sábado, 9 de enero de 2010

"Nicholas" cap 6,, MM 3/3


Capitulo 6
Nick ya se había marchado cuando Miley llegó a casa. Estuvo charlando un rato con Kevin contándole la decisión que había tomada sobre alquilar una habitación en la casa de huéspedes de la señora Simpson, y después vieron un rata la tele¬visión.
Miley temía el momento en que Nick regresara a casa. No reconocía en el brusco hombre de aquella mañana al Nick junta al que ha¬bía crecido. Los chicos que la habían besado lo habían hecha suavemente, y nunca con tal intensidad. Nick la había asustada, no había tenido en cuenta su falta de experiencia.
Tal vez la había besado para demostrarle lo que podía ocurrir si seguía incitándolo, si le dejaba ver su interés por él. Si ese había sido el caso, desde luego había conseguido su propósito.
Kevin y ella estaban a punta de empezar a cenar cuando apareció Nick.
Se sentó, con aspecto cansado, y se sirvió un poco de limonada. No dirigió la palabra a Miley, y ella mantuvo la cabeza gacha para que no pudiera ver su sonrojo. Tampoco era necesario en realidad, ya que él ni se dignó a mirarla. Empezó a hablar con Kevin sobre un posible nuevo cliente, y Miley se sintió excluida e ignorada. Sin embargo, cuando Nick se levantó, sí la miró, pero lo que Miley vio en sus ojos la hizo sentir aún peor.
Había en ellos una ira apenas controlada, mezclada con algo más oscuro, algo que no alcanzaba a distinguir. Bajó la mirada y notó que se le aceleraba. el pulso. ¿Por qué actuaba Nick como si fuera ella la culpable de lo ocurrido? ¿Acaso no se daba cuenta de que la había herido, de que la había asustado?
Nick salió de la casa.
—Eh —llamó Kevin a la joven con una mirada preocupada—, ¿estás bien?
—Ni siquiera me ha hablado —susurró Miley. Kevin se recostó en la silla y encendió un cigarrillo.
—Lleva así todo el día —le dijo—, el tiempo que has estado fuera estuvo todo el rato mirando por la ventana en silencio. Le hice un par de comentarios y ni me oyó. Y después salió fuera a fumar.
—¿A fumar? —repitió ella—. Pero si lo dejó hace años...
—Pues ya debe llevar un paquete entero —repuso Kevin encogiéndose de hombros—. Miley, sé que no quieres hablar de ello, pero mi hermano va de mal en peor, así que, o me cuentas qué pasa entre vosotros, o tendré que obligarle a él a hablar.
Miley tragó saliva. No quería que Kevin se pegara con Nick, pero tampoco podía contarle lo que había hecho su hermano, sobre todo cuando en parte ella lo había provocado. Y fue entonces cuando comprendió, cuando las piezas del puzzle encajaron... Debía haber herido el orgullo de Nick con lo que había dicho y hecho después de que la besara con tanta pasión. Cuanto más lo pensaba, peor se sentía. Durante meses había soñado con que la besara, y cuando al fin lo había hecho, había reaccionado como una colegiala.
—¿Y bien? —inquirió Kevin enarcando una ceja.
—Le dije algunas cosas terribles —confesó ella finalmente, decidiendo que no había por qué entrar en detalles.
—Y lo has herido... —adivinó Kevin. Ella asintió con la cabeza.
—Oh, Kevin, Nick me odia... Y no puedo culparlo por ello, he herido su orgullo hasta tal punto, que creo que no querrá volver a hablarme jamás.
—Pues eso sí que es increíble... —murmuró Kevin—. El que hayas logrado herirlo, quiero decir. Muchas mujeres han intentado sin éxito atravesar esa dura coraza que lo envuelve.
—Supongo que lo que ocurre —prosiguió Miley pensativa—, es que le resulta difícil dejarme volar fuera del nido, después de cuidar de mí durante tantos años.
—Tal vez... —concedió Kevin dando una larga calada al cigarrillo—. O tal vez... no. Últimamente actúa de un modo muy extraño.
Miley rodeó su vaso de limonada con ambas manos. Tenía que contarle a Kevin lo del viernes por la noche y, sabiendo que no iba a ser nada fácil, no quería que le temblaran y delataran su nerviosismo.
—Kevin, tengo algo que decirte.
—Vaya, eso suena serio —murmuró él enarcando las cejas y esbozando una leve sonrisa.
—Lo cierto es que lo es, y espero que no te enfades conmigo.
—¿Tiene algo que ver con los Tisdale? —adivinó él alzando la barbilla.
—Me temo que sí —suspiró la joven. La mirada de Kevin se había ensombrecido peligrosamente, por lo que prefirió bajar los ojos al vaso de limonada antes de continuar—. Joe me ha pedido que sea su pareja en el baile que se celebra el viernes por la noche y he aceptado.
Apretó los dientes esperando el chaparrón, pero no cayó ni una gota. Al notar el silencio de Kevin, alzó la mirada cautelosa. Él la estaba observando, pero no parecía enfadado, y aquello le dio valor para continuar.
—No tiene por qué recogerme aquí si tú no quieres verlo. Puedo quedar con él directamente en el baile. De hecho, Ashley le insistió para que no me pusiera ante el dilema de ir o no con él, porque no quería que tú te molestaras.
Un destello cálido iluminó fugazmente los ojos oscuros de Kevin.
—¿Eso hizo? —inquirió bajando la vista al cigarrillo.
—No quería que Joe me metiera en problemas contigo —dijo Miley suavemente.
—Ya han pasado seis años —dijo Kevin al cabo de un rato, más para sí que para ella—, seis largos y vacíos años... La he odiado durante todo este tiempo, y a su familia también, y supongo que podría seguir odiándolos por el resto de mis días, pero eso no cambiaría nada. Aquello ya no puede arreglarse.
—Ashley es tan bonita —dijo Miley.
Kevin contrajo el rostro, como si los recuerdos fueran demasiado dolorosos. Apagó el cigarrillo con furia en el cenicero.
—Dile a Joe que puede venir a recogerte —dijo de pronto poniéndose en pie—. No haré ninguna estupidez.
Miley se quedó mirándolo, sin creer que se lo hubiera tomado con tanta calma y después, bajó la vista al vaso de limonada, y añadió en voz queda justo cuando él pasaba a su lado:
—Su hermano dice que Ashley lleva una vida monástica, que hace años que no sale con nadie.
A la joven le pareció que Kevin se detenía un instante, pero se dijo que tal vez había sido solo su imaginación ya que, antes de que pudiera decir otra palabra, había salido de la cocina.
Qué lástima, pensó Miley melancólica, que el amor pudiera tener una muerte tan violenta. Y lo más triste de todo era que, a pesar de lo que Kevin había dicho, habría apostado lo que fuera a que Ashley y él seguían locamente enamorados, aunque hiciera ya seis años de su ruptura. ¿Qué habría hecho Ashley para que Kevin no quisiera volver a saber nada de ella? Un hombre no podía mostrarse tan vengativo solo porque le devolvieran el anillo de compromiso...

En el trabajo las cosas ya no eran como antes. Nick ya no la saludaba con bromas y sonrisas; parecía haber perdido el sentido del humor, y haberse convertido en un duro hombre de negocios que, o la ignoraba por completo, o la reñía constantemente, indicándole cada pequeño error que cometía.
El viernes, a la hora de irse, Miley estaba hecha un manojo de nervios. Tenía tantas ganas de ir al baile como un reo de que le concediesen un recurso de apelación. Al menos así perdería de vista a Nick por unas horas y no se acordaría de él. Probablemente él se iría a Houston, con la modelo. Miley apretó los dientes ante la idea.
Al fin se fue a casa y, una vez allí, subió a su cuarto a cambiarse. Se puso una falda de cuadros bastante corta, y una blusa blanca de mangas cortas abullonadas. Estaban a finales de febrero, por lo que todavía hacía bastante frío, así que se puso un abrigo largo encima.
Joe había quedado en ir a recogerla a las seis y ya era casi esa hora cuando bajó las escaleras, con el cabello brillante y suelto, y ligeramente maquillada. A pesar de que al mirarse al espejo se había sorprendido de los resultados, nunca antes había deseado con tantas fuerzas ser rubia, o que Nick le diera una segunda oportunidad. Verdaderamente tenía la negra... ¡Mira que fastidiarlo todo a la primera!
Cuando estaba llegando al rellano, el corazón de la joven se puso a latir como un loco al ver que Joe llegaba en ese momento, y que era Nick quien le abría la puerta. Se puso rígida. ¿Le habría dicho Kevin que iba a salir con Joe? Temía que Nick se pusiera furioso con el hermano de Ashley, pero lo dejó pasar sin decir nada.
Joe iba totalmente vestido a la moda del Oeste: llevaba una chaqueta y pantalones vaqueros, una camisa de cuadros roja, y botas y sombrero negros. Nick iba ataviado de modo similar, solo que su camisa era azul. Se quedaron mirándose el uno al otro largo rato hasta que Nick rompió el silencio.
—Kevin me ha dicho que vas a llevar a Miley al baile. Puedes esperarla en el salón si quieres —le dijo secamente.
—No hace falta —intervino ella terminando de bajar las escaleras—. Ya estoy lista —añadió con forzada alegría. Sonrió a Joe y este le devolvió la sonrisa. No quiso ni mirar a Nick. No podía.
—Pues entonces vámonos —contestó Joe—. He oído que los Trevor van a tocar esta noche. ¿Te acuerdas de Ted Trevor, Nick, del instituto?
—Sí, me acuerdo de él —asintió Nick sin entusiasmo alguno.
En ese momento apareció Kevin, que se paró en seco al ver a Joe. Miley observó que se había vestido como si fuera a salir a algún sitio.
—¿Adónde vas, Kevin? —le preguntó curiosa.
—Al baile, ¿adónde sino? —respondió él—. No para vigilar a Miley, por si era lo que estabas pensando —le aclaró a Joe con una sonrisa fría—. Nick y yo hemos quedado allí con un posible cliente.
El corazón le dio un vuelco a la joven. ¡Nick también iba al baile! La sola idea de que tal vez pudiera bailar alguna pieza con él la hizo estremecer de placer, y al mismo tiempo se odió por ser tan débil.
—¿Ese posible cliente no será Fred Harriman por un casual? —inquirió Joe en un tono suspicaz.
—Sí, ¿por qué? —dijo Kevin enarcando las cejas. —Porque ha comprado nuestras tierras —respondió Joe con una mueca de desagrado.
Nick dejó escapar un juramento por lo bajo y le dijo que sentían que se hubieran visto obligados a vender.
—No tuvimos más remedio —respondió Joe con un suspiro—. Es gracioso. Cuando las cosas van mal uno nunca se espera que puedan ir a peor, pero ocurre. Hemos hecho todo lo posible por arreglar los desaguisados que cometió nuestro padre, pero ya era demasiado tarde. En fin, al menos todavía tenemos algunos pura sangres, la casa, y un par de acres de tierra.
—Si necesitas trabajo, pásate por la nave un día de estos —le ofreció Kevin repentinamente—. Maldita sea, deja a un lado el orgullo, Tisdale —le espetó a Joe al ver su mirada recelosa—. No es caridad, y el que estemos enfrentados no quita para que no reconozca que eres bueno con el ganado.
—Es cierto, Joe —asintió Nick—. La puerta está abierta.
—Gracias entonces por la oferta —respondió Joe. Se volvió hacia Kevin—. Yo pensaba que no ibas a bailes, ya fuera por negocios o no.
—Y no suelo hacerlo —repuso Kevin—, pero Nick se emborracha si no hago de niñera suya —añadió sonriendo ante la expresión indignada de su hermano.
—Eso es una maldita mentira —protestó—. Recuerdo una noche en la que tú sí que habías pillado una borrachera en toda regla y tuve que meterte en la cama.
—Bueno, todos perdemos el control alguna vez — concedió Kevin apretando los labios—. ¿No es verdad, Miley? —añadió mirando a la joven y después a su hermano.
Miley se puso roja como una amapola, y Nick se dio la vuelta, abrió la puerta y la sostuvo para que los otros tres salieran.
—Ashley también viene al baile —le comentó Joe a Miley mientras caminaban hacia su ranchera—. Casi tuve que ponerle una pistola en la sien para convencerla, pero al final accedió. Necesita distraerse un poco. Está trabajando seis días a la semana por primera vez en su vida y le está resultando duro.
Kevin no dijo una palabra, pero Miley se volvió a mirarlo de reojo y, por la expresión en su rostro, hubiera jurado que estaba escuchándolo con atención. Y Nick, también detrás de ellos, los observaba a Joe y a ella con tal furia que, si hubiera podido, los habría fulminado con la mirada.
Cuando llegaron la sala de fiestas estaba muy animada. La banda de los Trevor estaban ya tocando un popurrí de piezas del Oeste, de esas que se bailan alternando el juego entre la punta y el tacón del zapato. El viejo Ben Joiner, con su violín en la mano, dirigía el baile, alzando la voz por encima de la música para indicar a las parejas qué tenían que hacer en cada momento.
—Hay mucho ambiente —le comentó Joe a Miley. Nick y Kevin se habían sentado en una mesa con el tal Fred Harriman.
—Sí —asintió Miley distraída—. ¿De qué tendrán que hablar con ese tipo? —le preguntó mientras se dirigían a la mesa donde Ashley estaba sentada sola.
—No sé, supongo que Harriman querrá que engorden el ganado que nos ha comprado —Joe giró la cabeza en dirección al lugar donde estaban fijos los ojos verdes de su hermana: la mesa de los Jonas—. Dios... está mucho peor de lo que pensaba —murmuró entre dientes. Miley también lo había notado.
—Kevin tampoco ha salido con nadie en todo este tiempo. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que...? —¿Con lo resentido que está con mi hermana? No, no lo creo —respondió él categórico—. Hola, hermanita —saludó a Ashley con una sonrisa. Retiró una silla para que Miley se sentara, y él tomó asiento también.
—Hola, Miley —saludó su hermana a la joven—. Estás guapísima.
—Tú también —respondió Miley—. No sabes lo que yo daría por ser tan bonita como tú.
—Oh, vamos... —murmuró Ashley azorada.
Pero era cierto, y también que estaba preciosa aquella noche. Se había puesto un vestido verde que resaltaba sus increíbles ojos y marcaba su estupenda figura.
—Joe nos ha contado que habéis tenido que vender parte de vuestras tierras. Lo siento.
Ashley sonrió suavemente.
—Sí, bueno, al menos no nos han embargado la casa. Ultimaremos los detalles de la venta la semana próxima, y entonces se acabará todo el chismorreo y volveremos a tener nuestra privacidad —tomó su gaseosa y bebió un sorbo—. Espero que no te moleste que haya venido. No me gusta ir de sujeta velas, pero Joe insistió tanto...
—Por supuesto que no me molesta —contestó Miley sonrojándose un poco ante las implicaciones de aquella disculpa—. Joe y yo solo somos amigos y además me encanta tu compañía.
Siguieron charlando un rato, y cuando terminó la canción que estaban tocando, Joe la hizo levantarse para el siguiente baile.
—Ashley —le dijo a su hermana mientras se alejaban—, pídenos dos gaseosas a Miley y a mí también, ¿quieres?
Ashley asintió sonriente, pero Miley miró a Joe enfurruñada cuando se puso frente a él en la pista. —Yo quería algo más fuerte, no un refresquito — protestó.
—Lo siento, pero yo no bebo, y eso significa que mi pareja tampoco —contestó él entre risas. —Aguafiestas —murmuró ella. Joe chasqueó la lengua.
—No necesitas alcohol para pasarlo bien...
—No es eso, es que pensaba que al menos tú me tratarías como a una adulta —repuso Miley.
—Por eso no desesperes —contestó él con voz suave y profunda, tomándola por la cintura—. La noche todavía es joven.
Miley sonrió, sabiendo que, por supuesto, estaba solo flirteando con ella, y dejó que la llevara él. Era un bailarín estupendo. La joven lo estaba pasando realmente bien... hasta que se fijó en Kevin y Nick. Los ojos del primero lanzaban miradas furtivas todo el tiempo en dirección a la mesa de Ashley, y el segundo los estaba observando a Joe y a ella con el veneno de diez serpientes de cascabel.
El corazón de Miley saltó de alegría al ver los celos en sus ojos. Quizá había esperanza. Ese optimista pensamiento se asentó en su mente, haciéndola sonreír y reírse, lo cuál indujo a Joe a pensar que estaba disfrutando de su compañía... y también a Nick, así que cuando terminó la canción, sin que ella lo supiera, Miley estaba en el centro de la tormenta que se estaba formando.
Casi se desató cuando Nick, devorado por los celos, dejó a Kevin con su posible cliente y fue a invitar a Ashley a bailar. Esta dudó, porque vio que Kevin se erguía en su asiento, y parecía dispuesto a empezar una pelea.
—No le importará —le dijo Nick para convencerla—. Vamos, no te vas a pasar toda la noche aquí sola.
Ashley aceptó finalmente no muy convencida, y con cara de preocupación mientras dejaba que Nick la arrastrara a la pista.
Cuando Miley lo vio se le cayó el alma a los pies. Ashley y Nick hacían buena pareja, y comparándose con ella, la joven se sintió menos atractiva que nunca. Bajó la vista hacia el tórax de Joe, terriblemente deprimida. ¿Y si Nick había ido en realidad porque imaginaba que Ashley también iría? O peor, ¿y si tal vez habían ido por separado y ella era su nueva amante? Estaba empezando a encontrarse fatal.
—Tengo la sensación de estar sentado sobre una bomba de relojería —murmuró Joe observando primero a Nick y Ashley y después a Kevin—. No sé qué pretende Nick, pero Kevin lo está mirando como si quisiera matarlo. Fíjate la cara de furia que tiene. Aunque deteste a mi hermana, de algún modo parece como si la considerara de su propiedad.
Miley giró la cabeza para mirar a Kevin y se avergonzó de sí misma al desear que se levantara de la silla y le pegara un buen puñetazo a Nick solo para apartarlo de Ashley.
—Bueno, si Kevin estuviera bailando con otra mujer, ¿cómo crees que se sentiría tu hermana? —inquirió, alzando la vista hacia Joe. Él frunció los labios.
—Supongo que no había pensado en eso —dijo—. Tal vez Nick solo pensó que se debía sentir sola y por eso la ha sacado a bailar —añadió.
Miley suspiró, y Joe estudió la expresión de su rostro mientras observaba a su hermana y a Nick. De pronto observó que la mirada en sus ojos no era muy distinta de la de Kevin: ¡estaba celosa! Si no estaba ya enamorada de Nick, seguramente iba camino de estarlo, se dijo. Comprendió al instante que sus posibilidades eran escasas, y que poco podía hacer al respecto.
A medida que avanzaba la velada, la tensión iba en aumento. Nick parecía disfrutar estar bailando con Ashley, y Miley seguía bailando con Joe, mientras que Kevin continuaba sentado, lanzando miradas de odio a su hermano, y bebiendo mientras hablaba con Fred Harriman que, finalmente, se marchó.
Cuando la canción terminó, Ashley fue a sentarse de nuevo, y Miley, que había dejado a Joe charlando con unos conocidos que se había encontrado, iba también hacia la mesa. Hacía rato que había optado por no mirar a Nick, porque el hacerlo la estaba destrozando, así que no lo vio acercarse y, cuando lo tuvo frente a sí, se puso muy nerviosa y casi derramó la gaseosa. Su reacción dio esperanzas a Nick.
—¿Quieres bailar la siguiente canción conmigo?
Miley alzó el rostro sorprendida.
—No, será mejor que no... —murmuró.
—¿Por qué no? —inquirió Nick, extrañado por el matiz dolido en su voz.
—Porque no quiero herir los sentimientos de Ashley —contestó ella. Se dio la vuelta y buscó frenética con la vista a Joe—. ¿Dónde diablos se habrá metido Joe...? —murmuró nerviosa.
Nick se había quedado clavado en el sitio, pestañeando, sin creerse que Miley hubiera dicho lo que había dicho. ¿Que no quería herir a Ashley? ¿No habría pensado...? De pronto se le ocurrió que, si Miley había llevado sus conclusiones tan lejos como para pensar que había algo entre Ashley y él, Kevin seguramente también lo habría pensado.
Giró lentamente la cabeza hacia la mesa donde Kevin seguía sentado como una estatua, y dejó escapar un improperio entre dientes.
—¡Dios!, ahora sí que la he hecho buena...
Miley vio cómo Nick se dirigía hacia su hermano, abriéndose camino entre la gente, y se preguntó si habría contratado aquel seguro de vida que le habían querido vender unos meses atrás: Kevin parecía dispuesto a arrancarle la cabeza.
Cuando Nick llegó a la mesa, había dos ceniceros llenos en frente de Kevin, y un vaso de whisky medio vacío. Kevin bebía muy de tarde en tarde, y aún cuando estaba enfadado, se limitaba a una sola copa, así que aquel vaso indicó a Nick lo furioso que estaba. Tomó asiento y lo miró a los ojos.
—Kevin, yo... Ashley estaba sola y...
Su hermano no quiso escuchar más. Apuró la bebida de un trago y se puso en pie, la mirada en sus ojos como la de dos trozos de carbón ardiendo.
—Entonces veré qué puedo hacer para arreglarlo.
Nick contuvo el aliento mientras lo observaba ir hasta la mesa de Ashley. Se quedó mirándola fijamente hasta que ella enrojeció, y después simplemente le tendió la mano. Ella puso la suya en la de él, y se dejó llevar hasta la pista, donde se fundieron el uno en el otro al compás de una suave melodía.
Miley suspiró. Se los notaba tensos, como si hubiera algo más que aire entre ellos, pero la felicidad momentánea que iluminó el rostro de Ashley la hizo más hermosa de lo que era. La expresión de Kevin, por el contrario, era inescrutable, pero Miley estaba segura de que, tras seis años de separación, debía sentirse como si hubiera alcanzado las estrellas con las puntas de los dedos.
—Caramba... —fue el comentario admirativo de Joe cuando regresó junto a Miley—. ¿Verdad que parecen dos mitades de un todo?
—¿Porqué rompieron? —le preguntó la joven.
—No lo sé —contestó él con sencillez—, pero tengo entendido que nuestro padre tuvo algo que ver, y uno de sus amigos. Ashley nunca habla de ello. Lo único que sé es que le devolvió el anillo y que desde entonces ha estado resentido con ella.
La música terminó, y la pareja dejó de bailar. Kevin soltó a Ashley muy despacio, pero a continuación se dio media vuelta abruptamente y se alejó, saliendo de la sala de fiestas.
Ashley se había quedado paralizada en medio de la pista, y en ese momento Miley vio a Nick acercarse a ella, inclinarse, decirle algo al oído, y salir con ella del brazo del edificio.
Bailó con Joe varias canciones más, pero al ver que Nick no regresaba, comprendió que debía haberla llevado a casa... y que debía seguir allí. De repente se notó la cabeza mareada, y las manos sudosas.
—¿Puedes llevarme a casa, Joe? —le rogó a su pareja con la voz ronca.
—¿No te encuentras bien? —inquirió él preocupado.
—Estoy cansada —contestó Miley.
Y era verdad, estaba cansada de ver a Nick en acción: primero la rubia, y después Ashley. Y solo en una semana... Obviamente la pequeña y feucha Miley no tenía lugar en su mundo. Alzó la vista hacia Joe, tratando de contener las lágrimas.
—¿No te enfadas conmigo?
—Por supuesto que no —repuso él suavemente.
Miley no habló durante todo el camino, sumida como estaba en sus pensamientos. Era tan extraña la idea de que Nick provocara deliberadamente un enfrentamiento con Kevin... ¿Estaría tomándose la revancha por algo que su hermano hubiera hecho?
Joe la acompañó hasta las escaleras del porche.
—Bueno, ha sido una pena que la velada terminara tan bruscamente, pero espero que lo hayas pasado bien.
—Lo he pasado muy bien —le aseguró Miley sonriéndole.
Joe se inclinó hacia ella inseguro, pero al no resistirse ella, rozó sus labios suavemente. Sin embargo, al notar que no respondía al beso, alzó el rostro, mirándola a los ojos.
—Me da la sensación de que esto es más bien falta de interés que de experiencia, ¿me equivocó? —le preguntó con delicadeza. Miley enrojeció y bajó la vista.
—Tú me caes muy bien, pero... —no sabía como decírselo—. Bueno, y también es cierto que estoy muy verde en esto.
Era justo lo que había imaginado. Joe enarcó una ceja y tomó a Miley por la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Si solo fuera eso último, pequeña Miley, con un poco de colaboración por tu parte podría ocuparme de ello, pero me temo que es una lección que debe enseñarte el hombre por el que suspiras —le dijo besándola en la frente—. Espero que se dé cuenta de lo afortunado que es, eres una chica muy especial.
—Gracias, Joe —dijo sonriéndole—. Si no existiera ese hombre me gustaría que fueras tú quien me enseñara.
—Bueno, podríamos quedar a cenar alguna noche... solo como amigos. Sé cuando una puerta está cerrada, no tienes que preocuparte por eso.
—Me encantaría —accedió Miley—. Eres un buen hombre, Joe.
—Buenas noches —murmuró él acariciándole la mejilla.
—Buenas noches.
Tras verlo alejarse en el coche, Miley entró en la casa, e iba a subir las escaleras para ir a su dormitorio, cuando llegó a sus oídos una interpretación desafinada de cierta canción, una que Kevin cantaba en muy raras ocasiones, cuando había bebido demasiado.

"Nicholas" cap 5,, MM 2/3


Capítulo 5
Miley se sentía muy deprimida cuando llegaron a casa; ya que, durante todo el camino no había podido dejar de pensar en Nick y la mode¬lo.
Kevin aparcó su elegante Thunderbird negro en el baraje, y a Miley la sorprendió ver que el Jaguar de Nick ya estaba allí también.
—Vaya, vaya... Mira quién está en casa —murmu¬ró Kevin lanzando una mirada significativa a Miley—. Parece que esta noche no tenía ganas de estar por ahí hasta el amanecer.
—Tal vez se ha venido pronto de lo exhausto que lo ha dejado esa rubia —repuso Miley en un tono géli¬do.
Kevin no hizo ningún comentario al respecto, pero parecía muy divertido. Encontraron a Nick en el salón con la botella de brandy en la mano y una copa en la otra. Solo se había quitado la chaqueta y la cor¬bata, y tenía las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, y el frontal casi desabrochado por comple¬to. Miley tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no quedarse mirando el masculino torso. Nick se le¬vantó al verlos y fue hacia ellos.
—Así que al fin te has decidido a traerla a casa —le gritó Nick a su hermano—. ¿Sabes la hora que es?
—Las... dos y cuarto de la madrugada —contestó Kevin imperturbable mirando su reloj de pulsera.
—¿Qué diablos habéis estado haciendo?
—Oh, pasarlo bien, ir aquí y allá... Esa clase de cosas —respondió Kevin enarcando una ceja—. Bue¬nas noches, Miley —dijo a la joven, le guiñó un ojo y subió las escaleras.
Miley se sentía como si la hubieran arrojado a los lobos. ¿Por qué había hecho eso Kevin? Nick pare¬cía aún más furioso... si es que eso era posible. Ca¬rraspeó un poco.
—Bueno, creo que me voy a dormir yo también — dijo girando sobre los talones. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, Nick la retuvo por el bra¬zo y la llevó al salón, cerrando la puerta tras de sí. Los ojos negros brillaban peligrosamente y los sensuales labios estaban apretados en una delgada línea.
—¿Dónde habéis estado? —exigió saber—. ¿Y qué habéis estado haciendo? Kevin tiene treinta y siete años, Miley, no es un adolescente.
La joven se quedó mirándolo sin lograr articular una palabra, pero la ira que se había alojado en su in¬terior la salvó de la situación:
—La rubia con la que tú estabas tampoco era nin¬guna colegiala —le espetó con tanta calma como pudo, a pesar de que las rodillas le temblaban. Se apo¬yó en la puerta.
—Mi vida privada es cosa mía —repuso Nick a la defensiva, frunciendo las cejas.
—Por supuesto —asintió ella—. Ya me he entera¬do de que no quieres que mariposee a tu alrededor con ojos de ternero enamorado, y eso es lo que estoy tra-tando de hacer —añadió.
Su respuesta pareció incomodar a Nick.
—Kevin es demasiado mayor para ti —insistió. Miley dejó escapar una risotada irónica.
—Le has puesto pegas a todos los hombres con los que he querido salir, pero no puedes ponérselas a tu propio hermano. Kevin jamás me haría daño y lo sabes.
Nick sabía que era cierto, pero aquello no hacía nada por disminuir sus celos.
—¡Oh, por amor de Dios! —exclamó al no encon¬trar otras palabras.
Miley inspiró profundamente, tratando de controlar los agitados latidos de su corazón.
—¿Qué te importa lo que yo haga? —le espetó de¬safiante—. ¡Como si tú fueras el más indicado para juz¬gar a nadie! ¡Todo el mundo sabe que eres un playboy!
Nick la miró furibundo, intentando contener su creciente ira.
—Yo no soy un playboy —masculló entre dien¬tes—. Solo salgo con alguna que otra mujer de vez en cuando.
—Casi cada noche —corrigió Miley—. No es que a mí me importe —mintió con una fría sonrisa—, por¬que me da igual con quien salgas o entres... siempre y cuando tú no metas las narices en mis asuntos. A par¬tir de hoy pienso salir con quien me venga en gana. Y si no te gusta, ¡ya sabes lo que tienes que hacer! —y salió del salón dirigiéndose hacia las escaleras.
—¡Ni se te ocurra volver a llegar a las dos de la mañana, con o sin Kevin! —le gritó Nick desde abajo mientras ella subía.
—Haré lo que me dé la gana —repuso la joven volviéndose un momento y subiendo el resto de escalones de dos en dos.
Nick dejó escapar un improperio y regresó al salón dando un portazo. ¡Maldita Miley!, ¡malditas mujeres! Sentía deseos de aullar. Estaba arruinando su vida amorosa y su vida laboral. Lo único en lo que po¬día pensar era en aquellos malditos preciosos senos...
Miley lloró hasta quedarse dormida. Había sido un día horrible, y cada vez que se imaginaba a Nick besando a la modelo se ponía enferma. Lo odiaba, lo odiaba con todas sus fuerzas. Tenía que encontrar pronto un apartamento y salir de allí. Después de lo ocurrido esa noche sería un infierno tener que seguir viviendo bajo el mismo techo que Nick hasta que llegara el día de su cumpleaños.
A la mañana siguiente, Miley se despertó bastante tarde. Solía levantarse relativamente temprano para arreglarse e ir a misa, pero le pareció que por un día que no fuera, no pasaría nada. Bajó a la hora del al¬muerzo, vestida con unos vaqueros, un suéter de pun¬to beige y el cabello recogido en una coleta. Parecía que Nick no andaba por allí. Gracias a Dios.
—Buenos días —la saludó Kevin desde la cabece¬ra de la mesa cuando entró al comedor—. ¿Cómo fue anoche?
—No preguntes —gimió Miley. Se sentó y miró nerviosa hacia la puerta del salón—. ¿Nick está...? Kevin negó con la cabeza mientras se servía un poco de agua.
—Está todavía durmiendo —le dijo. Aquello sí que era sorprendente. Nick no acostumbraba a levantarse tarde, ni aunque hubiera trasnochado¬— ¿Qué ocurrió?
—Me dijo que tenía que estar en casa antes de las dos —explicó Miley calmadamente— y que tú eres de¬masiado mayor para mí —añadió con una sonrisa in¬crédula. Kevin se rio—. Se está volviendo loco. No sé qué le pasa últimamente... El problema no puede ser su vida amorosa, la mujer rubia de ayer parecía más que dispuesta a complacerlo —añadió con retintín.
Kevin la miró pero no dijo nada, sino que siguió comiendo el estofado con verduras que María les había preparado.
—Oh, casi lo olvido —dijo de pronto—, llamó Selena hace un rato. Me dijo algo de unos apartamen¬tos que quería que fueses a ver con ella hoy.
—Creo que lo haré —murmuró Miley mirando en dirección a las escaleras.
—Ya sabes lo que pienso respecto a que compartas piso con ella, pero la decisión es tuya —le dijo Kevin. La joven asintió y, tras comer algo, llamó a Selena para decirle que sí iría con ella.
Subió a su habitación para buscar una chaqueta, pero no pudo salir porque, al darse la vuelta, se encon¬tró con Nick allí de pie, mirándola malhumorado y bloqueando la puerta.
Acababa de ducharse, tenía el torso desnudo y el cabello húmedo. Miley no pudo evitar quedarse miran¬do la extensa masa de músculos que tenía ante sí, pero rápidamente subió la mirada, solo para ver que Nick estaba bastante ojeroso. Parecía que había pasa¬do tan mala noche como ella.
—¿Adónde vas ahora? —le preguntó fríamente.
—Voy a buscar un apartamento —respondió ella sin dejarse amilanar—, dentro de un par de meses y medio me hará falta.
—¿Y qué piensa Kevin de eso? —inquirió Nick entornando los ojos.
—Kevin no es el que trata de tenerme encerrada en una jaula dorada —repuso Miley. Estaba cansada de todo aquello, de la ira irrazonable de Nick, y hasta de que Kevin tratara de hacer de Cupido—. Escucha, Kevin solo me dejó que lo acompañara a esa cena de negocios para que no tuviera que quedarme en casa. No aparcó el coche en un lugar apartado para hacerme el amor. No es esa clase de hombre, y debería darte vergüenza haber pensado mal de él. Kevin es como un hermano para mí... lo mismo que tú —añadió apartan¬do los ojos de los de él—. No siento absolutamente nada por ti.
—Eso es una condenada mentira y lo sabes, Miley —le espetó él en un tono gélido. Cerró la puerta tras de sí, y empezó a avanzar despacio hacia ella.
La joven dio un par de pasos atrás, se tropezó can una silla, y la rodeó pegándose a la pared. Nick parecía más peligroso que nunca.
—Pues eso es lo que parece que quieres que sea, tu hermanita pequeña, para que puedas tenerme siempre atada, pero que no me interponga en tu camino ni te mire con ojos de...
—¡Cállate, ya no sé lo que quiero! —bramó él to¬cándose las sienes.
Estaba demasiado cerca de ella, tan cerca que po¬día sentir el calor de su cuerpo y el olor a gel de baño.
—Nick, tengo que irme... —le dijo con la voz quebrada.
Ignorando su ruego, él seguía acercándose a ella, con el pecho subiendo y bajando, como si le costara trabajo respirar. Miley tenía la misma sensación. No quería estar allí ni un segundo más. Pronto se dejaría llevar por su debilidad, y no quería que él volviera a burlarse de ella como lo había hecho.
—Déjame salir, Nick,.. —murmuró temblando.
Pero Nick estaba ya frente a ella, y había toma¬do sus labios en un beso nada suave, dejándola sin aliento. Tenía tal ansia de ella, que se inclinó más aún hacia delante, pegándose a su cuerpo por completo. La chaqueta de Miley le estaba estorbando, quería sen¬tir sus senos contra su tórax desnudo, así que la desa¬botonó y la atrajo hacia sí. Miley gimió al notar el tor¬so de Nick a través del fino suéter de punto.
Nick gruñó extasiado e hizo que abriera la boca, para masajear sensualmente el labio inferior con los suyos. Le introdujo la lengua, enredándola con la de ella, y dejó que todo su peso se apoyara en la jo¬ven, aplastándola contra la pared.
Miley estaba asustada. No había esperado un beso tan adulto, y nunca la había besado alguien con expe¬riencia. Aquella intimidad era demasiado nueva para ella, y también bastante turbadora. Lo empujó para apartarlo.
—¡No! —gimoteó.
Nick apenas la oyó. La cabeza le daba vueltas por la excitación y su cuerpo estaba atormentado por la interrupción. Jadeante, abrió los ojos, y le horrorizó ver temor en los de ella. Estaba llorando.
—Miley —susurró—, cariño...
—Déjame... —gimió la joven—. Suéltame... —lo empujó con más fuerza.
Nick se apartó, y Miley lo rodeó, poniendo una buena distancia de por medio entre ellos. ¡De modo que aquello era la pasión!, se dijo aún aturdida por lo que acababa de experimentar. Le dolía la boca por el ardoroso beso, y también los senos por la presión de su tórax. Podía haber sido un poco más delicado. Lo miró con ojos acusadores, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y cerró la chaqueta. Estaba temblando. Nick se sentía como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un martillo. No se habría esperado ja¬más una reacción así. La macana anterior, en el coche, parecía haber estado deseosa de que la besara, y en cambio en ese momento lo estaba mirando con verda¬dero odio.
—Me has hecho daño —murmuró Miley.
Nick no sabía qué decir. Preocupado, sus ojos oscuros escudriñaron los de ella. Había salido con va¬rias chicos, no podía creer que...
—¿No te habían besado antes? —le preguntó sua¬vemente.
—Por supuesto que sí —contestó ella a la defensi¬va—, pero nunca..., ¡no de ese modo!
Nick enarcó las cejas. Estaba empezando a comprender.
— ¡Por Dios, Miley, así es como se besan los adul¬tos! —le explicó.
—¡Pues entonces no quiero ser adulta! —le espetó la joven—, no me gusta que me traten con esa brusquedad.
Nick la vio girarse sobre los talones y salir he¬cha una furia de la habitación, pero no hizo siquiera ademán de detenerla. Su reacción lo había dejado to¬talmente fuera de juego. Había imaginado que no sabría mucho de sexo, pero parecía totalmente ingenua.
Aquello debería haberle agradado, pero le resulta¬ba por el contrario muy irritante que pensara que la había tratada con brusquedad. ¡Por Dios, tendría que haberla dejado salir con Gaston!, así se habría enterado de lo que era un tipo sin delicadeza.
Maldijo entre dientes y le dio un puñetazo a la ba¬randilla. Su respiración todavía era trabajosa, y los la¬tidos de su corazón aún no se habían normalizado. Se sentía acalorado y frustrado. Estaba furioso. ¡Conde¬nada chiquilla, lo estaba volviendo loco!
Necesitaba otra ducha. Regresó al cuarto de baño, se desnudó y abrió la ducha. Al menos era una suerte que la desagradaran sus besos, porque no volvería a besarla hasta que las ranas criaran pelo.
Entretanto, Miley estaba subiendo al coche de su amiga. Las manos todavía le temblaban un poco. ¿Cómo podía haberla tratado de ese modo si la que¬ría? Eso probaba lo poco que le importaba en realidad. Solo había querido obtener placer para sí, no darle placer a ella. ¡Que se quedara con sus estúpidas ru¬bias! Lo odiaba. A pesar de todo, trató de recobrar la compostura. No quería que Selena la notara rara y em¬pezara a hacerle preguntas que no quería contestar.
Aparcaron en la ciudad, y se dirigieron a la primera dirección que tenía Selena en su lista. El apartamento estaba justo sobre una confitería y frente a un banco. A Selena no le gustó porque solo había un dormitorio, y quería tener privacidad. Miley prefirió no hacer ningún comentario, pero estuvo de acuerdo porque estaba en pleno centro, y seguramente habría mucho tráfico por las noches.
Visitaron varios sitios más, pero solo hubo otro que les pareció aceptable. Era una casa de huéspedes, y la habitación que alquilaban estaba en el piso de arriba. La dueña era una tal señora Simpson, que las recibió amistosamente, pero daba toda la impresión de ser una de esas caseras demasiado maternales y coti¬llas. Aquello no le gustó un pelo a Selena. No quería a una mujer mayor controlándolas y dándoles la lata.
Sin embargo, Miley estaba empezando a sacar sus propias conclusiones. Seguramente tenía intención de dar fiestas en el apartamento y llevar hombres allí, y eso sacaría de quicio a Kevin y Nick.
—Creo que yo sí alquilaré la habitación —le dijo a la señora Simpson—. Espero que pueda guardármela, no me mudaré hasta dentro de unas semanas...
Selena miró a Miley extrañada, pero no se entrome¬tió en su decisión.
—No hay problema, querida —le aseguró la mujer.
Cuando salieron, Miley le preguntó a su amiga:
—¿Qué te parece?, ¿por qué no alquilas tú el apartamento que había en el centro? Así cada una tendría su privacidad y podríamos ir a visitarnos.
—Bueno... —respondió Selena enarcando una ceja—, no me parece mal, pero yo creía que íbamos a vivir juntas.
—Seré honesta contigo, Selena —repuso Miley—: tú quieres llevar hombres al apartamento, y Nick y Kevin no me dejarían respirar si se enteraran.
Sele a se encogió de hombros.
—Como quieras —respondió—. Estoy agotada de tanto andar. Vamos a tomar un café.
Caminando por la calle en busca de una cafetería agradable, se toparon con Joe Tisdale y su hermana Ashley al torcer la esquina.
—¡Vaya, hola, Joe, hola Ashley! —los saludó Selena.
—Hola —los saludó Miley a su vez—, ¿cómo es¬táis?
—No muy bien, pero gracias por preguntar —sus¬piró Ashley, esbozando una sonrisa a pesar de todo. Era una mujer realmente preciosa de rasgos deli¬cados, cabello rubio y largo, y los ojos de un verde muy peculiar. Tenía una boca perfecta y era bastante esbelta. Miley siempre pensaba al verla que podía haber ganado una fortuna como modelo, pero Nick le había contado que los Tisdale jamás habrían permitido que su única hija se dedicara a semejante profesión.
Joe tenía el cabello muy oscuro, casi ne¬gro, los mismos ojos verdes, y la tez aceitunada. Era tan grande como Nick, pero no tenía sus músculos. Por el contrario, su cuerpo era flexible como el de un gran felino, y por sus andares resultaba igual de ame¬nazador. Era atractivo, pero tenía carácter, y las mujeres solían encontrarlo irresistible.
—¿Qué hacéis en la ciudad un domingo? —inqui¬rió Joe.
—Estábamos buscando un apartamento que com¬partir, pero al final hemos decidido que cada una alquilaremos uno por nuestra cuenta —explicó Miley.
—Íbamos a tomar un café, ¿queréis uniros a noso¬tras? —los invitó Selena.
—Gracias, creo a Joe le vendrá bien —les dijo Ashley—, necesita animarse un poco. Ayer tuvimos un golpe terrible, y hoy otro aún peor.
Miley alzó la mirada hacia él. Desde luego parecía bastante preocupado, lo cuál no era en absoluto usual en él.
—Lo siento —les dijo—. ¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó.
—Me temo que no, pero gracias por ofrecerte — murmuró él.
Calle abajo encontraron una cafetería y, en cuanto se hubieron sentado, acudió una camarera a atender¬les. Una vez hicieron el pedido, la chica se retiró.
—Joe me ha contado lo que ocurrió la otra no¬che, en ese local nuevo —le dijo Ashley a Miley. —Sí, espero que Nick no te tratara con dema¬siada dureza de vuelta a casa —intervino su hermano. —No, la regañina de siempre nada más —mintió Miley. Logró esbozar una media sonrisa con esfuerzo.
—Eres un diablillo, Miley —le dijo Ashley con una sonrisa pícara—, siempre haciendo cosas que te están prohibidas..,
—Solo quería saber lo que me estaba perdiendo — suspiró Miley con comicidad.
—Y yo hice lo que pude por ayudarla —intervino Selena—, pero después de todo tuviste suerte de que fuera Nick quien viniera a recogerte y no Kevin. Nick es más tolerante.
—No lo creas —repuso Miley con tirantez—, últi¬mamente no.
A la mención de Kevin, Ashley se sonrojó y se quedó muy callada. Miley se sentía mal por ella. Kevin no había superado aún su rechazo, y probablemente jamás lo haría, algo de lo que Ashley sin duda debía ser consciente.
—Y hablando de Kevin... ¿Cómo está? —inquirió Joe en un tono despreocupado, demasiado despreo¬cupado para resultar convincente.
—Pues va del trabajo a casa, de casa al trabajo... —respondió Miley.
En ese momento regresó la camarera y tras servir¬les lo que habían pedido se retiró de nuevo.
—En fin —prosiguió Miley—, la verdad es que de un tiempo a esta parte no sale mucho, se ha vuelto bastante solitario.
—Yo conozco un caso muy parecida —apuntó Joe lanzando una mirada significativa a su hermana. Ashley se removió incómoda en su asiento.
—¿Y cómo va vuestro negocio? —inquirió Selena para romper el silencio que se produjo.
—Tal como está la situación se acabará yendo al diablo —confesó Joe con pesimismo—. Nuestro pa¬dre hizo algunas malas inversiones antes de morir, y hasta la fecha solo hemos ganado para pagar las deudas, pero este mes las cosas han empeorado y... —los rasgos de su rostro se endurecieron—. Me temo que tendremos que vender a Jerónimo.
—Oh, Joe, ¡cuánto lo siento! —murmuró Selena contrayendo el rostro—. Es tu caballo favorito.
—Y el mío también —dijo Ashley con un suspi¬ro—, pero no tenemos otro remedio que venderlo. Aun así, nos gustaría que se lo quedara alguien de nuestra confianza.
—Tal vez pueda convencer a Kevin para que lo compremos nosotros —propuso Miley.
—No creo que sea una buena idea —repuso Ashley—, si le pidieras eso se subiría por las paredes.
—Cierto —asintió Joe sonriendo a Miley—. No te preocupes, a mí también me gustaría saber que lo dejo en buenas manos, pero a veces las cosas son como son.
—Yo tengo una prima aquí en el estado de Texas que está intentando sacar adelante sola un rancho de caballos, si queréis podría preguntarle —se ofreció Selena.
—Te lo agradeceríamos muchísimo —le dijo Joe con una sonrisa.
Siguieron charlando sobre cosas sin importancia y, mientras hablaban, Miley no pudo evitar quedarse mi¬rando a Ashley intrigada. Era una mujer tan singular-mente hermosa que parecía increíble que se hubiera sentido alguna vez atraída por alguien como Kevin, que no era, atractivo. Pero entonces Miley recordó la noche ante¬rior en Houston, cómo Kevin la había apoyado, y ya no le pareció tan sorprendente. Lo verdaderamente sorprendente era que Kevin hubiera dejado escapar a Ashley, que no hubiera luchado por ella. Era terrible la idea de que dos personas se hubiesen amado tanto para convertirse un día en enemigos acérrimos. Pare¬cía que, después de todo, el amor no era muy durade¬ro, se dijo la joven.
Ashley consultó la hora en su reloj de pulsera. —Joe, deberíamos irnos ya. Tengo que llamar a Barry Holman sobre esos bonos y acciones que vamos a venderle —le dijo a su hermano—. Disculpadnos, chicas, nos encantaría quedarnos más rato. Me ha en¬cantado volver a verte, Miley. Últimamente casi no nos vemos, ¿verdad? En fin, supongo que si tratara de poner un pie en el umbral para visitarte, Kevin sería capaz de quemar la casa...
—En mi vida he conocido a nadie tan rencoroso... —murmuró Joe airado—. Y sin llevar razón, ade¬más.
—Déjalo, Joe —le suplicó Ashley—. No quiero que discutamos eso delante de Miley. Su lealtad, lo quiera o no, siempre estará de parte de Kevin, y es na¬tural, porque él, junto con Nick, la ha cuidado y criado.
—Lo siento —se disculpó Joe con los ojos bri¬llantes por la rabia contenida. Dirigió una sonrisa amable a Miley—. El viernes que viene hay un baile de cuadrilla, ¿te gustaría ser mi pareja?
La joven se quedó dudando un instante. Nick se pondría furioso si iba con Joe, pero, por otra par¬te, si aceptaba, aquello le demostraría que no era el único hombre en el mundo.
—¡Joe, no! —le rogó Ashley a su hermano—. ¿No ves que si haces eso solo conseguirás empeorar más las cosas?
—¿Para quién? —repuso Joe—. ¿Podrían empeo¬rar acaso más para ti? ¡Por Dios, si llevas una vida casi monástica!
Ashley dejó la servilleta con calma sobre la mesa.
—Mi forma de vida no es cosa de nadie excepto mía —le dijo poniéndose de pie—. Miley, si vas con Joe a ese baile, Kevin se pondrá hecho un energúme¬no y saldrás pagando tú el pato. Ya no es el hombre que era, y yo me sentiría fatal si te hiriese a ti el fuego cruzado.
—No le tengo miedo, Ashley —contestó Miley—, bueno, no demasiado. En realidad es Nick quien me tiene asfixiada. Creo que ir con Joe a ese baile podría ayudarme a demostrarle que ya no soy una niña.
—¿Lo ves? —le dijo Joe a su hermana—. ¡Y tú pensando que lo hacía solo por irritar a tu ex prometi¬do!
—¿Y no es así? —inquirió Ashley desafiante. —Tal vez —concedió Joe alzando la barbilla con arrogancia.
Cuando salieron de la cafetería, Joe iba delante, charlando con Selena, mientras que Miley y Ashley los seguían a paso tranquilo.
—Tú también debes haber notado el cambio en Kevin, Miley —le dijo Ashley—, antes se reía más, no se mostraba tan frío e inflexible... no hasta que le de¬volví el anillo de compromiso. Eso hizo que me detes¬tara —murmuró. De pronto detuvo a Miley, agarrán¬dola por el brazo—. Miley, no vayas con Joe al baile, por favor, no hagas más daño a Kevin. En reali¬dad es muy vulnerable, por mucho que quiera ocultar¬lo...
—Lo sé —le dijo Miley poniendo una mano sobre la de la otra mujer. Le daba la impresión de que aún estaba enamorada de Kevin—. Siento que las cosas te estén yendo tan mal, Ashley. De todos modos, quiero que sepas que Kevin no ha vuelto a salir con nadie más, no ha habido nadie más para él.
Los labios de Ashley temblaban. Apartó la mirada. y alzó la cabeza para evitar que escaparan las lágrimas de sus ojos.
—Gracias —murmuró con la voz ronca par la emoción.
Miley querría haberle dicho algo más, pero los otros estaban esperándolas impacientes. Se despidie¬ron al llegar a un cruce.
—Te recogeré el viernes a las seis, Miley, ponte algo sexy —le dijo Joe guiñándole un ojo.
—Pues tú deberías ponerte ropa de rugby, con el casco y las protecciones... por si Kevin se pone violen¬to —le aconsejó ella riéndose.
Selena llevó en coche a Miley hasta el lugar donde esta había dejado el suyo la noche del striptense. Al fin podría recogerlo... Lo había echada mucho de me¬nos. Cuando llegaron allí, antes de que Miley se baja¬ra, su amiga le dijo:
—No me gustaría estar en tu pelleja. No creo que le haga mucha gracia a Kevin...
—Tranquila, no crea que llegue la sangre al río— repuso Miley.
—¿Y qué dirá Nick? —inquirió Selena incli¬nándose para ver el rostro de su amiga.
Miley se había puesto pálida como una sábana. De pronto había acudido a su mente el recuerdo del violento beso de aquella mañana. Tragó saliva con difi¬cultad.
—No creo que le imparte en absoluto.
—Yo no estaría tan segura... —murmuró Selena—. En fin, te recordaré en mis oraciones.

"Nicholas" cap 4,, MM 1/3


Capítulo 4
Miley consiguió meterse el camisón de satén plateado, pero mareada como estaba por los efectos del alcohol, no acertaba a meter los botones del delantero en los ojales. Frustrada, alzó la vista hacia el espejo, y la sorprendió el aire tan sexy y sofisticado que le otorgaba el camisón abierto, dejan¬do parte de sus senos sonrosados al descubierto. Pare¬cía mucho más madura así. Se rio ante su ridícula fas¬cinación, y se dejó caer sobre la colcha rosa pálido de la cama con dosel, dejando uno de sus senos totalmen¬te al descubierto. La joven cerró los ojos despreocupa¬da. ¿Qué importaba?, se dijo dejándose arrastrar por el sueño, no iba a entrar nadie a verla.
Nadie... excepto Nick, que abrió la puerta muy despacio y entró con sigilo para casi caerse de espal¬das ante lo que vio. Se quedó sin aliento.
Miley respiraba tranquila, se había quedado dormi¬da, Nick suspiró aliviado. Mejor así. No habría sido capaz de decir nada coherente. Nunca había pen¬sado en Miley como una mujer, pero, en ese momento, viéndola allí echada, con ese camisón plateado, y un delicioso seno totalmente expuesto a la vista, lo excitó tremendamente.
Se había quedado paralizado junto a la puerta, asi¬milando por primera vez el hecho de que Miley ya no era una chiquilla. Lo que tenía frente a sí lo declaraba a gritos. Y entonces comprendió cuál era el motivo por el cual se había sentido tan raro últimamente, por qué había estado sobreprotegiéndola, por qué andaba todo el día haciéndola enfurecer deliberadamente... Porque la deseaba.
Cerró sin hacer ruido la puerta tras de sí, y se acercó a la cama. ¡Dios, era tan preciosa! Los músculos de su rostro se contrajeron. Se daba asco a sí mismo por estar devorándola con la mirada, pero no podía evitarlo.
Se preguntó si habría permitido que alguno de los chicos con los que había salido le viese los senos. El solo pensamiento lo puso furioso, y todo su cuerpo se tensó. La idea de imaginar a otro hombre mirándola, acariciándola, abriendo la boca sobre aquellos suaves montículos y estimulando sus cumbres para endure¬cerlas... Sacudió la cabeza para apartar esos horribles pensamientos.
—Miley —la llamó con voz ronca.
La joven se revolvió en sueños, haciendo que el frontal del camisón se abriera por completo. Nick se estremeció ante la increíble visión que se le ofrecía de los dos senos perfectos, maravillosos.
Masculló una palabrota entre dientes y se obligó a inclinarse sobre ella para abrocharle el camisón. No podía creerse lo nervioso que estaba. ¡Si hasta le tem-blaban las manos! Gracias a Dios que Miley no estaba despierta para verlo tan vulnerable.
La joven gimió sensualmente cuando los duros nudillos de Nick rozaron su piel, y se arqueó hacia él aún dormida, como un gatito mimoso.
Nick contuvo la respiración. El tacto de la piel de Miley tenía la suavidad de la seda, y era además tremendamente cálido. Apretó los dientes y abrochó cada botón, hasta el último. A continuación, la tomó en brazos y la levantó, para retirar la colcha y meterla de nuevo en la cama.
En ese instante, los ojos de la joven se abrieron pe¬rezosos. Observó los duros rasgos de él en la oscuri¬dad y sonrió suavemente.
—Estoy dormida, Nick —murmuró acurrucán¬dose contra su cuello. El dulce aroma que emanaba de ella y la presión del frágil cuerpo femenino estuvieron a punto de hacerle perder el control.
—¿De veras? —murmuró, de nuevo con voz ronca por la excitación. La colocó sobre el colchón, acunán¬dole la mejilla contra su mano antes de depositarla en la almohada, sus labios a unos centímetros de los de ella.
Miley le echó los brazos al cuello, pero él los reti¬ró metiéndolos bajo la colcha y la sábana.
—Nunca me habías arropado antes —murmuró la joven soñolienta.
—Pues no esperes que te cuente una historia — contesto él con sentido del humor—, eres demasiado joven para oír las que me sé.
—Supongo que sí. Soy demasiado joven para todo... Demasiado joven —murmuró Miley bostezan¬do y cerrando los ojos de nuevo—. Oh, Nick, ojalá fuera rubia…
—¿A qué viene eso ahora? —inquirió él perplejo. Pero la joven se había vuelto a quedar dormida, Nick se quedó observándola pensativo un buen rato y volvió a salir tan sigilosamente como ha¬bía entrado.
Kevin salía del salón cuando Nick llegaba al pie de las escaleras.
—¿La has traído a casa? —le preguntó.
—Sí, está en la cama, borracha como una cuba —añadió con una media sonrisa.
Kevin lo miró con los ojos entornados y el ceño fruncido.
—¿Qué te ha pasado? Te sangra el labio. Nick se llevó la mano a la boca.
—Un pequeño altercado en ese local nuevo —con¬testó Nick con ironía. Fue junto al mueble bar y se sirvió un buen lingotazo de brandy—. ¿Quieres uno?
Kevin meneó la cabeza y encendió un cigarrillo bajo la mirada desaprobadora de Nick. Les había prometido a él y a Miley que iba a dejarlo, pero siem¬pre recaía.
—¿Cuál fue el motivo de la pelea? Nick tomó un sorbo de su vaso.
—Miley.
—¿Miley? —repitió Kevin enarcando las cejas.
—Selena Gómez, la había llevado a ese sitio y la es¬taba dejando emborracharse. Cuando la encontré la había dejado sola y un tipo estaba intentando propa¬sarse con ella.
—El otro día fue al striptease, y hoy se va a un club nocturno a emborracharse... —murmuró Kevin pensativo—. Algo le pasa a nuestra chica.
—Lo sé —asintió Nick—. Solo que no tengo ni idea de cuál pueda ser el problema. En cualquier caso no me gusta nada lo que esa Selena está tratando de hacer, pero tampoco puedo explicárselo a Miley.
—Está tratando vengarse de ti a través de Miley, ¿no es cierto? —adivinó Kevin.
—Bingo —asintió Nick levantando el vaso como para brindar por él y apurando la bebida—. Estaba obsesionada conmigo, y la rechacé. ¿Qué espera¬ba? Es amiga de Miley. No puedo salir con una amiga de Miley.
—¿Y Miley?, ¿está bien?
—Sí, sí, no le ha pasado nada —lo tranquilizó Nick. Sin embargo, prefirió omitir que la había metido en la cama, y que estaba bebiendo porque estaba preo-cupado por ella, cosa que raramente hacía —. Ese per¬vertido solo la asustó un poco.
—¿Y qué hiciste?
—Le di su merecido, claro está.
—Bien hecho. En fin, lo único evidente en todo este asunto es que Miley sigue necesitando de alguien que la vigile de cerca.
—Amén. ¿Quieres que la echemos a cara o cruz?
—¿Por qué iba a querer interferir cuando tú lo ha¬ces tan bien? —repaso Kevin con una sonrisa burlona. Sin embargo, la sonrisa se desvaneció de sus labios al observar la seriedad en los ajos de su hermano— . Nick... Recuerdas que Miley cumple los veintiuno dentro de tres meses, ¿verdad? Y creo que ya está bus¬cando un apartamento con Selena.
El rostro de Nick se endureció.
—Esa «amiga» suya la corromperá, y no quiero que Miley terminé pasando de mano en mano entre los ex novios de Selena como si fuera unas entremeses.
Kevin enarcó las cejas. La voz de Nick sonaba agitada. Bien pensado, lo cierto era que estaba bastan¬te rara...
—Solo somos los tutores legales de Miley —le recor¬dó—, no tenemos derecho a tomar decisiones por ella. Nick le lanzó una mirada furiosa.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede cruza¬do de brazos, esperando a que aparezca un vaquero borracho y la desflore? ¡Y una mierda!
Se giró sobre los talones y salió como un torbelli¬no de la habitación. Kevin apretó los labios y esbozó una sonrisa divertida.
Miley se despertó a la mañana siguiente con dolor de cabeza y la sensación de que le esperaba un día di¬fícil. Se incorporó hasta quedarse sentada, agarrándo¬se las sienes. Eran las siete de la mañana, y tenía que estar en la oficina a las ocho y media. Seguramente Kevin y Nick estarían desayunando ya. Al pensar en la comida le sobrevino una náusea.
Se bajó de la cama tambaleándose y fue al cuarto de baño para lavarse un poco. Cuando fue a quitarse el camisón, la extrañó encontrarse con que lo tenía abro¬chado. ¡Qué curioso!, hubiera jurado que la noche an¬terior no había sido capaz de hacerlo... Seguramente se habría despertado en un momento dado, abrochado, metido bajo la ropa de la cama, y vuelto a dormir.
Era sábado, pero aún en fin de semana se trabajaba en la nave, porque no se podía descuidar al ganado, y también había que hacer el papeleo. Miley se había he-cho ya a la idea, y se había convertido en rutina el tra¬bajar también en sábado. Podía tomarse la tarde libre si quería, pero en los últimos meses no lo había hecho, porque así podía ver a Nick más tiempo.
Se puso un traje de falda y chaqueta gris claro con una camisa de seda azul y se recogió el cabello con una pinza. Se maquilló un poco, y se calzó unos zapa¬tos de tacón. No era una gran belleza, se dijo mirándo¬se en el espejo, pero no iba a presentarse ante Nick, que seguramente estaría furioso, pálida como un fantasma y hecha un adefesio.
Cuando bajó, encontró a los dos hermanos desayu¬nando. Nick la miró muy serio cuando se sentó.
—Ya era hora —le dijo con aspereza—, tienes un aspecto horrible, y lo tienes bien merecido. ¡No quiero volver a verte en un bar con esa Selena Gómez!.
—Por favor, Nick... Ahora no —murmuró Miley—, tengo la cabeza como un bombo.
—No me extraña —repuso él.
—¿No puede uno desayunar siquiera en paz? —in¬tervino Kevin.
—Cállate —le espetó Nick.
—Estupendo —masculló Kevin tomando una de las galletas de María.
Miley se sirvió un café bien cargado.
—Será mejor que te tomes unas aspirinas antes de irte, Miley —le dijo Kevin amablemente.
—Lo haré —respondió la joven esbozando una sonrisa agradecida—. En fin, está visto que la ginebra no me sienta bien.
—Ninguna bebida alcohólica es buena —la alec¬cionó Nick.
—¿Y entonces por qué te tomaste casi entera mi botella de brandy anoche? —preguntó Kevin enarcan¬do una ceja. Pero Nick no le contestó; se puso de pie y arrojó la servilleta sobre la mesa.
— Me marcho.
—¿Por qué no te llevas a Miley en tu coche? —su¬girió Kevin con una expresión extraña—. El suyo si¬gue en Tisdaleville.
—No voy a ir directamente a la nave —repuso Nick. No quería estar a solas con Miely, no des¬pués de cómo la había visto la noche anterior. Apenas podía mirarla sin recordar...
—No he acabado de desayunar —contestó Miley, molesta de que Nick no quisiera su compañía—. ¿Puedo tomar prestada otra vez tu camioneta? —le dijo a Kevin—. Puedo conducir. Tampoco bebí tanto.
—Claro, por eso anoche caíste en la cama nada más acostarte —contestó Nick con ironía. Miley se había quedado sin respiración. Por fortuna Kevin estaba sirviéndose una taza de café y no los miró, pero Miley alzó los ojos hacia Nick, y supo al instante por el modo en que sus facciones se tensa¬ron, que la había visto con el camisón desabrochado. Se puso roja como un tomate, y sintió que las piernas le temblaban.
De pronto, Nick la agarró por el brazo y la hizo levantarse.
—Olvídate del desayuno, ya tomarás algo en la ca¬fetería. Te llevaré. No estás en condiciones de condu¬cir.
Kevin sí estaba mirándolos en ese momento, y sus ojos pasaron perplejos de las mejillas encendidas de Miley a la expresión tirante de Nick.
La joven comprendió que irse con Nick era lo mejor. La azoraba la idea de estar a solas con él tras lo ocurrido, pero mucho menos quería quedarse con Kevin, porque estaba segura de que le haría contárselo. Nick debía haber pensado lo mismo.
La arrastró fuera sin que pudiera darle tiempo si¬quiera a decirle adiós a Kevin.
—¿Te importaría aminorar el paso? —le pidió ja¬deante mientras se dirigían al coche—. Mis piernas no son tan largas como las tuyas, y siento como si la ca¬beza me fuera a estallar.
—Tal vez el dolor de cabeza te venga bien después de todo —le dijo Nick—, te quitará las ganas de volver a irte a la aventura.
Miley lo miró airada, pero no dijo una palabra. En¬traron en el Jaguar de Nick y este arrancó, pero no se dirigió a la nave, sino que tomó una pista asfaltada, deteniéndose en medio del campo.
Se quedó callado, observando pensativo sus manas sobre el volante, mientras Miley recobraba el aliento y reunía el valor necesario para reclamarle:
—¿Cómo te atreviste a entrar en mi habitación sin llamar?
—Sí que llamé, lo que pasa es que no me oíste.
La joven se mordió el labio inferior y giró la cabe¬za hacia los pastos.
—Miley, por amor de Dios, no hagas un drama de esta —le dijo él—. ¿Preferirías que te hubiera dejado como estabas? ¿Y si esta mañana hubieran entrado Kevin o López a despertarte?
Miley tragó saliva. Tras un minuto largo, con las mejillas encendidas, se volvió hacia él insegura.
—Nick... No tenía todo el pecho al aire... ¿ver¬dad?
Él la miró a los ojos, y de pronto sintió que no po¬día apartar la vista. Estaba tan bonita... Sin darse cuenta de lo que hacía, extendió el brazo y le acarició el cuello.
—No —mintió. Al ver la expresión de alivio en el rostro de ella, supo que había hecho lo correcto—. Solo te abroché los botones y te tapé con la colcha y la sábana,
—Gracias —musitó Miley.
Las dedos de Nick subieron hacia la mejilla de la joven.
—Miley, ¿has dejado alguna vez a un hombre ver tus senos? —le preguntó de improvisa.
La pobre Miley balbuceó algo incomprensible y bajó la vista nerviosa.
—Déjalo, no importa —replicó él suavemente—. Imagino que no...
—No vuelvas a hacerme esa clase de preguntas.
—¿Por qué no? —murmuró él alzándole la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Si quieres que te trate como a una persona adulta...
Miley se removió inquieta en su asiento. La hacía sentir tan ingenua que quería llorar.
—Déjame, Nick, por favor —le rogó cerrando los ojos con fuerza.
—¿Tan asustada estás de mí? —le preguntó él con voz acariciadora.
Le acarició los labios con el índice, y Miley se es¬tremeció, abriendo los ojos al instante, todo el deseo y el temor reflejado en ellos. Fue entonces cuando Nick perdió el control. ¡Ella también lo deseaba! ¡Tanto como él a ella! ¿Era esa la razón por la que ha¬bía estado tan inquieta últimamente, porque estaba sintiéndose atraída por él y quería ocultárselo por to¬dos los medios? Tenía que saberlo.
Miley no acertaba a pronunciar palabra. Se sentía como si él estuviese tratando de leer en su mente. —No estoy asustada. ¿Podemos irnos ya? —¿Estás tratando de negar lo que sientes, Miley?, ¿vas a decirme que no quieres que te bese?
El pulso de la joven se aceleró ante aquellas pre¬guntas. ¡La había descubierto! Si no paraba pronto aquello, tendría que hacerlo ella. Tal vez le pareciese muy divertido, pero no quería que la hiriese. Trató de apartarlo, empujándolo por el hombro, pero sus ojos volvieron a encontrarse, y se notó estremecer de arriba abajo.
Aquel contacto visual fue distinto de cualquier otro que hubiera experimentado antes. Era muy adul¬to, muy revelador. Los dedos de Nick subían y bajaban por su garganta, y la boca entreabierta descen¬dió hacia la de ella, deteniéndose a unos centímetros, entremezclándose el aliento de los dos.
—Ni... ck —susurró Miley ansiosa.
Lo escuchó contener el aliento, y tomarla por la nuca para hacer que inclinara la cabeza.
—Hace mucho tiempo que quiero hacer esto —¬murmuró Nick mientras se acercaba más—. Lo deseo tanto como tú...
Sin embargo, justo antes de que su boca llegara a fundirse con la de ella, el sonido de un vehículo que se aproximaba lo; hizo separarse.
Nick se sentía desorientado. Miró en el espejo retrovisor, para comprobar que un pequeño camión se acercaba por detrás. Le costaba respirar, y se notaba los músculos tensos.
Giró la cabeza hacia la joven. Se había apartado, quedándose al borde del asiento, junto a la puerta, como un animalillo asustado, y estaba temblando. Al verla así. Nick se avergonzó de lo que había estado a punto de hacer, Demonios, nunca había querido complicaciones, y Miley era la mayor de todas las que había tenido que afrontar hasta entonces.
—Será mejor que nos vayamos. Hay mucho traba¬jo por hacer —le dijo arrancando el Jaguar. Siguió ha¬cia delante para poder dar la vuelta en una curva y unos minutos más tarde estaban en la nave—. Ve a la oficina —le indicó a la joven—. Yo tengo que ir a Tisdaleville para tratar unos asuntos con nuestro abogado —añadió en un tono desprovisto de emoción. En reali¬dad no era cierto, pero necesitaba pasar unos momen¬tos a solas para tranquilizarse. Aquello era absurdo. Se sentía tan tenso como un chico joven la primera vez, y estaba perdiendo su sentido del humor. No que¬ría que Kevin lo viera así y empezara a hacerle pre¬guntas embarazosas.
—Está bien —respondió Miley con la voz quebra¬da.
Nick la miró inseguro. Parecía tan agitada, que si los empleados la veían así querrían saber qué le ha¬bía sucedido.
—No ha pasado nada —le dijo—, y no pasará si dejas de mirarme como un ternero enamorado.
Miley dejó escapar un gemido de indignación. Le lanzó una mirada dolida, se bajó del coche, y se enca¬minó a la oficina sin volverse.
Nick estuvo a punto de ir tras ella. No había querido decirle eso, pero estaba perdiendo el control sobre sí mismo, y le aterraba pensar lo que podía lle¬gar a hacer si seguía mirándolo con ojitos tiernos. No podía hacerle el amor, era solo una adolescente, y él era su tutor. Sin embargo, por mucho que se repitió eso una y otra vez en su mente, la imagen de Miley medio desnuda en la cama volvía a asaltarlo. Gimió con enorme frustración y pisó el acelerador para ale¬jarse de allí.
Miley no creía que pudiera sobrevivir a la jornada, pero, increíblemente, lo logró. En un principio le ha¬bía parecido imposible actuar como si nada hubiese pasado, pero por suerte, como Kevin sabía que tenía resaca, debió atribuir a ello su palidez y su comporta¬miento taciturno. Además, Nick no apareció en todo el día, y así al menos no tendría que soportar la humillación de tener que dirigirle la palabra después de lo que había dicho,
—Creo que necesitas desconectar un poco, Miley —le dijo Kevin acercándose cuando estaba recogiendo sus cosas después del almuerzo—. ¿Te apetece venir a cenar conmigo a Houston? Tengo una cena de nego¬cios con un hombre y su esposa, y no me apetece nada ir solo.
Kevin estaba sonriendo, y su amabilidad y dulce preocupación le llegó al alma a la joven. No era el hombre frío y sin sentimientos que la gente creía. Solo era un hombre triste y solitario, que debería haberse casado hacía tiempo y haber tenido un montón de, ni¬ños a los que malcriar.
—Me encantaría —le dijo. Sí, sería un cambio agradable cenar fuera, sobre todo porque así no ten¬dría que ver a Nick. Claro que era sábado por la noche, y los sábados Nick casi siempre salía.
—Estupendo. Iremos a casa a cambiarnos y saldre¬mos a las seis.
Miley se puso para la ocasión un vestido de tercio¬pelo color borgoña. Le llegaba hasta la rodilla, y tenía tirantes y el escote en forma de uve. No era muy sexy, pero sí elegante.
—Muy guapa, sí, señor —aprobó Kevin cuando se encontraron al pie de la escalera. Miley sonrió, pero miró inquieta hacia el pasillo, temiéndose que apareciera Nick—. Me dijo que no vendría hasta tarde —la tranquilizó adivinándole el pensamiento—. ¿Ha¬béis vuelto a tener un encontronazo?
—El peor que puedo recordar —asintió ella sin querer entrar en detalles—. Nick actúa últimamen¬te como si me odiara.
Alzó la vista hacia Kevin y vio que tenía una ex¬presión extraña en el rostro.
—Y tú no sabes por qué... —murmuró este—. Bueno, dale tiempo, Miley, Roma no se hizo en un día.
—No te comprendo —replicó ella parpadeando perpleja.
Kevin se rio suavemente y la tomó por el brazo.
—No importa. Anda, vamos.
Kevin aparcó frente a un discreto restaurante, don¬de los esperaban ya los Trevor, el matrimonio con el que se había citado. Clara y Henry Trevor poseían un pequeño rancho en Montana, y se dedicaban a la cría de ganado vacuno. Rondarían casi los cincuenta, pero eran muy joviales y agradables, y Miley hizo migas in-mediatamente con la mujer, mientras el marido y Kevin hablaban de negocios.
La joven lo estaba pasando francamente bien... hasta que alzó la mirada hacia la pista y vio un rostro Familiar. Nick estaba allí, bailando con una rubia despampanante. Tenía las manos en torno a su cintura, y se sonreían el uno al otro como si fueran amantes.
Miley se estaba sintiendo enferma, y se notó de pronto las manos frías y sudosas. Después del hiriente comentario de aquella mañana, esa visión era como la estocada final. Aquella era la clase de mujer que le gustaba: esbelta, hermosa, sofisticada… Aquella debía ser una de sus amantes, una de esas mujeres a las que no llevaba a casa.
—¿Te ocurre algo, Miley? —inquirió Kevin de re¬pente. Sin embargo, al momento siguió su mirada en dirección a la pista y comprendió.
—¿No es ese Nick? —inquirió el señor Trrevor sonriendo—. ¡Qué casualidad! Le diremos que se acer¬que para ver qué opina de mi propuesta —y antes de que los otros pudieran detenerlo, se dirigió a la pista.
—Señora Trevor, ¿le importaría acompañarme al aseo un momento? —le pidió Miley a la mujer con una sonrisa débil pero convincente.
—¿Cómo no, querida? Discúlpanos, Kevin —dijo Clara poniéndose de pie y yendo delante.
Cuando Miley pasó, junto a la silla de Kevin, este la retuvo un momento por el brazo.
—Tranquila —le susurró— te sacaré de aquí en cuanto pueda. ¿Quieres algo de beber?
Miley bajó la vista hacia él, al borde de las lágri¬mas ante la inesperada comprensión de Kevin.
—¿Podría tomar piña colada con un poco de ron? —inquirió.
—Por supuesto, creo que lo necesitas. Anima esa cara y mantén la cabeza bien alta.
—Gracias, «hermano mayor» —dijo Miley son¬riéndole con cariño.
—No hay de qué —respondió él sonriendo tam¬bién—. Vamos, vete.
Justo en ese momento se aproximaba Nick con el señor Trevor, Miley inspiró profundamente, lo saludó con un gesto de la cabeza, y se marchó hacia los lava¬bos sin prisa aparente.
Diez minutos después, la señora Trevor y ella regre¬saban a la mesa. Nick se levantaba en ese instante con la rubia colgada de su brazo. Miley hizo un esfuer¬zo enorme por no mostrar sus celos. ¡Cara de ternero enamorado, había dicho! ¡Se iba a enterar!
—¡Hola, Nick! —lo saludó sonriendo y sentán¬dose junto a Kevin—. Que restaurante tan estupendo, ¿verdad? Kevin me invitó porque le pareció que me vendría bien salir un poco. ¿No te parece que ha sido muy considerado? —tomó su vaso de piña colada y bebió un buen sorbo, aliviada al notar que no sabía de¬masiado a ron, y de ver que su mano no había tembla¬do.
—Claro, ya es una chica mayor —le dijo Kevin a su hermano. Se recostó contra el respaldo del asiento, como desafiándolo a decir algo.
A Nick no parecía hacerle mucha gracia la idea de que su propio hermano quisiera fastidiarlo, y cuan¬do Kevin le pasó un brazo por los hombros a Miley, lo miró de un modo que dio la impresión de que fuera a saltarle a la yugular como un león.
—Estoy cansada, Nick —suspiró la rubia acurru¬cando la cabeza en el hueco del cuello de él—. Nece¬sito dormir... después de otras cosas —le dijo sugeren¬te con una mirada pícara.
Miley alzó la barbilla, mirando a Nick directa¬mente a los ojos.
—Pásalo bien, «hermanito» —le dijo con fingida despreocupación. Incluso logró esbozar una sonrisa. Levantó su vaso, tomó un sorbo y le hizo un guiño a la rubia, quien le devolvió la sonrisa.
Nick parecía estar tratando de encontrar su voz. Ver a Miley can su hermano lo estaba volviendo loco. Nunca había considerada esa posibilidad. Kevin no era un playboy, pero era un hombre maduro, muy masculino, y después de todo había atraído a una be¬lleza como Ashley Tisdale.
Nick no había tenido intención de salir aquella noche, pero la cita había surgido a pesar de todo, y ha¬bía pensado que sería un buen modo de quitarse a Miley de la cabeza unas horas. Lo cierto era que ni si¬quiera le gustaba demasiado, pero era alguien con quien pasar el rato sin que supusiera una amenaza para sus emociones. Lo que no esperaba en ningún caso era que se encontraran con Miley. Se había senti¬do realmente avergonzado, como si le estuviera siendo infiel a una esposa.
Y sin embargo... ¿Estaba Miley molesta con él? Por mucho que escudriñara sus facciones, no lograba ver el más mínimo rastro de celos. Iba más maquillada que de costumbre y aquel vestido le sentaba como un guante. Estaba preciosa. ¿Se habría dado cuenta Kevin?
—Nick...—lo instó de nuevo la rubia—. Estoy can¬sada. He tenido un día muy largo, el desfile de esta tarde ha sido agotador, y los pies están matándome. ¿Nos vamos ya?
—Enseguida —asintió Nick quedamente—. Os veré después —le dijo a Kevin.
—Bien —contestó Kevin entre divertido e incrédu¬lo por lo acartonado que parecía su hermano—. Por cierto, tal vez volvamos a casa un poco tarde, así que no te preocupes si llegas y no nos encuentras allí. He pensado en llevar a Miley a bailar —añadió con la sonrisa arrogante que Nick detestaba.
—¿De veras? —dijo Miley tratando de mostrarse lo más emocionada posible.
El rostro de Nick se contrajo, y esbozó a duras penas una sonrisa.
—Buenas noches entonces —dijo con tirantez. Y casi no escuchó lo que le decían los otros mientras sa¬lía del restaurante con su acompañante.
—Lo has hecho muy bien —le susurró Kevin a Miley mientras se alejaban.
—¡Oh, Henry, mira la hora que es! —exclamó de pronto la señora Trevor—. Deberíamos irnos nosotros también. Mimi ya estará echándome de menos.
—Es nuestra perrita —aclaró su marido—. Clara la mima de un modo terrible —dijo meneando la cabeza. Se pusieron en pie, y tras despedirse de Kevin y Miley se marcharon también, dejándolos solos.
Las lágrimas que la joven había estado contenien¬do rodaron por sus mejillas.
—Lo sabes, ¿verdad, Kevin? —inquirió sin atre¬verse a mirarlo.
—¿Te refieres a cómo te sientes? —le preguntó él con suavidad. Ella asintió con la cabeza—. Tienes que procurar que él no se dé cuenta. Es muy cabezota y aunque sienta lo mismo por ti se negará a aceptarlo una y otra vez. Dale tiempo y no lo agobies.
—Vaya, sabes mucho de hombres —murmuró Miley hipando entre risas.
—Bueno, tal vez sea porque yo soy un hombre — contestó él con una sonrisa—. Anda, sécate las lágri¬mas y vámonos a casa —le dijo ofreciéndole su pa¬ñuelo—. Creo que ya hemos mortificado a Nick bastante. La idea de que salgamos juntos debe haberlo puesto furioso.
—¿Tú crees?
—Pues claro —asintió él con una sonrisa—. Va¬mos, Miley, no es el fin del mundo. Eres joven y tienes mucho tiempo por delante.
—Sí, pero, ¿qué voy, a hacer hasta que llegue el fu¬turo? Me está volviendo loca.
—Tal vez deberías ponerte a buscar en seria un apartamento —le aconsejó Kevin—. La casa estará muy vacía sin ti, pero me temo que es la única solu¬ción posible... por el momento.
—Ya lo había pensado yo también —le confesó Miley—, pero es que Nick no me dejará jamás irme a vivir con Selena.
—Miley... —¿cómo decírselo sin contarle que su amiga estaba despechada con Nick?—. A mí esa chica también me parece bastante alocada. Creo que lo mejor sería que alquilases una habitación en una casa de huéspedes, pero eso es decisión tuya —añadió con voz queda—. No voy a decirte lo que tienes que hacer. Ya eres mayor para decidir por tu cuenta y riesgo.
—Gracias, Kevin —dijo ella suavemente—. La mujer que se case contigo será muy afortunada.
De pronto la expresión de Kevin se endureció, y el humor que había brillado antes en sus ojos se esfumó.
—Ese es un error que no cometeré —le contestó—. Ya hice el idiota una vez.
—Pero Nick dice que no dejaste a Ashley ex¬plicarte su versión de la historia ——repuso Miley—. que no la escuchaste.
—El hecho de que me devolviera el anillo lo decía todo —respondió él secamente—. Y no quiero hablar más de eso, Miley —advirtió con una mirada peligrosa.
—Lo siento —se disculpó ella—. No hurgaré más en la herida.
—Vámonos —le dijo Kevin extendiendo la mano para alcanzar la nota y pagar en la barra—. Tardaremos unas dos horas en llegar a casa. Seguro que para enton-ces Nick estará esperándonos y echando chispas.
—Lo dudo —murmuró Miley pesimista—. La mu¬jer con la que estaba era muy guapa.
—A la hora de la verdad a los hombres no nos im¬porta tanto el aspecto como se suele decir —le confió Kevin—. Además, ¿no te fijaste en lo avergonzado que estaba de que los encontráramos aquí?
—Me da igual, voy a olvidarme de él —repuso la joven, queriendo sonar resuelta—. Gracias por llevar¬me contigo, Kevin, la cena ha sido maravillosa.
—No me des las gracias —replicó él enarcando una ceja—. Debería dártelas yo a ti. Lo he pasado muy bien, y es mucho mejor que quedarse en casa viendo una película —añadió riéndose.
Miley querría haberle preguntado por qué no había vuelto a quedar con nadie, y si todavía, después de seis años, seguía enamorado de Ashley. Nick ase¬guraba que sí, pero a Kevin era imposible sacarle una palabra al respecto, y Miley no quería molestarlo abriendo viejas heridas.

jueves, 7 de enero de 2010

"Nicholas" cap 3

ooola
lo sientoo mill chicas!!!
peroo esk ia entre a la escuela
i no e tenido tiempo...
el sabadoo les subo maratonn...
las kieroo♥




Capítulo 3
Miley cenó sola. Habían llamado a Kevin por teléfono al poco rato de llegar a casa, y le había dicho a María que le pusiera la cena en una bandeja para que pudiera ver la película que había comprado mientras comía. Nick había ido a casa también, para cambiarse para su cita, ynMiley se quedó en su habitación hasta que se marchó. No quería siquiera enterarse de cómo se había puesto de guapo. Le repugnaba la sola idea de imaginarlo con alguna rubia a la que no podía ni deseaba poner cara. Entonces fue cuando decidió que tenía que salir de allí o reventaría. No había planeado rebelarse aquella noche, pero sencillamente no podía sentarse con Kevin a ver su película. Si lo hacía, estaba segura de que no le prestaría ninguna atención, que solo se deprimiría acordándose de Nick, de modo que se puso unos pantalones, una blusa, se peinó el cabello y llamó por teléfono a Selena.
—¿Estarías dispuesta a echarme una mano para rebelarme?
Selena se rio por lo bajo.
—Tienes suerte de que el hombre con el que iba a salir haya llamado para anularlo. De acuerdo, estoy dispuesta. ¿Contra qué vas a rebelarte?
—Nick me pilló anoche en la cola del striptease y me arrastró a casa —le explicó Miley—. Y hoy... Bueno, no importa, el caso es que ha vuelto a tratarme como si fuera una niña. Así que he pensado que esta noche me gustaría probar ese nuevo pub discoteca de Tisdaleville, para darle en las narices.
Selena volvió a reírse..
—Esa sí que es una gran idea. Te recogeré en quince minutos, Miley.
—Bien, te estaré esperando.
Miley corrió al pisa de abajo, despreocupándose de cómo fuera a reaccionar Nick ante lo que iba a hacer. Que se fastidiara. Él ya tenía una cita, ¿no? Horribles imágenes de su cuerpo bronceado en la cama con la rubia sin cara cruzaron por la mente de la joven, atormentándola. No, se dijo sacudiendo la cabeza obstinada, no iba a dejar que las acciones de Nick la hirieran por más tiempo. ¡Iba a salir al mundo, e iba a vivir!
Asomó la cabeza por la puerta del salón. Una fina columna de humo se elevaba frente a la pantalla del televisor, donde hombres uniformados se disparaban unos a otros.
—Voy a salir con Selena —informó a Kevin.
Este giró la cabeza para mirarla. Tenía las largas piernas cruzadas sobre la mesita baja, un vaso de brandy en una mano, y un cigarrillo en la otra.
—De acuerdo, Miley —asintió sin ponerle pegas—. Pero no te metas en problemas, ¿eh? Nick y tú andáis como el perro y el gato últimamente, y él no parece necesitar muchas excusas para lanzarse a tu garganta.
—Tranquilo, me portaré bien. Selena y yo solo vamos a ese local de baile nuevo. Te prometo que no haré ninguna locura. Buenas noches
—Buenas noches.
Y así, Kevin volvió con las balas y las bombas, y Miley cerró la puerta con un suspiro. Kevin era un verdadero encanto. Nunca había tratado de coartarla.
¿Por qué no podría ser Nick como él? Le entraban ganas de matar a alguien cuando pensaba en lo sobre protector que podía llegar a ser. Su vida era suya, y él no tenía derecho a entrometerse. Y no iba a deprimirse por su indiferencia. ¡Ni hablar!
Selena llegó unos minutos después y, con un suspiro de alivio, Miley subió al deportivo de su amiga.
Era viernes por la noche, y el Dance Palace de Tisdaleville estaba a rebosar. Los fines de semana tocaban en directo una banda del Oeste, y se servían bebidas alcohólicas bastante fuertes. Decididamente era la clase de local al que Nick le prohibiría ir, se dijo Miley con una sonrisa traviesa. En la pista bailaban varias parejas.
—Tranquila, Nick no se enterará de que has venido aquí —le dijo Selena riéndose—. Es verdaderamente ridículo cómo trata de controlarte todo el tiempo.
—No creas que no se lo he tratado de hacer ver, pero no sirve de nada —contestó Miley—. No sé por qué no llega a comprender que lo único que quiero es valerme por mí misma.
—Con un poco de suerte no tendrás que esperar demasiado para eso —le confió su amiga—, hay unos apartamentos que quisiera que vinieras a ver conmigo. El otro día estuve hablando con el agente inmobiliario.
—Estupendo —aprobó Miley.
Tomó un sorbo de su bebida mientras ignoraba lomo podía la descarada mirada del hombre que había sentado en la mesa de al lado. No había dejado de mirarla desde que habían llegado. Debía rondar los cuarenta, y no era precisamente guapo. Era muy moreno v tenía una incipiente tripa de cerveza. Llevaba un sombrero de vaquero calado hasta los ojos, y claramente había bebido varias copas de más.
—Ese tipo tan raro no me quita los ojos de encima —le siseó a Selena con desagrado mientras dejaba sobre la mesa el vaso de ginebra.
Detestaba la ginebra, pero Selena le había insistido en que en un local así no podía pedir una gaseosa. —Pasa de él, ya se cansará. ¡Mira, es Joseph! ¡Eh, Joe!
En un instante, Joseph Tisdale estaba a su lado. Era un hombre Joven, alto y fornido, de ojos negros y sonrisa ligeramente arrogante. A Miley siempre le había infundido algo de temor, pero lo cierto era que no se pavoneaba como harían otros con la fortuna que su familia poseía, y tampoco era un esnob, a pesar de que la localidad de Tisdaleville llevaba ese nombre por su abuelo.
—¡Eh!, hola, chicas —las saludó. Tomó una silla de otra mesa y se sentó a horcajadas en ella, con el respaldo delante—. Miley, ¿sabe Nick que estás aquí?
Miley se removió incómoda en el asiento y se llevó otra vez el vaso a los labios.
—Soy mayor de edad. Tengo tanto derecho como cualquiera a tomarme una copa si me apetece, y Nick no es mi dueño —le soltó de un tirón. Se sentía la lengua extraña, como si se le hubiera hinchado. o se le hubiese vuelto de trapo.
—Oh... oh... —fue la respuesta de Joe. Se giró hacia Selena y la señaló con un dedo acusador—. ¿Es esto cosa tuya?
Selena parpadeó rápidamente con las largas pestañas postizas que llevaba, fingiéndose ofendida.
—Yo solo le he facilitado el transporte, eso es todo. Miley es mi amiga y estoy ayudándola a rebelarse.
—Pues si no te andas con cuidado, Nick os matará a las dos —le advirtió Joe—. Por cierto, ¿dónde está? —le preguntó a Miley.
—Ha salido con una de las mujeres de su harén — contestó Miley con desagrado—. No es que a mí me importe, claro. Así al menos me lo quito de encima de vez en cuando —añadió en un tono lo más despreocupado posible.
—Miley se está tomando la revancha —le explicó Selena muy solícita—. Nick la sacó a rastras el otro día de la cola del teatro.
—¡Miley! —exclamó Joe con los ojos como platos—. ¡¿Ibas a ver ese striptease masculino?! Acostumbrada a esas reacciones puritanas en casa, la joven lo miró molesta y contestó desafiante:
—¿Y cómo quieres que me entere de cómo va el mundo sino? Si por Nick fuera llevaría una venda en los ojos durante el resto de mi vida. Por su culpa no puedo siquiera tener citas como cualquier chica de mi edad.
—Oh, vamos, Miley, te trata así porque eres como una hermana pequeña para él —repuso Joe defendiendo a su amigo—. Lo que pasa es que no quiere que acabes haciéndote daño.
—Soy mayor, si me da la gana puedo tirarme desde un puente —gruñó Miley.
Sonaba muy segura de sí misma, pero lo cierto era que se estaba sintiendo cada vez peor. Cerró los ojos un momento pero se forzó a abrirlos al instante. Joe podía ser tan aguafiestas como Nick y Kevin, y si se daba cuenta de que estaba mareada y con ganas de vomitar la sacaría de allí antes de que pudiera decir una palabra.
—¿Qué estás tomando? —inquirió Joe mirando el vaso suspicaz.
—Ginebra —respondió ella con firmeza—. ¿Quieres un poco?
—No, gracias, no bebo —contestó él con una leve sonrisa—. Buena, tengo que irme. Cuida bien de ella, Selena.
—No necesito que me cuide nadie —intervino Miley enfurruñada.
—¿No te quedas a bailar con nosotras? —inquirió Selena.
—No puedo, he de recoger a Ashley —dijo Joe poniéndose de pie—. Esta noche trabajaba hasta tarde. Tiene el coche en el taller.
—¿Sabes qué? —murmuró Miley alzando la vista hacia él—. Ashley tiene suerte de tener a un hermano como tú. Seguro que no le pones espías que la vigilen mientras trabaja, ni guardaespaldas que la sigan de cerca cuando vuelve tarde a casa, ni matones que le quiten de encima a los pretendientes, ni...
Joe pestañeaba repetidamente, mirándola confuso.
—Tranquilo, es solo que está enfadada con Nick, nada más. Claro que yo no podría enfadarme con un hombre tan encantador porque se mostrara demasiado protector conmigo...
—No creo que lo encuentres tan encantador si se entera de que has traído a Miley aquí —advirtió Joe—. ¿No lo has visto nunca enfadado?
Selena se apartó el cabello rizado del rostro, incómoda.
—Miley dice que Kevin puede ser peor —apuntó.
—Yo no estaría tan seguro de eso —repuso Joe enarcando una ceja—. Están cortados por el mismo patrón —se volvió hacia Miley y le puso una mano en el hombro—. No bebas más de eso —le dijo señalando el vaso de ginebra con un gesto de la cabeza.
—Lo que tú digas, Joe —le dijo Miley sonriendo burlona—. Buenas noches.
—Buenas noches —contestó él.
No estaba seguro de que fuera una buena idea dejarla allí, pero a pesar de todo se dio media vuelta y salió del local.
—¡Qué raro!, ¿verdad? ¿Qué estaría haciendo aquí? —dijo Selena—. Si no bebe...
—Tal vez estuviera buscando a alguien —sugirió Miley—. Muchos rancheros se reúnen aquí los fines de semana, ¿no? —tomó un trago más del vaso—. Esto no está malo del todo, ¿sabes?
—Creí que ibas a hacerle caso a Joe —le dijo su amiga entre divertida y preocupada. Le pareció que un poco de alcohol la animaría, pero parecía que no lo aguantaba demasiado bien.
—Odio a los hombres —declaró Miley—. A todos los hombres, pero sobre todo a Nick —y tomó otro trago más.
Selena decidió que tal vez sería mejor no tentar a la suerte.
—Oye, Miley, no te muevas de aquí. Vuelvo enseguida, ¿de acuerdo?
Se puso de pie y salió del local, esperando que Joe no estuviera ya muy lejos. Intuía que iba a necesitar ayuda para sacar a Miley de allí si no dejaba de beber.
En cuanto Selena se levantó, el hombretón de la mesa contigua que no había quitado a Miley el ojo de encima, aprovechó la ocasión. Se sentó junto a ella, y sus ojillos hundidos la recorrieron de abajo arriba.
—Bueno... Solos al fin —le dijo en un tono libidinoso. Apestaba a alcohol y sudor—. Eres una monada. Me llamo Tom, y vivo solo. Estoy buscando a una mujer que me cuide, me limpie la casa, cocine para mí... y a la que hacerle el amor todas las noches. ¿Qué dices?, ¿no te gustara venir conmigo?
Miley se estremeció y trató de apartarse de él, pero el tipo le había rodeado la cintura con el brazo, —¡Déjeme! —gimoteó asustada.
—No te me pongas tímida ahora... Si estabas aquí con tu amiguita es porque buscabas algo, ¿no es así? Pues yo puedo dártelo... —le pasó un dedo sucio por el brazo—. Vamos, dale un besito al tío Tom...
Intentó atraerla hacia sí, pero Miley se revolvió y le volcó el resto de la ginebra encima. El tipo se puso de pie maldiciendo, con una mirada homicida en los ojos de borracho.
—¡Lo has hecho a propósito! —le gritó agarrándola de la muñeca y retorciéndosela—. ¡Te vas a enterar, puerca!
Miley sentía un dolor cada vez mayor, pero el tipo no la soltaba. La gente que estaba alrededor se había vuelto y miraban, pero nadie hacía nada por ayudarla. Quería llorar.
—Suéltala.
Aquella voz le sonó profunda, peligrosa, y, lo mejor de todo, familiar. Miley se quedó sin respiración al reconocerla, así como al hombre alto y de pelo chino a su lado. ¡Nick!
—¡Métete en tus asuntos! —le espetó el sucio borracho.
Nick le agarró el brazo y se lo retorció hasta que el hombre aulló y gimoteó como un niño. Nick lo soltó y el tipo se dejó caer al suelo, agarrándose el miembro dolorido.
Otro hombre, más joven y forzudo, avanzó hacia Nick.
—¡Eh, tú!, ¿qué le haces a mi amigo?
—Darle su merecido. ¿Acaso tienes algo que objetar? —los ojos de Nick relampagueaban.
—¡Ya lo creo!
El hombre le lanzó un puñetazo, pero era demasiado lento. Nick se apartó a tiempo, lo agarró y lo arrojó sobre una de las mesas, que se partió en dos como una nuez.
Nick se agachó para recoger el sombrero, que se le había caído al esquivar el golpe, y se peinó el cabello con los dedos mientras miraba desafiante en derredor.
—¿Alguien más? —invitó a los que lo observaban. La gente empezó a dispersarse y la banda comenzó a tocar de nuevo. Nick se volvió hacia Miley.
—Um... Hola —acertó a decir la joven—. Pensé que tenías una cita.
Nick no dijo nada, pero las llamas en sus ojos lo expresaban todo. No admitiría jamás que la cita que había tenido era una cena de negocios, ni lo furioso que se había sentido al verla acosada, y en ese momento desde luego le parecía que holgaba decirle que había imaginado que algo así ocurriría en su ausencia.
—¿No has visto a Selena? —inquirió Miley ansiosa.
—Por suerte para ella no —respondió él en un tono gélido—. Ve por tu bolso.
Miley, temblorosa, rebuscó por el suelo debajo de la mesa hasta dar con él. No había duda de que Nick tenía un don especial para intimidar a la gente, pensó mientras iba hacia él y lo veía colocarse el sombrero. Los dos hombres a los que se había enfrentado parecían haber perdido su bravuconería y se apartaron cuando pasaron a su lado. Pero quizá, lo más sorprendente de todo, se dijo Miley, era lo tranquilo que se veía a Nick a pesar de la que se había armado en un momento.
En la puerta del local estaban Selena y Joe. La amiga de Miley miró a Nick aprensiva.
—No ha sido exactamente culpa mía, Nick —comenzó en un tono avergonzado.
Nick la miró con frialdad.
—Ya sabes lo que pienso de esta «amistad», y sé cuál es la razón que hay detrás de ella, aunque Miley Cyrus no lo sepa.
Debía estar realmente enfadado, pensó Miley, nunca la llamaba por su nombre completo. ¿Qué habría querido decir con aquello?, pensó extrañada. ¿Y por qué se había puesto de pronto Selena tan colorada?
—Será mejor que vaya a buscar a Ashley —murmuró Joe—. Iba a ofrecerle a Miley que si quería que la llevara a casa, pero, dadas las circunstancias, me alivia que hayas aparecido —le dijo a Nick.
—Si Kevin, se entera de que has estado aquí con ella te pegaría un puñetazo, pero gracias de todos modos —contestó este. Tomó a Miley del brazo y la hizo andar hacia su Jaguar—. Imagino que ha sido tu «amiga» quien te ha traído a la ciudad.
—Sí —asintió la joven sin alzar la vista—, vinimos en su coche —se sentía cansada y mareada. «Ahora sí que debo parecer una chiquilla inmadura», pensó, «siendo salvada del matón de turno en el recreo por mi hermano mayor», Los ojos le escocían por las lágrimas, pero las retuvo con gran esfuerzo para que Nick no advirtiese lo agitada que estaba.
Entraron en el coche.
—No puedo creerlo —murmuró él furioso, casi para sí, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Me gustaría saber qué diablos te ha dado últimamente. La otra noche te encuentro haciendo cola para ver un striptease masculino, y hoy estás emborrachándote en un bar y ligando con extraños.
—¡Yo no estaba ligando con ese tipo! — protestó Miley con la voz temblorosa por la ira—. ¡Ni siquiera iba vestida de una forma provocativa!
Nick la miró de hito en hito.
—¡Estabas en un bar, sin acompañante, esa es toda la provocación que un hombre necesita!
Miley rehuyó su mirada. Sabía que, de no hacerlo, se echaría a llorar. Junto las manos con fuerza sobre su regazo y giró la cabeza hacia la ventanilla mientras él arrancaba.
—¿Quieres que te lleve en brazos a la casa? —le ofreció Nick mientras la ayudaba a bajar del coche, al ver que se tambaleaba un poco.
—No, gracias —repuso Miley observando que Nick la llevaba a la puerta de la cocina—. ¿Vas a hacerme entrar por la puerta de atrás para que Kevin no me vea? —le dijo desafiante.
—Fue Kevin quien me dijo dónde estabas —contestó él mientras introducía la llave en la cerradura y abría—. Está todavía viendo su película.
—Oh —musitó Miley. Entró en la casa—. ¿Y tu cita?
—Eso no importa ahora —respondió Nick con aspereza—, pero desde luego cada vez estoy más convencido de que he desarrollado un radar interno para cuando te metes en problemas.
Miley enrojeció. Se sentía muy extraña aquella noche: asustada y nerviosa, e incluso un poco insegura. Además, la ginebra había eliminado en cierto modo sus inhibiciones, y tendría que tener mucho cuidado para no dejar entrever a Nick lo vulnerable que se sentía cada vez que se acercaba a ella.
Fue delante de él, atravesando la enorme y reluciente cocina y el pasillo, hasta llegar a las escaleras — Miley —la llamó Nick antes de que empezara a subirlas.
Ella se detuvo, pero no se volvió, no se atrevía, por miedo a que su rostro delatara sus sentimientos. De pronto él estaba detrás de ella, demasiado cerca.
—¿Qué es lo que te ocurre, cariño?
El tono de su voz le partió el corazón a Miley. Era un tono que no solía oírle demasiado, el que empleaba con los niños, y con los potrillos. Lo había empleado también con ella el día que perdió a su madre en el accidente.
La joven se irguió, tratando de controlar el temblor de sus piernas.
—Es que... ese... ese hombre... —comenzó, incapaz de decirle que era desdichada porque sabía que jamás podría amarla.
—Olvídate de él, Miley, no era más que un maldito borracho —le dijo Nick. La tomó por tos hombros v la hizo volverse hacia él. Era curioso cómo, teniendo la fuerza que tenía, podía asirla con tanta suavidad—. Tú estás bien, y eso es lo que importa —le dijo suavemente—. No ha pasado nada.
—Claro que no ha pasado —murmuró Miley hundida—, porque tú me rescataste... Siempre me rescatas —cerró los ojos y una lágrima rodó por su mejilla—. ¿No has pensado nunca que si siempre me sacas las castañas del fuego jamás podré valerme por mí misma? — alzó los ojos borrosos hacia su rostro—. Tienes que dejarme probar mis alas, Nick. Tienes que hacerlo...
Había mucho de verdad en las palabras de la joven, y lo cierto era que Nick no sabía qué responder. Nunca antes había advertido en ella aquella inquietud, aquella prisa por alejarse de él. Estaba melancólica, cuando a lo largo de los cinco años anteriores se había mostrado siempre como un duendecillo alegre y travieso, siempre dispuesto a la risa, instándolo a tomar parte en sus juegos. Miley no podía imaginar lo sombría que había sido la vida en aquella casa antes de que fuera a vivir con ellos. Kevin casi nunca se reía, y Nick había terminado acostumbrándose y pareciéndose a él, pero Miley les había devuelto la sonrisa a los dos, había coloreado su mundo, antes gris. Era una chica de rasgos más bien corrientes, pero cuando se reía... Cuando se reía era preciosa.
—Yo... No me importa que vayas a sitios normales —murmuró—, pero primero te pillo haciendo cola para ver a un puñado de hombres desnudarse, y después te vas a un club a emborracharte... ¿Por qué? —le preguntó suavemente. Había curiosidad y preocupación en su voz.
Miley parecía incómoda.
—Esas cosas me producen curiosidad —respondió finalmente.
Nick la miró a los ojos durante largo rato.
—No se trata solo de eso —le dijo relajando la suave presión sobre sus brazos. Miley podía sentir el calor de sus manos a través de la tela de las mangas—. Hay algo que te está carcomiendo. ¿No puedes contarme qué es?
Miley se quedó sin respiración. Había olvidado lo perceptivo que podía ser. En ocasiones parecía que pudiera ver a través de ella. Bajó la vista, pero fue aún peor, porque vio el pecho de Nick subiendo y bajando. Podía entrever el vello del tórax a través de los botones superiores abiertos. Le había visto el torso desnudo algunas veces, al salir de la ducha, y siempre sentía un deseo difícilmente refrenable de correr a su lado para acariciar la vasta extensión.
—Miley, ¿estás escuchándome? —murmuró Nick de pronto sacudiéndola suavemente.
Sus ojos se encontraron frente a frente, y Miley creyó ver por un instante algo en ellos, pero luego todo volvió a ser oscuridad y secretos. Entreabrió un poco los labios, dejando escapar un suspiro de frustración. ¿Por qué seguía sintiéndose mal? Cuando Selena le había contado que la semana pasada lo había visto con una rubia despampanante, se había hecho la firme promesa de sacarlo de su mente, de resignarse. Al fin y al cabo era lo más lógico, ella no tenía nada que hacer, no era sofisticada. Por eso había tratado de escapar de su influjo la noche anterior, y esa noche, pero había fracasado. Allí hacia donde se dirigiera, se topaba siempre con él, persiguiéndola, sin darse cuenta del daño que le hacía.
—¿Qué? —preguntó aturdida.
Nick suspiró con pesadez y sacudió la cabeza.
—Es imposible tratar de razonar contigo en este estado. Vete a la cama.
—Era lo que iba a hacer.
Se dio la vuelta y subió las escaleras, los ojos llenos de lágrimas que no quería que él viera. «¡Oh, Nick!», gimió para sí, «estás matándome...».
Entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí. Pensó en echar el pestillo para que no la molestaran, pero la idea se le antojó ridícula. ¡Como si Nick fuera a subir para consolarla o pedirle disculpas! Entró en el cuarto de baño para lavarse la cara, y mientras abría el grifo prorrumpió en una risa entre amarga y divertida por lo surrealista de la idea.

sábado, 2 de enero de 2010

"Nicholas" cap 2


ooola
chicas lo sientoo
no habia podido subir novee...
peroo aki esta el capp
ii FELIZ AÑO NVO!!
8 comentarios para el sig...


Capítulo 2
A la mañana siguiente, Miley se las arregló para saltarse el desayuno. La actitud de Nick la irritaba sobremanera. No la quería para él, pero con esa actitud tan posesiva de que hacía gala, era imposible que se le acercase otro hombre. Como mínimo, resultaba tremendamente frustrante. Cierto que no había nada acerca de sus sentimientos, pero ella tampoco quería que se enterase de que estaba loca por él.
Un hombre como Nick, adinerado y bastante atractivo, podía tener a la mujer que quisiera, y era obvio que nunca se interesaría por una chica tan corriente y poco sofisticada como ella. Aquella certeza le dolía muchísimo; y también era la razón por la que se comportaba con rebeldía. No quería pasar el resto de su vida penando por un hombre al que no podía tener, y la única alternativa posible era encapricharse de otro, pero, ¿cómo hacerlo si Nick no la dejaba respirar?
Al haber tenido que dejar el coche en la ciudad, no tuvo más remedio que tomar prestada la vieja camioneta de Kevin para ir a la nave de engorde. Gracias al hincapié que los dos hermanos hacían a sus empleados sobre la higiene, el olor de la nave era mucho más soportable que el de otras en las que había visitado con Nick. Ese mantenimiento implicaba más gastos, pero también mejores resultados, ya que apenas había muertes de ganado por enfermedad, y eso les había conseguido buena fama entre los rancheros que les llevaban a sus reses.
Era temprano, y Miley encontró la oficina desierta. Tenía por compañeras a tres mujeres, todas casadas, y su trabajo consistía en redactar y organizar los registros, los contratos, partes de vacunación de las reses y demás.
Antes de entrar a formar parte del negocio, Miley nunca habría imaginado que fuese tan grande y complicado.
El tamaño de la nave, incluso para un lugar como Texas, donde todo se hacía a lo grande, resultaba descomunal. La zona vallada se extendía hacia el horizonte, y los novillos, al moverse de aquí para allá levantaban una polvareda formidable.
Dejó el bolso sobre el escritorio y encendió el ordenador. Tenía varios contratos de nuevas partidas de clientes de cuatro patas esperando para ser rellenados.
En la nave solo aceptaban novillos que pesaran entre los doscientos setenta y los trescientos kilos, y los engordaban hasta que alcanzaban el peso de matadero: entre los cuatrocientos cincuenta y los quinientos kilos. Los Jonas contaban con un nutricionista residente y un experimentado ganadero que se encargaban de regular la rutina de alimentación de los animales dos veces al día, con el sistema altamente automatizado de que disponían.
La nave había logrado tal renombre que se encontraba entre las mejores del país, pero era un negocio que también conllevaba enormes riesgos: una posible caída en el precio del ganado, una epidemia inesperada, o una sequía, por ejemplo.
A Miley le fascinaba la enorme actividad del negocio. Allí fuera, en ese mismo momento, había miles de novillos y vaquillas mugiendo, grandes camiones de ganado que iban y venían, y peones jaleando a los animales para reunirlos, vacunarlos o descornarlos. El ruido podía llegar a ser casi ensordecedor a pesar de las paredes insonorizadas de la oficina.
Miley metió el primer contrato en la máquina de escribir eléctrica y trató de descifrar la nota que lo acompañaba. La letra de Caudell Ayker, el gerente de la oficina, era como la de un médico. Era el segundo en la cadena de mando, después de Nick. Los hermanos Jonas tenían la propiedad conjunta del negocio, pero Kevin se encargaba solo de las finanzas. No se le daba bien tratar con los clientes y, por tanto, prefería dejarle eso a Nick.
Esa era precisamente una de las razones por las que a Miley le gustaba tanto trabajar allí, porque le permitía tener más contacto con Nick. Y hablando del rey de Roma, ¿quién sino Nick fue a entrar en ese momento por la puerta? La pobre Miley levantó la vista y se lo encontró de frente, tan guapo con su traje color tierra claro, que apretó la tecla equivocada y se imprimieron varias equis en el contrato. Contrajo el rostro con fastidio y volvió hacia atrás para corregirlo, pero ya era demasiado tarde, así que arrancó irritada el papel de la máquina y metió otra copia para volver a empezar.
—¿Tienes problemas tan temprano? —inquirió Nick alegremente. Siempre hacía lo mismo, se le olvidaban los enfados de un día para otro. Por una lado era una virtud, porque demostraba que no era nada rencoroso, pero a Miley le molestaba tener que actuar como si nada hubiera pasado.
—Nada que no se pueda arreglar, «jefe» —respondió con una media sonrisa.
Se sostuvieron la mirada un buen rato. Nick no pudo evitar observar que los ojos de su joven tutelada brillaban de un modo peculiar últimamente. Cada día la encontraba más turbadora, sobre todo cuando se ponía esos trajes de falda y chaqueta ajustados, como el de color azul que llevaba ese día. Parecía abrazar con el celo de un amante cada curva de su esbelto y espigado cuerpo, marcando las curvas de los senos y las caderas.
Nick inspiró profundamente, tratando de ocultarle la creciente atracción que sentía por ella. No acababa de comprender cómo era que cada día parecía metérsele más adentro.
—Estás muy guapa hoy —le dijo de pronto.
Las mejillas de Miley se tiñeron de rubor y sonrió tímidamente.
—Gracias.
Los oscuros ojos de Nick acariciaron el rostro de la joven.
—Pero el cabello recogido no te sienta bien —añadió con suavidad—. Me gusta más cuando te lo dejas suelto.
A la joven le costaba respirar. Quería bajar la vista, rehuir su intensa mirada, pero era como si una fuerza magnética mantuviera sus ojos fijos en los de él. Las piernas le temblaban como si se hubieran vuelto gelatina.
—Bueno, tengo que... tengo que volver al trabajo —balbució sintiendo la garganta seca.
—Sí, yo también —contestó él.
Se dio la vuelta y entró en su despacho sin saber muy bien lo que hacía. Una vez dentro, se sentó frente a su gran mesa de roble y se quedó observando a Miley a través de la puerta abierta, hasta que el zumbido del intercomunicador le recordó las tareas del día. La mañana transcurrió con tranquilidad hasta que, justo antes de comer, entró en la oficina uno de los clientes.
—Vaya, que chica tan preciosa eres —le dijo a Miley con una sonrisa lobuna.
Estaba devorándola con los ojos, desde la falda azul, la blusa blanca, y el cabello recogido, hasta el bonito rostro ligeramente maquillado.
Miley se sonrojó. El hombre sería aproximadamente de la edad de Nick, y si bien no era tan guapo, si tenía unas facciones agradables y parecía inofensivo.
—Gracias —musitó sonriendo.
Le había sonreído como a cualquier otro cliente, pero el tipo lo interpretó erróneamente como que le daba permiso para coquetear con ella. Se sentó en una esquina del escritorio, estudiándola con sus ojos azules claros.
—Me llamo Justin Gaston —se presentó—. Voy camino de Oklahoma City, y pensé pasar por aquí para invitar a Nick a almorzar y hablar de unos asuntos con él si es que está, pero creo que me gustaría más llevarte a ti —murmuró en voz baja. Y entonces, sin previo aviso, extendió la mano y acarició la mejilla de la joven con los nudillos, y susurró, ignorando la repentina tirantez de ella—: Sí, eres realmente preciosa, como una flor abierta, lista para ser cortada.
Miley no sabía qué hacer o decir. Por mucho que hubiera leído sobre romances, ni eso ni su imaginación la habían preparado para aquella clase de flirteo descarado por parte de un hombre mayor que ella. Se sentía como una niña que no hiciera pie en el agua. —¿No te gustaría venir a almorzar conmigo? Te llevaría a algún sitio agradable donde la comida sea buena, y así podríamos conocernos mejor. ¿Qué me dices? —murmuró Justin sin dejar de acariciarle la mejilla.
El cerebro de Miley estaba todavía tratando de encontrar las palabras para salir de aquella embarazosa situación cuando Nick salió de su despacho y se situó justo detrás del cliente con expresión asesina en el rostro.
—No es a ella a quien tienes que pedir permiso, Gaston, sino a mí —le dijo con voz aparentemente calmada—. Soy su tutor legal, y no la dejo salir con hombres mayores.
—Caray —dijo el ranchero, poniéndose de pie y frotándose la nuca como un tonto—, lo siento Nick, no tenía ni idea.
—No importa —contestó Nick. Su tono era despreocupado, pero la mirada fría y oscura no había abandonado sus ojos—. Bien, ¿le estabas diciendo que venías a invitarme a comer? Pues vamos entonces —se volvió hacia la joven—. Miley, quiero que tengas listo el último informe sobre el estado del ganado del señor Gaston para cuando regresemos.
Miley se quedó mirándolo, entre esperanzada y furiosa por ese comportamiento celoso que él jamás admitiría.
Nick se dio cuenta de que estaba muy azorada por la situación, y pudo leer la confusión en su rostro. Bajó la mirada hacia los labios de la joven, y los vio abrirse, como si fuera a decir algo, y de pronto reaccionó de un modo que ni él mismo se esperaba.
—Muy bien, a comer —dijo empujando al otro hombre hacia la puerta—. Ve a por el coche, voy a por mi sombrero y me reuniré contigo en un momento —dio una palmada en el hombro y le abrió la puerta al perplejo ranchero, que obedeció sin decir nada.
Una vez hubo salido Gaston, Nick se volvió de nuevo hacia Miley.
—Ven, tenemos que hablar —dijo arrastrándola del brazo hasta su despacho.
Cerró la puerta tras de sí. La mirada en su ojos tenía un brillo tan salvaje que la joven se sintió amenazada por una parte, pero por otra también tremendamente excitada.
—P... pero el señor Gaston te estará esperando — balbució.
Nick fue hacia ella, acorralándola frente a la mesa. ¿Iría a declararse tal vez? Miley sentía que el corazón iba a salírsele del pecho, pero entonces vio cómo la barbilla de Nick se alzaba, y le pareció que era ira lo que destilaban sus ojos, no celos. —Escúchame bien —le dijo con aspereza—. Justin Gaston ha tenido tres esposas, y ahora mismo tiene, que se sepa, al menos una amante. Y sus valores morales no están muy claros que digamos. Tú no sabes nada todavía, y no quiero que aprendas esa lección con un tenorio como él.
—Pues antes o después tendrá que enseñármela alguien —repuso Miley, tragando saliva.
La había invadido de pronto una sensación extraña, como si los músculos se le hubieran puesto rígidos y un cosquilleo le recorriera todo el cuerpo. Tal vez se debía a que, él estaba tan cerca, que podía sentir su fuerza y su calor.
—Eso ya lo sé —le respondió Nick en un tono impaciente—. Pero desde luego, Gaston no entra en la lista de posibles pretendientes. Es un playboy experimentado, y si te quedaras a solas con él, a los cinco minutos empezarías a gritar pidiendo auxilio.
De modo que de eso se trataba... No estaba celoso, solo se había enfadado porque se habían puesto en marcha sus instintos protectores. Poco a poco los latidos del corazón de la joven fueron descendiendo. «Eres una estúpida, Miley, soñando otra vez con alcanzar las estrellas...»
—Yo no estaba tratando de alentarlo, créeme —le dijo dolida—. Solo le sonreí, igual que sonrío a todo el mundo. Supongo que pensó que le estaba dando mi aprobación para que siguiera adelante, pero no era así, te lo aseguro.
La expresión de Nick se relajó.
—Está bien.
Y entonces ocurrió algo inesperado: Nick se inclinó hacia delante, extendiendo un brazo por detrás de ella, y sus labios se quedaron a escasos milímetros de los de ella. Miley casi gimió al sentir el aliento mentolado de él sobre su boca, y bajó la vista hacia la de Nick, siguiendo su contorno. El corazón se le había desbocado de nuevo, parecía habérsele cortado la respiración y, durante un instante glorioso, notó todo el peso del tórax de él contra sus senos. Abrió mucho los ojos y los alzó hasta encontrarse con los de él y... Nick se apartó. En la mano derecha, la que había pasado por detrás de ella, tenía su sombrero, y la expresión en su rostro era de extrañeza.
—Solo quería alcanzar el sombrero —dijo, como a modo de disculpa al verla tan alterada.
Miley murmuró algo incomprensible mientras apartaba la mirada. Nick se caló el sombrero hasta los ojos.
—Bien, puedes volver a tu escritorio, pero recuerda que te contraté para que trabajaras, no para que mandaras señales a los clientes, intencionadas o no.
—Te odio —masculló Miley, asqueada de pronto de sus acusaciones y comentarios hirientes.
—Eso no es nada nuevo —dijo él. Le dio unos golpecitos en la barbilla con el índice—. A trabajar.
La joven estaba todavía luchando por recobrar la compostura cuando él abrió la puerta del despacho y salió sin mirar atrás.
En la hora siguiente, Miley apenas hizo nada. No podía recordar otra ocasión en la que se hubiera sentido tan humillada, tan confundida. En ese momento estaba segura de que detestaba a Nick, pero también de que, cuando regresara y le sonriera, lo perdonaría al instante. Aquello era lo que la hacía sentirse tan mal, el saber que, hiciera lo que hiciera, seguiría amándolo. ¡Maldita atracción!
Se tomó un descanso de media hora para ir a la cafetería a tomar algo, donde se compró un sandwich que ni siquiera saboreó. Justo cuando regresaba a su puesto, reapareció el señor Gaston... con Kevin en vez de Nick.
Miley le tendió el informe a Kevin, que condujo al señor Gaston al despacho de su hermano, estuvo charlando allí con él diez minutos escasos, y volvió a salir para acompañarlo a la puerta. Miley mantuvo agachada la cabeza todo el tiempo, y el señor Gaston tampoco miró en su dirección.
—¿Sabes qué mosca le ha picado a Nick? —le preguntó Kevin a Miley cuando el cliente se hubo marchado—. Me hizo dejar una reunión de la junta para almorzar con él y con Gaston porque quería hablar de su contrato, y en el restaurante va y nos deja solos.
—Pues... pues la verdad es que no tengo ni idea — murmuró Miley forzando una sonrisa.
Kevin arqueó una ceja, se encogió de hombros, y regresó al despacho. Miley se quedó mirándolo mientras se alejaba, extrañada también por el comportamiento de Nick. Tal vez no se tratara solo de que no le gustara Justin Gaston, tal vez hubieran tenido una disputa por una mujer.., Quizá una de las amantes del tipo.
Miley sacudió la cabeza y volvió a su trabajo. La ponía enferma pensar en ese aspecto de la vida de Nick
Kevin estuvo ocupado durante el resto de la tarde, pero cuando regresó Nick, justo antes del final de la jornada. tenía bastante que decir, y Miley pudo escuchar la conversación a través de la puerta entreabierta del despacho mientras recogía sus cosas:
—Tienes que poner fin a esto, Nick —le decía Kevin a su hermano—. Una de las secretarias me ha contado que Gaston se puso demasiado «amistoso» con Miley y que tú se lo quitaste de encima. Esto está llegando a un punto en que Miley ni siquiera puede sonreír a un hombre sin que tú te abalances sobre el tipo como un lobo. ¡Por Dios!, ¡tiene casi veintiún años! No esperarás que viva el resto de su vida como una monja.
—Eso no fue así —replicó Nick molestó—. Simplemente le hice una advertencia a Gaston. ¡No irás a decirme que no conoces su reputación!
—Miley no es tonta —fue la respuesta de Kevin—. Es una chica sensata.
—Oh, sí.., —repuso Nick con una risotada sarcástica—. Eso es justo lo que nos ha demostrado... yendo a un striptease masculino.
—¡Eso no significa nada! —exclamó Miley desde su sitio.
—¡Y encima está escuchándonos! —dijo Nick, anonadado, abriendo por completo la puerta del despacho y lanzándole una mirada furiosa—. Deja de escuchar conversaciones ajenas, es de mala educación.
—Pues, entonces, ¡dejen de hablar a mis espaldas! —replicó ella levantándose y agarrando su bolso—. Aunque no te hubieras entrometido, no habría salido con un hombre como ese aunque se hubiera puesto de rodillas. No soy tan estúpida como para dejarme embaucar.
Nick la miró fijamente.
—Eso dices... Además, ¿sabes qué? Fue una mala idea dejar que trabajaras aquí.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —quiso saber ella, cruzándose de brazos.
—Porque aquí siempre estás rodeada de hombres. Kevin reprimió a duras penas una sonrisa.
—Oh, claro... —dijo Miley enarcando las cejas y sonriendo divertida—. Esos hombres tan atractivos, sin afeitar, que huelen a vaca y a estiércol... Es tan romántico... —dijo suspirando con comicidad.
Kevin se había dado la vuelta para poder reírse a gusto, pero los ojos de Nick centelleaban peligrosamente.
—Gaston no olía a estiércol —apuntó. Miley volvió a arquear las cejas.
—Humm... ¡Qué interesante que te fijaras en eso! —dijo con una mueca burlona.
Nick parecía dispuesto a arrojarle algo a la cabeza.
—Ya basta —masculló. Miley suspiró.
—De acuerdo, de acuerdo... —dijo haciendo un gesto con las manos para aplacarle—. Yo solo quería tranquilizarte. Dios no quiera que me seduzca un extraño que huela bien...
—¡A casa! —bramó Nick perdiendo los estribos.
—Ya me voy, ya me voy... —dijo Miley yendo hacia la salida—. Estás hoy de un humor de perros... — se volvió al llegar a la puerta—. Le diré a María que te haga una buena sopa de cuchillas para que sigas teniendo la lengua igual de afilada.
—Gracias a Dios no estaré en casa para la cena — repuso Nick—. Tengo una cita —añadió.
No quería que se enterara de lo furioso que lo había puesto el que Gaston flirteara con ella. Y mucho menos quería que supiera que los celos habían hecho presa de él hasta tal punto, que no se había creído capaz de almorzar con el tipo sin que la cosa acabara como el rosario de la aurora, y que por eso había llamado a Kevin.
Miley, sin embargo, ignorante de todo aquello, simplemente pensaba que le había dado uno de sus ramalazos sobre protectores y, el escuchar de sus labios que tenía una cita, fue como una puñalada en la espalda. ¿Por qué no podía ser rubia y sofisticada? Sin embargo, trató lo mejor que pudo de ocultar sus sentimientos.
—¡Estupendo! No sabes lo que me alegro por ti —le espetó—. Ve y diviértete mientras yo me quedo en casa sola. Así tal vez yo también pueda tener una cita, porque desde luego contigo siendo mi sombra me es imposible.
—Sigue soñando —fue la contestación de Nick—. No saldrás con nadie sin mi permiso hasta que nieve en el infierno.
—Creo que será mejor que te vayas a casa, Miley —intervino Kevin conciliador—. Es viernes, y he comprado una película de guerra. Puedes quedarte a verla conmigo.
¡Menudo plan! A pesar de todo, Miley sonrió. Al menos Kevin empezaba a mostrarse comprensivo.
—Gracias. Será lo mejor —añadió lanzando una mirada significativa a Nick—, a mi perro guardián no le gusta que salga después de que oscurezca.
Kevin retuvo a Nick por el brazo justo a tiempo, y Miley salió corriendo de la oficina con el pulso latiéndole acelerado en la garganta. Nick estaba perdiendo el sentido del humor... y la paciencia. Bueno, era cierto que ella lo picaba, pero no podía evitarlo. Era el único modo de mantener la cordura y de ocultarle lo que sentía por él. De lo contrario, si empezaba a pestañear con coquetería o a suspirar delante de él, lo más seguro era que la despidiera en un santiamén.
Subió a la vieja camioneta de Kevin y puso rumbo a casa. Toda la furia que había sentido al salir de la nave empezó a transformarse en tristeza. ¿A quién pretendía engañar? Se le había partido el corazón al enterarse de que Nick iba a salir con una de esas mujeres a las que ella no llegaba ni a la suela de los zapatos. Ella seguiría siendo un patito feo de por vida, y todavía cuando fuese vieja, Nick le daría palmaditas en la cabeza como a un perro.
En algunos momentos casi le había dado la impresión de que sentía algo por ella, de que estaba empezando a darse cuenta de que ya no era una adolescente, pero en ese instante le parecía que solo había sido un espejismo. Solo le prestaba un poco de atención cuando ella se negaba a seguir sus reglas o se metía en problemas. Claro, porque era su responsabilidad, su dolor de cabeza... Nunca sería una mujer atractiva con la que poder compartir su vida.