lunes, 11 de enero de 2010

"Nicholas" cap 8


oolaa
aki otro capp...
jaja
iaa faltan super pokitoss
8 comentarios para el sig....


Capítulo 8
Miley gimió al sentir la luz del sol en sus ojos. Tenía un dolor de cabeza espantoso y el estómago revuelto. Se puso de pie tambaleándose ligeramente y fue al cuarto de baño. Recordaba haber estado bebiendo whisky con Kevin y que Nick la había llevado a la cama, y...
¡Había dejado que Nick la viera otra vez medio desnuda! Peor, ¡que la tocara!
Tragó saliva tratando de tranquilizarse. Bueno, al menos él había parado antes de que llegaran al final, gracias a Dios. A medida que fue recordando más detalles, se fue sintiendo más y más avergonzada. No sería capaz de volver a mirarlo a la cara... Al menos aquel dulce recuerdo de él le duraría hasta su vejez. Nick le había dicho que no quería casarse. No, seguiría persiguiendo rubias toda su vida, pero ese recuerdo no se lo podría quitar.
Se puso unos pantalones grises y una blusa azul, se dejó el cabello suelto porque con la resaca ni siquiera tenia ganas de recogerlo, se puso unas gafas de sol y bajó a la cocina.
Kevin estaba sentado en la mesa con las manos sujetándose la cabeza y, cuando la levantó, a la joven le pareció que tenía incluso peor aspecto que ella.
—Buena idea —apuntó al verla con las gafas de sol—. Yo también me pondría las mías, pero se me quedaron ayer en la guantera del coche de Nick y se ha ido.
—¿Ya se ha marchado'? ¿Y cómo vamos a ir al trabajo? —le preguntó a Kevin—. En nuestro estado no deberíamos conducir.
—Nick no se ha ido a la nave, se ha ido a Montana a ver a unos accionistas... o eso es lo que dice la nota que me ha dejado —dijo tendiéndosela.
Mientras Miley la leía, Kevin encendió un cigarrillo.
—Estoy hecho polvo. Lo único que me ha hecho levantarme esta mañana era la idea de darle una buena paliza y resulta que se ha ido.
—Qué desconsiderado, Kevin... —murmuró Miley sirviéndose una taza de café—. Yo también tengo derecho a darle un puñetazo o dos. _
—Oh, yo lo sujetaría mientras tú lo golpeabas — dijo él tomando su taza.
Miley se quedó un rato callada, mientras removía su café pensativa.
—Todo esto es culpa de Nick —dijo.
—Sí, bueno, es bastante raro... No dio muestras de querer bailar hasta que os vio a Joe y a ti —apuntó Kevin con toda la intención, mirándola fijamente.
La joven se removió incómoda en la silla.
—Pues te puedo asegurar que no está interesado en mí —respondió dolida—. Al menos no de un modo permanente. Anoche me dijo que no estaba hecho para el matrimonio, que necesita variedad en su vida, imagínate...
—Para la mayoría de los hombres es así... hasta que encuentran a una mujer que les hace perder el sentido hasta tal punto que no miran a ninguna otra — murmuró Kevin casi para sí.
—¿Es esa la razón por la que estás siempre solo? —le preguntó Miley suavemente—. ¿Porque tu mundo empieza y termina con Ashley?
Kevin le lanzó una mirada de advertencia para que no siguiera por ese camino.
—Lo siento —se disculpó ella llevándose la taza a los labios—. Es solo que ahora sé lo que debes sentir... porque yo siento lo mismo por el ciego idiota de tu hermano.
La ira se disipó del rostro de Kevin y fue reemplazada por una sonrisa afectuosa.
—Podría fingir que me sorprende, pero lo cierto es que no. Siempre se te ha notado demasiado. Y, por otra parte, me atrevería a jurar que Nick siente lo mismo por ti. Después de todo es la primera vez que lo veo celoso.
—Yo... me temo que no sé demasiado acerca de los hombres —dijo ella con un suspiro—. Lo único que sé es que me gustaría pasar a su lado el resto de mi vida, y tener hijos con él, y cuidarlo cuando esté enfermo, y hacerle compañía cuando se sienta solo... Pero según él, nunca podrá sentir lo mismo por mí — añadió mordiéndose el labio inferior—. Y, siendo así, he pensado... he pensado que lo mejor será que me marche de casa antes de que ocurra algo y Nick se vea obligado a cargar conmigo —alzó los ojos hacia Kevin—. Lo comprendes, ¿verdad?
Kevin asintió.
—Es una decisión muy valiente, Miley. Si le importas lo suficiente estoy seguro de que irá tras de ti. Y si no... Bueno, al menos os habrás ahorrado a los dos mucho dolor —le dijo encogiéndose de hombros—. Pero de todos modos te echaré mucho de menos.
—Gracias, Kevin. Vendré a menudo de visita —se sentía algo mejor—. Espero que aún me dejéis celebrar aquí mi fiesta de cumpleaños.
—Por supuesto.
—Es que tal vez no te parezca bien mi lista de invitados —murmuró Miley quitándose las gafas de sol. Kevin dejó escapar un profundo suspiro.
—No me lo digas... Joe Tisdale está en ella, ¿verdad?
—Y Ashley —añadió Miley contrayendo el rostro—. Compréndelo, no puedo invitarlo a él y a ella no. Estaría feo.
—Sí, pero además Nick...
—Tenemos que dejar de preocuparnos de lo que Nick píense o pueda pensar, Kevin —le dijo la joven alzando la barbilla—. Si no te gusta que Nick mariposee en torno a Ashley, deberías hacer algo al respecto, ¿no crees?
Kevin no respondió a eso, pero Miley estaba segura, por su expresión pensativa, de que el consejo había calado en él. De pronto él se puso de pie.
—Bueno, tenemos que intentar ir al trabajo.
—¿Lo echamos a suertes para ver quien conduce? Kevin se rio.
—No, déjalo, conduciré yo. Tengo más experiencia que tú en esto de las resacas.
Se marcharon pues a la nave y, al final de la jornada, Miley llamó a la señora Simpson para preguntarle si podría mudarse a finales de semana. La mujer le prometió que tendría lista su habitación.
Al llegar a casa esa noche, comenzó a empacar sus cosas con el corazón triste. Era duro tener que decirle adiós al que había sido su hogar durante los últimos cinco años y medio. Y lo peor de todo era el pensar que, seguramente, cuando se hubiese marchado, apenas si vería a Nick, porque también había decidido que iba a dejar el trabajo en la nave. Todavía no se lo había mencionado a Kevin, pero la idea de tener que ver a Nick cada día sabiendo que no podría corresponderla jamás se le antojaba insoportable.
El viernes, Kevin y dos de los peones de la nave la ayudaron a trasladar sus cosas a la casa de huéspedes. Al día siguiente le entregó a Kevin la nota de preaviso para dejar el trabajo y, aunque seguramente le resultaba duro, pareció comprenderlo, y no le dijo nada al respecto, sino que se limitó a sonreír.
Con Nick, en cambio, fue distinto. Regresó inesperadamente a mediados de la semana siguiente, y se puso furioso al enterarse.
Miley se lo encontró tras volver de los aseos a su mesa para recoger el bolso y marcharse. Los demás se habían ido ya.
—Te has ido de casa —le dijo sin más preámbulos.
—Sí —asintió ella con voz ronca.
—Y vas a dejar el trabajo.
Miley inspiró profundamente y dio un paso hacia él. Nick olía a colonia y aftershave, y sin querer sus ojos se vieron atraídos por los labios de él, recordando los besos que habían compartido.
—George Brady y su padre van a contratarme como secretaria en su agencia de seguros. Estoy acostumbrada al papeleo, así que no creo que me sea difícil adaptarme.
—Pero, ¿por qué? —exigió saber él.
Miley se humedeció los labios con la lengua y lo miró dolida. ¿Cómo podía preguntarle eso?
—Ven aquí —murmuro Nick tomándola por el brazo.
El tacto de sus dedos a través de la fina tela de la blusa que llevaba hizo a la joven estremecerse.
—Tú sabes por qué no puedo seguir viviendo en casa y por qué no puedo seguir trabajando aquí —susurró—. Tengo miedo de lo que podría ocurrir si me quedara.
Resultaba embarazoso hablar de ello con él, pero necesitaba que Nick supiera cómo se sentía.
—Supongo que me considerarás prejuiciosa, pero si tú... Yo... lo siento, Nick, soy demasiado vulnerable —admitió mordiéndose el labio inferior.
—¿Acaso crees que no me he dado cuenta de eso? —murmuró él—. ¿Por qué crees que me marché estos días?
Miley rehuyó su mirada.
—Solo estoy tratando de evitarte complicaciones —le dijo con aspereza—. Es mejor que no estemos cerca el uno del otro.
—¿Es eso lo que quieres? Miley se irguió.
—Joe me ha invitado a cenar el viernes —le dijo de pronto. Tal vez así, demostrándole que no iba a andar suspirando por él, aceptaría su decisión—. Ha conseguido un trabajo, ¿sabes? El viejo Regan lo ha contratado como capataz en su rancho. Dentro de poco habrá afianzado su posición económica y podrá asumir otras responsabilidades.
Nick tenía una sensación opresiva en el pecho, como si le hubieran disparado justo al corazón. ¿Quería decir lo que él creía que quería decir? ¿No estaría pensando en casarse con Joe?
—Pero si no lo amas.
—Eso no tiene nada que ver —repuso Miley mirándolo con dureza—. El amor no significa nada. Es solo una emoción que hace que la gente cierre los ojos a la realidad.
—¡Miley! —exclamó él espantado—. ¡Tú no puedes pensar eso de verdad!
—Mira quién fue a hablar —replicó ella—. Tú prefieres sacrificar la posibilidad de algo sólido y duradero por pasar un buen rato con la rubia de turno.
Nick guardó silencio un buen rato antes de volver a hablar.
—Tal vez fuera así hace unos años, pero me he dado cuenta de que el sexo, si no hay nada más, es algo bastante insípido. Todas esas mujeres con las que he salido hasta ahora no hicieron otra cosa que hacer un trueque conmigo: su cuerpo por lo que yo podía darles —confesó riéndose amargamente—. ¿Crees que me agrada pensar que el único motivo por el que están conmigo es porque a cambio de unos besos o una noche esperan que les regale un coche, o alguna joya cara? ¿Cómo te sentirías tú si nunca pudieras estar segura de si lo que querían era a ti o tu billetera?
Miley jamás lo había escuchado hablar así, ni había visto antes ese cinismo en su sonrisa ni en sus ojos. —Pero tú eres atractivo —le contestó. Él se encogió de hombros.
—Muchos hombres además de mí lo son. Pero yo, además, tengo dinero, y el dinero es más atractivo para las mujeres.
—Para «ciertas» mujeres —puntualizó Miley—. Para las mujeres que, como tú, no quieren ataduras ni implicarse emocionalmente, para las mujeres mercenarias que se alejarían de ti si un día lo perdieras todo, o si te pusieras enfermo, o cuando envejezcas —sonrió levemente—. Pero supongo que eso es lo que quieres, poder ser independiente y disfrutar mientras puedas.
Nick frunció el ceño, como contrariado.
—Es verdad que no me gustan las ataduras, y que la idea del matrimonio me resulta odiosa, pero te has convertido en una especie de adicción para mí, y no sé qué hacer...
—No voy a convertirme en tu amante, Nick — le dijo. Aún le quedaba dignidad, no iba a rebajarse a eso—. Y no porque no te desee, porque para mí no tenerte cerca es como si me faltara el aire.
—Sé lo que sientes por mí, Miley —murmuró él acariciándole el cabello—. Empecé a sospecharlo aquella noche en ese local al que fuiste con Selena, cuando susurraste que ojalá fueras rubia... Pero fue la noche del baile cuando realmente comprendí... No tienes por qué negarlo —le dijo al ver cómo se ruborizaba—. No hay razón para que lo hagas. No voy a burlarme de ti ni a ponerte en ridículo, pero también quiero que comprendas cómo me siento yo. Soy doce años mayor que tú, un tipo solitario, y no soy ningún monje. Además, soy tu tutor legal y, a ese respecto, si tuviera un mínimo de sentido común te dejaría marchar, porque eres una complicación que no quiero ni necesito...
—Vaya, muchas gracias —le espetó ella.
—¡No, escúchame! Eso es lo que me dice mi cerebro, pero no lo que me dice mi cuerpo.
Y, sin decir una palabra más, la atrajo hacia sí para tomar sus labios. Fue un beso lento y cálido. La apretó aún más contra él, las manos en sus caderas, para que pudiera sentir cuánto la deseaba.
—Eres tan dulce... —murmuró al despegar su boca de la de ella—. Sueño con tus besos, con tu cuerpo, con el tacto de tu piel... Te deseo más de lo que he deseado a ninguna otra mujer en toda mi vida.
—Eso no es más que sexo —le espetó ella.
—Es lo único que te puedo ofrecer —le dijo besándola en los párpados—. ¿Lo comprendes ahora, Miley? Yo nunca he amado a nadie, nunca he querido esa clase de relación. Es lo único que puedo darte.
Miley tragó saliva. ¡Qué relación tan triste y vacía sería aquella! Ella lo amaba con todo su corazón y a cambio lo único que él tenía que ofrecer era su cuerpo...
Nick vio espantado que los ojos de la joven se llenaban de lágrimas.
—Oh, Dios, no, Miley... —le rogó secándole con los pulgares las primeras que rodaron por las mejillas.
—Déjame marcharme, por favor —suplicó ella empujando las manos contra su ancho torso.
—Quieres algo que no puedo darte.
—Ahora ya lo sé —susurró ella. Tuvo que morderse el labio inferior para detener su temblor—. Supongo que el única problema es que nunca podría llegar a convertirme en una rubia mercenaria, ni aunque me tiñera el pelo... —le dijo tratando de reírse de sí misma para no llorar. Sintió que Calhoun se ponía tenso, y lo miró a los ojos con toda la pasión que ardía en ella y no podía ocultarle—. Yo te habría amado... Te habría amado tanto...
—Miley... —gimió él frustrado. Volvió a tomar sus labios, esa vez con más ardor.
Sin embargo, los besos de alguien que le decía que no podía corresponder a sus sentimientos eran como una burla cruel para la joven. Quería gritar. Apartó violentamente su boca de la de él y hundió el rostro en la chaqueta de Calhoun, agarrando la tela temblorosa.
—Soy joven —dijo al cabo de un minuto eterno—, me olvidaré de ti.
—¿Podrías llegar a olvidarme?
De pronto la voz de Nick sonaba extraña, y la joven escuchó los agitados latidos de su corazón.
—Tendré que hacerlo —sollozó—. Ya habéis hecho bastante, Kevin y tú, cuidando de mí todos estos años. No puedo esperar nada más de vosotros... de ti. Esto nunca debió ocurrir. Ha sido solo un enamoramiento de adolescente, y la curiosidad... Eso es todo. Yo no pretendía...
—Basta, Miley —le rogó él. La abrazó fuertemente, acunándola—. Por favor, basta... ¿Acaso estoy riéndome de ti? ¿Me he burlado de tus sentimientos o he tratado de ridiculizarte? Sé que no debí decirte lo que te dije aquel día sobre cómo me mirabas. Pero es que te deseaba tanto que me dije que si no te decía algo para que salieras del coche iba a cometer una locura —se rio amargamente—. Y de poco me sirvió, terminé entrando en tu cuarto y asustándote con mi brusquedad.
—Yo entonces no sabía lo que era la intimidad... ni la pasión —confesó la joven quedamente.
—¿Y ya no te asusto? —dijo él escudriñando su rostro.
—No, ya nada me asusta de ti, ni me azora. Yo... —fue incapaz de seguir, y bajó la mirada.
Pero Nick le alzó la barbilla.
—Dilo, Miley, termina la frase, quiero oírlo.
Ella debió negar sus sentimientos, o salir huyendo de allí, pero las palabras se escaparon de sus labios.
—Te quiero —susurró en un tono de voz angustiado.
Nick la miró amorosamente y la besó con suavidad.
—Eres muy especial para mí, Miley, eres parte de mi vida y quisiera poder darte lo que quieres, quisiera poder decirte yo esas mismas palabras y ofrecerte un futuro en común, pero... no puedo. El matrimonio es un compromiso de dos personas, y yo no sé amar. Nuestra madre murió al nacer yo, y fue nuestro padre quien nos crió a Kevin y a mí. Nunca tuvimos una mano femenina que nos guiara por ese difícil camino. De hecho, antes de conocer a tu madre, nuestro padre pasaba de una mujer a otra. Nunca he sabido lo que es el compromiso. Lo único que sé acerca del amor es que no dura para siempre. Mira a Kevin, fíjate en lo que le ocurrió.
—Al menos él lo intentó —repuso la joven—. Y no es cierto que no dure. ¿O es que no te fijaste en como se miraban a los ojos Kevin y Ashley mientras bailaban?
—¿Es esa tu idea de una relación perfecta? —le preguntó él con una carcajada sarcástica—. ¿El principio de un amor seguido de años de odio mutuo?
—¿Y cuál es tu ideal de perfección, Nick? — replicó ella—. ¿Una sucesión de aventuras de una noche y una vejez solitaria al final del camino sin familia, sin nadie que te quiera, sin nada que dejar atrás al morir?
—Al menos no moriré con el corazón partido.
—Tú no tienes corazón —masculló ella furiosa.
—¿Y serías capaz de casarte con Joe, con un hombre por el que no sientes nada? —inquirió, devorado por los celos.
—Joe es un hombre capaz, serio y responsable... y no le da miedo el matrimonio —le dijo Miley entornando los ojos—. Será un buen marido.
—No permitiré que te cases con él.
—No podrás impedírmelo, soy mayor de edad. Además, tampoco entiendo por qué querrías hacerlo. Solo te intereso por el sexo, y yo necesito a alguien que me quiera.
Nick la miró a los ojos incómodo.
—Tal vez se pueda enseñar a amar... Tal vez tú podrías enseñarme.
Miley sentía que estaba flotando. ¿Había dicho lo que le parecía que había dicho?
—Pero solo tengo veinte años —le recordó—, y tú eres mi tutor, y no quieres compromisos y...
Nick la silenció besándola de nuevo, con pasión, y la joven le pasó los brazos por el cuello, entregándose a él con toda la generosidad de su amor.
El beso terminó varios minutos después. Nick, agitado por la creciente excitación que lo invadía, descansó la cabeza contra el cuello de Miley, tratando de recobrar el aliento. La joven, que apenas podía respirar tampoco, le peinó el cabello con los dedos, y lo besó en la mejilla, en la frente y los párpados cerrados para ayudarlo a recobrar el control sobre sí.
—Eso ha sido maravilloso, tan dulce... —murmuró Nick tomando el rostro de Miley entre sus grandes manos—. ¿Ha estado Selena dándote ideas, o se te ocurrió a ti sola?
—Lo leí en un libro —confesó Miley bajando el rostro encendido.
—Leer acerca de algo es muy distinto a hacerlo, ¿verdad? —le preguntó él divertido.
—Sí —asintió ella quedamente acariciando uno de los botones de su camisa. Le encantaba el olor de su colonia, la calidez de su cuerpo y su cercanía.
—Nunca antes le he hecho el amor a una chica virgen —susurró Nick. Le besó la frente con ternura.
Miley notó que las mejillas le ardían al imaginarse de un modo muy vívido en su mente el enorme cuerpo de Nick, desnudo, cubriendo el suyo...
—¿Siempre duele la primera vez? —le preguntó con timidez.
—No tiene por qué —murmuró él—, no si el hombre logra excitar a la mujer lo suficiente.
El corazón de la joven parecía haberse desbocado.
—¿Y c-cómo... harías eso...?
Nick sonrió con picardía y la besó en la punta de la nariz.
—Sal conmigo y te lo mostraré.
—¿Me estás pidiendo una cita? —susurró ella incrédula.
—Um hmm —asintió Nick frotando su mejilla contra la de ella—. Mañana por la noche... Te llevaré a Houston. Así borraremos ese mal recuerdo de la última vez que estuviste allí. Iremos a bailar, y daremos un paseo —le rozó la oreja con los labios—. Tengo un apartamento allí, ¿recuerdas?
Miley cerró los ojos tratando de bloquear el deseo.
—No pienso ir a tu apartamento.
—Vamos, Miley, no estamos en el siglo diecinueve. Allí podríamos estar a solas... y hacer el amor.
La joven lo apartó de ella. Si la amara, las cosas podrían ser de otro modo, pero no la amaba. Únicamente la deseaba de un modo físico. Y, después de esa primera vez, pasaría a engrosar la lista de sus conquistas, un juguete usado.
—No pienso ir a Houston contigo, no quiero que me trates como a una de tus rubias —le espetó furiosa. Solo entonces se dio cuenta Nick de cómo debía haber sonado su propuesta. Seguramente le habría parecido que para él sería una noche más como las que había pasado con esas otras mujeres. Él quería hacerle el amor en el sentido más estricto de la palabra, no había querido decir...
—¡Miley, no era eso lo que pretendía decir! Yo... Pero la joven salía ya por la puerta y corrió sin detenerse por el aparcamiento hasta su coche. Nick no solo no la amaba, sino que ni siquiera la respetaba.

domingo, 10 de enero de 2010

"Nicholas" cap 7


oola
aki ell cap 7...
8 comments para el sigiente...
xoxo♥

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Capítulo 7
Miley vio la puerta del salón entreabierta y se asomó. Kevin estaba despatarrado en el sofá con un vaso de whisky ya vacío en la mano, el cabello despeinado, la camisa a medio sacar del pantalón, una de las botazas sobre el cuero del asiento, y cantando, o más bien aullando, con todas sus fuerzas. En la mesita frente al sofá había un cenicero lleno, un paquete de tabaco vacío y hecho un gurruño, otro paquete recién abierto, y media botella de whisky.
—Oh, Kevin... —gimió Miley.
—Hola, Miley, ¿quieres un trago? —le ofreció levantando el vaso.
—Emborracharte no te va a ayudar, y lo sabes.
—Salió llorando —murmuró Kevin—. Maldita sea, Miley, se echó a llorar, y él la llevó a casa. Quiero matarlo —masculló con los ojos en llamas y la voz dura y áspera—. ¡Mi propio hermano!
Miley se mordió el labio inferior. No sabía que decir a eso, ni tampoco qué hacer. Kevin casi nunca bebía, y nunca se quejaba, pero parecía como si estuviera muriéndose por dentro, y no podía evitar compadecerse de él. Ella también se había sentido así cuando Nick se había marchado con Ashley.
—Los vi marcharse —gruñó Kevin. Se frotó pesadamente la cara con una mano y suspiró frustrado—. Ella es parte de mí, todavía es parte de mí... a pesar de todos estos años, a pesar del dolor... Nick lo sabía, Miley, y lo hizo intencionadamente...
—No, Nick es tu hermano —lo defendió la joven—, él no te haría daño a propósito.
—Cualquier hombre se enamoraría de ella —continuó Kevin—, porque Ashley es tan preciosa, es como un sueño hecho realidad.
Aquello era lo que Miley menos quería oír en ese momento, y volvió a sentir una punzada de celos.
—Pero emborracharte no es la solución —repuso suavemente poniendo una mano en su brazo—. Kevin, vete a dormir.
—¿Cómo puedo dormir cuando él está con ella? —exclamó Kevin angustiado, tapándose el rostro con las manos.
—No tardará. Joe acaba de irse a casa.
—Yo no sé mucho de mujeres, Miley —dijo Kevin—, y no tengo el encanto de Nick, ni su experiencia, ni su atractivo.
—Yo tampoco tengo el atractivo de Ashley —dijo en voz queda, sentándose junto a él—. Me temo que si nos presentáramos a un concurso de belleza perderíamos los dos. Oh, Kevin, ojalá fuera rubia...
—Y ojalá yo fuera un tenorio —suspiró Kevin. Miley le dirigió una sonrisa y él se la devolvió.
—Ten —le dijo inclinándose peligrosamente sobre la mesa para verter más whisky en el vaso—. Al infierno con los dos. Esto ahoga las penas.
Miley bebió un trago. Sabía horrible y le quemaba la garganta.
—¡Dios! ¿Cómo puedes seguir vivo después de beber esto? Huele a gasolina.
—Es un whisky escocés magnífico —repuso él ofendido. Le arrancó el vaso de la mano y apuró el resto del contenido—. Miley, si quieres ahogar las penas de verdad, tienes que cantar también. Voy a enseñarte una canción de taberna mexicana.

Cuando Nick llegó, una media hora más tarde, escuchó un dúo de voces totalmente desentonadas, provenientes del salón. Se acercó, y se quedó mirando el espectáculo incrédulo. Kevin estaba repantigado en el sofá, con una botella de whisky en la mano, y Miley estaba recostada contra su pierna flexionada, los pies descalzos sobre la mesa, y un vaso casi vacío en su mano. Estaban borrachos como cubas.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber con los brazos en jarras.
—Lo que pasa es que te odiamos —lo informó Miley, levantando su vaso para brindar por eso.
—Amén —dijo Kevin con una sonrisa burlona.
—Y cuando hayamos acabado de beber y de cantar, vamos a ir a la nave, y vamos a abrir todas las verjas, para que tengas que pasarte el resto de la noche persiguiendo vacas —añadió Miley entre risas e hipos—. Hemos acordado que es lo que mejor se te da: perseguir hembras. Supongo que la especie es lo de menos, ¿verdad, compañero? —le dijo a Kevin girando la cabeza hacia él.
—Cierto —asintió este. Y se llevó la botella a la boca para tomar otro trago.
—Íbamos a cerrar la puerta con llave por dentro y a echar la cadena para que no pudieras entrar —le dijo Miley a Nick—, pero no podemos levantarnos — confesó echándose a reír.
—Dios del cielo... —murmuró Nick meneando la cabeza ante el cuadro—. Ojalá tuviera una cámara.
—¿Para qué? —inquirió Kevin.
—Olvídalo —contestó Nick desabrochándose los puños de la camisa y remangándose—. Haré un poco de café bien cargado.
Cuando regresó estaban los dos roncando, y la botella de whisky pendía de la mano de Kevin que apenas la tenía agarrada por el cuello. Nick se la quitó y la puso en la mesa, junto al vaso vacío de Miley. La situación era tan sorprendente como cómica. Se preguntó si los habría empujado a ella el hecho de que hubiera acompañado a Ashley a casa. En el caso de Kevin sería comprensible, pero no en el de Miley, no por el modo en que lo había tratado desde que la besara. A menos que... Frunció el ceño, y observó curioso el pacífico rostro de la joven. A menos que finalmente hubiera comprendido por qué no la había tratado con delicadeza, y se hubiera arrepentido de las cosas que le había dicho. ¿Podría ser así? Lo cierto era que había dado muestras de estar celosa de Ashley en el baile, y allí estaba en ese momento, totalmente borracha. «Bueno, bueno...», se dijo con una sonrisa maliciosa, «de vez en cuando ocurren milagros».
Nick tomó a la joven durmiente en brazos y la puso en una mecedora, mientras acomodaba a su hermano, cuan largo era, en el sofá, y lo tapaba con una manta. Volvió a tomar en sus brazos a Miley, y apagó la luz del salón con el codo.
Miley se despertó mientras subía las escaleras con ella en brazos, y lo miró, guiñando los ojos.
—Estás liado con Ashley —murmuró trabándosele la lengua—. Lo sabemos. Y sabemos lo que has estado haciendo... —le dijo prorrumpiendo en una risa amarga. Después suspiró y empezó a cantar la canción que Kevin le había enseñado.
—Para ya, ¿quieres? —la riñó Nick—. Una señorita no debe usar ese lenguaje.
—¿Qué lenguaje?
—Esa canción, que supongo te ha enseñado mi hermano, es tremendamente vulgar —murmuró Nick.
En ese momento llegó al piso superior, y Miley cerró los ojos mientras él la llevaba a su dormitorio. Nick abrió la puerta y la cerró tras de sí. Había recuerdos demasiado frescos en aquella habitación, pensó irritado al sentir que se excitaba. Recuerdos de Miley medio desnuda sobre la cama, de Miley acorralada contra la pared. La dejó sobre la cama y observó como se acurrucaba.
—Ah, no... —murmuró él—, no puedes acostarte así.
—Ya lo creo que puedo —repuso ella bostezando.
Nick le quitó los zapatos y, tras un momento de duda, le desabrochó la falda. Se la quitó, y después las medias y la blusa. Debajo de la ropa, Miley llevaba unas braguitas rosas de encaje, y un sujetador a juego que apenas cubría sus generosos y firmes senos.
Aquello era un tremendo error, se dijo sin poder evitar quedarse embobado admirándola. ¡Pero es que era la cosa más deliciosa que había visto en su vida!
En ese momento la joven suspiró y abrió los ojos. Se quedó mirándolo confusa.
—Me has desvestido.
—No podías dormir vestida.
—Supongo que no —contestó ella con pereza.
La joven sabía que debería mostrarse turbada por que él la estuviera viendo de esa guisa, tapada apenas con aquella lencería rosa tan atrevida que había comprado en la ciudad ante la insistencia de Selena pero, a juzgar por el modo en que Nick la estaba mirando, tal vez no había sido un dinero malgastado después de todo...
—¿Dónde tienes un pijama, o un camisón? —le preguntó Nick obligándose a apartar la vista.
—Tengo un camisón debajo de la almohada.
Nick obligó a sus piernas a moverse y levantó la almohada para sacar un salto de cama que apenas la cubriría más que aquella lencería.
—Te vas a congelar con esto —murmuró.
—Selena me dijo que lo comprara porque era muy sexy... —contestó ella soñolienta—. Pensaba seducir a Joe. Le gusto mucho, ¿sabes?
Los rasgos de Nick se endurecieron.
—Por encima de mi cadáver.
—¿Y qué has hecho tú con Ashley, eh? —lo acusó ella incorporándose trabajosamente hasta quedarse sentada—. Debería darte vergüenza, cuando sabes que Kevin está loco por ella.
—No le he puesto un dedo encima a Ashley —repuso él—, la dejé frente a la puerta de su casa y regresé a la sala de fiestas para buscarte.
—Pues ya no estaba —murmuró ella.
—Sí, de eso ya me di cuenta al llegar allí —contestó Nick.
Lo que no mencionó, fue el enorme esfuerzo que había tenido que hacer para no ir a buscar el coche de Joe, ya que los celos le habían hecho imaginar que podía habérsela llevado a algún sitio oscuro y apartado.
—Cuando pueda ponerse en pie, Kevin va a darte una paliza —le dijo Miley alegremente.
—Supongo que está en su derecho —suspiró Nick—. La verdad es que esta noche no he hecho más que complicar las cosas.
Se sentó a su lado en la cama, apartando de mala gana la vista de las largas piernas de la joven, la curva de sus caderas y los senos.
—¿Tienes idea de lo perfecta que eres? —murmuró distraídamente.
De pronto, Miley se puso tensa, y abrió mucho los ojos, como sorprendida.
—¿Yo?
—Sí, tú —susurró él con voz ronca—. Desde las piernas a las caderas, pasando por esos deliciosos senos que... —se quedó callado al darse cuenta, enfadado, de que otra vez había vuelto a dejarse embrujar por sus encantos—. Ven aquí —dijo tomándola por la cintura y colocando el salto de cama sobre sus muslos. De repente observó como los pezones de Miley se ponían de punta, y se le cortó la respiración. .
—¿Qué pasa? —ella alzó la vista hacia él, curiosa
—Esto... —musitó él rozando delicadamente sus pezones con los nudillos.
Miley se apartó ante aquel inesperado contacto. Nick buscó sus ojos, y pudo leer en ellos el deseo que había estado tratando de ocultarle. El alcohol lo había sacado a la superficie. La joven le acarició el dorso de la mano y entrelazó sus dedos con los de él, haciendo que la tocara de nuevo.
—Miley... —gimió él.
—Lo siento... Siento lo que te dije esa mañana, y cómo... cómo reaccioné —susurró ella. Tragó saliva, buscando el coraje suficiente en su interior para abrir la mano de Nick y colocarla bajo uno de sus senos, para que él pudiera sentir su contorno.
—Miley, por Dios, no... —gimió Nick.
Pero ella hizo que frotara su mano suavemente por la exquisita cumbre, y se dejó llevar por las maravillosas sensaciones que le producía, arqueándose hacia él.
—Nick... —murmuró extasiada.
—No estás lo bastante sobria para esto, Miley... — susurró él.
A pesar de que su conciencia le decía que debía detener aquello, el tacto de la joven amenazaba con hacerle perder el control por completo, y se dejó llevar cuando ella se echó hacia atrás.
—Gracias al alcohol he perdido el miedo —murmuró Miley buscando sus ojos—. Enséñame.
—No puedo...
—¿Por qué? ¿Porque soy fea, porque no soy sofisticada... porque no soy rubia? —casi sollozó Miley.
Y entonces el control de Nick cedió, como una cuerda demasiado tensada. Se inclinó sobre la joven, y su aliento se entremezcló con el de ella mientras rodeaba su seno por completo con la mano.
—Porque eres virgen —murmuró tomando posesión de sus labios.
Miley gimió encantada. Aquel era un beso dulce, muy dulce, nada que ver con el de esa otra ocasión, cuando él se había mostrado impaciente y brusco.
Permitió la incursión de la lengua de Nick dentro de su boca, y no protestó cuando él hizo el beso más profundo, ni cuando notó que su mano se deslizaba por detrás para desabrochar el sostén.
Cuando Nick hubo retirado la molesta prenda, Miley sintió el aire fresco, y las caricias de sus manos fueron como un bálsamo para su ardiente piel.
—Miley... —gimió Nick contra sus labios. Quería hacerle el amor hasta llegar al final.
La joven abrió los ojos, y dejó que su mirada vagara hasta el tórax de Nick y que sus manos la siguieran. Notó que él se tensaba cuando empezó a desabrocharle los botones de la camisa, pero no la detuvo, así que la abrió por completo, acariciando la espesa mata de vello que lo recorría hasta alcanzar la hebilla del cinturón.
—Seguro que te encanta que las mujeres te acaricien el torso —dijo masajeándolo.
—Nunca me había gustado... hasta ahora —repuso él con voz ronca.
Miley se removió inquieta sobre el edredón, hambrienta de más caricias y sus ojos buscaron los de él. Su cuerpo le gritaba, pidiendo algo.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó él—. Solo dímelo. Haré lo que quieras que haga.
La joven tragó saliva y entreabrió los labios, insegura. Agarró la cabeza de Nick entre sus manos, y tiró de ella, arqueando su cuerpo hacia él. Y Nick comprendió, sin necesidad de palabras.
—¿Quieres que te beses aquí? —susurró con ternura. Y tomó con la boca abierta la cumbre de uno de sus senos.
Miley gemía sin cesar. Aquello superaba con creces todas sus fantasías sobre lo que debía ser la pasión. Enredó los dedos en los chinos mientras Nick seguía con sus caricias, animado por sus eróticos gemidos y la sensación de que su cuerpo le respondía. De pronto volvió a besarla en los labios, y Miley abrió la boca para darle libre acceso, al tiempo que el cuerpo de Nick la cubría.
Ella abrió los ojos al notar que los labios de él se despegaban un momento de los suyos, y mientras sus cuerpos se acomodaban con increíble perfección el uno al otro. Apenas podía respirar, y comprendió, al sentir íntimamente su excitación, lo mucho que la deseaba.
—¿Tienes miedo esta vez, Miley? —murmuró Nick con voz queda.
—Debería tenerlo —contestó ella.
Alzó las manos para tocar su rostro mientras Nick frotaba suavemente su torso contra los senos de ella. Contuvo el aliento, temblorosa, pero sus dedos trazaron con adoración las cejas, las mejillas, los labios...
Nick deslizó las manos por detrás de su espalda para atraerla hacia sí.
—Te deseo Miley —le susurró inclinándose sobre su boca—. Te deseo tanto...
La joven le rodeó el cuello con los brazos y lo besó suavemente.
—Yo también te deseo, Nick...
Entonces Nick estuvo a punto de perder el control por completo. La besó hasta que tuvo que parar para tomar aliento, con la rodilla entre sus largas y suaves piernas, y una mano en su cadera. La sintió estremecerse y emitir algo que sonó como un sollozo, y aquello, fue lo que le devolvió la cordura.
Despacio, muy despacio, rodó sobre el costado, llevándola consigo y acunándola contra su cuerpo sudoroso. Tomó la cabeza de Miley entre sus manos y la apretó contra su corazón.
—Quédate quieta, cariño —le dijo entre susurros entrecortados al sentir que se removía en sus brazos. Le agarró las caderas—. Quédate quieta aquí a mi lado y respira. En un momento todo estará bien. No te muevas, cariño.
Miley tenía las palmas abiertas sobre su tórax, enredadas en la mata de vello que subía y bajaba. Si estaba tan agitado como ella, ¿por qué se detenía en ese momento? No comprendía nada.
—Mi vida... —murmuró Nick al cabo de un rato—. Dios del cielo, si hubiera seguido un par de segundos más no habría podido parar, ¿lo sabes?
Miley se acurrucó contra él.
—¿Por qué has parado?
Nick se apartó un poco para mirarla.
—¿Acaso no lo sabes?
—Supongo que porque no soy rubia... —suspiró la joven, a punto de romper a llorar por la decepción y frustración que sentía.
—No, porque no estás lúcida —la corrigió él. Apartó el cabello de su rostro con ternura—. Mírate, Miley, estás borracha.
—Pero te deseo... —gimió la joven.
—Lo sé, puedo verlo... y notarlo —la abrazó con fuerza un instante, volvió a apartarse, y le metió el salto de cama por la cabeza en un hábil movimiento. A continuación, la tomó en sus brazos, apartó la ropa de la cama y la depositó de nuevo sobre el colchón, tapándola amorosamente.
—Nick, quédate conmigo... —susurró Miley. Él sonrió, pero meneó la cabeza.
—No, si Kevin nos encontrara juntos en la cama, me haría casarme contigo.
—Y supongo que eso sería el fin del mundo para ti.
La expresión en el rostro de Nick se endureció. Inspiró y le acarició la mejilla pensativo.
—Llevó solo mucho tiempo, Miley. Me gusta ser mi propio jefe y no tener que rendir cuentas a nadie. Soy un lobo estepario, el matrimonio no es para mí.
—Imagino que una sola mujer no te satisfaría — murmuró apartando la vista. Sus sueños se habían hecho añicos. Nick la deseaba, pero no la amaba.
Él se encogió de hombros confundido y sintiéndose en cierto modo abrumado.
—No, nunca me ha bastado con una mujer —le dijo ásperamente—. No quiero ataduras.
—Dios me libre de atarte —murmuró Miley forzando una sonrisa cínica—. No te preocupes, Nick, solo estaba... experimentando. Me preguntaba por qué habías sido tan brusco conmigo la otra mañana, y quería saber si la pasión hace a la gente brusca, y ahora puedo decir que así es, porque es lo que me ha sucedido a mí esta noche. Gracias por la... lección.
Nick frunció el ceño y buscó sus ojos.
—¿Es eso lo que te ha parecido?, ¿un experimento?, ¿una lección sobre cómo hacer el amor?
—Joe me dijo que alguien tenía que enseñarme —le dijo ella con un bostezo.—. Pero ya no —cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza en la almohada—. Um, qué sueño tengo...
Los ojos de él relampagueaban. ¡Lo había utilizado! Era lo único que había querido de él, solo había estado experimentando, averiguando lo que se sentía al hacer el amor. ¡Condenada... chiquilla!
Se levantó y se quedó mirando furioso el sostén que le había quitado unos momentos antes de que le dejara tocarla. ¿De que le dejara? ¡Pero si lo había instado a hacerlo! ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo? Le hervía la sangre al recordar lo desinhibida que se había mostrado. ¿Tal vez sí lo amara pero estaba intentando ocultárselo? ¿Y qué sentía él realmente hacia ella? ¿Solo la deseaba físicamente... o era algo más? ¿Podría soportar perder su libertad por una mujer? Porque en eso era en lo que acababa todo, en el matrimonio, la trampa.
Arrojó el sostén sobre la silla que había junto a la cama y se quedó mirando un buen rato el plácido rostro de Miley. Era deliciosa: virginal e increíblemente hermosa. Se preguntó si alguna vez lograría borrar de su memoria el recuerdo de esa noche, o si siempre se interpondría cuando estuviera con otra mujer.
Abrió la puerta y salió, cerrándola tras de sí muy despacio. No debería haberla tocado.
Tenía que alejarse de allí por unos días, necesitaba pensar, aclararse las ideas. De lo contrario, se convertiría en un infierno el tratar de no ponerle las manos encima a Miley. Además, sabía que si volvía a tenerla entre sus brazos, no se conformaría con unos cuantos besos. La deseaba demasiado, y ella le respondía con demasiado ardor. ¡Dios!, lo excitaba como nunca otra mujer lo había excitado. ¿Y si no podía controlarse, y si la tomaba a pesar de sus firmes intenciones?
No quería casarse, no quería ataduras, y eso, Miley no lo comprendería nunca. Para ella, seguramente, hacer el amor significaba que había que casarse. No, no le gustaba aquella idea en absoluto, pero le atormentaba el pensamiento de no volver a sentirla. Era maravillosa. Su boca era tierna y dulce, y dispuesta a aprender, y su cuerpo era como néctar. El solo recuerdo de su cuerpo desnudo lo hacía estremecer, por no mencionar el exquisito tacto de su piel...
Gimió para sus adentros y se dirigió a su habitación. No podía tenerla, pero tampoco quería renunciar a ella. No sabía qué diablos iba a hacer. Tal vez cuando regresara de donde quiera que se fuese, tendría la mente lo suficientemente clara como para tomar una decisión.
Entró en su cuarto, se sentó frente al escritorio, y le garabateó una nota a Kevin diciéndole que se iba unos días a Montana, a ver a unos accionistas. A su hermano le parecería raro, ya que normalmente era él quien se encargaba de esas cosas, pero seguramente a Miley no. Se preguntó cómo se sentiría la joven cuando se enterara de que se había marchado. Con un poco de suerte a la mañana siguiente ni siquiera recordaría que habían estado a punto de hacer el amor.

sábado, 9 de enero de 2010

"Nicholas" cap 6,, MM 3/3


Capitulo 6
Nick ya se había marchado cuando Miley llegó a casa. Estuvo charlando un rato con Kevin contándole la decisión que había tomada sobre alquilar una habitación en la casa de huéspedes de la señora Simpson, y después vieron un rata la tele¬visión.
Miley temía el momento en que Nick regresara a casa. No reconocía en el brusco hombre de aquella mañana al Nick junta al que ha¬bía crecido. Los chicos que la habían besado lo habían hecha suavemente, y nunca con tal intensidad. Nick la había asustada, no había tenido en cuenta su falta de experiencia.
Tal vez la había besado para demostrarle lo que podía ocurrir si seguía incitándolo, si le dejaba ver su interés por él. Si ese había sido el caso, desde luego había conseguido su propósito.
Kevin y ella estaban a punta de empezar a cenar cuando apareció Nick.
Se sentó, con aspecto cansado, y se sirvió un poco de limonada. No dirigió la palabra a Miley, y ella mantuvo la cabeza gacha para que no pudiera ver su sonrojo. Tampoco era necesario en realidad, ya que él ni se dignó a mirarla. Empezó a hablar con Kevin sobre un posible nuevo cliente, y Miley se sintió excluida e ignorada. Sin embargo, cuando Nick se levantó, sí la miró, pero lo que Miley vio en sus ojos la hizo sentir aún peor.
Había en ellos una ira apenas controlada, mezclada con algo más oscuro, algo que no alcanzaba a distinguir. Bajó la mirada y notó que se le aceleraba. el pulso. ¿Por qué actuaba Nick como si fuera ella la culpable de lo ocurrido? ¿Acaso no se daba cuenta de que la había herido, de que la había asustado?
Nick salió de la casa.
—Eh —llamó Kevin a la joven con una mirada preocupada—, ¿estás bien?
—Ni siquiera me ha hablado —susurró Miley. Kevin se recostó en la silla y encendió un cigarrillo.
—Lleva así todo el día —le dijo—, el tiempo que has estado fuera estuvo todo el rato mirando por la ventana en silencio. Le hice un par de comentarios y ni me oyó. Y después salió fuera a fumar.
—¿A fumar? —repitió ella—. Pero si lo dejó hace años...
—Pues ya debe llevar un paquete entero —repuso Kevin encogiéndose de hombros—. Miley, sé que no quieres hablar de ello, pero mi hermano va de mal en peor, así que, o me cuentas qué pasa entre vosotros, o tendré que obligarle a él a hablar.
Miley tragó saliva. No quería que Kevin se pegara con Nick, pero tampoco podía contarle lo que había hecho su hermano, sobre todo cuando en parte ella lo había provocado. Y fue entonces cuando comprendió, cuando las piezas del puzzle encajaron... Debía haber herido el orgullo de Nick con lo que había dicho y hecho después de que la besara con tanta pasión. Cuanto más lo pensaba, peor se sentía. Durante meses había soñado con que la besara, y cuando al fin lo había hecho, había reaccionado como una colegiala.
—¿Y bien? —inquirió Kevin enarcando una ceja.
—Le dije algunas cosas terribles —confesó ella finalmente, decidiendo que no había por qué entrar en detalles.
—Y lo has herido... —adivinó Kevin. Ella asintió con la cabeza.
—Oh, Kevin, Nick me odia... Y no puedo culparlo por ello, he herido su orgullo hasta tal punto, que creo que no querrá volver a hablarme jamás.
—Pues eso sí que es increíble... —murmuró Kevin—. El que hayas logrado herirlo, quiero decir. Muchas mujeres han intentado sin éxito atravesar esa dura coraza que lo envuelve.
—Supongo que lo que ocurre —prosiguió Miley pensativa—, es que le resulta difícil dejarme volar fuera del nido, después de cuidar de mí durante tantos años.
—Tal vez... —concedió Kevin dando una larga calada al cigarrillo—. O tal vez... no. Últimamente actúa de un modo muy extraño.
Miley rodeó su vaso de limonada con ambas manos. Tenía que contarle a Kevin lo del viernes por la noche y, sabiendo que no iba a ser nada fácil, no quería que le temblaran y delataran su nerviosismo.
—Kevin, tengo algo que decirte.
—Vaya, eso suena serio —murmuró él enarcando las cejas y esbozando una leve sonrisa.
—Lo cierto es que lo es, y espero que no te enfades conmigo.
—¿Tiene algo que ver con los Tisdale? —adivinó él alzando la barbilla.
—Me temo que sí —suspiró la joven. La mirada de Kevin se había ensombrecido peligrosamente, por lo que prefirió bajar los ojos al vaso de limonada antes de continuar—. Joe me ha pedido que sea su pareja en el baile que se celebra el viernes por la noche y he aceptado.
Apretó los dientes esperando el chaparrón, pero no cayó ni una gota. Al notar el silencio de Kevin, alzó la mirada cautelosa. Él la estaba observando, pero no parecía enfadado, y aquello le dio valor para continuar.
—No tiene por qué recogerme aquí si tú no quieres verlo. Puedo quedar con él directamente en el baile. De hecho, Ashley le insistió para que no me pusiera ante el dilema de ir o no con él, porque no quería que tú te molestaras.
Un destello cálido iluminó fugazmente los ojos oscuros de Kevin.
—¿Eso hizo? —inquirió bajando la vista al cigarrillo.
—No quería que Joe me metiera en problemas contigo —dijo Miley suavemente.
—Ya han pasado seis años —dijo Kevin al cabo de un rato, más para sí que para ella—, seis largos y vacíos años... La he odiado durante todo este tiempo, y a su familia también, y supongo que podría seguir odiándolos por el resto de mis días, pero eso no cambiaría nada. Aquello ya no puede arreglarse.
—Ashley es tan bonita —dijo Miley.
Kevin contrajo el rostro, como si los recuerdos fueran demasiado dolorosos. Apagó el cigarrillo con furia en el cenicero.
—Dile a Joe que puede venir a recogerte —dijo de pronto poniéndose en pie—. No haré ninguna estupidez.
Miley se quedó mirándolo, sin creer que se lo hubiera tomado con tanta calma y después, bajó la vista al vaso de limonada, y añadió en voz queda justo cuando él pasaba a su lado:
—Su hermano dice que Ashley lleva una vida monástica, que hace años que no sale con nadie.
A la joven le pareció que Kevin se detenía un instante, pero se dijo que tal vez había sido solo su imaginación ya que, antes de que pudiera decir otra palabra, había salido de la cocina.
Qué lástima, pensó Miley melancólica, que el amor pudiera tener una muerte tan violenta. Y lo más triste de todo era que, a pesar de lo que Kevin había dicho, habría apostado lo que fuera a que Ashley y él seguían locamente enamorados, aunque hiciera ya seis años de su ruptura. ¿Qué habría hecho Ashley para que Kevin no quisiera volver a saber nada de ella? Un hombre no podía mostrarse tan vengativo solo porque le devolvieran el anillo de compromiso...

En el trabajo las cosas ya no eran como antes. Nick ya no la saludaba con bromas y sonrisas; parecía haber perdido el sentido del humor, y haberse convertido en un duro hombre de negocios que, o la ignoraba por completo, o la reñía constantemente, indicándole cada pequeño error que cometía.
El viernes, a la hora de irse, Miley estaba hecha un manojo de nervios. Tenía tantas ganas de ir al baile como un reo de que le concediesen un recurso de apelación. Al menos así perdería de vista a Nick por unas horas y no se acordaría de él. Probablemente él se iría a Houston, con la modelo. Miley apretó los dientes ante la idea.
Al fin se fue a casa y, una vez allí, subió a su cuarto a cambiarse. Se puso una falda de cuadros bastante corta, y una blusa blanca de mangas cortas abullonadas. Estaban a finales de febrero, por lo que todavía hacía bastante frío, así que se puso un abrigo largo encima.
Joe había quedado en ir a recogerla a las seis y ya era casi esa hora cuando bajó las escaleras, con el cabello brillante y suelto, y ligeramente maquillada. A pesar de que al mirarse al espejo se había sorprendido de los resultados, nunca antes había deseado con tantas fuerzas ser rubia, o que Nick le diera una segunda oportunidad. Verdaderamente tenía la negra... ¡Mira que fastidiarlo todo a la primera!
Cuando estaba llegando al rellano, el corazón de la joven se puso a latir como un loco al ver que Joe llegaba en ese momento, y que era Nick quien le abría la puerta. Se puso rígida. ¿Le habría dicho Kevin que iba a salir con Joe? Temía que Nick se pusiera furioso con el hermano de Ashley, pero lo dejó pasar sin decir nada.
Joe iba totalmente vestido a la moda del Oeste: llevaba una chaqueta y pantalones vaqueros, una camisa de cuadros roja, y botas y sombrero negros. Nick iba ataviado de modo similar, solo que su camisa era azul. Se quedaron mirándose el uno al otro largo rato hasta que Nick rompió el silencio.
—Kevin me ha dicho que vas a llevar a Miley al baile. Puedes esperarla en el salón si quieres —le dijo secamente.
—No hace falta —intervino ella terminando de bajar las escaleras—. Ya estoy lista —añadió con forzada alegría. Sonrió a Joe y este le devolvió la sonrisa. No quiso ni mirar a Nick. No podía.
—Pues entonces vámonos —contestó Joe—. He oído que los Trevor van a tocar esta noche. ¿Te acuerdas de Ted Trevor, Nick, del instituto?
—Sí, me acuerdo de él —asintió Nick sin entusiasmo alguno.
En ese momento apareció Kevin, que se paró en seco al ver a Joe. Miley observó que se había vestido como si fuera a salir a algún sitio.
—¿Adónde vas, Kevin? —le preguntó curiosa.
—Al baile, ¿adónde sino? —respondió él—. No para vigilar a Miley, por si era lo que estabas pensando —le aclaró a Joe con una sonrisa fría—. Nick y yo hemos quedado allí con un posible cliente.
El corazón le dio un vuelco a la joven. ¡Nick también iba al baile! La sola idea de que tal vez pudiera bailar alguna pieza con él la hizo estremecer de placer, y al mismo tiempo se odió por ser tan débil.
—¿Ese posible cliente no será Fred Harriman por un casual? —inquirió Joe en un tono suspicaz.
—Sí, ¿por qué? —dijo Kevin enarcando las cejas. —Porque ha comprado nuestras tierras —respondió Joe con una mueca de desagrado.
Nick dejó escapar un juramento por lo bajo y le dijo que sentían que se hubieran visto obligados a vender.
—No tuvimos más remedio —respondió Joe con un suspiro—. Es gracioso. Cuando las cosas van mal uno nunca se espera que puedan ir a peor, pero ocurre. Hemos hecho todo lo posible por arreglar los desaguisados que cometió nuestro padre, pero ya era demasiado tarde. En fin, al menos todavía tenemos algunos pura sangres, la casa, y un par de acres de tierra.
—Si necesitas trabajo, pásate por la nave un día de estos —le ofreció Kevin repentinamente—. Maldita sea, deja a un lado el orgullo, Tisdale —le espetó a Joe al ver su mirada recelosa—. No es caridad, y el que estemos enfrentados no quita para que no reconozca que eres bueno con el ganado.
—Es cierto, Joe —asintió Nick—. La puerta está abierta.
—Gracias entonces por la oferta —respondió Joe. Se volvió hacia Kevin—. Yo pensaba que no ibas a bailes, ya fuera por negocios o no.
—Y no suelo hacerlo —repuso Kevin—, pero Nick se emborracha si no hago de niñera suya —añadió sonriendo ante la expresión indignada de su hermano.
—Eso es una maldita mentira —protestó—. Recuerdo una noche en la que tú sí que habías pillado una borrachera en toda regla y tuve que meterte en la cama.
—Bueno, todos perdemos el control alguna vez — concedió Kevin apretando los labios—. ¿No es verdad, Miley? —añadió mirando a la joven y después a su hermano.
Miley se puso roja como una amapola, y Nick se dio la vuelta, abrió la puerta y la sostuvo para que los otros tres salieran.
—Ashley también viene al baile —le comentó Joe a Miley mientras caminaban hacia su ranchera—. Casi tuve que ponerle una pistola en la sien para convencerla, pero al final accedió. Necesita distraerse un poco. Está trabajando seis días a la semana por primera vez en su vida y le está resultando duro.
Kevin no dijo una palabra, pero Miley se volvió a mirarlo de reojo y, por la expresión en su rostro, hubiera jurado que estaba escuchándolo con atención. Y Nick, también detrás de ellos, los observaba a Joe y a ella con tal furia que, si hubiera podido, los habría fulminado con la mirada.
Cuando llegaron la sala de fiestas estaba muy animada. La banda de los Trevor estaban ya tocando un popurrí de piezas del Oeste, de esas que se bailan alternando el juego entre la punta y el tacón del zapato. El viejo Ben Joiner, con su violín en la mano, dirigía el baile, alzando la voz por encima de la música para indicar a las parejas qué tenían que hacer en cada momento.
—Hay mucho ambiente —le comentó Joe a Miley. Nick y Kevin se habían sentado en una mesa con el tal Fred Harriman.
—Sí —asintió Miley distraída—. ¿De qué tendrán que hablar con ese tipo? —le preguntó mientras se dirigían a la mesa donde Ashley estaba sentada sola.
—No sé, supongo que Harriman querrá que engorden el ganado que nos ha comprado —Joe giró la cabeza en dirección al lugar donde estaban fijos los ojos verdes de su hermana: la mesa de los Jonas—. Dios... está mucho peor de lo que pensaba —murmuró entre dientes. Miley también lo había notado.
—Kevin tampoco ha salido con nadie en todo este tiempo. ¿Crees que hay alguna posibilidad de que...? —¿Con lo resentido que está con mi hermana? No, no lo creo —respondió él categórico—. Hola, hermanita —saludó a Ashley con una sonrisa. Retiró una silla para que Miley se sentara, y él tomó asiento también.
—Hola, Miley —saludó su hermana a la joven—. Estás guapísima.
—Tú también —respondió Miley—. No sabes lo que yo daría por ser tan bonita como tú.
—Oh, vamos... —murmuró Ashley azorada.
Pero era cierto, y también que estaba preciosa aquella noche. Se había puesto un vestido verde que resaltaba sus increíbles ojos y marcaba su estupenda figura.
—Joe nos ha contado que habéis tenido que vender parte de vuestras tierras. Lo siento.
Ashley sonrió suavemente.
—Sí, bueno, al menos no nos han embargado la casa. Ultimaremos los detalles de la venta la semana próxima, y entonces se acabará todo el chismorreo y volveremos a tener nuestra privacidad —tomó su gaseosa y bebió un sorbo—. Espero que no te moleste que haya venido. No me gusta ir de sujeta velas, pero Joe insistió tanto...
—Por supuesto que no me molesta —contestó Miley sonrojándose un poco ante las implicaciones de aquella disculpa—. Joe y yo solo somos amigos y además me encanta tu compañía.
Siguieron charlando un rato, y cuando terminó la canción que estaban tocando, Joe la hizo levantarse para el siguiente baile.
—Ashley —le dijo a su hermana mientras se alejaban—, pídenos dos gaseosas a Miley y a mí también, ¿quieres?
Ashley asintió sonriente, pero Miley miró a Joe enfurruñada cuando se puso frente a él en la pista. —Yo quería algo más fuerte, no un refresquito — protestó.
—Lo siento, pero yo no bebo, y eso significa que mi pareja tampoco —contestó él entre risas. —Aguafiestas —murmuró ella. Joe chasqueó la lengua.
—No necesitas alcohol para pasarlo bien...
—No es eso, es que pensaba que al menos tú me tratarías como a una adulta —repuso Miley.
—Por eso no desesperes —contestó él con voz suave y profunda, tomándola por la cintura—. La noche todavía es joven.
Miley sonrió, sabiendo que, por supuesto, estaba solo flirteando con ella, y dejó que la llevara él. Era un bailarín estupendo. La joven lo estaba pasando realmente bien... hasta que se fijó en Kevin y Nick. Los ojos del primero lanzaban miradas furtivas todo el tiempo en dirección a la mesa de Ashley, y el segundo los estaba observando a Joe y a ella con el veneno de diez serpientes de cascabel.
El corazón de Miley saltó de alegría al ver los celos en sus ojos. Quizá había esperanza. Ese optimista pensamiento se asentó en su mente, haciéndola sonreír y reírse, lo cuál indujo a Joe a pensar que estaba disfrutando de su compañía... y también a Nick, así que cuando terminó la canción, sin que ella lo supiera, Miley estaba en el centro de la tormenta que se estaba formando.
Casi se desató cuando Nick, devorado por los celos, dejó a Kevin con su posible cliente y fue a invitar a Ashley a bailar. Esta dudó, porque vio que Kevin se erguía en su asiento, y parecía dispuesto a empezar una pelea.
—No le importará —le dijo Nick para convencerla—. Vamos, no te vas a pasar toda la noche aquí sola.
Ashley aceptó finalmente no muy convencida, y con cara de preocupación mientras dejaba que Nick la arrastrara a la pista.
Cuando Miley lo vio se le cayó el alma a los pies. Ashley y Nick hacían buena pareja, y comparándose con ella, la joven se sintió menos atractiva que nunca. Bajó la vista hacia el tórax de Joe, terriblemente deprimida. ¿Y si Nick había ido en realidad porque imaginaba que Ashley también iría? O peor, ¿y si tal vez habían ido por separado y ella era su nueva amante? Estaba empezando a encontrarse fatal.
—Tengo la sensación de estar sentado sobre una bomba de relojería —murmuró Joe observando primero a Nick y Ashley y después a Kevin—. No sé qué pretende Nick, pero Kevin lo está mirando como si quisiera matarlo. Fíjate la cara de furia que tiene. Aunque deteste a mi hermana, de algún modo parece como si la considerara de su propiedad.
Miley giró la cabeza para mirar a Kevin y se avergonzó de sí misma al desear que se levantara de la silla y le pegara un buen puñetazo a Nick solo para apartarlo de Ashley.
—Bueno, si Kevin estuviera bailando con otra mujer, ¿cómo crees que se sentiría tu hermana? —inquirió, alzando la vista hacia Joe. Él frunció los labios.
—Supongo que no había pensado en eso —dijo—. Tal vez Nick solo pensó que se debía sentir sola y por eso la ha sacado a bailar —añadió.
Miley suspiró, y Joe estudió la expresión de su rostro mientras observaba a su hermana y a Nick. De pronto observó que la mirada en sus ojos no era muy distinta de la de Kevin: ¡estaba celosa! Si no estaba ya enamorada de Nick, seguramente iba camino de estarlo, se dijo. Comprendió al instante que sus posibilidades eran escasas, y que poco podía hacer al respecto.
A medida que avanzaba la velada, la tensión iba en aumento. Nick parecía disfrutar estar bailando con Ashley, y Miley seguía bailando con Joe, mientras que Kevin continuaba sentado, lanzando miradas de odio a su hermano, y bebiendo mientras hablaba con Fred Harriman que, finalmente, se marchó.
Cuando la canción terminó, Ashley fue a sentarse de nuevo, y Miley, que había dejado a Joe charlando con unos conocidos que se había encontrado, iba también hacia la mesa. Hacía rato que había optado por no mirar a Nick, porque el hacerlo la estaba destrozando, así que no lo vio acercarse y, cuando lo tuvo frente a sí, se puso muy nerviosa y casi derramó la gaseosa. Su reacción dio esperanzas a Nick.
—¿Quieres bailar la siguiente canción conmigo?
Miley alzó el rostro sorprendida.
—No, será mejor que no... —murmuró.
—¿Por qué no? —inquirió Nick, extrañado por el matiz dolido en su voz.
—Porque no quiero herir los sentimientos de Ashley —contestó ella. Se dio la vuelta y buscó frenética con la vista a Joe—. ¿Dónde diablos se habrá metido Joe...? —murmuró nerviosa.
Nick se había quedado clavado en el sitio, pestañeando, sin creerse que Miley hubiera dicho lo que había dicho. ¿Que no quería herir a Ashley? ¿No habría pensado...? De pronto se le ocurrió que, si Miley había llevado sus conclusiones tan lejos como para pensar que había algo entre Ashley y él, Kevin seguramente también lo habría pensado.
Giró lentamente la cabeza hacia la mesa donde Kevin seguía sentado como una estatua, y dejó escapar un improperio entre dientes.
—¡Dios!, ahora sí que la he hecho buena...
Miley vio cómo Nick se dirigía hacia su hermano, abriéndose camino entre la gente, y se preguntó si habría contratado aquel seguro de vida que le habían querido vender unos meses atrás: Kevin parecía dispuesto a arrancarle la cabeza.
Cuando Nick llegó a la mesa, había dos ceniceros llenos en frente de Kevin, y un vaso de whisky medio vacío. Kevin bebía muy de tarde en tarde, y aún cuando estaba enfadado, se limitaba a una sola copa, así que aquel vaso indicó a Nick lo furioso que estaba. Tomó asiento y lo miró a los ojos.
—Kevin, yo... Ashley estaba sola y...
Su hermano no quiso escuchar más. Apuró la bebida de un trago y se puso en pie, la mirada en sus ojos como la de dos trozos de carbón ardiendo.
—Entonces veré qué puedo hacer para arreglarlo.
Nick contuvo el aliento mientras lo observaba ir hasta la mesa de Ashley. Se quedó mirándola fijamente hasta que ella enrojeció, y después simplemente le tendió la mano. Ella puso la suya en la de él, y se dejó llevar hasta la pista, donde se fundieron el uno en el otro al compás de una suave melodía.
Miley suspiró. Se los notaba tensos, como si hubiera algo más que aire entre ellos, pero la felicidad momentánea que iluminó el rostro de Ashley la hizo más hermosa de lo que era. La expresión de Kevin, por el contrario, era inescrutable, pero Miley estaba segura de que, tras seis años de separación, debía sentirse como si hubiera alcanzado las estrellas con las puntas de los dedos.
—Caramba... —fue el comentario admirativo de Joe cuando regresó junto a Miley—. ¿Verdad que parecen dos mitades de un todo?
—¿Porqué rompieron? —le preguntó la joven.
—No lo sé —contestó él con sencillez—, pero tengo entendido que nuestro padre tuvo algo que ver, y uno de sus amigos. Ashley nunca habla de ello. Lo único que sé es que le devolvió el anillo y que desde entonces ha estado resentido con ella.
La música terminó, y la pareja dejó de bailar. Kevin soltó a Ashley muy despacio, pero a continuación se dio media vuelta abruptamente y se alejó, saliendo de la sala de fiestas.
Ashley se había quedado paralizada en medio de la pista, y en ese momento Miley vio a Nick acercarse a ella, inclinarse, decirle algo al oído, y salir con ella del brazo del edificio.
Bailó con Joe varias canciones más, pero al ver que Nick no regresaba, comprendió que debía haberla llevado a casa... y que debía seguir allí. De repente se notó la cabeza mareada, y las manos sudosas.
—¿Puedes llevarme a casa, Joe? —le rogó a su pareja con la voz ronca.
—¿No te encuentras bien? —inquirió él preocupado.
—Estoy cansada —contestó Miley.
Y era verdad, estaba cansada de ver a Nick en acción: primero la rubia, y después Ashley. Y solo en una semana... Obviamente la pequeña y feucha Miley no tenía lugar en su mundo. Alzó la vista hacia Joe, tratando de contener las lágrimas.
—¿No te enfadas conmigo?
—Por supuesto que no —repuso él suavemente.
Miley no habló durante todo el camino, sumida como estaba en sus pensamientos. Era tan extraña la idea de que Nick provocara deliberadamente un enfrentamiento con Kevin... ¿Estaría tomándose la revancha por algo que su hermano hubiera hecho?
Joe la acompañó hasta las escaleras del porche.
—Bueno, ha sido una pena que la velada terminara tan bruscamente, pero espero que lo hayas pasado bien.
—Lo he pasado muy bien —le aseguró Miley sonriéndole.
Joe se inclinó hacia ella inseguro, pero al no resistirse ella, rozó sus labios suavemente. Sin embargo, al notar que no respondía al beso, alzó el rostro, mirándola a los ojos.
—Me da la sensación de que esto es más bien falta de interés que de experiencia, ¿me equivocó? —le preguntó con delicadeza. Miley enrojeció y bajó la vista.
—Tú me caes muy bien, pero... —no sabía como decírselo—. Bueno, y también es cierto que estoy muy verde en esto.
Era justo lo que había imaginado. Joe enarcó una ceja y tomó a Miley por la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Si solo fuera eso último, pequeña Miley, con un poco de colaboración por tu parte podría ocuparme de ello, pero me temo que es una lección que debe enseñarte el hombre por el que suspiras —le dijo besándola en la frente—. Espero que se dé cuenta de lo afortunado que es, eres una chica muy especial.
—Gracias, Joe —dijo sonriéndole—. Si no existiera ese hombre me gustaría que fueras tú quien me enseñara.
—Bueno, podríamos quedar a cenar alguna noche... solo como amigos. Sé cuando una puerta está cerrada, no tienes que preocuparte por eso.
—Me encantaría —accedió Miley—. Eres un buen hombre, Joe.
—Buenas noches —murmuró él acariciándole la mejilla.
—Buenas noches.
Tras verlo alejarse en el coche, Miley entró en la casa, e iba a subir las escaleras para ir a su dormitorio, cuando llegó a sus oídos una interpretación desafinada de cierta canción, una que Kevin cantaba en muy raras ocasiones, cuando había bebido demasiado.

"Nicholas" cap 5,, MM 2/3


Capítulo 5
Miley se sentía muy deprimida cuando llegaron a casa; ya que, durante todo el camino no había podido dejar de pensar en Nick y la mode¬lo.
Kevin aparcó su elegante Thunderbird negro en el baraje, y a Miley la sorprendió ver que el Jaguar de Nick ya estaba allí también.
—Vaya, vaya... Mira quién está en casa —murmu¬ró Kevin lanzando una mirada significativa a Miley—. Parece que esta noche no tenía ganas de estar por ahí hasta el amanecer.
—Tal vez se ha venido pronto de lo exhausto que lo ha dejado esa rubia —repuso Miley en un tono géli¬do.
Kevin no hizo ningún comentario al respecto, pero parecía muy divertido. Encontraron a Nick en el salón con la botella de brandy en la mano y una copa en la otra. Solo se había quitado la chaqueta y la cor¬bata, y tenía las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, y el frontal casi desabrochado por comple¬to. Miley tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no quedarse mirando el masculino torso. Nick se le¬vantó al verlos y fue hacia ellos.
—Así que al fin te has decidido a traerla a casa —le gritó Nick a su hermano—. ¿Sabes la hora que es?
—Las... dos y cuarto de la madrugada —contestó Kevin imperturbable mirando su reloj de pulsera.
—¿Qué diablos habéis estado haciendo?
—Oh, pasarlo bien, ir aquí y allá... Esa clase de cosas —respondió Kevin enarcando una ceja—. Bue¬nas noches, Miley —dijo a la joven, le guiñó un ojo y subió las escaleras.
Miley se sentía como si la hubieran arrojado a los lobos. ¿Por qué había hecho eso Kevin? Nick pare¬cía aún más furioso... si es que eso era posible. Ca¬rraspeó un poco.
—Bueno, creo que me voy a dormir yo también — dijo girando sobre los talones. Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, Nick la retuvo por el bra¬zo y la llevó al salón, cerrando la puerta tras de sí. Los ojos negros brillaban peligrosamente y los sensuales labios estaban apretados en una delgada línea.
—¿Dónde habéis estado? —exigió saber—. ¿Y qué habéis estado haciendo? Kevin tiene treinta y siete años, Miley, no es un adolescente.
La joven se quedó mirándolo sin lograr articular una palabra, pero la ira que se había alojado en su in¬terior la salvó de la situación:
—La rubia con la que tú estabas tampoco era nin¬guna colegiala —le espetó con tanta calma como pudo, a pesar de que las rodillas le temblaban. Se apo¬yó en la puerta.
—Mi vida privada es cosa mía —repuso Nick a la defensiva, frunciendo las cejas.
—Por supuesto —asintió ella—. Ya me he entera¬do de que no quieres que mariposee a tu alrededor con ojos de ternero enamorado, y eso es lo que estoy tra-tando de hacer —añadió.
Su respuesta pareció incomodar a Nick.
—Kevin es demasiado mayor para ti —insistió. Miley dejó escapar una risotada irónica.
—Le has puesto pegas a todos los hombres con los que he querido salir, pero no puedes ponérselas a tu propio hermano. Kevin jamás me haría daño y lo sabes.
Nick sabía que era cierto, pero aquello no hacía nada por disminuir sus celos.
—¡Oh, por amor de Dios! —exclamó al no encon¬trar otras palabras.
Miley inspiró profundamente, tratando de controlar los agitados latidos de su corazón.
—¿Qué te importa lo que yo haga? —le espetó de¬safiante—. ¡Como si tú fueras el más indicado para juz¬gar a nadie! ¡Todo el mundo sabe que eres un playboy!
Nick la miró furibundo, intentando contener su creciente ira.
—Yo no soy un playboy —masculló entre dien¬tes—. Solo salgo con alguna que otra mujer de vez en cuando.
—Casi cada noche —corrigió Miley—. No es que a mí me importe —mintió con una fría sonrisa—, por¬que me da igual con quien salgas o entres... siempre y cuando tú no metas las narices en mis asuntos. A par¬tir de hoy pienso salir con quien me venga en gana. Y si no te gusta, ¡ya sabes lo que tienes que hacer! —y salió del salón dirigiéndose hacia las escaleras.
—¡Ni se te ocurra volver a llegar a las dos de la mañana, con o sin Kevin! —le gritó Nick desde abajo mientras ella subía.
—Haré lo que me dé la gana —repuso la joven volviéndose un momento y subiendo el resto de escalones de dos en dos.
Nick dejó escapar un improperio y regresó al salón dando un portazo. ¡Maldita Miley!, ¡malditas mujeres! Sentía deseos de aullar. Estaba arruinando su vida amorosa y su vida laboral. Lo único en lo que po¬día pensar era en aquellos malditos preciosos senos...
Miley lloró hasta quedarse dormida. Había sido un día horrible, y cada vez que se imaginaba a Nick besando a la modelo se ponía enferma. Lo odiaba, lo odiaba con todas sus fuerzas. Tenía que encontrar pronto un apartamento y salir de allí. Después de lo ocurrido esa noche sería un infierno tener que seguir viviendo bajo el mismo techo que Nick hasta que llegara el día de su cumpleaños.
A la mañana siguiente, Miley se despertó bastante tarde. Solía levantarse relativamente temprano para arreglarse e ir a misa, pero le pareció que por un día que no fuera, no pasaría nada. Bajó a la hora del al¬muerzo, vestida con unos vaqueros, un suéter de pun¬to beige y el cabello recogido en una coleta. Parecía que Nick no andaba por allí. Gracias a Dios.
—Buenos días —la saludó Kevin desde la cabece¬ra de la mesa cuando entró al comedor—. ¿Cómo fue anoche?
—No preguntes —gimió Miley. Se sentó y miró nerviosa hacia la puerta del salón—. ¿Nick está...? Kevin negó con la cabeza mientras se servía un poco de agua.
—Está todavía durmiendo —le dijo. Aquello sí que era sorprendente. Nick no acostumbraba a levantarse tarde, ni aunque hubiera trasnochado¬— ¿Qué ocurrió?
—Me dijo que tenía que estar en casa antes de las dos —explicó Miley calmadamente— y que tú eres de¬masiado mayor para mí —añadió con una sonrisa in¬crédula. Kevin se rio—. Se está volviendo loco. No sé qué le pasa últimamente... El problema no puede ser su vida amorosa, la mujer rubia de ayer parecía más que dispuesta a complacerlo —añadió con retintín.
Kevin la miró pero no dijo nada, sino que siguió comiendo el estofado con verduras que María les había preparado.
—Oh, casi lo olvido —dijo de pronto—, llamó Selena hace un rato. Me dijo algo de unos apartamen¬tos que quería que fueses a ver con ella hoy.
—Creo que lo haré —murmuró Miley mirando en dirección a las escaleras.
—Ya sabes lo que pienso respecto a que compartas piso con ella, pero la decisión es tuya —le dijo Kevin. La joven asintió y, tras comer algo, llamó a Selena para decirle que sí iría con ella.
Subió a su habitación para buscar una chaqueta, pero no pudo salir porque, al darse la vuelta, se encon¬tró con Nick allí de pie, mirándola malhumorado y bloqueando la puerta.
Acababa de ducharse, tenía el torso desnudo y el cabello húmedo. Miley no pudo evitar quedarse miran¬do la extensa masa de músculos que tenía ante sí, pero rápidamente subió la mirada, solo para ver que Nick estaba bastante ojeroso. Parecía que había pasa¬do tan mala noche como ella.
—¿Adónde vas ahora? —le preguntó fríamente.
—Voy a buscar un apartamento —respondió ella sin dejarse amilanar—, dentro de un par de meses y medio me hará falta.
—¿Y qué piensa Kevin de eso? —inquirió Nick entornando los ojos.
—Kevin no es el que trata de tenerme encerrada en una jaula dorada —repuso Miley. Estaba cansada de todo aquello, de la ira irrazonable de Nick, y hasta de que Kevin tratara de hacer de Cupido—. Escucha, Kevin solo me dejó que lo acompañara a esa cena de negocios para que no tuviera que quedarme en casa. No aparcó el coche en un lugar apartado para hacerme el amor. No es esa clase de hombre, y debería darte vergüenza haber pensado mal de él. Kevin es como un hermano para mí... lo mismo que tú —añadió apartan¬do los ojos de los de él—. No siento absolutamente nada por ti.
—Eso es una condenada mentira y lo sabes, Miley —le espetó él en un tono gélido. Cerró la puerta tras de sí, y empezó a avanzar despacio hacia ella.
La joven dio un par de pasos atrás, se tropezó can una silla, y la rodeó pegándose a la pared. Nick parecía más peligroso que nunca.
—Pues eso es lo que parece que quieres que sea, tu hermanita pequeña, para que puedas tenerme siempre atada, pero que no me interponga en tu camino ni te mire con ojos de...
—¡Cállate, ya no sé lo que quiero! —bramó él to¬cándose las sienes.
Estaba demasiado cerca de ella, tan cerca que po¬día sentir el calor de su cuerpo y el olor a gel de baño.
—Nick, tengo que irme... —le dijo con la voz quebrada.
Ignorando su ruego, él seguía acercándose a ella, con el pecho subiendo y bajando, como si le costara trabajo respirar. Miley tenía la misma sensación. No quería estar allí ni un segundo más. Pronto se dejaría llevar por su debilidad, y no quería que él volviera a burlarse de ella como lo había hecho.
—Déjame salir, Nick,.. —murmuró temblando.
Pero Nick estaba ya frente a ella, y había toma¬do sus labios en un beso nada suave, dejándola sin aliento. Tenía tal ansia de ella, que se inclinó más aún hacia delante, pegándose a su cuerpo por completo. La chaqueta de Miley le estaba estorbando, quería sen¬tir sus senos contra su tórax desnudo, así que la desa¬botonó y la atrajo hacia sí. Miley gimió al notar el tor¬so de Nick a través del fino suéter de punto.
Nick gruñó extasiado e hizo que abriera la boca, para masajear sensualmente el labio inferior con los suyos. Le introdujo la lengua, enredándola con la de ella, y dejó que todo su peso se apoyara en la jo¬ven, aplastándola contra la pared.
Miley estaba asustada. No había esperado un beso tan adulto, y nunca la había besado alguien con expe¬riencia. Aquella intimidad era demasiado nueva para ella, y también bastante turbadora. Lo empujó para apartarlo.
—¡No! —gimoteó.
Nick apenas la oyó. La cabeza le daba vueltas por la excitación y su cuerpo estaba atormentado por la interrupción. Jadeante, abrió los ojos, y le horrorizó ver temor en los de ella. Estaba llorando.
—Miley —susurró—, cariño...
—Déjame... —gimió la joven—. Suéltame... —lo empujó con más fuerza.
Nick se apartó, y Miley lo rodeó, poniendo una buena distancia de por medio entre ellos. ¡De modo que aquello era la pasión!, se dijo aún aturdida por lo que acababa de experimentar. Le dolía la boca por el ardoroso beso, y también los senos por la presión de su tórax. Podía haber sido un poco más delicado. Lo miró con ojos acusadores, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y cerró la chaqueta. Estaba temblando. Nick se sentía como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un martillo. No se habría esperado ja¬más una reacción así. La macana anterior, en el coche, parecía haber estado deseosa de que la besara, y en cambio en ese momento lo estaba mirando con verda¬dero odio.
—Me has hecho daño —murmuró Miley.
Nick no sabía qué decir. Preocupado, sus ojos oscuros escudriñaron los de ella. Había salido con va¬rias chicos, no podía creer que...
—¿No te habían besado antes? —le preguntó sua¬vemente.
—Por supuesto que sí —contestó ella a la defensi¬va—, pero nunca..., ¡no de ese modo!
Nick enarcó las cejas. Estaba empezando a comprender.
— ¡Por Dios, Miley, así es como se besan los adul¬tos! —le explicó.
—¡Pues entonces no quiero ser adulta! —le espetó la joven—, no me gusta que me traten con esa brusquedad.
Nick la vio girarse sobre los talones y salir he¬cha una furia de la habitación, pero no hizo siquiera ademán de detenerla. Su reacción lo había dejado to¬talmente fuera de juego. Había imaginado que no sabría mucho de sexo, pero parecía totalmente ingenua.
Aquello debería haberle agradado, pero le resulta¬ba por el contrario muy irritante que pensara que la había tratada con brusquedad. ¡Por Dios, tendría que haberla dejado salir con Gaston!, así se habría enterado de lo que era un tipo sin delicadeza.
Maldijo entre dientes y le dio un puñetazo a la ba¬randilla. Su respiración todavía era trabajosa, y los la¬tidos de su corazón aún no se habían normalizado. Se sentía acalorado y frustrado. Estaba furioso. ¡Conde¬nada chiquilla, lo estaba volviendo loco!
Necesitaba otra ducha. Regresó al cuarto de baño, se desnudó y abrió la ducha. Al menos era una suerte que la desagradaran sus besos, porque no volvería a besarla hasta que las ranas criaran pelo.
Entretanto, Miley estaba subiendo al coche de su amiga. Las manos todavía le temblaban un poco. ¿Cómo podía haberla tratado de ese modo si la que¬ría? Eso probaba lo poco que le importaba en realidad. Solo había querido obtener placer para sí, no darle placer a ella. ¡Que se quedara con sus estúpidas ru¬bias! Lo odiaba. A pesar de todo, trató de recobrar la compostura. No quería que Selena la notara rara y em¬pezara a hacerle preguntas que no quería contestar.
Aparcaron en la ciudad, y se dirigieron a la primera dirección que tenía Selena en su lista. El apartamento estaba justo sobre una confitería y frente a un banco. A Selena no le gustó porque solo había un dormitorio, y quería tener privacidad. Miley prefirió no hacer ningún comentario, pero estuvo de acuerdo porque estaba en pleno centro, y seguramente habría mucho tráfico por las noches.
Visitaron varios sitios más, pero solo hubo otro que les pareció aceptable. Era una casa de huéspedes, y la habitación que alquilaban estaba en el piso de arriba. La dueña era una tal señora Simpson, que las recibió amistosamente, pero daba toda la impresión de ser una de esas caseras demasiado maternales y coti¬llas. Aquello no le gustó un pelo a Selena. No quería a una mujer mayor controlándolas y dándoles la lata.
Sin embargo, Miley estaba empezando a sacar sus propias conclusiones. Seguramente tenía intención de dar fiestas en el apartamento y llevar hombres allí, y eso sacaría de quicio a Kevin y Nick.
—Creo que yo sí alquilaré la habitación —le dijo a la señora Simpson—. Espero que pueda guardármela, no me mudaré hasta dentro de unas semanas...
Selena miró a Miley extrañada, pero no se entrome¬tió en su decisión.
—No hay problema, querida —le aseguró la mujer.
Cuando salieron, Miley le preguntó a su amiga:
—¿Qué te parece?, ¿por qué no alquilas tú el apartamento que había en el centro? Así cada una tendría su privacidad y podríamos ir a visitarnos.
—Bueno... —respondió Selena enarcando una ceja—, no me parece mal, pero yo creía que íbamos a vivir juntas.
—Seré honesta contigo, Selena —repuso Miley—: tú quieres llevar hombres al apartamento, y Nick y Kevin no me dejarían respirar si se enteraran.
Sele a se encogió de hombros.
—Como quieras —respondió—. Estoy agotada de tanto andar. Vamos a tomar un café.
Caminando por la calle en busca de una cafetería agradable, se toparon con Joe Tisdale y su hermana Ashley al torcer la esquina.
—¡Vaya, hola, Joe, hola Ashley! —los saludó Selena.
—Hola —los saludó Miley a su vez—, ¿cómo es¬táis?
—No muy bien, pero gracias por preguntar —sus¬piró Ashley, esbozando una sonrisa a pesar de todo. Era una mujer realmente preciosa de rasgos deli¬cados, cabello rubio y largo, y los ojos de un verde muy peculiar. Tenía una boca perfecta y era bastante esbelta. Miley siempre pensaba al verla que podía haber ganado una fortuna como modelo, pero Nick le había contado que los Tisdale jamás habrían permitido que su única hija se dedicara a semejante profesión.
Joe tenía el cabello muy oscuro, casi ne¬gro, los mismos ojos verdes, y la tez aceitunada. Era tan grande como Nick, pero no tenía sus músculos. Por el contrario, su cuerpo era flexible como el de un gran felino, y por sus andares resultaba igual de ame¬nazador. Era atractivo, pero tenía carácter, y las mujeres solían encontrarlo irresistible.
—¿Qué hacéis en la ciudad un domingo? —inqui¬rió Joe.
—Estábamos buscando un apartamento que com¬partir, pero al final hemos decidido que cada una alquilaremos uno por nuestra cuenta —explicó Miley.
—Íbamos a tomar un café, ¿queréis uniros a noso¬tras? —los invitó Selena.
—Gracias, creo a Joe le vendrá bien —les dijo Ashley—, necesita animarse un poco. Ayer tuvimos un golpe terrible, y hoy otro aún peor.
Miley alzó la mirada hacia él. Desde luego parecía bastante preocupado, lo cuál no era en absoluto usual en él.
—Lo siento —les dijo—. ¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó.
—Me temo que no, pero gracias por ofrecerte — murmuró él.
Calle abajo encontraron una cafetería y, en cuanto se hubieron sentado, acudió una camarera a atender¬les. Una vez hicieron el pedido, la chica se retiró.
—Joe me ha contado lo que ocurrió la otra no¬che, en ese local nuevo —le dijo Ashley a Miley. —Sí, espero que Nick no te tratara con dema¬siada dureza de vuelta a casa —intervino su hermano. —No, la regañina de siempre nada más —mintió Miley. Logró esbozar una media sonrisa con esfuerzo.
—Eres un diablillo, Miley —le dijo Ashley con una sonrisa pícara—, siempre haciendo cosas que te están prohibidas..,
—Solo quería saber lo que me estaba perdiendo — suspiró Miley con comicidad.
—Y yo hice lo que pude por ayudarla —intervino Selena—, pero después de todo tuviste suerte de que fuera Nick quien viniera a recogerte y no Kevin. Nick es más tolerante.
—No lo creas —repuso Miley con tirantez—, últi¬mamente no.
A la mención de Kevin, Ashley se sonrojó y se quedó muy callada. Miley se sentía mal por ella. Kevin no había superado aún su rechazo, y probablemente jamás lo haría, algo de lo que Ashley sin duda debía ser consciente.
—Y hablando de Kevin... ¿Cómo está? —inquirió Joe en un tono despreocupado, demasiado despreo¬cupado para resultar convincente.
—Pues va del trabajo a casa, de casa al trabajo... —respondió Miley.
En ese momento regresó la camarera y tras servir¬les lo que habían pedido se retiró de nuevo.
—En fin —prosiguió Miley—, la verdad es que de un tiempo a esta parte no sale mucho, se ha vuelto bastante solitario.
—Yo conozco un caso muy parecida —apuntó Joe lanzando una mirada significativa a su hermana. Ashley se removió incómoda en su asiento.
—¿Y cómo va vuestro negocio? —inquirió Selena para romper el silencio que se produjo.
—Tal como está la situación se acabará yendo al diablo —confesó Joe con pesimismo—. Nuestro pa¬dre hizo algunas malas inversiones antes de morir, y hasta la fecha solo hemos ganado para pagar las deudas, pero este mes las cosas han empeorado y... —los rasgos de su rostro se endurecieron—. Me temo que tendremos que vender a Jerónimo.
—Oh, Joe, ¡cuánto lo siento! —murmuró Selena contrayendo el rostro—. Es tu caballo favorito.
—Y el mío también —dijo Ashley con un suspi¬ro—, pero no tenemos otro remedio que venderlo. Aun así, nos gustaría que se lo quedara alguien de nuestra confianza.
—Tal vez pueda convencer a Kevin para que lo compremos nosotros —propuso Miley.
—No creo que sea una buena idea —repuso Ashley—, si le pidieras eso se subiría por las paredes.
—Cierto —asintió Joe sonriendo a Miley—. No te preocupes, a mí también me gustaría saber que lo dejo en buenas manos, pero a veces las cosas son como son.
—Yo tengo una prima aquí en el estado de Texas que está intentando sacar adelante sola un rancho de caballos, si queréis podría preguntarle —se ofreció Selena.
—Te lo agradeceríamos muchísimo —le dijo Joe con una sonrisa.
Siguieron charlando sobre cosas sin importancia y, mientras hablaban, Miley no pudo evitar quedarse mi¬rando a Ashley intrigada. Era una mujer tan singular-mente hermosa que parecía increíble que se hubiera sentido alguna vez atraída por alguien como Kevin, que no era, atractivo. Pero entonces Miley recordó la noche ante¬rior en Houston, cómo Kevin la había apoyado, y ya no le pareció tan sorprendente. Lo verdaderamente sorprendente era que Kevin hubiera dejado escapar a Ashley, que no hubiera luchado por ella. Era terrible la idea de que dos personas se hubiesen amado tanto para convertirse un día en enemigos acérrimos. Pare¬cía que, después de todo, el amor no era muy durade¬ro, se dijo la joven.
Ashley consultó la hora en su reloj de pulsera. —Joe, deberíamos irnos ya. Tengo que llamar a Barry Holman sobre esos bonos y acciones que vamos a venderle —le dijo a su hermano—. Disculpadnos, chicas, nos encantaría quedarnos más rato. Me ha en¬cantado volver a verte, Miley. Últimamente casi no nos vemos, ¿verdad? En fin, supongo que si tratara de poner un pie en el umbral para visitarte, Kevin sería capaz de quemar la casa...
—En mi vida he conocido a nadie tan rencoroso... —murmuró Joe airado—. Y sin llevar razón, ade¬más.
—Déjalo, Joe —le suplicó Ashley—. No quiero que discutamos eso delante de Miley. Su lealtad, lo quiera o no, siempre estará de parte de Kevin, y es na¬tural, porque él, junto con Nick, la ha cuidado y criado.
—Lo siento —se disculpó Joe con los ojos bri¬llantes por la rabia contenida. Dirigió una sonrisa amable a Miley—. El viernes que viene hay un baile de cuadrilla, ¿te gustaría ser mi pareja?
La joven se quedó dudando un instante. Nick se pondría furioso si iba con Joe, pero, por otra par¬te, si aceptaba, aquello le demostraría que no era el único hombre en el mundo.
—¡Joe, no! —le rogó Ashley a su hermano—. ¿No ves que si haces eso solo conseguirás empeorar más las cosas?
—¿Para quién? —repuso Joe—. ¿Podrían empeo¬rar acaso más para ti? ¡Por Dios, si llevas una vida casi monástica!
Ashley dejó la servilleta con calma sobre la mesa.
—Mi forma de vida no es cosa de nadie excepto mía —le dijo poniéndose de pie—. Miley, si vas con Joe a ese baile, Kevin se pondrá hecho un energúme¬no y saldrás pagando tú el pato. Ya no es el hombre que era, y yo me sentiría fatal si te hiriese a ti el fuego cruzado.
—No le tengo miedo, Ashley —contestó Miley—, bueno, no demasiado. En realidad es Nick quien me tiene asfixiada. Creo que ir con Joe a ese baile podría ayudarme a demostrarle que ya no soy una niña.
—¿Lo ves? —le dijo Joe a su hermana—. ¡Y tú pensando que lo hacía solo por irritar a tu ex prometi¬do!
—¿Y no es así? —inquirió Ashley desafiante. —Tal vez —concedió Joe alzando la barbilla con arrogancia.
Cuando salieron de la cafetería, Joe iba delante, charlando con Selena, mientras que Miley y Ashley los seguían a paso tranquilo.
—Tú también debes haber notado el cambio en Kevin, Miley —le dijo Ashley—, antes se reía más, no se mostraba tan frío e inflexible... no hasta que le de¬volví el anillo de compromiso. Eso hizo que me detes¬tara —murmuró. De pronto detuvo a Miley, agarrán¬dola por el brazo—. Miley, no vayas con Joe al baile, por favor, no hagas más daño a Kevin. En reali¬dad es muy vulnerable, por mucho que quiera ocultar¬lo...
—Lo sé —le dijo Miley poniendo una mano sobre la de la otra mujer. Le daba la impresión de que aún estaba enamorada de Kevin—. Siento que las cosas te estén yendo tan mal, Ashley. De todos modos, quiero que sepas que Kevin no ha vuelto a salir con nadie más, no ha habido nadie más para él.
Los labios de Ashley temblaban. Apartó la mirada. y alzó la cabeza para evitar que escaparan las lágrimas de sus ojos.
—Gracias —murmuró con la voz ronca par la emoción.
Miley querría haberle dicho algo más, pero los otros estaban esperándolas impacientes. Se despidie¬ron al llegar a un cruce.
—Te recogeré el viernes a las seis, Miley, ponte algo sexy —le dijo Joe guiñándole un ojo.
—Pues tú deberías ponerte ropa de rugby, con el casco y las protecciones... por si Kevin se pone violen¬to —le aconsejó ella riéndose.
Selena llevó en coche a Miley hasta el lugar donde esta había dejado el suyo la noche del striptense. Al fin podría recogerlo... Lo había echada mucho de me¬nos. Cuando llegaron allí, antes de que Miley se baja¬ra, su amiga le dijo:
—No me gustaría estar en tu pelleja. No creo que le haga mucha gracia a Kevin...
—Tranquila, no crea que llegue la sangre al río— repuso Miley.
—¿Y qué dirá Nick? —inquirió Selena incli¬nándose para ver el rostro de su amiga.
Miley se había puesto pálida como una sábana. De pronto había acudido a su mente el recuerdo del violento beso de aquella mañana. Tragó saliva con difi¬cultad.
—No creo que le imparte en absoluto.
—Yo no estaría tan segura... —murmuró Selena—. En fin, te recordaré en mis oraciones.

"Nicholas" cap 4,, MM 1/3


Capítulo 4
Miley consiguió meterse el camisón de satén plateado, pero mareada como estaba por los efectos del alcohol, no acertaba a meter los botones del delantero en los ojales. Frustrada, alzó la vista hacia el espejo, y la sorprendió el aire tan sexy y sofisticado que le otorgaba el camisón abierto, dejan¬do parte de sus senos sonrosados al descubierto. Pare¬cía mucho más madura así. Se rio ante su ridícula fas¬cinación, y se dejó caer sobre la colcha rosa pálido de la cama con dosel, dejando uno de sus senos totalmen¬te al descubierto. La joven cerró los ojos despreocupa¬da. ¿Qué importaba?, se dijo dejándose arrastrar por el sueño, no iba a entrar nadie a verla.
Nadie... excepto Nick, que abrió la puerta muy despacio y entró con sigilo para casi caerse de espal¬das ante lo que vio. Se quedó sin aliento.
Miley respiraba tranquila, se había quedado dormi¬da, Nick suspiró aliviado. Mejor así. No habría sido capaz de decir nada coherente. Nunca había pen¬sado en Miley como una mujer, pero, en ese momento, viéndola allí echada, con ese camisón plateado, y un delicioso seno totalmente expuesto a la vista, lo excitó tremendamente.
Se había quedado paralizado junto a la puerta, asi¬milando por primera vez el hecho de que Miley ya no era una chiquilla. Lo que tenía frente a sí lo declaraba a gritos. Y entonces comprendió cuál era el motivo por el cual se había sentido tan raro últimamente, por qué había estado sobreprotegiéndola, por qué andaba todo el día haciéndola enfurecer deliberadamente... Porque la deseaba.
Cerró sin hacer ruido la puerta tras de sí, y se acercó a la cama. ¡Dios, era tan preciosa! Los músculos de su rostro se contrajeron. Se daba asco a sí mismo por estar devorándola con la mirada, pero no podía evitarlo.
Se preguntó si habría permitido que alguno de los chicos con los que había salido le viese los senos. El solo pensamiento lo puso furioso, y todo su cuerpo se tensó. La idea de imaginar a otro hombre mirándola, acariciándola, abriendo la boca sobre aquellos suaves montículos y estimulando sus cumbres para endure¬cerlas... Sacudió la cabeza para apartar esos horribles pensamientos.
—Miley —la llamó con voz ronca.
La joven se revolvió en sueños, haciendo que el frontal del camisón se abriera por completo. Nick se estremeció ante la increíble visión que se le ofrecía de los dos senos perfectos, maravillosos.
Masculló una palabrota entre dientes y se obligó a inclinarse sobre ella para abrocharle el camisón. No podía creerse lo nervioso que estaba. ¡Si hasta le tem-blaban las manos! Gracias a Dios que Miley no estaba despierta para verlo tan vulnerable.
La joven gimió sensualmente cuando los duros nudillos de Nick rozaron su piel, y se arqueó hacia él aún dormida, como un gatito mimoso.
Nick contuvo la respiración. El tacto de la piel de Miley tenía la suavidad de la seda, y era además tremendamente cálido. Apretó los dientes y abrochó cada botón, hasta el último. A continuación, la tomó en brazos y la levantó, para retirar la colcha y meterla de nuevo en la cama.
En ese instante, los ojos de la joven se abrieron pe¬rezosos. Observó los duros rasgos de él en la oscuri¬dad y sonrió suavemente.
—Estoy dormida, Nick —murmuró acurrucán¬dose contra su cuello. El dulce aroma que emanaba de ella y la presión del frágil cuerpo femenino estuvieron a punto de hacerle perder el control.
—¿De veras? —murmuró, de nuevo con voz ronca por la excitación. La colocó sobre el colchón, acunán¬dole la mejilla contra su mano antes de depositarla en la almohada, sus labios a unos centímetros de los de ella.
Miley le echó los brazos al cuello, pero él los reti¬ró metiéndolos bajo la colcha y la sábana.
—Nunca me habías arropado antes —murmuró la joven soñolienta.
—Pues no esperes que te cuente una historia — contesto él con sentido del humor—, eres demasiado joven para oír las que me sé.
—Supongo que sí. Soy demasiado joven para todo... Demasiado joven —murmuró Miley bostezan¬do y cerrando los ojos de nuevo—. Oh, Nick, ojalá fuera rubia…
—¿A qué viene eso ahora? —inquirió él perplejo. Pero la joven se había vuelto a quedar dormida, Nick se quedó observándola pensativo un buen rato y volvió a salir tan sigilosamente como ha¬bía entrado.
Kevin salía del salón cuando Nick llegaba al pie de las escaleras.
—¿La has traído a casa? —le preguntó.
—Sí, está en la cama, borracha como una cuba —añadió con una media sonrisa.
Kevin lo miró con los ojos entornados y el ceño fruncido.
—¿Qué te ha pasado? Te sangra el labio. Nick se llevó la mano a la boca.
—Un pequeño altercado en ese local nuevo —con¬testó Nick con ironía. Fue junto al mueble bar y se sirvió un buen lingotazo de brandy—. ¿Quieres uno?
Kevin meneó la cabeza y encendió un cigarrillo bajo la mirada desaprobadora de Nick. Les había prometido a él y a Miley que iba a dejarlo, pero siem¬pre recaía.
—¿Cuál fue el motivo de la pelea? Nick tomó un sorbo de su vaso.
—Miley.
—¿Miley? —repitió Kevin enarcando las cejas.
—Selena Gómez, la había llevado a ese sitio y la es¬taba dejando emborracharse. Cuando la encontré la había dejado sola y un tipo estaba intentando propa¬sarse con ella.
—El otro día fue al striptease, y hoy se va a un club nocturno a emborracharse... —murmuró Kevin pensativo—. Algo le pasa a nuestra chica.
—Lo sé —asintió Nick—. Solo que no tengo ni idea de cuál pueda ser el problema. En cualquier caso no me gusta nada lo que esa Selena está tratando de hacer, pero tampoco puedo explicárselo a Miley.
—Está tratando vengarse de ti a través de Miley, ¿no es cierto? —adivinó Kevin.
—Bingo —asintió Nick levantando el vaso como para brindar por él y apurando la bebida—. Estaba obsesionada conmigo, y la rechacé. ¿Qué espera¬ba? Es amiga de Miley. No puedo salir con una amiga de Miley.
—¿Y Miley?, ¿está bien?
—Sí, sí, no le ha pasado nada —lo tranquilizó Nick. Sin embargo, prefirió omitir que la había metido en la cama, y que estaba bebiendo porque estaba preo-cupado por ella, cosa que raramente hacía —. Ese per¬vertido solo la asustó un poco.
—¿Y qué hiciste?
—Le di su merecido, claro está.
—Bien hecho. En fin, lo único evidente en todo este asunto es que Miley sigue necesitando de alguien que la vigile de cerca.
—Amén. ¿Quieres que la echemos a cara o cruz?
—¿Por qué iba a querer interferir cuando tú lo ha¬ces tan bien? —repaso Kevin con una sonrisa burlona. Sin embargo, la sonrisa se desvaneció de sus labios al observar la seriedad en los ajos de su hermano— . Nick... Recuerdas que Miley cumple los veintiuno dentro de tres meses, ¿verdad? Y creo que ya está bus¬cando un apartamento con Selena.
El rostro de Nick se endureció.
—Esa «amiga» suya la corromperá, y no quiero que Miley terminé pasando de mano en mano entre los ex novios de Selena como si fuera unas entremeses.
Kevin enarcó las cejas. La voz de Nick sonaba agitada. Bien pensado, lo cierto era que estaba bastan¬te rara...
—Solo somos los tutores legales de Miley —le recor¬dó—, no tenemos derecho a tomar decisiones por ella. Nick le lanzó una mirada furiosa.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me quede cruza¬do de brazos, esperando a que aparezca un vaquero borracho y la desflore? ¡Y una mierda!
Se giró sobre los talones y salió como un torbelli¬no de la habitación. Kevin apretó los labios y esbozó una sonrisa divertida.
Miley se despertó a la mañana siguiente con dolor de cabeza y la sensación de que le esperaba un día di¬fícil. Se incorporó hasta quedarse sentada, agarrándo¬se las sienes. Eran las siete de la mañana, y tenía que estar en la oficina a las ocho y media. Seguramente Kevin y Nick estarían desayunando ya. Al pensar en la comida le sobrevino una náusea.
Se bajó de la cama tambaleándose y fue al cuarto de baño para lavarse un poco. Cuando fue a quitarse el camisón, la extrañó encontrarse con que lo tenía abro¬chado. ¡Qué curioso!, hubiera jurado que la noche an¬terior no había sido capaz de hacerlo... Seguramente se habría despertado en un momento dado, abrochado, metido bajo la ropa de la cama, y vuelto a dormir.
Era sábado, pero aún en fin de semana se trabajaba en la nave, porque no se podía descuidar al ganado, y también había que hacer el papeleo. Miley se había he-cho ya a la idea, y se había convertido en rutina el tra¬bajar también en sábado. Podía tomarse la tarde libre si quería, pero en los últimos meses no lo había hecho, porque así podía ver a Nick más tiempo.
Se puso un traje de falda y chaqueta gris claro con una camisa de seda azul y se recogió el cabello con una pinza. Se maquilló un poco, y se calzó unos zapa¬tos de tacón. No era una gran belleza, se dijo mirándo¬se en el espejo, pero no iba a presentarse ante Nick, que seguramente estaría furioso, pálida como un fantasma y hecha un adefesio.
Cuando bajó, encontró a los dos hermanos desayu¬nando. Nick la miró muy serio cuando se sentó.
—Ya era hora —le dijo con aspereza—, tienes un aspecto horrible, y lo tienes bien merecido. ¡No quiero volver a verte en un bar con esa Selena Gómez!.
—Por favor, Nick... Ahora no —murmuró Miley—, tengo la cabeza como un bombo.
—No me extraña —repuso él.
—¿No puede uno desayunar siquiera en paz? —in¬tervino Kevin.
—Cállate —le espetó Nick.
—Estupendo —masculló Kevin tomando una de las galletas de María.
Miley se sirvió un café bien cargado.
—Será mejor que te tomes unas aspirinas antes de irte, Miley —le dijo Kevin amablemente.
—Lo haré —respondió la joven esbozando una sonrisa agradecida—. En fin, está visto que la ginebra no me sienta bien.
—Ninguna bebida alcohólica es buena —la alec¬cionó Nick.
—¿Y entonces por qué te tomaste casi entera mi botella de brandy anoche? —preguntó Kevin enarcan¬do una ceja. Pero Nick no le contestó; se puso de pie y arrojó la servilleta sobre la mesa.
— Me marcho.
—¿Por qué no te llevas a Miley en tu coche? —su¬girió Kevin con una expresión extraña—. El suyo si¬gue en Tisdaleville.
—No voy a ir directamente a la nave —repuso Nick. No quería estar a solas con Miely, no des¬pués de cómo la había visto la noche anterior. Apenas podía mirarla sin recordar...
—No he acabado de desayunar —contestó Miley, molesta de que Nick no quisiera su compañía—. ¿Puedo tomar prestada otra vez tu camioneta? —le dijo a Kevin—. Puedo conducir. Tampoco bebí tanto.
—Claro, por eso anoche caíste en la cama nada más acostarte —contestó Nick con ironía. Miley se había quedado sin respiración. Por fortuna Kevin estaba sirviéndose una taza de café y no los miró, pero Miley alzó los ojos hacia Nick, y supo al instante por el modo en que sus facciones se tensa¬ron, que la había visto con el camisón desabrochado. Se puso roja como un tomate, y sintió que las piernas le temblaban.
De pronto, Nick la agarró por el brazo y la hizo levantarse.
—Olvídate del desayuno, ya tomarás algo en la ca¬fetería. Te llevaré. No estás en condiciones de condu¬cir.
Kevin sí estaba mirándolos en ese momento, y sus ojos pasaron perplejos de las mejillas encendidas de Miley a la expresión tirante de Nick.
La joven comprendió que irse con Nick era lo mejor. La azoraba la idea de estar a solas con él tras lo ocurrido, pero mucho menos quería quedarse con Kevin, porque estaba segura de que le haría contárselo. Nick debía haber pensado lo mismo.
La arrastró fuera sin que pudiera darle tiempo si¬quiera a decirle adiós a Kevin.
—¿Te importaría aminorar el paso? —le pidió ja¬deante mientras se dirigían al coche—. Mis piernas no son tan largas como las tuyas, y siento como si la ca¬beza me fuera a estallar.
—Tal vez el dolor de cabeza te venga bien después de todo —le dijo Nick—, te quitará las ganas de volver a irte a la aventura.
Miley lo miró airada, pero no dijo una palabra. En¬traron en el Jaguar de Nick y este arrancó, pero no se dirigió a la nave, sino que tomó una pista asfaltada, deteniéndose en medio del campo.
Se quedó callado, observando pensativo sus manas sobre el volante, mientras Miley recobraba el aliento y reunía el valor necesario para reclamarle:
—¿Cómo te atreviste a entrar en mi habitación sin llamar?
—Sí que llamé, lo que pasa es que no me oíste.
La joven se mordió el labio inferior y giró la cabe¬za hacia los pastos.
—Miley, por amor de Dios, no hagas un drama de esta —le dijo él—. ¿Preferirías que te hubiera dejado como estabas? ¿Y si esta mañana hubieran entrado Kevin o López a despertarte?
Miley tragó saliva. Tras un minuto largo, con las mejillas encendidas, se volvió hacia él insegura.
—Nick... No tenía todo el pecho al aire... ¿ver¬dad?
Él la miró a los ojos, y de pronto sintió que no po¬día apartar la vista. Estaba tan bonita... Sin darse cuenta de lo que hacía, extendió el brazo y le acarició el cuello.
—No —mintió. Al ver la expresión de alivio en el rostro de ella, supo que había hecho lo correcto—. Solo te abroché los botones y te tapé con la colcha y la sábana,
—Gracias —musitó Miley.
Las dedos de Nick subieron hacia la mejilla de la joven.
—Miley, ¿has dejado alguna vez a un hombre ver tus senos? —le preguntó de improvisa.
La pobre Miley balbuceó algo incomprensible y bajó la vista nerviosa.
—Déjalo, no importa —replicó él suavemente—. Imagino que no...
—No vuelvas a hacerme esa clase de preguntas.
—¿Por qué no? —murmuró él alzándole la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Si quieres que te trate como a una persona adulta...
Miley se removió inquieta en su asiento. La hacía sentir tan ingenua que quería llorar.
—Déjame, Nick, por favor —le rogó cerrando los ojos con fuerza.
—¿Tan asustada estás de mí? —le preguntó él con voz acariciadora.
Le acarició los labios con el índice, y Miley se es¬tremeció, abriendo los ojos al instante, todo el deseo y el temor reflejado en ellos. Fue entonces cuando Nick perdió el control. ¡Ella también lo deseaba! ¡Tanto como él a ella! ¿Era esa la razón por la que ha¬bía estado tan inquieta últimamente, porque estaba sintiéndose atraída por él y quería ocultárselo por to¬dos los medios? Tenía que saberlo.
Miley no acertaba a pronunciar palabra. Se sentía como si él estuviese tratando de leer en su mente. —No estoy asustada. ¿Podemos irnos ya? —¿Estás tratando de negar lo que sientes, Miley?, ¿vas a decirme que no quieres que te bese?
El pulso de la joven se aceleró ante aquellas pre¬guntas. ¡La había descubierto! Si no paraba pronto aquello, tendría que hacerlo ella. Tal vez le pareciese muy divertido, pero no quería que la hiriese. Trató de apartarlo, empujándolo por el hombro, pero sus ojos volvieron a encontrarse, y se notó estremecer de arriba abajo.
Aquel contacto visual fue distinto de cualquier otro que hubiera experimentado antes. Era muy adul¬to, muy revelador. Los dedos de Nick subían y bajaban por su garganta, y la boca entreabierta descen¬dió hacia la de ella, deteniéndose a unos centímetros, entremezclándose el aliento de los dos.
—Ni... ck —susurró Miley ansiosa.
Lo escuchó contener el aliento, y tomarla por la nuca para hacer que inclinara la cabeza.
—Hace mucho tiempo que quiero hacer esto —¬murmuró Nick mientras se acercaba más—. Lo deseo tanto como tú...
Sin embargo, justo antes de que su boca llegara a fundirse con la de ella, el sonido de un vehículo que se aproximaba lo; hizo separarse.
Nick se sentía desorientado. Miró en el espejo retrovisor, para comprobar que un pequeño camión se acercaba por detrás. Le costaba respirar, y se notaba los músculos tensos.
Giró la cabeza hacia la joven. Se había apartado, quedándose al borde del asiento, junto a la puerta, como un animalillo asustado, y estaba temblando. Al verla así. Nick se avergonzó de lo que había estado a punto de hacer, Demonios, nunca había querido complicaciones, y Miley era la mayor de todas las que había tenido que afrontar hasta entonces.
—Será mejor que nos vayamos. Hay mucho traba¬jo por hacer —le dijo arrancando el Jaguar. Siguió ha¬cia delante para poder dar la vuelta en una curva y unos minutos más tarde estaban en la nave—. Ve a la oficina —le indicó a la joven—. Yo tengo que ir a Tisdaleville para tratar unos asuntos con nuestro abogado —añadió en un tono desprovisto de emoción. En reali¬dad no era cierto, pero necesitaba pasar unos momen¬tos a solas para tranquilizarse. Aquello era absurdo. Se sentía tan tenso como un chico joven la primera vez, y estaba perdiendo su sentido del humor. No que¬ría que Kevin lo viera así y empezara a hacerle pre¬guntas embarazosas.
—Está bien —respondió Miley con la voz quebra¬da.
Nick la miró inseguro. Parecía tan agitada, que si los empleados la veían así querrían saber qué le ha¬bía sucedido.
—No ha pasado nada —le dijo—, y no pasará si dejas de mirarme como un ternero enamorado.
Miley dejó escapar un gemido de indignación. Le lanzó una mirada dolida, se bajó del coche, y se enca¬minó a la oficina sin volverse.
Nick estuvo a punto de ir tras ella. No había querido decirle eso, pero estaba perdiendo el control sobre sí mismo, y le aterraba pensar lo que podía lle¬gar a hacer si seguía mirándolo con ojitos tiernos. No podía hacerle el amor, era solo una adolescente, y él era su tutor. Sin embargo, por mucho que se repitió eso una y otra vez en su mente, la imagen de Miley medio desnuda en la cama volvía a asaltarlo. Gimió con enorme frustración y pisó el acelerador para ale¬jarse de allí.
Miley no creía que pudiera sobrevivir a la jornada, pero, increíblemente, lo logró. En un principio le ha¬bía parecido imposible actuar como si nada hubiese pasado, pero por suerte, como Kevin sabía que tenía resaca, debió atribuir a ello su palidez y su comporta¬miento taciturno. Además, Nick no apareció en todo el día, y así al menos no tendría que soportar la humillación de tener que dirigirle la palabra después de lo que había dicho,
—Creo que necesitas desconectar un poco, Miley —le dijo Kevin acercándose cuando estaba recogiendo sus cosas después del almuerzo—. ¿Te apetece venir a cenar conmigo a Houston? Tengo una cena de nego¬cios con un hombre y su esposa, y no me apetece nada ir solo.
Kevin estaba sonriendo, y su amabilidad y dulce preocupación le llegó al alma a la joven. No era el hombre frío y sin sentimientos que la gente creía. Solo era un hombre triste y solitario, que debería haberse casado hacía tiempo y haber tenido un montón de, ni¬ños a los que malcriar.
—Me encantaría —le dijo. Sí, sería un cambio agradable cenar fuera, sobre todo porque así no ten¬dría que ver a Nick. Claro que era sábado por la noche, y los sábados Nick casi siempre salía.
—Estupendo. Iremos a casa a cambiarnos y saldre¬mos a las seis.
Miley se puso para la ocasión un vestido de tercio¬pelo color borgoña. Le llegaba hasta la rodilla, y tenía tirantes y el escote en forma de uve. No era muy sexy, pero sí elegante.
—Muy guapa, sí, señor —aprobó Kevin cuando se encontraron al pie de la escalera. Miley sonrió, pero miró inquieta hacia el pasillo, temiéndose que apareciera Nick—. Me dijo que no vendría hasta tarde —la tranquilizó adivinándole el pensamiento—. ¿Ha¬béis vuelto a tener un encontronazo?
—El peor que puedo recordar —asintió ella sin querer entrar en detalles—. Nick actúa últimamen¬te como si me odiara.
Alzó la vista hacia Kevin y vio que tenía una ex¬presión extraña en el rostro.
—Y tú no sabes por qué... —murmuró este—. Bueno, dale tiempo, Miley, Roma no se hizo en un día.
—No te comprendo —replicó ella parpadeando perpleja.
Kevin se rio suavemente y la tomó por el brazo.
—No importa. Anda, vamos.
Kevin aparcó frente a un discreto restaurante, don¬de los esperaban ya los Trevor, el matrimonio con el que se había citado. Clara y Henry Trevor poseían un pequeño rancho en Montana, y se dedicaban a la cría de ganado vacuno. Rondarían casi los cincuenta, pero eran muy joviales y agradables, y Miley hizo migas in-mediatamente con la mujer, mientras el marido y Kevin hablaban de negocios.
La joven lo estaba pasando francamente bien... hasta que alzó la mirada hacia la pista y vio un rostro Familiar. Nick estaba allí, bailando con una rubia despampanante. Tenía las manos en torno a su cintura, y se sonreían el uno al otro como si fueran amantes.
Miley se estaba sintiendo enferma, y se notó de pronto las manos frías y sudosas. Después del hiriente comentario de aquella mañana, esa visión era como la estocada final. Aquella era la clase de mujer que le gustaba: esbelta, hermosa, sofisticada… Aquella debía ser una de sus amantes, una de esas mujeres a las que no llevaba a casa.
—¿Te ocurre algo, Miley? —inquirió Kevin de re¬pente. Sin embargo, al momento siguió su mirada en dirección a la pista y comprendió.
—¿No es ese Nick? —inquirió el señor Trrevor sonriendo—. ¡Qué casualidad! Le diremos que se acer¬que para ver qué opina de mi propuesta —y antes de que los otros pudieran detenerlo, se dirigió a la pista.
—Señora Trevor, ¿le importaría acompañarme al aseo un momento? —le pidió Miley a la mujer con una sonrisa débil pero convincente.
—¿Cómo no, querida? Discúlpanos, Kevin —dijo Clara poniéndose de pie y yendo delante.
Cuando Miley pasó, junto a la silla de Kevin, este la retuvo un momento por el brazo.
—Tranquila —le susurró— te sacaré de aquí en cuanto pueda. ¿Quieres algo de beber?
Miley bajó la vista hacia él, al borde de las lágri¬mas ante la inesperada comprensión de Kevin.
—¿Podría tomar piña colada con un poco de ron? —inquirió.
—Por supuesto, creo que lo necesitas. Anima esa cara y mantén la cabeza bien alta.
—Gracias, «hermano mayor» —dijo Miley son¬riéndole con cariño.
—No hay de qué —respondió él sonriendo tam¬bién—. Vamos, vete.
Justo en ese momento se aproximaba Nick con el señor Trevor, Miley inspiró profundamente, lo saludó con un gesto de la cabeza, y se marchó hacia los lava¬bos sin prisa aparente.
Diez minutos después, la señora Trevor y ella regre¬saban a la mesa. Nick se levantaba en ese instante con la rubia colgada de su brazo. Miley hizo un esfuer¬zo enorme por no mostrar sus celos. ¡Cara de ternero enamorado, había dicho! ¡Se iba a enterar!
—¡Hola, Nick! —lo saludó sonriendo y sentán¬dose junto a Kevin—. Que restaurante tan estupendo, ¿verdad? Kevin me invitó porque le pareció que me vendría bien salir un poco. ¿No te parece que ha sido muy considerado? —tomó su vaso de piña colada y bebió un buen sorbo, aliviada al notar que no sabía de¬masiado a ron, y de ver que su mano no había tembla¬do.
—Claro, ya es una chica mayor —le dijo Kevin a su hermano. Se recostó contra el respaldo del asiento, como desafiándolo a decir algo.
A Nick no parecía hacerle mucha gracia la idea de que su propio hermano quisiera fastidiarlo, y cuan¬do Kevin le pasó un brazo por los hombros a Miley, lo miró de un modo que dio la impresión de que fuera a saltarle a la yugular como un león.
—Estoy cansada, Nick —suspiró la rubia acurru¬cando la cabeza en el hueco del cuello de él—. Nece¬sito dormir... después de otras cosas —le dijo sugeren¬te con una mirada pícara.
Miley alzó la barbilla, mirando a Nick directa¬mente a los ojos.
—Pásalo bien, «hermanito» —le dijo con fingida despreocupación. Incluso logró esbozar una sonrisa. Levantó su vaso, tomó un sorbo y le hizo un guiño a la rubia, quien le devolvió la sonrisa.
Nick parecía estar tratando de encontrar su voz. Ver a Miley can su hermano lo estaba volviendo loco. Nunca había considerada esa posibilidad. Kevin no era un playboy, pero era un hombre maduro, muy masculino, y después de todo había atraído a una be¬lleza como Ashley Tisdale.
Nick no había tenido intención de salir aquella noche, pero la cita había surgido a pesar de todo, y ha¬bía pensado que sería un buen modo de quitarse a Miley de la cabeza unas horas. Lo cierto era que ni si¬quiera le gustaba demasiado, pero era alguien con quien pasar el rato sin que supusiera una amenaza para sus emociones. Lo que no esperaba en ningún caso era que se encontraran con Miley. Se había senti¬do realmente avergonzado, como si le estuviera siendo infiel a una esposa.
Y sin embargo... ¿Estaba Miley molesta con él? Por mucho que escudriñara sus facciones, no lograba ver el más mínimo rastro de celos. Iba más maquillada que de costumbre y aquel vestido le sentaba como un guante. Estaba preciosa. ¿Se habría dado cuenta Kevin?
—Nick...—lo instó de nuevo la rubia—. Estoy can¬sada. He tenido un día muy largo, el desfile de esta tarde ha sido agotador, y los pies están matándome. ¿Nos vamos ya?
—Enseguida —asintió Nick quedamente—. Os veré después —le dijo a Kevin.
—Bien —contestó Kevin entre divertido e incrédu¬lo por lo acartonado que parecía su hermano—. Por cierto, tal vez volvamos a casa un poco tarde, así que no te preocupes si llegas y no nos encuentras allí. He pensado en llevar a Miley a bailar —añadió con la sonrisa arrogante que Nick detestaba.
—¿De veras? —dijo Miley tratando de mostrarse lo más emocionada posible.
El rostro de Nick se contrajo, y esbozó a duras penas una sonrisa.
—Buenas noches entonces —dijo con tirantez. Y casi no escuchó lo que le decían los otros mientras sa¬lía del restaurante con su acompañante.
—Lo has hecho muy bien —le susurró Kevin a Miley mientras se alejaban.
—¡Oh, Henry, mira la hora que es! —exclamó de pronto la señora Trevor—. Deberíamos irnos nosotros también. Mimi ya estará echándome de menos.
—Es nuestra perrita —aclaró su marido—. Clara la mima de un modo terrible —dijo meneando la cabeza. Se pusieron en pie, y tras despedirse de Kevin y Miley se marcharon también, dejándolos solos.
Las lágrimas que la joven había estado contenien¬do rodaron por sus mejillas.
—Lo sabes, ¿verdad, Kevin? —inquirió sin atre¬verse a mirarlo.
—¿Te refieres a cómo te sientes? —le preguntó él con suavidad. Ella asintió con la cabeza—. Tienes que procurar que él no se dé cuenta. Es muy cabezota y aunque sienta lo mismo por ti se negará a aceptarlo una y otra vez. Dale tiempo y no lo agobies.
—Vaya, sabes mucho de hombres —murmuró Miley hipando entre risas.
—Bueno, tal vez sea porque yo soy un hombre — contestó él con una sonrisa—. Anda, sécate las lágri¬mas y vámonos a casa —le dijo ofreciéndole su pa¬ñuelo—. Creo que ya hemos mortificado a Nick bastante. La idea de que salgamos juntos debe haberlo puesto furioso.
—¿Tú crees?
—Pues claro —asintió él con una sonrisa—. Va¬mos, Miley, no es el fin del mundo. Eres joven y tienes mucho tiempo por delante.
—Sí, pero, ¿qué voy, a hacer hasta que llegue el fu¬turo? Me está volviendo loca.
—Tal vez deberías ponerte a buscar en seria un apartamento —le aconsejó Kevin—. La casa estará muy vacía sin ti, pero me temo que es la única solu¬ción posible... por el momento.
—Ya lo había pensado yo también —le confesó Miley—, pero es que Nick no me dejará jamás irme a vivir con Selena.
—Miley... —¿cómo decírselo sin contarle que su amiga estaba despechada con Nick?—. A mí esa chica también me parece bastante alocada. Creo que lo mejor sería que alquilases una habitación en una casa de huéspedes, pero eso es decisión tuya —añadió con voz queda—. No voy a decirte lo que tienes que hacer. Ya eres mayor para decidir por tu cuenta y riesgo.
—Gracias, Kevin —dijo ella suavemente—. La mujer que se case contigo será muy afortunada.
De pronto la expresión de Kevin se endureció, y el humor que había brillado antes en sus ojos se esfumó.
—Ese es un error que no cometeré —le contestó—. Ya hice el idiota una vez.
—Pero Nick dice que no dejaste a Ashley ex¬plicarte su versión de la historia ——repuso Miley—. que no la escuchaste.
—El hecho de que me devolviera el anillo lo decía todo —respondió él secamente—. Y no quiero hablar más de eso, Miley —advirtió con una mirada peligrosa.
—Lo siento —se disculpó ella—. No hurgaré más en la herida.
—Vámonos —le dijo Kevin extendiendo la mano para alcanzar la nota y pagar en la barra—. Tardaremos unas dos horas en llegar a casa. Seguro que para enton-ces Nick estará esperándonos y echando chispas.
—Lo dudo —murmuró Miley pesimista—. La mu¬jer con la que estaba era muy guapa.
—A la hora de la verdad a los hombres no nos im¬porta tanto el aspecto como se suele decir —le confió Kevin—. Además, ¿no te fijaste en lo avergonzado que estaba de que los encontráramos aquí?
—Me da igual, voy a olvidarme de él —repuso la joven, queriendo sonar resuelta—. Gracias por llevar¬me contigo, Kevin, la cena ha sido maravillosa.
—No me des las gracias —replicó él enarcando una ceja—. Debería dártelas yo a ti. Lo he pasado muy bien, y es mucho mejor que quedarse en casa viendo una película —añadió riéndose.
Miley querría haberle preguntado por qué no había vuelto a quedar con nadie, y si todavía, después de seis años, seguía enamorado de Ashley. Nick ase¬guraba que sí, pero a Kevin era imposible sacarle una palabra al respecto, y Miley no quería molestarlo abriendo viejas heridas.