta del coche.
Antes de salir, dijo en tono frío:
-Mira Nick, en este momento no quiero volver a repetir una experiencia como aquella. ¿Queda claro? Pues adiós.
-¡Smiley!
Ella se volvió a mirarle.
-Mira, Smiley, si yo hubiera querido algo contigo, te lo ha¬bría pedido hace dos años, así que haz el favor de ser razonable y no me malinterpretes.
-Yo creía que tú me estabas malinterpretando a mí. Miley volvió a sentarse en su asiento en actitud com¬pungida.
-Nick, Nick, ¿qué nos está pasando? Siempre hemos sido buenos amigos, y ahora, de pronto, todo se empieza a estropear. Tendió la mano hacia él, pero volvió a retirarla en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
-¿Sabes? -continuó muy seria-. A mí me cuesta mucho llevarme bien con la gente... me cuesta adaptarme, soy un poco rara. Y, ya ves, contigo no me cuesta nada hablar, tú me com¬prendes. No quiero perderte.
Nick la miró con ternura.
-Tú siempre serás amiga mía, Smiley -dijo-. Eso no ha cambiado, y nunca cambiará. ¿Es que no te has dado cuenta de que yo apenas tengo amigos ni amigas? La rubia de esta noche es cosa aparte; a ella le gustan los caprichos caros y yo soy rico. La combinación perfecta. Esa es de las que se acuestan con uno sin vacilar en cuanto se aseguran de que pueden conseguir algo a cambio.
-Y si lo sabes, ¿por qué le haces caso? Nick la miró con gesto irritado.
-Oye, Smiley, ¿se puede saber por qué te molesta tanto lo de la rubia? ¿Es que no te gusta la idea de que la mayoría de las mujeres no sean tan frías como tú?
Miley se sonrojó violentamente.
Era la segunda vez que Nick hacía un comentario semejan¬te, y ya estaba bien.
Por un momento tuvo la tentación de abofetearle. Levantó la mano. Sus ojos verdes despedían chispas.
-Atrévete -le dijo entonces Nick con una mirada extra¬ña-. Vamos, nena, atrévete, pégame.
Faltó muy poco para que lo hiciera, pero no se atrevió.
-No, no quiero -dijo bajando la mano-. Tienes derecho a pensar de mí lo que quieras. Y me doy cuenta de que última¬mente no piensas nada agradable.
Nick no dejaba de observarla.
-¿Sabes, Miley? Por un momento has perdido la más¬cara de frialdad que siempre te pones conmigo. Has estado a punto de pegarme, ¿verdad?
-Sí.
-¿Y por qué no lo has hecho?
-Porque sé que tú eres del tipo de hombre que pondría la otra mejilla.
-No, no te habría devuelto la bofetada, si es a eso a lo que te refieres.
Nick se inclinó sobre ella para abrirle la puerta y, en el mo¬vimiento, rozó los pechos de Miley con su brazo.
Ella se quedó quieta como una estatua y le miró asombra¬da. Entonces se dio cuenta de que él también estaba contenien¬do la respiración.
-¿Qué habrías hecho entonces? -susurró ella casi sin aliento.
Nick la miró a través de una nube de humo.
-¿Tú qué crees? -preguntó en tono insinuante.
-Lo único que creo es que se ha hecho muy tarde.
-Más de lo que tú crees, nena. Bueno, mañana mandaré a Josito a recogerte a las siete, ¿de acuerdo?
Miley le miró a los ojos, nerviosa y asustada.
-Nos lo tomaremos con calma y tranquilidad -añadió él suavemente.
Miley se sonrojó hasta las orejas y sintió que el corazón se le salía del pecho de lo fuerte que le latía.
-Sería mejor que dejásemos las cosas tal como están -susurró.
-No tengas miedo de mí. Tú y yo siempre hemos confiado el uno en el otro, Smiley.
Miley se echó a reír, un poco avergonzada.
-Yo creo que el cansancio me hace decir tonterías. No sé lo que me pasa esta noche.
-¿Ah, no lo sabes, nena? Miley puso los pies en el suelo.
-Gracias por traerme a casa.
-¿Seguro que te encuentras bien? -preguntó él, preo¬cupado.
-Sí. Además, se cuidarme muy bien yo sola. Soy muy independiente.
-Sí, yo también, pero, ¿quién estuvo al lado de mi cama cui¬dándome durante un par de semanas cuando caí enfermo con la gripe?
Miley se echó a reír.
-Vamos, vamos, no exageres. El pobre Josito no podía con¬tigo él solo.
Nick sonrió.
-Yo habría hecho lo mismo por ti. Te aseguro que me hubiera encantado... sobre todo bañarte para que te bajara la fie¬bre, como tú hiciste conmigo.
-¡Adiós! -exclamó Miley.
Se bajó y cerró de golpe la puerta.
-¡Mañana a las siete en punto! -le gritó Nick desde la ventanilla.
Miley dio media vuelta y se inclinó con una graciosa reverencia.
Poco después, el Ferrari se perdía en la oscuridad de la no¬che mientras ella entraba pensativa en su casa.

martes, 8 de diciembre de 2009

Novela " Amigos y Amantes " Niley Cap1






oola e decidido empezar novela..
es una adaptacion del libro
" Amigos y Amantes " de Diana Palmer
he cambiado los personajes por niley...
speroo k le guste


Capítulo Uno

Las copas, al chocar unas contra otras, hacían un ruido de­masiado fuerte, o, por lo menos, eso le parecía a Miley Cyrus, que llevaba arrastrando todo el día una terrible jaqueca.
Habría dado cualquier cosa por rendirse al cansancio y mar­charse a casa, pero no podía hacerlo. Al fin y al cabo, aquella fiesta se celebraba en su honor. Sería una grosería imperdonable que se marchara, al menos tan pronto. Tenía que intentar dis­traerse un poco y olvidar el cansancio y la terrible opresión que sentía en las sienes.
Se retiró de la barra y se paseó por entre la gente, sonriendo de vez en cuando a los distinguidos miembros de la élite litera­ria de Houston, sintiendo que la cabeza iba a estallarle de dolor de un momento a otro.
A sus veintisiete años, Miley se había ganado una buena reputación a nivel nacional como escritora de novelas de intriga; en aquella fiesta se celebraba precisamente la publicación de su última novela: La torre de los ruidos.
Al regresar de la gira de promoción, se había encontrado con la desagradable sorpresa de que el editor necesitaba que re­visara su libro y le añadiese treinta páginas más. ¡Treinta pági­nas! Como si eso fuera algo fácil de solucionar...
Consiguió hacerlo en un día, toda una hazaña, pero el es­fuerzo había sido tanto, que lo único que deseaba de la vida en aquel momento era una aspirina y una cama blandita donde po­der abandonarse al sueño.
Recorrió la sala con sus claros Ojos grises; que hacían un precioso contraste con su larga melena castaña, que llevaba re­cogida en un moño.
Más de una vez había pensado en cortarse el pelo, pero siempre que lo insinuaba, Nick le lanzaba una mirada de horror y la convencía con todo tipo de argumentos para que no lo hiciera.
Verdaderamente, Nick era un maestro en convencer a la gente. Quizás, pensaba ella, por eso había llegado a donde es­taba con su empresa petrolífera, que más que empresa era un imperio. En los últimos años había conseguido mantener el con­trol de Petróleos Jonas con una tenacidad sin precedentes. El gran Nick siempre conseguía todo lo que quería. Todo, excepto a Miley.
Le buscó con la mirada entre la gente; allí estaba, entre las garras de aquella rubia bajita de ojos de caja registradora. Siem­pre que se trataba de Nick Jonas, Miley pensaba invaria­blemente que nadie le llegaba a la suela de los zapatos. Nick era un tipazo: altísimo, de cuerpo atlético y sin un gramo de grasa, a pesar de sus treinta y nueve años. Su pelo era negro y abun­dante, muy chino, y sus ojos, vistos de lejos, también parecían ne­gros, aunque en realidad eran miel. Su cuidado bigote escon­día una boca sensual encuadrada en una mandíbula rectilínea y enérgica.
Por mucho que Nick fuese su amigo desde hacía más de dos años, de vez en cuando no podía evitar pensar en él como en un hombre.
Nick era un tipo guapo, Miley se daba cuenta y no lo po­día negar.
Se llevó la copa de coñac a los labios, sin dejar de contem­plar a Nick y a la rubia. Resultaba patente, por los gestos de ella, que Nick le había gustado. Miley sintió un inesperado malestar; la amistad la hacía ser posesiva, pensó inmedia­tamente.
Sus relaciones con Nick no habían pasado nunca de los lí­mites de la amistad.
Él conocía muy bien su desastrosa experiencia con Justin, un aspirante a escritor que, después de comprometerse con ella y se­ducirla, resultó estar casado y con hijos.
Desde el principio, Nick se hizo cargo del trauma que re­presentaba para Miley aquel fracaso. Comprendía sus repa­ros ante las relaciones sexuales, y nunca había intentado aproxi­marse a ella en ese sentido.
Por su parte, a Miley no le interesaba para nada su di­nero, lo que significaba que John podía confiar en ella con toda tranquilidad.
Miley sabía que, desde la muerte de Ellen, Nick no ha­bía confiado en nadie como confiaba en ella.
Sin embargo, desde hacía algún tiempo, las cosas estaban cambiando. Nick no era el mismo; se mostraba impaciente, y a veces desagradable con ella. Y una cosa así, viniendo de un buen amigo, no era normal.
La situación había empeorado después de aquel desagrada­ble incidente con Joe.
Joe era un empleado de Nick, al que Miley conocía de vista. Un día de la semana anterior, cuando ella esperaba a Nick en la cuadra, Joe, que por lo visto había bebido más de la cuen­ta, salió de la oscuridad e intentó besarla. Nick apareció al mo­mento, como por arte de magia, y mandó a su empleado al sue­lo de un puñetazo.
-¡Lárgate de aquí ahora mismo! -le gritó-. Que te pa­guen un mes. ¡Después desaparece inmediatamente, no quiero volver a verte!
Miley, que permanecía muda de espanto a poca distan­cia, no daba crédito a sus ojos.
Nunca había visto aquel gesto inhumano en el rostro de Nick. Era como si el hombre amable y tierno que conocía hu­biese desaparecido de repente.
Nick no dijo una palabra más. Se limitó a mirar cómo el otro se levantaba del suelo tambaleándose, volvía sus ojos hacia Miley, y luego se dirigía hacia las oficinas del rancho con paso vacilante.
-Yo... gracias.
Miley se había sentido aterrorizada. De pronto se había dado cuenta de lo que podría haber pasado si Nick no hubiese aparecido en el momento oportuno. Sintió náuseas.
Nick la estaba mirando. Tenía en los labios un cigarro re­cién encendido, y sus ojos brillaban de indignación.
-¿Cuándo aprenderás la diferencia entre ser simpática y provocara los hombres?
-¡Eso es una tontería! -protestó ella airadamente—Joe siempre ha sido muy correcto conmigo. Yo creía que...
Joe es un buen tipo... cuando está sobrio -replicó él-. Me da mucha pena tener que despedirle.
Miley se sintió herida por su desacostumbrada dureza. -No te enfades conmigo -murmuró.
Y diciendo aquello, le tocó el brazo en un gesto amistoso y conciliador.
Ante su asombro, Nick se puso rígido, apretó los dientes, y se soltó con inusitada brusquedad.
-No intentes calmarme, Smiley.
Smiley era el diminutivo que él mismo había inventado para llamarla.
-¡Y de ahora en adelante, si quieres divertirte, busca la di­versión fuera de mi rancho! ¿Comprendes?
Aquello fue demasiado para Miley, que perdió la calma y le gritó:
-¡Eso es, Nicholas Jerry Jonas, no volveré a venir a tu rancho! No sé qué mosca te ha picado conmigo. Y para que te enteres, no estaba intentando consolarte, simplemente quería darte las gracias, ni más ni menos.
Y sin decir una palabra más, se marchó corriendo a su coche. Desde entonces no habían vuelto a hablar.
Recordándolo, Miley se arrepentía de su arranque de mal genio, y hubiera querido arreglar las cosas.
Pero estaba absolutamente claro que aquella rubia despam­panante no le dejaba ni a sol ni a sombra, y Nick no parecía te­ner intenciones de librarse de ella.
Para empeorar las cosas, Miley se dio cuenta, al verla mejor, de que conocía a la rubia. Aquella mujer se llamaba Melody, y era conocida en todo Houston por sus devaneos con hom­bres ricos de cierta edad.
-Disimula, nena, porque estás poniendo cara de pocos ami­gos -dijo una voz familiar a su lado.
Se volvió sospechando de quién era aquella voz.
A su lado estaba Kevin Jonas, y en su cara de niño ha­bía una expresión burlona.
-¿Tú dirías que tengo cara de pocos amigos?
-¿No estarás celosa de la rubia?
Miley esbozó una sonrisa de impaciencia.
-Nick y yo somos amigos, nada más.
-Eso es lo que dices siempre. Y una chica tan preciosa como tú nunca miente, ¿verdad?
Miley no dijo nada. Le miró, pensando en lo poco que se parecían los dos primos.
Nick era alto y fuerte, mientras que Kevin era muy delga­do y podría decirse que algo desgarbado. Nick era aperlado de piel, y tenía el pelo negro. Kevin era el típico rubio de ojos azules, con un encanto muy juvenil.
Sólo se parecían en una cosa. Los dos eran buenos hombres de negocios, despiadados cuando la ocasión lo requería. Nunca se habían visto dos rivales tan fieros.
Sus enfrentamientos databan de mucho tiempo atrás; segu­ramente les movía algún gran conflicto personal. Kevin siem­pre andaba ideando tretas maliciosas y poniéndole trampas a Nick; sorprendentemente, éste adoptaba ante su primo una ac­titud defensiva más que ofensiva, cuando no iba con su carácter, más bien dominante y algo agresivo.
Cuando murió su padre, Kevin inició una implacable lu­cha de poder contra su primo Nick, que había heredado la ma­yor parte de Petróleos Jonas.
El hecho de que el padre de Kevin favoreciese más a su so­brino que a su hijo, sorprendió a muchos. A pesar de los deno­dados esfuerzos de Kevin, Nick seguía siendo el más fuerte de los dos, y el más capacitado para los negocios. Pero su primo no se daba por vencido, y la rivalidad entre ellos era cada vez mayor.
-¿Quieres quedarte conmigo lo que queda de fiesta? -pre­guntó Kevin con una sonrisa-. Así te salvaré de las miradas lascivas y las falsas adulaciones de todos estos que andan por aquí a ver lo que consiguen en beneficio propio.
-¿Y de ti quién me va a salvar? -comentó ella con una son­risa burlona, sin apartar la vista de Nick-. Como esa estúpida rubia se le siga acercando, va a terminar pegándose a él -murmuró.
-Los solteros ricos escasean hoy en día. Y esa chica tiene mucha vista. -
Miley no le escuchaba; estaba demasiado ocupada pen­sando en las ganas que tenía de vaciarle la copa en la cabeza a aquella dichosa rubia.
-Tengo que rescatarle -murmuró-. Es mi deber de an­tigua scout liberar a tu primo de las garras de esa vampiresa se­dienta de dinero.
Acto seguido, Miley se dirigió hacia la pareja con paso decidido.
En aquel mismo momento, la suerte quiso que la rubia pi­diera algo de beber y que Nick fuese a la barra a por ello. Miley aprovechó la ocasión y se le acercó con paso decidido, aun­que algo inquieta.
-Hola, Nick. ¿Me hablas? Porque si no, basta con que mue­vas la cabeza y me perderé por algún rincón.
En vez de echarse a reír, como hubiera sido de esperar, Nick adoptó un gesto frío y clavó en ella su mirada gris, dura como el acero.
-Vaya, cuánto me sorprende que hayas sido capaz de des­pegarte de mi primo...
-«Tu primo» se llama Kevin. Te lo digo por si no lo sa­bías, ya que nunca le llamas por su nombre. Además, cuando alguien se acerca a darme conversación no tengo la costumbre de ahuyentarle... tú, por supuesto, ni siquiera te has dignado a acercarte a mí.
Nick, pasándose la mano por el bigote, miró significativa­mente en dirección a Miley.
-Es que, como te habrás dado cuenta, a mí no me hace nin­guna falta ir detrás de las mujeres...
Aunque sintió una oleada de furia incontenible, Miley se las arregló para disimularla.
-Pues no sé si sabrás que esa chica es una elementa de mu­cho cuidado. Además, creo que hace poco que su última con­quista la ha dejado tirada, y ahora está buscando un buen árbol al que. arrimarse.
Nick la obsequió con una amplia sonrisa.
-No me importa pagar por lo que quiero. Puedo permitir­me el lujo.
Aquel cinismo le dolía a Miley, pues sabía que Nick estaba convencido de que las mujeres sólo le buscaban por su dinero.
No se daba cuenta de que era muy atractivo... De repente, se sorprendió mirándole fijamente a los labios, imaginando qué se sentiría al besarlos.
-Estás muy rara, Smiley. ¿Qué pretendes, buscar mi punto débil? No creo que lo encuentres.
-¿Ah, no?
Miley se acercó un poco más y cogió entre sus dedos un botoncito de su camisa.
Sentía bajo la mano el calor de su piel, que se filtraba a tra­vés de la tela con una intensidad turbadora.
La reacción de él no se hizo esperar; con suavidad, le apartó la mano de su camisa.
-¿Es que quieres flirtear conmigo? -preguntó secamente.
-¿Quién? ¿Yo? -dijo Miley en actitud defensiva-. ¿Es que me has visto cara de suicida?
-No te preocupes, no te empujaré hasta esos extremos -contestó él en tono desagradable-. Ya tengo dos años de prác­tica; sé muy bien mantener las distancias contigo. Tú te encar­gas de dejarlo claro desde el primer momento.
Los ojos de Miley chocaron con su mirada fría.
-Tú sabes que yo...
-Miley, déjate de tonterías. Porque hayas tenido un de­sengaño amoroso, no veo muy normal que te retires de la vida, creo yo.
Miley saltó como si la hubieran pinchado.
-De un tiempo a esta parte, te portas conmigo como un ele­fante en una cacharrería, Nick Jonas -rugió-. Si tienes hambre, coge un canapé. A mí no me apetece que me comas viva esta noche.
Miley dio media vuelta y se alejó, aunque no pudo dar más de dos pasos, porque Nick la agarró por el brazo. De pron­to, ella se puso a temblar, y la sangre le afluyó a la cara. Era inexplicable, pero el menor contacto físico con Nick la turbaba. Nunca había experimentado una sensación tan intensa con nin­gún otro hombre.
-No huyas de mí -le susurró Nick a sus espaldas.
-¡Y cómo no voy a huir de ti! Desde hace algún tiempo no puedes ser más frío conmigo; parece que no me soportas, inclu­so reaccionas apartándote cada vez que te toco... Yo creía que éramos amigos.
Los ojos de Nick recorrieron su rostro.
-Claro que somos amigos. Ten paciencia conmigo.
-Lo que pasa es que me preocupo por ti, me importas -dijo Miley, más apaciguada-. Te pasa algo, ¿verdad? Algo te molesta. ¿Por qué no me cuentas de qué se trata? Creo que sería lo más sensato.
-Eres la última persona a quien se lo contaría, querida. Alargó una mano y le tocó un mechón de pelo que se le ha­bía escapado del moño.
-¿Por qué te recoges el pelo así? No me gusta nada.
-Pues porque no soy una gitana. Las gitanas llevan el pelo suelto y los pies descalzos. ¡Qué iba a pensar nuestra anfitriona! Nick sonrió.
-¡Sorpréndela! ¿A que no te atreves?
-Nick, la última vez que me desafiaste para que hiciéra­mos algo, me tiré al río completamente vestida y dejé atónitos a todos los turistas del autocar. Además -añadió llevándose las manos a las sienes-, esta noche no me siento con fuerzas para hacer extravagancias. Me duele la cabeza, estoy que no me ten­go de cansancio, y lo único que me apetece es marcharme a casa y meterme en la cama.
-¿Y por qué no te vas?
-No querrás que me marche de una fiesta que se celebra en mi honor, cuando apenas llevo una hora. Sería una falta de educación imperdonable, más aún sabiendo las molestias que se ha tomado Elise para organizarla.
-Déjate de diplomacias -dijo Nick categóricamente-. Yo te llevo a casa.
-¿Y vas a abandonar a tu despampanante conquista? Diciendo esto, dirigió una ojeada a Melody, que les contem­plaba con una mirada llameante mientras un jovencito intenta­ba en vano captar su atención.
-Déjalo -añadió Miley-. Se lo diré a Kevin, él pue­de llevarme.
A Nick se le demudó el rostro.
-De eso nada -dijo con voz alterada.
Y sin más preámbulos, se inclinó sobre ella, y un momento después la levantó en sus brazos como si se tratara de una plu­ma, aunque estaba lejos de serlo.
-Cierra los ojos, como si te hubieras desmayado.
Así lo hizo Miley, que no tuvo tiempo de reaccionar. Además, la sensación de estar entre sus brazos era tan turbante y tan maravillosa, que no dejaba lugar a ningún otro pen­samiento.
-¡Pero Nick! ¿Qué le pasa a Miley? -exclamó Elise. -Agotamiento por exceso de trabajo -respondió Nick sim­plemente-. Voy a llevarla a casa. Mañana mandaré a Josito para que recoja su coche. Gracias, Elise, la fiesta ha estado es­tupenda. Buenas noches.
-¡Adiós! Mañana llamaré a ver cómo está.
Nick salió a grandes zancadas con ella en brazos. Una vez fuera, Miley sintió frío y se arrebujó contra su pecho, agra­deciendo su calor.
-Ya puedes abrir los ojos -susurró él en tono burlón. Miley abrió los ojos y le miró con embeleso.
-¡Vaya fuerza! -dijo sin pensar.
Nick se echó a reír, y Miley se agarró mejor a su cuello. Sintió que se estremecía cuando sus senos rozaron involuntaria­mente su pecho.
-Has tenido una idea muy novelesca... ¡Nada más normal que una mujer desmayada! Aunque... ¡Oh Dios mío!
De pronto Miley se puso pálida.
-¿Qué pasa?
-¡Todo el mundo va a pensar que estoy embarazada! -gi­mió Miley.